DISCURSO PRONUNCIADO POR D. IGNACIO BOSQUE CON MOTIVO DE SU INVESTIDURA COMO DOCTOR HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE
23 de marzo de 2000
Excmo. Sr. Rector,
Excmos. e Ilmos. Sres.,
Sras. y Sres.
Algunos de los numerosos
amigos, colegas y compañeros que me honran con su aprecio y su estima
en esta Universidad desde mucho antes de que peinara las canas que ahora
peino me hablaron hace un par de años de emprender la propuesta
que hoy culmina en este acto. Varias veces les contesté declinando
su generoso ofrecimiento porque siempre he entendido que esta honrosísima
distinción se debe otorgar exclusivamente en función de los
méritos profesionales del candidato. Conozco la relación
de los doctores Honoris Causa que me han precedido en esta tribuna,
y cualquiera de ellos los posee en número muy superior al mío.
Los que me propusieron no consideraron demasiado fundadas mis razones,
acaso porque querían destacar un rasgo de mi currículum que
no aparece en el de los demás galardonados, un rasgo que yo valoro
muchísimo y que los que me han distinguido también sitúan,
creo yo, por delante de otros posibles méritos míos: soy
alumno de esta Universidad. En ella estudié los tres primeros años
de mi carrera, en ella aprendí lo que es la vida universitaria,
en ella recibí los primeros estímulos, la formación
básica que luego se iría ampliando en otros centros; en ella
aprendí lo que es el compañerismo y la convivencia, lo que
es el trabajo en equipo y también la indagación individual;
en ella empecé a adquirir conciencia crítica respecto de
los contenidos que iba recibiendo, en ella me supieron transmitir curiosidad
e interés por las cosas, los dos cabos fundamentales de los que
hay que tirar si se desea hacer investigación en cualquier dominio
del conocimiento.
Cuando hace año y
medio recorría las nuevas instalaciones con motivo del encuentro
que la Universidad convocó para celebrar el 25 aniversario de nuestra
primera promoción, comprendí hasta qué punto había
cambiado esta institución. Pero mientras las recorría pensaba
que también podía yo explicarles a los que me las mostraban
cómo era todo aquello hace 30 años, cuando no había
facultades sino "divisiones", cuando la actual Universidad era solo una
calle, y todos cabíamos holgadamente en aquel CEU compuesto por
cuatro pabellones de aspecto colonial medianamente remozados. Todo era
nuevo para nosotros, y en parte también para nuestros profesores,
pero todos fuimos capaces de suplir con esfuerzo y con entusiasmo los escasos
medios de los que podíamos disponer.
Los demás doctores
que han recibido la distinción que hoy me otorgáis han visitado,
en muchos casos por vez primera, esta joven, pujante y vigorosa universidad.
Pero los que hemos salido de estas aulas no podemos ya "venir" a ellas,
sino sólo "regresar". Si he decidido aceptar vuestra distinción
es porque al hacerlo me dais la oportunidad de agradecer pública
y solemnemente la formación que aquí obtuve, porque me dais
la ocasión de devolveros el homenaje y convertirlo en agradecimiento
a la Universidad por todo el entusiasmo que me trasmitió en aquellos
años jóvenes, por los caminos que me supo mostrar y por el
estímulo que de ella recibí.
Acepto también este
galardón porque así puedo extenderlo a todos mis compañeros
de la primera promoción que salió de estas aulas. Una parte
de la distinción que hoy me concedéis nos pertenece por igual
a todos porque todos pusimos lo mejor de nosotros durante aquellos años
en los que empezábamos a aprender y también a vivir; porque
todos hicimos algo para que la nueva Universidad saliera adelante. Cada
uno emprendió luego su camino, y las oportunidades que la vida nos
da nos hicieron seguir rumbos distintos, pero el impulso inicial nos pertenece
a todos en la misma medida.
