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Discurso pronunciado por
el Sr. D. José María Bengoa Lecanda con motivo de su investidura
como doctor honoris causa por la Universidad de Alicante
TRAS LA RUTA DEL HAMBRE
AGRADECIMIENTOS
Al agradecer a la Universidad
de Alicante la honrosa distinción que me ha concedido, debo hacerlo
con la modestia que corresponde a un médico que de lo que más
se enorgullece, es de haberlo sido de una comunidad rural tropical hace
65 años.
En la decisión
de las autoridades de la Universidad de Alicante para concederme esta distinción,
sin duda alguna ha sido importante la amistad que me une a algunos de los
profesores del área de Salud Pública, tema al que he dedicado
toda mi vida. Gracias, pues, a todos aquellos que han promovido esta iniciativa
y en especial a la Escuela Universitaria de Enfermería que ha dado
todo su apoyo para que se realice este acto.
El que fuera hace años
Rector de la Universidad de Alicante, el Profesor Ramón Martín
Mateo, tuvo con anterioridad el mismo cargo en la Universidad del País
Vasco. Mantuvimos una buena amistad y largas conversaciones tanto en Bilbao
como en Caracas. Ambos acariciábamos la idea de crear en la Universidad
del País Vasco una Cátedra “Simón Bolívar”,
destinada al estudio y difusión de los valores y la historia latino-americana.
Se firmó incluso el protocolo de acuerdo con el Ministro de Estado
de Venezuela, pero finalmente, al dejar su cargo el Profesor Martín
Mateo, la hermosa iniciativa se desvaneció.
Con mucha simpatía
he oído las amables palabras del Profesor Josep Bernabeu Mestre,
prolífico escritor de historia de la Salud Pública que ha
sabido analizar los verdaderos entresijos de la Salud Pública en
la España de los años 30 del siglo pasado. Gracias, Josep,
por tus entrañables palabras. Primero con el Profesor Martín
Mateo, y ahora con el Profesor Bernabeu y la Profesora Encarna Gasón,
se ha creado y fortalecido este lazo de unión entre Bilbao,
Caracas y Alicante.
1. Infancia y estudios
En mi largo exilio, la imagen
de la ciudad donde nací fue una constante nostálgica. Mi
infancia se desarrolló en Bilbao en una familia de comerciantes
de clase media, con profundas raíces religiosas, entre una sociedad
minoritaria opulenta y un proletariado mayoritario en condiciones de vida
muy pobre. Durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras
del siglo XX, Bilbao tuvo un desarrollo industrial extraordinario, junto
con la tasa de mortalidad más alta de Europa. Este contraste, seguramente
no se dio de forma tan intensa en otros lugares .
Bilbao había sido
tradicionalmente una ciudad (realmente una villa) comercial que llevaba
un curso de desarrollo normal, acaso un poco acelerado, donde vivía
una clase media envuelta en el torbellino de las luchas internas entre
liberales y absolutistas.
Pero la explotación
del hierro a gran escala en la segunda mitad del siglo XIX trastocó
totalmente la vida bilbaína, creándose una gran riqueza,
pero generándose simultáneamente un problema social de gran
magnitud .
Las familias ricas,
las muy ricas, se fueron a vivir a la zona residencial del Abra (Neguri,
Algorta, etc.). Los obreros mineros prosperaron y se incorporaron a una
clase trabajadora sindicalizada que, a costa de huelgas y conflictos lograron
superar en parte su pobreza. La Escuela de Ingenieros, la Universidad de
Deusto, que desde principios del siglo XX formó a economistas pioneros
en Europa, y las Escuelas de Artes y oficios que enseñaban matemáticas
y dibujo, que se extendieron por muchos municipios de Vizcaya, fueron sin
duda los pilares de un nuevo Bilbao de clase media y obrera cualificada
que trabajaba sin descanso, y que gozaban con una buena comida acompañada
de abundante vino. Todo ello en una atmósfera de profunda religiosidad
y de respeto y cumplimiento hacia las costumbres tradicionales.
A principios del siglo
XX no faltaban, sin embargo, las huelgas y los conflictos que alteraban
por unos días la paz. Miguel de Unamuno se dolía, a principios
del siglo XX, de los conflictos que padeció Bilbao en esa época
.
