16 de diciembre de 1991
Excmo. Sr. Rector Magnífico,
Excmos. e Ilmos. Sres.,
Sras. y Sres.:
En modo alguno pude imaginar, cuando,
en mayo de 1971, me incorporé, como profesor agregado numerario,
a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense,
que veinte años después me cabría el alto e inmerecido
honor de apadrinar en su investidura de Doctor Honoris Causa por
la Universidad de Alicante a uno de los más destacados maestros
de la extraordinaria pléyade que prestigiaba aquel Centro.
Tuve pronta noticia de la feliz y justísima
iniciativa de los departamentos de Humanidades Contemporáneas y
Geografía Humana, plenamente respaldada por la Facultad de Filosofía
y Letras y la Escuela Universitaria de Profesorado, para conferir dicho
grado al profesor Jose María de Azcárate; y, con ella, de
otra sin fundamento y falta de ecuanimidad, que pretendía confiarme
la laudatio del insigne historiador del arte.
Explicable y lógica habría
resultado una cortés y cordial negativa, de mi parte, a asumir tan
honroso cometido, ajeno como soy, en buena medida, a la disciplina que
con tan notoria distinción y singular brillantez ha cultivado quien
en esta ocasión es, por imperativo ritual, doctorando. Sin embargo,
la decidida resistencia inicial, cuarteada, cuando quizás debió
verse fortalecida, por el profundo respeto que siempre me han inspirado
la trayectoria académica, la obra ingente y, sobre todo, la excelsa
condición universitaria del profesor Azcárate, fue, a la
postre, vencida por una argumentación de naturaleza institucional
teñida de afecto. No faltaron, tampoco, alguna referencia esencial,
sumamente tranquilizadora, y otras razones adicionales.
La primera, sin duda dirimente, consiste
en que la laudatio, con ser parte obligada de la solemnidad académica,
no parecía por ello, en este caso, menos innecesaria. Resultaba
a todas luces evidente que la notoriedad de la labor investigadora del
profesor Azcárate, su excepcional contribución a la historia
del arte y una inmensa e impagable actividad docente suplirían,
con absoluta ventaja, las deficiencias de la laudatio, y la insuficiencia
de su padrino, que no ostenta otro título para el papel que desempeña
en la ceremonia sino su condición de primer rector de esta Universidad.
Junto a ello se situaban -es cierto- motivos añadidos. Uno radicaba
en la propia naturaleza de la propuesta, jornada de pureza académica,
sin otro origen ni finalidad que el más estricto reconocimiento
universitario. Tampoco se halla ausente la nostalgia de quien se resiste,
como geógrafo, a decir adiós a la formación histórica
en planes de estudio que alejados de la raíz humanística,
preñados de especialización insolidaria y desvirtuadora,
atentan contra nuestra propia identidad. De ahí que encontrase tan
oportuna la iniciativa del Departamento de Geografía Humana.
En el ápice de su carrera universitaria,
el profesor Azcárate ha recibido en el transcurso de ella multitud
de honores y distinciones, con seguridad menos de los que merece. Pero
antes de aludir sumariamente a ellos, quisiera referirme, también
de manera sucinta, a unos comienzos nada fáciles.
Aspiro a sintetizarlos en un solo hecho,
que oí referir mucho antes de conocer personalmente al profesor
Azcárate. Creo que trasciende, con mucho, la mera anécdota
y refleja al hombre y su circunstancia. Don José María de
Azcárate obtiene su primera cátedra universitaria, recién
cumplidos treinta años, en 1949. Ha hecho hasta entonces compatibles
el enorme esfuerzo que requieren la adquisición de una rigurosa
formación científica y la labor investigadora, con su empleo
en la delegación madrileña de la Constructora Naval de Cádiz.
Solicita una semana de permiso, el tiempo justo para realizar el concurso-oposición;
al cabo de la misma, quien vuelve, sencillamente, a despedirse de compañeros
y jefes es el catedrático de Historia del Arte de la Universidad
Compostelana, luego lo sería de Valladolid, antes de pertenecer
a la Complutense de Madrid.
Jose María de Azcárate
trabajó con ahinco e inteligencia, fue, más que alumno, discípulo
del eximio arqueólogo e historiador del arte español Don
Manuel Gómez-Moreno. Siempre que existe auténtico magisterio,
el discípulo acaba por familiarizarse intensa y profundamente con
una determinada temática. En las enseñanzas del eminente
maestro granadino, que tanta atención prestó al arte medieval
y al renacimiento español, habría que buscar, me atrevo a
imaginar, las raíces profundas del frondoso árbol cuyas ramas
doblan con copiosos y preciadísimos frutos las investigaciones del
profesor Azcárate.