La Universidad de Alicante
no es sólo la suma de sus instalaciones, de sus actuales profesores,
sus actuales alumnos y el resto de su personal. Es también la suma
de nuestros recuerdos, de todos los posos que ha dejado en cada uno de
los que hemos pasado por aquí, la suma de los esfuerzos de los que
no están hoy con nosotros, pero nos acompañaron en aquellos
días, la suma de muchos años de ilusiones y de esperanzas
compartidas. Los demás doctorandos que han pasado por esta tribuna
os habrán agradecido como yo el honor que como a mí les habéis
concedido. Sin embargo, yo puedo añadir al agradecimiento por recibirlo
el reconocimiento a la Universidad por haber contribuido en tan gran medida
a una parte esencial de mi propia formación como profesional y como
persona. Gracias, pues, por haberme dado hoy la oportunidad de proclamarlo.
No voy a aburrirles en el
tiempo de que dispongo con una disertación sobre algún aspecto
de la lingüística española de los que me ocupo habitualmente.
De hecho, no les hablaré específicamente de ninguna de las
materias que enseñan y estudian los lingüistas, pero sí
quisiera decir algo, aunque sea de forma necesariamente breve y resumida,
sobre las maneras de enseñarlas e investigarlas.
De las muchas cuestiones
de interés que suscita la profesión universitaria, he elegido
una sola, sobre la que me gustaría hacer alguna somera consideración.
Mi reflexión no puede constituir, desde luego, una investigación
sociológica, ni siquiera aspira a ser un ensayo sobre didáctica,
sociología de la ciencia o metodología de la investigación.
No será tampoco la primera aproximación a estas cuestiones
sino tan solo un apunte apresurado sobre una de las facetas que esconde
la relación que existe entre la universidad y la sociedad. Me interesa
en particular el influjo que la cultura de cada país ejerce sobre
la forma de entender la investigación y la enseñanza. Me
parece evidente que no son sólo las propiedades internas de cada
ciencia y cada sistema de conocimiento las que determinan la forma de investigar
o de enseñar (al menos en las ciencias humanas). Por el contrario,
es fácil percibir también que, en mayor o menor medida, el
influjo de actitudes y normas de conducta que pertenecen a la cultura de
cada comunidad se hace patente en la manera en que se educa a los estudiantes,
y, consiguientemente, en las actitudes que estos muestran hacia su trabajo,
y mostrarán en su futura actividad investigadora, si deciden emprenderla.
No son éstas, por tanto, consecuencias banales, por externa o circunstancial
que parezca la fuente de la que surgen.
La parcelación de
conocimientos que los nuevos planes de estudio conllevan y otros importantes
cambios que se están introduciendo en la universidad española
han llegado a nuestro entorno por influencia de otros países europeos,
y a ellos se extendieron a su vez como reflejo indirecto del sistema universitario
norteamericano. Tengo la impresión, sin embargo, de que cuando se
calcan sistemas organizativos universitarios sin reflexionar acaso suficientemente
sobre los rasgos de la cultura del país que los sustenta, se corren
riesgos serios, entre otros el de que las nuevas formas de distribuir y
organizar el conocimiento, y por tanto también de concebir la investigación,
no acaben de encajar de manera natural entre los hábitos enraizados
en la cultura del país que las recibe.
He sido profesor de lingüística
hispánica en dos universidades norteamericanas y he seguido bastante
de cerca la investigación en la lingüística teórica
que se ha realizado en ese país a lo largo de tres décadas.
Al mismo tiempo, he sido profesor de la universidad española durante
25 años, y también poseo, por tanto, alguna información
sobre estas cuestiones en lo relativo a nuestro ámbito universitario.
Estoy convencido de que el choque entre esos dos mundos no radica fundamentalmente,
frente a lo que se suele decir, en la diferencia que existe entre los conocimientos
que se exigen y se desarrollan en cada uno de ellos, sino que descansan
más bien en la forma en que se trasladan a la universidad ciertas
características implícitas, pero muy firmes, de la cultura
de cada país.
Quisiera destacar, pues,
algunos rasgos culturales extremos del sistema universitario español
y del norteamericano sobre los que tal vez deberíamos reflexionar
de vez en cuando. No comparto ninguno de ellos en su interpretación
más estricta, pero lo cierto es que su misma extremidad nos hace
entender que apuntan en direcciones absolutamente enfrentadas. Creo que
debemos esforzarnos por buscar algún termino medio entre ellas.
Será bueno, por tanto, cualquier paso que se dé desde cualquiera
de estos extremos hacia la dirección que marca el factor opuesto,
pero sin llegar a desembocar en él.