En la escuela pública
a la que asistí nos juntábamos la clase media y la clase
pobre. No recuerdo los nombres de muchos de los compañeros de clase,
pero sí los apodos. Uno era el cojo, otro el manco, el de más
allá el cabezón, otro el bizco, etc. Todo ello como resultado
de las secuelas del raquitismo, la osteomielitis, la tuberculosis ósea,
las fracturas mal tratadas, y otros procesos dominantes en la época.
Al pasar al bachillerato,
la mezcla social era ya de clase media con la alta. En todo Bilbao y Vizcaya
había un solo instituto de enseñanza media y cuatro colegios
religiosos.
El nuevo Instituto
“Miguel de Unamuno”, en el ensanche de Bilbao, se inauguró el año
1926. Cuando ingresé en el cuarto año de bachillerato, se
decretó por primera vez la reválida del bachillerato, y había
que elegir desde cuarto año el “ir por ciencias”, o bien “ir por
letras”. Siempre he lamentado esa época en la que perdí la
oportunidad de conocer algo de Historia del Arte, Literatura, Lógica,
Principios de Filosofía, y otros conocimientos humanísticos.
Durante tres años,
nuestras materias de estudios fueron exclusivamente Matemáticas,
Biología, Física y Geología ¡Qué clase
de bachilleres íbamos a ser sin saber qué es un verso, una
pintura, una catedral, y sin saber quién era Bacon, Kant, Velázquez,
Unamuno, Calderón, Lope de Vega y tantos otros! Fueron tres años
perdidos que nunca llegué a recuperar del todo a lo largo de noventa
años de vida. ¿Por qué no haber legislado un bachillerato
con acento en ciencias o letras, pero manteniendo al menos un 30 ó
35% para una formación más completa frente a la vida? Cuando
fuimos a Valladolid a hacer la reválida de ciencias éramos
unos pobres imberbes que apenas sabíamos lo que era el binomio de
Newton, la clasificación de los reptiles, las leyes de Arquímedes
y los volcanes de Centro América. El examen escrito duró
cuatro horas ante tres profesores universitarios que no habíamos
visto nunca. Yo creo que aprobé de milagro. Decidí estudiar
medicina en Valladolid, y por primera vez me puse un traje de pantalón
largo.
El primer día
de clase en la Facultad de Medicina consistió en la disección
de trozos de un cadáver. Nunca entendí bien por qué
el comienzo de los estudios de medicina se hace en las salas de disección,
frente a la muerte. Pero no ante una muerte de cuerpo entero, solemne,
global, de un ser que poco antes estaba vivo, sino de una muerte
a pedazos, en trozos de cadáver, de seres desgraciados que nadie
reclamó. Se inician los estudios de medicina viendo el detalle morfológico
de músculos, tendones y huesos como un rompecabezas de trozos aislados,
irreconocibles, por no conocer el todo a quien pertenecen. Pasarán
varios años antes de explicar la vida, su misterioso funcionamiento,
sus alteraciones en el desarrollo y las patologías más frecuentes.
Parece lógico
que al joven que se inicia en una profesión, por la cual ha sentido
una vocación de amor, en los comienzos se le hable de cómo
nace la vida, cómo se desarrolla el feto en el seno materno según
los códigos de la herencia materna y paterna, y cómo va a
nacer un nuevo ser con una estructura ya formada, después de nueve
meses de gestación. Así debería ser la lección
del primer día de clase.
Para suerte nuestra
el profesor de anatomía, el Dr. Prieto, y el profesor de Anatomía
patológica, el Dr. Costero, fueron excelentes maestros, tal vez
los mejores en los primeros años. Desde los inicios destacó
como el alumno más aventajado Arsacio Peña, el más
querido y admirado entre los amigos de entonces, actualmente profesor jubilado
de la Universidad de Granada.
Estando en segundo
año se implantó la República Española que tantas
esperanzas había creado. Todo el pueblo de Valladolid se echó
a la calle, pletórico de entusiasmo y alegría; el mismo pueblo
que cinco años después se lanzaría a la misma calle
a tumbar al gobierno republicano y comenzar así la guerra civil
que duraría tres años.