En su haber figura una ingente aportación
científica, que incluye un centenar largo de artículos y
no menos de veinte libros. Estas cifras, por sí solas, muy llamativas,
cobran toda su significación si se añade que la calidad de
la obra en su conjunto, lejos de ceder a la vastedad de la misma, la excede
ampliamente en grandeza.
Especialista singularmente destacado
en arte medieval castellano y escultura del renacimiento, donde sus trabajos
le han deparado máximo prestigio y renombre internacional, no ha
dejado por ello de ocuparse de otras cuestiones y temas muy varios, que
evidencian la amplitud y riqueza de su saber.
Tal entidad posee su contribución
a la historia del arte, que se impone la esquematización impresionista;
baste recordar, entre su extensa bibliografía, que se le deben,
íntegramente o con participación de primer orden, publicaciones
de consulta y referencia obligadas como Monumentos españoles,
"Escultura del siglo XVI" en Ars Hispaniae, Arquitectura gótica
toledana del siglo XV, Inventario de la Provincia de Madrid, Guía
del Museo de la Real Academia de San Fernando, Documentos de Arte en Castilla,
Historia del Arte, Arte en Castilla La Nueva, Historia de la Arquitectura,
El Arte gótico en España y el Pregótico hispánico,
discurso este último leído en el acto de su recepción
pública en la Real de Bellas Artes.
Asimismo, la enumeración de
las distinciones y honores que, por motivos estrictamente académicos,
han recaído en el profesor Azcárate, se haría interminable.
Recordemos tan sólo que es miembro del Instituto de España
en su calidad de Académico-Conservador de la Real de Bellas Artes
de San Fernando; ha sido Decano de la Facultad de Filosofía y Letras
de la Universidad Complutense de Madrid y lo es Honorario de la de Geografía
e Historia de dicha Universidad, en la que ha desempeñado también
el cargo de Vicerrector.
En posesión de condecoraciones
españolas y extranjeras, ha recibido el Premio Nacional de Literatura,
Medallas de Plata y Especial por los servicios rendidos a la Universidad
Complutense y, este año, la Medalla de Oro al Mérito en las
Bellas Artes.
Como ya adelanté, soy intencionadamente
escueto en este capítulo desbordante de honores y distinciones,
ya que correría grave riesgo, no sólo de herir la proverbial
modestia del profesor Azcárate, sino de difuminar el talante y la
personalidad de un gran maestro de la Universidad española, entregado
íntegramente a una vocación para la que cualquier otra actividad
profesional no pasa de mero complemento. A través de sus enseñanzas,
multitud de universitarios han aprendido a ver arte, y manejo ahora ese
infinitivo en su rica y honda acepción de leer, de descifrar la
obra de arte como expresión del momento cultural en que fue concebida.
Según el propio Azcárate,
"La obra de arte nos ofrece un testimonio de la tendencia natural del hombre
hacia lo bello, relacionándose estrechamente con la cultura en que
se inserta. El lenguaje formal de cada estilo y su proceso evolutivo, es
el objeto fundamental de la atención en los estudios histórico-artísticos,
como primer paso para adentrarnos en la comprensión de un período
histórico, de una concepción del mundo, contribuyendo a la
educación estética...". Ese es el mensaje que informa y fecunda
la excepcional producción científica del profesor Azcárate
y su singular labor docente.
Con la concesión de este doctorado
honoris causa, a propuesta de quienes se beneficiaron de sus enseñanzas,
la Universidad de Alicante quiere reconocer la deuda de gratitud que la
comunidad universitaria española tiene contraída con el profesor
Azcárate, por más de cuarenta años de alto e ininterrumpido
magisterio.
Para finalizar, me viene a la memoria
la ancestral fórmula con que una de las mas arraigadas y prestigiosas
instituciones del antiguo reino de Valencia otorgaba sus mas preciados
galardones, y que, en versión castellana, reza así: "Recordad
que si mucho honor recibís, a más por ello os obligáis".
Estimo, empero, que, para esta ocasión, bien pueden invertirse
los términos, ya que, con la recepción del profesor Azcárate,
obligada y enaltecida queda nuestra corporación universitaria.
Permítaseme, por último,
como es uso y costumbre, la licencia de anticipar y desear al catedrático
y académico José María de Azcárate la más
cordial y gozosa de las bienvenidas al Claustro de esta Universidad de
Alicante.
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