El primer rasgo cultural
que quiero mencionar es el grado de individualismo que cada sociedad impulsa
o favorece. Los que hayan tenido alguna experiencia similar en alguna de
las ciencias humanas sabrán del contraste que existe entre el extraordinario
individualismo del universitario norteamericano y la actitud mucho menos
personalista del universitario español. Los ejemplos pueden multiplicarse
sin dificultad. Por citar uno sólo recordaré que cuando el
profesor europeo explica su materia en cursos de las universidades norteamericanas,
se ve sorprendido por la facilidad con la que los estudiantes graduados
se lanzan a improvisar teorías, a menudo especulaciones, sobre cualquier
aspecto de la materia que el profesor presente en las clases. Este desenfado
es muy positivo, puesto que se fundamenta en el interés de los estudiantes
por la materia y en sus ganas de aprender, pero también tiene, lógicamente,
algunos inconvenientes. Los estudiantes que tan animosamente participan
en las clases no han pensado mucho, desde luego, en las cuestiones sobre
las que opinan ni han consultado demasiada bibliografía sobre ellas.
Como es lógico, algunas de esas propuestas improvisadas tienen sentido
y otras resultan sencillamente descabelladas. Si las lanzan es porque han
sido educados desde muy jóvenes para manifestar abiertamente su
parecer, para ser, como allí se dice, "ellos mismos"; saben que
tienen que hacerse oír, que deben intentar criticar cualquier contenido
que se les presente porque así afianzarán su personalidad
y trazarán, como también se dice allí, "su propio
camino". Ya en sus trabajos de clase hacen abundante uso de expresiones
como "My theory" o "I claim", que, como sabemos, son relativamente infrecuentes
en los estudios de nuestros investigadores dentro del mismo campo.
No cabe duda de que la ejercitación
en la búsqueda de nuevos caminos es el aspecto más positivo
de esta actitud. El que avanza hipótesis prematuras y recibe a cambio
las explicaciones pertinentes que le muestren su endeblez quizás
haga propuestas más fundamentadas en lo sucesivo. El sistema de
"ensayo y error" exige estudiantes entusiastas y profesores atentos, ágiles
y pacientes dispuestos a desmontar las osadías, pero también
a valorar las intuiciones prometedoras. Se fundamenta en actitudes más
individualistas que las que percibimos en nuestros estudiantes, pero también
en un sistema de enseñanza en el que el profesor está más
cerca del alumno, y en el que el error inicial se da por supuesto, y casi
por inevitable, como sucede cuando aprendemos a caminar, a conducir un
coche o a montar en bicicleta.
Esta notable facilidad para
avanzar análisis y presentar propuestas, estén o no elaboradas,
contrasta llamativamente con el tremendo esfuerzo que los profesores debemos
hacer en España para arrancar una modesta opinión personal
a nuestros estudiantes, incluso en los cursos superiores. Su formación
es a menudo más variada que la de sus homólogos norteamericanos,
puesto que EEUU es, como se sabe, el país del mundo en el que más
se dividen y se subdividen las especialidades, pero es evidente que la
originalidad o la novedad de las propuestas no se resaltan de la misma
manera entre nosotros. Ello es así, seguramente, porque el afianzamiento
del individuo no es una cualidad que esta sociedad sitúe en el mismo
punto de la escala de valores que aquella otra.
Un rasgo extremo, y por tanto
no encomiástico, de nuestra investigación lingüística
tradicional fue, durante muchos años, la sobrevaloración
de la acumulación de datos, frente a la menor estima que suscitaba
indirectamente la propuesta de explicaciones que pudieran parecer demasiado
arriesgadas. Entre nosotros era normal que el estudiante que quería
doctorarse en Filología pasara unos cuantos años acumulando
fichas, y dedicara el último o los dos últimos años
de su período doctoral a poner un poco de orden en ellas, además
de a esperar la visita de alguna idea rectora que le guiara entre sus montañas
de datos. Si esta idea no le sobrevenía, y así ocurría
algunas veces, la presentación de los datos se acercaba peligrosamente
al análisis mismo, lo que, desde luego, no conllevaba demasiados
riesgos teóricos ni especulativos.