El invierno de 1932
fue muy frío, y nos confortábamos en casa de la patrona con
un modesto brasero. Un día de febrero de ese mismo año llegué
a casa con escalofríos y tos, y pensé que sería un
simple resfriado. A media noche tuve una hemoptisis grave que fue amortiguada
horas después con la ayuda de un médico del Puesto de Socorro.
Me diagnosticaron tuberculosis.
Yo veía mi vida
truncada al tener que dejar mis estudios y perder al menos un año
en la carrera. En Bilbao comencé la recuperación en reposo
absoluto y buena alimentación, ya que en aquella época no
había tratamiento eficaz contra esta enfermedad. Estuve varios meses
de pueblo en pueblo, de altura en altura. Parecía que estaba casi
curado cuando de pronto tuve de nuevo algunos esputos de sangre. Mi ánimo
decayó y mis padres decidieron enviarme al sanatorio “La Fuenfría”,
en la Sierra de Guadarrama, en los Altos de Cercedilla, a pocos kilómetros
de Madrid. Allí permanecí ocho meses .
Los vascos que estudiábamos
en Valladolid constituimos una Asociación, cuyo único objetivo
era promover la creación de una Universidad en el País Vasco.
Junto con Extremadura, eran las dos únicas regiones de España
que no tenían universidad. No fuimos bien vistos, sobre todo por
Falange. Me nombraron presidente de dicha Asociación y tuve desagradables
encontronazos. Los veranos de esos tres últimos años de carrera
los pasé en el Hospital de Basurto, aprendiendo la práctica
de la medicina con los Doctores Juan Viar y Justo Gárate.
La violencia social
y política se fue acentuando, hasta que el 18 de julio de 1936
prendió la mecha.
2. La guerra civil
En los primeros días
de junio de 1936 concluí los estudios de Medicina. El 18 de julio
del mismo mes se sublevó el ejército contra el Gobierno legalmente
constituido. Fue mi bautizo como profesional de la medicina. Me incorporé
desde los primeros momentos a la organización de servicios sanitarios.
En dos meses organizamos una amplia red de puestos de socorro y hospitales.
Esta organización nos permitió la atención de los
heridos de guerra, tanto en el frente como en la retaguardia. Fue realmente
un esfuerzo colosal, donde médicos, enfermeras, voluntarios, Hermanas
de la Caridad y otros, realizamos una obra que fue elogiada por la Cruz
Roja Internacional y numerosos visitantes. En febrero de 1937 publicamos
una memoria sobre esta experiencia profesional y vital que fue altamente
elogiada. Yo dirigí el texto escrito en varios idiomas .
Fue una época
triste, sobre todo para los que tuvimos que sufrir la guerra a la defensiva,
lo que equivale a retroceder, correr y llorar.
Al perderse Bilbao
decidí pasar a Francia, para colaborar en la organización
y gestión de las colonias infantiles de los refugiados vascos. Al
cabo de un año en Francia decidí dar el salto a América:
partí hacia Venezuela.
3. Venezuela
A los tres meses de haber
llegado a Caracas , el Ministro de Sanidad me nombró médico
rural de Sanare, población del Estado Lara, a la que se llegaba
en dos días en autobús.
Sanare me pareció
un pueblo detenido en el tiempo, con calles empedradas y desiguales por
donde sólo transitaban caballos y mulas. El silencio era casi total.
No había luz eléctrica.
El casco de Sanare tenía
unos 2.000 ó 3.000 habitantes, con más de cincuenta caseríos
dispersos por el campo. Algunos se encontraban a una distancia considerable,
requerían hasta cinco horas a caballo para llegar. La población
total a atender era de 20.000 habitantes aproximadamente.
Yo vivía de asombro
en asombro. La gente con la que conversaba, tanto en el dispensario como
en la calle, era sumamente amable, con una sencillez conmovedora en las
formas. Pocos tenían más de cuatro años de educación
primaria, pero su conversación sobre temas históricos venezolanos
era tan amplia y sutil que bien podría corresponder a personas con
un nivel educativo superior.
Desde el primer día
en el que acudí al dispensario médico, me percaté
que las quejas de los enfermos que venían a verme, poco tenían
que ver con lo que yo había aprendido en la Universidad de Valladolid
y en el Hospital de Basurto (Bilbao).