Se ha dicho muchas veces
que la formación del estudiante español (y en general europeo)
es más abarcadora, pero menos especializada, que la de su homólogo
norteamericano. En cambio, no se ha insistido tanto en que si su actitud
es por lo general menos creativa y más asimiladora, ello se debe
a que ha sido educado, directa o indirectamente, para mostrarse de ese
modo. He formado parte de tribunales de tesis doctorales en España
en los que el 85 por ciento del texto era revisión y comentario
de las propuestas de otros autores, y sólo el 15 por ciento constituía
la aportación original del candidato. El propio director de tesis
aprobaba esa actitud, y si lo hacía era, desde luego, porque en
nuestra cultura se valora más que en otras el rastreo de las fuentes
de una idea, la comparación de los análisis previos, y en
general, el peso de los antecedentes. A veces parece como si el estudiante
o el investigador estuviera ahí para constatar la existencia de
los hechos o de los análisis anteriores, para destacar alguna parcela
de ese saber eterno y omnipresente, y acaso matizar levemente alguna de
las contribuciones que se han lanzado al pozo sin fondo en el que yacen
superpuestos todos los conocimientos. Es el otro extremo, pero no tan infrecuente
como podría parecer. En el campo en que trabajo, todavía
se valora más en España el mantener una actitud ecléctica
y equidistante ante las teorías lingüísticas existentes,
sin suscribir ninguna, que el declararse abiertamente partidario de uno
de los modelos o marcos teóricos frente a los demás. También
esta actitud muestra indirectamente que se da más importancia a
la labor de exégesis que a los intentos, sin duda arriesgados, de
proponer novedades teóricas orientadas explícitamente en
alguna línea de investigación.
Siempre me ha gustado la
defensa que el filósofo Patrick Suppes hace de la argumentación
objetiva y detallada con esta frase polémica: "Es mejor estar claramente
equivocado que vagamente en lo cierto". Supongo que este punto de vista
no encaja del todo bien en las pautas habituales de trabajo en nuestro
mundo académico porque aboga abiertamente por la explicitud, por
la defensa razonada y argumentada de análisis falsables (en expresión
popperiana), por la claridad de las opciones y contra un excesivo eclecticismo.
Las dos actitudes que estoy
exponiendo son radicalmente opuestas, y como vemos, las ventajas de cada
una constituyen los inconvenientes de la otra. El afianzamiento exagerado
del individuo y la búsqueda desesperada de la novedad y la originalidad
acaban siendo exigencias culturales más que académicas. Desde
luego, la investigación las pondrá de manifiesto, pero con
el riesgo considerable de obtener resultados demasiado perecederos. Por
el contrario, no cabe duda de que el aspecto positivo de esa búsqueda
constante de la novedad o la originalidad es la frescura y la viveza de
las ideas, la enorme riqueza y variedad de la información que surge
y se difunde casi instantáneamente. En el extremo opuesto corremos
riesgos no menores, como el de que la relativa circularidad de los análisis
y la contemplación atemporal de las paráfrasis matizadas
frenen los posibles avances lineales en terrenos en los que son claramente
posibles. Las ventajas, por el contrario, hay que encontrarlas sin duda
en la seguridad que da la firmeza de lo logrado, comparada con la inestabilidad
de lo nuevo.
Los dos extremos se manifiestan
indirectamente de múltiples formas. Repárese en que desde
una cultura que favorece tan llamativamente el individualismo no tiene
demasiado interés que las propuestas que uno avanza tengan antecedentes,
puesto que los antecedentes solo irán en detrimento de nuestra originalidad.
De hecho, para este tipo de investigador es casi preferible que no los
tengan, y si existen pasarán a ser toscos anticipos de nuestras
invenciones, en lugar de ser nosotros los continuadores de esos primeros
atisbos. Nuestra cultura universitaria tiende, en ciertos ámbitos
de las ciencias humanas, al otro extremo. Entre nosotros todavía
se ve de manera sospechosa la excesiva originalidad. Raramente se censura
al investigador por no presentar sus análisis y sus argumentaciones
de manera que puedan distinguirse diáfanamente de los de sus predecesores,
de nuevo porque establecer el entronque con las fuentes tiene quizás
más peso que intentar separarse de ellas.
Una colega española
que explica lingüística en EEUU me decía hace poco que
sus estudiantes norteamericanos aceptaban los presupuestos que ella exponía
en clase sobre algunas nuevas teorías lingüísticas,
e iban calculando progresivamente las deducciones que se seguían
de ellos. Cuando intentó hacer lo mismo en España, se encontró
con que sus estudiantes no aceptaban con naturalidad estos razonamientos
encadenados por la sencilla razón de que eran mucho más escépticos.
En mi opinión, el grado de entusiasmo o de reserva ante nuevas empresas
es también, al menos parcialmente, un producto de la cultura. No
tiene ninguna relación con la inteligencia, pero sí lo tiene
con la educación. No es, por tanto, de extrañar que el escepticismo
de unos contraste mayoritariamente con el entusiasmo de otros y que la
forma de trabajar refleje directamente esas actitudes.
La distinta velocidad de
la investigación en los dos continentes es también, me parece,
una consecuencia parcial de la cultura, y por tanto no es propiamente una
exigencia interna de los sistemas de conocimiento que se pretende desentrañar.
Lo que algunos sociólogos han llamado "la cultura del instante",
que se percibe en el arte y en la política desde hace años,
ha llegado también a las ciencias humanas, probablemente por simple
emulación de las ciencias de la naturaleza. Este vértigo
ya forma parte, como sabemos, de la vida cotidiana: las novelas que ocupaban
páginas en los suplementos culturales de los periódicos de
hace dos meses están olvidadas, la ópera nueva que se estrenó
en el Teatro Real hace un mes ya es historia, la exposición que
recibió miles de visitas hace tres meses parece que tuvo lugar hace
años. Tiene razón Jean-François Revel cuando afirma
que ahora que la información es más abundante que nunca,
el desinterés por ella es también más notorio que
nunca. Como apunta este sociólogo, interesan los nuevos objetos
en tanto que nuevos: su naturaleza efímera está garantizada.
Tal vez su calidad debiera hacerlos permanecer, pero lo cierto es que siguen
el mismo destino que la información periodística. Se dice,
por el contrario, que la velocidad de la investigación en las ciencias
duras responde al ritmo objetivo de nuestras averiguaciones, y no tanto
a la avidez por lo efímero que caracteriza nuestra sociedad. Los
lingüistas más veloces quieren tomar estas ciencias como referente,
pero yo no veo tan claro que sean siempre esos mismos factores objetivos
los que imponen el ritmo implacable.
A muchos lingüistas
teóricos les parecen ahora antiquísimos algunos análisis
que se proponían en nuestra disciplina a principios de los años
noventa, seguramente porque nunca conocieron el extremo opuesto: nunca
recibieron la impresión de atemporalidad que con frecuencia suscitaba
la filología tradicional entre nosotros: un mismo manual de Gramática
Histórica (sin duda, un libro extraordinario) resistió
ochenta años en las aulas universitarias españolas como libro
de texto, y durante al menos medio siglo se usó como manual un mismo
curso de sintaxis del español. Muchos profesores norteamericanos
aconsejan a sus estudiantes que sólo lean la bibliografía
más reciente (un solo ejemplo: Natural Language and Linguistic
Theory 3, 4, 1985, pág. 487), consejo que no puedo compartir
de ninguna manera. Por el contrario, también existen manuales entre
nosotros en los que las fuentes clásicas están correctamente
reflejadas, pero en los que llama marcadamente la atención la ausencia
casi total de bibliografía reciente.
De nuevo, los dos extremos.
No creo que el forzar la urgencia de los cambios teóricos en la
lingüística sea consecuencia únicamente de la velocidad
objetiva de la investigación, como en las llamadas "ciencias duras".
Creo que también es, indirectamente, una consecuencia de la cultura.
Es evidente que la noción de "novedad" no tiene en la sociedad norteamericana
las mismas connotaciones que en la española. El adjetivo nuevo aparece
allí en los anuncios de prensa y televisión mucho más
frecuentemente que entre nosotros. El que algo sea "nuevo" es, en esa cultura,
casi una promesa implícita de calidad. Las facilidades que existen
para cambiar de domicilio, de trabajo, de ciudad o de situación
personal confluyen en que la sociedad entera tenga otro ritmo, que se extiende
a las expectativas de los avances científicos y a otros muchos aspectos
de la sociedad.