La patología
tropical que dominaba en Sanare era muy visible, dramáticamente
agresiva. Para mí se trataba de un diagnóstico difícil,
teniendo en cuenta mi escasa experiencia clínica de los procesos
dominantes y sin ayuda de un laboratorio. La disponibilidad de medicamentos
específicos en Sanare era además muy limitada. Los antibióticos
y sulfamidas no habían aparecido todavía .
Un día visité
una embarazada en un rancho humilde, en las afueras del pueblo. Desde una
esquina observé a un niño de 2 ó 3 años, con
la mirada triste, la cara y el cuerpo hinchados y una piel en mosaico,
como una quemadura rojiza. Me estremecí y le pedí a su madre
que me lo trajera al dispensario.
Pocos días después,
al final de la consulta, apareció el niño hinchado con aparentes
quemaduras y mirada triste que yo había visto en el rancho con su
madre. Este cuadro no aparecía en los textos de medicina tropical.
Pregunté su opinión a los enfermeros prácticos que
me ayudaban en el dispensario. Me dijeron que la gente pensaba que era
debido a parásitos intestinales. Lo primero que vino a mi mente
fue la pelagra infantil, por las lesiones de la piel. Los edemas,
sin embargo, eran demasiado intensos. Tomé la decisión de
preparar un viaje a Barquisimeto, capital del Estado Lara, donde estaba
como director del Hospital de Niños un conocido pediatra. En esta
ocasión llevé conmigo dos niños enfermos. El Dr. Agustín
Zubillaga me informó que esos enfermos padecían de un síndrome
pluricarencial por deficiencia de proteínas y acaso vitamínicas.
Me dio las instrucciones necesarias para la re-alimentación de los
niños .
El dispensario tenía
un patio interior bastante grande, y pensé que con las instrucciones
del Dr. Zubillaga podíamos tratar estos niños. Instalamos
en ese patio unas colchonetas para que los niños desnutridos permanecieran
de 8 a 10 horas, con el fin de que recibieran así la alimentación
requerida. Las madres colaboraban en el trabajo. Hubo temporadas en las
que el patio llegó a tener hasta 10 y 12 niños. Los enfermos
se recuperaban en 3 ó 4 meses a la vez que las madres recibían
la educación alimentaria apropiada. Así nació el primer
Centro de Recuperación Nutricional, hoy extendidos por todo el mundo.
Un día el Padre Quintana vino a visitar el Centro y me preguntó
cuándo daba de alta a los niños: mi respuesta fue clara y
sencilla: -cuando sonríen, Padre, cuando sonríen-.
Años después,
en calidad de funcionario de la OMS, di un curso a médicos franceses
en Marsella (1956) destinados a las colonias de África. Acogieron
la iniciativa con entusiasmo, y fue de esta forma como se fueron
extendiendo por todo el mundo los Centros de Recuperación Nutricional
que tan buenos resultados están dando todavía, sobre todo
en las emergencias.
Entre tanto, la vida transcurría
en Sanare a un ritmo lento, monótono, pero lleno de vivencias pasadas
que se recordaban sin cesar, cada vez más entrañables. Vivir
en un pueblo aislado, sin electricidad, sin acueducto, sin automóviles,
sin bicicletas (las calles empedradas hacían más difícil
su uso), casi sin noticias del exterior, nostálgico de su pasado
a pesar de ser igual al presente, podría parecer que conduciría
a una cierta frustración. Nada de eso. Vivíamos modestamente,
con sencillez casi monástica, pero las pocas cosas de las que disponíamos
las gozábamos con mayor intensidad, en un ambiente de solidaridad
y ayuda mutua.
Pero ante tanto silencio
y tanta soledad mi pensamiento se hacía una serie de preguntas.
¿Por qué hay tanta paz en medio de tanta necesidad? ¿Cómo
es capaz el ser humano de adaptarse a una vida de mínimos? ¿Por
qué los hombres y mujeres tienen tanta capacidad de resignación
que les permite ofrecer una apariencia de seres felices? ¿O acaso
lo son realmente al no tener otras necesidades sentidas? De mi experiencia
durante tres años en Sanare publiqué un libro ampliamente
difundido , titulado “Medicina Social en el Medio Rural Venezolano”, dedicado
al Dr. Santiago Ruesta, maestro y amigo, exiliado también, quien
me enseñó a dar los primeros pasos en Salud Pública..