Las modas no sólo
pertenecen al mundo de las preferencias estéticas. También
se dan algunas veces en las ciencias sociales. Cuando una de estas corrientes
sustituye a otra, no lo hace siempre porque los problemas que se planteaban
en aquel marco de análisis estén superados. Sucede a veces
que han dejado ser interesantes o provocativos porque surgen nuevos polos
de atención o nuevos reclamos, como cuando dejamos caer de las manos
la prenda que estamos examinando en unos grandes almacenes, y reparamos
en alguna otra que nos parece más original o más moderna.
He buscado inútilmente
algunas justificaciones de la nueva organización académica
que se nos impone en la universidad. He hurgado en los textos persiguiendo
razonamientos didácticos y fundamentaciones culturales, pero lo
cierto es que sólo he encontrado disposiciones administrativas.
Mencionaré sólo un ejemplo. Si el legislador, pensaba yo,
nos impone un sistema de cuatrimestres que sustituya a los cursos anuales,
presentará también alguna reflexión que lo justifique
ante la comunidad universitaria. Búsqueda inútil. A mí
me parece, y puedo estar equivocado, que la distribución de las
asignaturas en cuatrimestres es inapropiada en las ciencias humanas por
razones a la vez organizativas y culturales. La parcelación de saberes
está menos afianzada entre nosotros que en otros campos; las referencias
a los fundamentos de cada disciplina no deberían ser tan frecuentes
en nuestras aulas, pero el hecho de que lo sean impide con frecuencia que
los conocimientos se articulen en niveles didácticos progresivos
o en sistemas conceptuales cerrados cada vez más complejos y autoconsistentes.
A eso se añade que la mayor parte de nuestros estudiantes serán
profesores de enseñanza secundaria y nunca serán investigadores
ni probablemente especialistas. Como es sabido, en nuestra universidad
formamos en las mismas aulas y con los mismos programas a los futuros profesores
de bachillerato y a los investigadores de los que esperamos avances punteros
en todas las ramas del conocimiento. Todavía cabría añadir
otras muchas razones que no puedo exponer aquí, pero que afianzan
mi impresión de que la distribución de cuatrimestres se ha
impuesto más por mimetismo que por verdadera necesidad.
Era sólo un ejemplo,
entre los muchos que podrían proponerse. Desde hace años
los universitarios recibimos continuos apremios para que entreguemos planes
y programas, para que revisemos nuestros porcentajes de troncalidad y optatividad,
para que actualicemos plantillas, redistribuyamos contenidos y reestructuremos
ciclos. Frente a tanta urgencia administrativa, algunos echamos de menos
un poco más de reflexión sobre los fundamentos de la universidad
que queremos, incluso sobre los vínculos que existen entre las formas
de organizarla y las características de la sociedad que la sustenta.
Hoy les he presentado esquemáticamente
algunas muestras extremas, pero reales, de actitudes hacia el conocimiento
que están profundamente incardinadas, me parece, en rasgos que la
universidad se limita a filtrar o a calcar de la sociedad a la que pertenece.
No quiero exagerar, pero tengo la impresión de que esos extremos
existen, y mi única reflexión de hoy consiste en presentarlos
como tales extremos. Quizás ya no se dan en la actualidad en su
estado puro, pero mucho me temo que todavía representan focos visibles,
y hasta medianamente potentes, que aún iluminan en parte la búsqueda
del conocimiento desde ángulos absolutamente contrapuestos. Entre
sobrevalorar la tradición y sobrevalorar la novedad hay un término
medio; entre el vértigo de la renovación implacable y la
absoluta inmovilidad hay un término medio; entre el atrevimiento
conceptual más irrestricto y la reiteración permanente de
las verdades asentadas y eternas, hay un término medio; entre el
equidistante eclecticismo del que se cree observador privilegiado de los
errores de los que toman partido por alguna teoría y el radicalismo
más excluyente de los que no consideran que exista más opción
que la suya, hay un término medio.
Siempre se ha dicho que la
cultura mediterránea representa la medida, la mesura, la moderación
y el sentido común en este mundo de extremos. Acaso no esté
tan mal, después de todo, presentar estas reflexiones tan cerca
del mar que da nombre a esa cultura, ese mar que tantas veces he echado
de menos.
Muchas gracias.