Ese libro me abrió
muchos caminos en mi vida futura. Cuando en 1960 me preguntaron en la India,
en qué universidad había adquirido los conocimientos de medicina
social, contesté con plena seguridad en lo que decía: “en
la Universidad de Sanare”.
En 1941 fui llamado a Caracas
para organizar las actividades de nutrición a escala nacional. En
la década de 1940 a 1950 se crearon una serie de instituciones,
entre ellas el Instituto Nacional de Nutrición y la Escuela de Nutricionistas
y Dietistas, que adquirieron cierto renombre en América Latina.
4. Vida internacional
En 1955, cuando el Instituto
de Nutrición y la Escuela de Nutricionistas y Dietistas estaban
en pleno apogeo, la OMS solicitó al Ministerio de Sanidad de Venezuela
la posibilidad de trasladarme a Ginebra e iniciar acciones de nutrición
en Salud Pública a nivel mundial. Era una tarea ambiciosa y casi
imposible de cumplir, sin más recursos que mi modesta experiencia.
Acepté el reto, y de paso pude visitar a mi familia de Bilbao después
de 18 años de exilio .
La oportunidad de
comenzar a hablar de “nutrición en salud pública” se presentó
en un curso de nutrición que organizó la FAO en Marsella
en 1956 para médicos franceses que trabajaban en las colonias de
África. Preparé un documento titulado “Esquema de Nutrición
en Salud Pública”, en el cual desarrollaba de forma resumida la
responsabilidad de los servicios locales de salud pública frente
a los problemas de nutrición. En cierto modo, mi tarea consistió
en hacer un puente que comunicara la ciencia de la nutrición con
la salud pública .
En esa época,
en los círculos internacionales de las Naciones Unidas se hablaba
casi exclusivamente del “kwashiorkor”, el síndrome de desnutrición
grave que había sido descrito por Cecily Williams en 1935,
y que yo había detectado durante mi estancia en Sanare en 1938.
Durante el curso que
impartí en Marsella, al cual acabo de hacer referencia, en mi
intervención sobre “Nutrición en salud Pública”, señalé
la utilidad que podían prestar en las áreas de alta prevalencia
de desnutrición grave los centros de recuperación nutricional,
poniendo como ejemplo Sanare, el lugar donde lo pusimos en marcha por primera
vez y con éxito. La idea fue bien acogida y ampliamente difundida
en varios países africanos. El ahorro que ello suponía al
reducir los casos de hospitalización era evidente.
En aquella época
no había un modelo establecido sobre la forma de obtener información
acerca de la magnitud del problema de la desnutrición grave y moderada
en los países afectados, por lo que todo dependía de la capacidad
de gestión y de la iniciativa de cada uno de nosotros.
En algunos países
se pusieron en marcha programas efectivos, y gracias a ellos la prevalencia
de las formas graves de malnutrición (kwashiorkor, marasmo nutricional)
han disminuido notablemente, salvo en zonas de conflicto o catástrofes
naturales. Trabajé durante veinte años en más de 60
países de Asia, Africa y América Latina.
Lo que predomina hoy
en estos países es la desnutrición crónica pluricarencial,
es decir, una deficiencia calórico-proteínica asociada a
varias deficiencias de micro-nutrientes (hierro, yodo, vitamina. A, y otros
nutrientes). El signo dominante en la desnutrición crónica
pluricarencial es la talla baja.
En 1971, en una reunión
internacional que tuvo lugar en Boston , sugerimos que la talla del niño
de 7 años se tomara como indicador de la desnutrición crónica
y la historia social de una comunidad. Entre otros argumentos, señalábamos
que este indicador estaba estrechamente relacionado con el índice
de desarrollo socioeconómico elaborado en Ginebra.
Este estado de desnutrición
crónica es el más grave que confrontan hoy los países
en desarrollo, porque en el fondo es un proceso de adaptación, irreversible
en muchos de sus parámetros. Por lo tanto, tiene un mal pronóstico
si nos atenemos a las posibilidades de mejorar la generación actual.
Ahora bien, el problema
es mucho más grave que un simple subdesarrollo. La talla baja por
razones nutricionales o socioeconómicas esconde una patología
total de subdesarrollo físico y funcional, con repercusiones en
el desarrollo social.
Un niño que
ha padecido en los primeros años una desnutrición grave,
puede presentar al cumplir cuatro años la talla de un niño
de tres años, el perímetro torácico de un niño
de dos, un perímetro cefálico de uno de año y medio,
una capacidad de lenguaje de un niño de 14 meses, y un peso y una
conducta motora de un niño de un año (Ramos Galván)
.
Un niño de seis
años que a primera vista aparenta tener tres a causa de su retraso
físico, no es evidentemente comparable en su conducta, en su psicología
y en su capacidad de aprendizaje, a un niño normal de seis años,
pero tampoco a un niño de tres. Es un ser distinto, con sus propias
características biológicas y de conducta, con una organización
intersensorial difícil de encuadrar estrictamente en una edad cronológica
.
La expresión
hambruna -hambre de pueblos-, se está simplificando y reduciendo
a un problema de carestía de granos. La gran mayoría de los
países en desarrollo viven de granos, es decir, de cereales y leguminosas.
De hecho, la política
comercial internacional se juega a nivel de intercambio de granos. El trigo,
el maíz, el arroz y la soja junto con algún otro producto,
constituyen hoy el arma estratégica más formidable que amenazan
a pueblos y continentes. Jamás antes en la historia, los alimentos
tuvieron tanta importancia política. Los diplomáticos americanos
y rusos dedican más horas al problema de intercambio de cereales
y soja, que a otras actividades aparentemente más acuciantes.
Quien quiera seguir
el drama de los países con hambre, tendrá que seguir el “barómetro”
de los intercambios internacionales de granos. Ahí encontrará
la clave de las miserias y de las dificultades de un mundo desigual, sujeto
a las presiones que se pueden ejercer para lograr alimentar a sus poblaciones.
Hemos pasado un siglo difícil,
donde han confluido los avances tecnológicos más extraordinarios
de la historia del hombre con las más atroces matanzas y guerras
sin piedad; donde las desigualdades económicas se manifiestan como
nunca antes lo hicieron: existen multitudes de seres humanos en los cinco
continentes que mueren de hambre y sufren de mengua, y conviven con
otros que padecen una creciente mortalidad y prevalencia de procesos signados
por el exceso en el comer y el sedentarismo. Todo eso en la misma época
histórica, en el mismo planeta Tierra. Nunca antes se habían
dado tantos contrastes en la vida del hombre. Nunca antes se habían
conjugado simultáneamente tanto avance y tanto atraso, tanto conocimiento
y tanta ignorancia, tanto equilibrio mental individual y tanto desequilibrio
social; en fin, nunca antes se había visto tanto amor por la humanidad
como lo demuestran los grupos voluntarios a comienzos de este siglo, y
tanto desamor y crueldad, lo mismo en las guerras como en la paz.
Como dijo Sir Jhon
Boys, primer Director General de la FAO, hace más de 50 años:
“si no hay pan para todos, no puede haber pasteles para nadie” .
Hace 30 años
dejé la OMS, cuando los problemas de la malnutrición eran
altamente prioritarios. Hoy la situación ha cambiado .
A fines de la década
de los años 70, cuando se reinicio la época democrática
en España fui invitado por el Lehendakari Garaikoetxea para asesorar
a la Consejería de Sanidad recién creada. Fueron cuatro años
de gratos recuerdos, pero regresé a Caracas para hacerme cargo de
una Fundación destinada a la lucha contra el hambre, que era lo
mío. En estos últimos años mi vinculación a
Venezuela ha cristalizado en esa mezcla mágica de gratitud y entrega.
Al recibir ahora, al
cumplir 90 años de edad, este reconocimiento, deseo dedicárselo
a mi esposa Amaya, así como a mis hijos, nietos y biznieto, quienes
algún día podrán recordar mis andanzas en una Hoja
de Ruta de lucha contra el hambre. También tengo en mi recuerdo
a mi hermano Pedro, Sacerdote.
Gracias a la Universidad
de Alicante, gracias a las autoridades, gracias a todos.
Alicante, 28 de Enero 2004.
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