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LAUDATIO
PRONUNCIADA POR DON ENRIQUE ALCARAZ CON MOTIVO DE LA INVESTIDURA COMO
DOCTOR HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE DE D. IGNACIO
BOSQUE MUÑOZ
23 de marzo de 2000
Excmo. y Magfco. Señor Rector,
dignísimas autoridades y claustrales
señoras y señores,
La Universidad de Alicante suele otorgar el título de doctor honoris causa, tras una
escrupulosa selección, a los científicos y humanistas que
hayan hecho avanzar el conocimiento universal con aportaciones muy singulares
en sus respectivas áreas de conocimiento. En el caso que hoy nos
ocupa, la investidura de doctor honoris causa del catedrático
don Ignacio Bosque Muñoz, se cumple con creces esta condición
indispensable, como luego explicaré al hacer mención de sus
aportaciones científicas: la de haber hecho progresar el conocimiento
de la naturaleza y de los mecanismos del lenguaje en general, y de la lengua
española en particular. Sin embargo, a esta condición se
unen otras dos, no menos importantes: el profesor Bosque es, desde nuestro
ilustre Azorín, el único alicantino que ha llegado, en plena
juventud creadora, a la Real Academia Española.
A esta segunda condición le añadiremos una tercera, quizás
la más emotiva y personal: el profesor Bosque recibió su
formación básica universitaria en la Universidad de Alicante,
de la cual siempre ha hecho gala, urbi et orbi, para honra y orgullo
de los que profesamos la docencia y la investigación en esta Universidad.
Un día el Académico de la Lengua Don Emilio
Lorenzo Criado me dijo, con lenguaje casi decimonónico, «Tiene
Vd. un discípulo en la Academia». Yo le pregunté «¿Don
Emilio, cómo lo sabe?», «Porque me lo dijo él»
fue su respuesta. Agradecido, siempre ha estado agradecido a la Universidad
de Alicante, en donde recibió las bases lingüísticas
y humanísticas en un ambiente en el que casi todos eramos principiantes,
tanto los profesores como los alumnos. Si miro hacia atrás, hacia
finales de los años sesenta, creo que los alumnos y los profesores
de aquella primera promoción teníamos algo muy en común:
el entusiasmo que mueve montañas, y la motivación de creer
que estábamos haciendo algo importante.
Bosque pertenece a
la primera promoción de alumnos de la Diplomatura de Lingüística
del Colegio Universitario de Alicante que inició su andadura en
noviembre de 1968. La dirección del Colegio Universitario de Alicante
del año 1968, formada por los doctores Aguilar y Oliva y el querido
Dr. Moragón, ya fallecido, fue muy audaz en el momento del
nacimiento del CEU, ya que unió la suerte de la Universidad de Alicante,
en lo que a planes de estudios de Filología se refiere, a la de
la Universidad Autónoma de Madrid, dado que ésta era una
universidad recién creada, con catedráticos de gran prestigio,
en la que la que soplaban aires de modernidad y de renovación curricular
y académica. En sus planes de estudios nos encontramos con asignaturas
tan novedosas en aquella época como la Filosofía
del lenguaje o la misma Lingüística general. Por
esta razón, Bosque, acabados su tres años de estudio en Alicante,
continuó su Licenciatura en la Universidad Autónoma de Madrid,
ya que era la cadena lógica de los estudios iniciados en Alicante.
Pronto, los profesores de la Facultad de Filosofía y Letras de esta
universidad, entre ellos el catedrático don Fernando
Lázaro Carreter, descubrieron en él las tres características
de los sabios: la humildad, el amor al trabajo, y una fina intuición
para comprender y sistematizar los problemas de la realidad. Como parece
lógico pensar, completó más adelante su formación
en Berkeley y en otras universidades norteamericanas y europeas, primero
como alumno y más tarde como profesor visitante.
Estamos ante una persona
en la que concurren los dos atributos más apreciados por los seres
humanos: la sabiduría y la humildad. Todos los que conocemos al
profesor Bosque sabemos que esta aseveración no es una argumento
gratuito. En Alicante se le conoce bien. Sus compañeros de estudio,
para quienes él fue siempre abierto y muy generoso, lo atestiguarían
de forma espontánea. Lo mismo harían sus actuales compañeros
de especialidad, y también los que en el pasado fueron sus profesores.
Yo he tenido el privilegio de haber sido uno de ellos durante tres años:
le expliqué lingüística general y lengua inglesa. La
humildad de Bosque está patente en las primeras palabras del discurso
de ingreso en la Academia o de Recepción pública, cuando
agradece a los académicos haber valorado su entusiasmo
como si fuera un mérito y su ilusión como si fuera un fruto.
Debido a su humildad,
no fue fácil convencerlo para que aceptara la iniciación
del expediente que conduciría al nombramiento de doctor honoris
causa por la Junta de Gobierno de la Universidad, y posteriormente
a la investidura en el solemne acto en el que hoy nos encontramos. Se lo
propuse por carta, y le dije que el Decano, el doctor Aura Jorro, estaba
entusiasmado con la idea, y también le añadí
que todos los departamentos de la Facultad de Filosofía y Letras,
en especial los de Filología, estarían encantados en proponer
su investidura. Es de reconocer, por ser de justicia, que los profesores
de Filología Española, especialidad que Bosque profesa, sintieron
un halago especial. A ellos quiero agradecerles que hayan confiado en mi,
con la propuesta del Decano Aura, el padrinazgo de este acto.
Como por carta no aceptó,
le pedí que nos reuniéramos en Madrid para hablar de esta
cuestión. Afortunadamente no fue necesario que me trasladara a Madrid,
porque en uno de los frecuentes viajes que Ignacio hace a Alicante para
ver a su familia fue a visitar a un amigo común, el profesor Javier
Carro, cuya esposa, Ana Verdú, había sido compañera
suya de estudios. Carro me llamó y me dijo: «Ignacio está
en mi casa; si quieres hablar con él ésta es una buena ocasión».
Tengo que reconocer que estando uno en frente del otro ya no fue tan difícil
convencerlo. Al ser una persona muy respetuosa, él probablemente
vería en mí al que había sido profesor suyo durante
tres años y aceptó, siempre insistiendo en que el acto fuera
muy sencillo.
En los últimos
meses he hablado con muchos especialistas de Filología española
en mis frecuentes visitas a otras universidades con el fin de impartir
cursillos de doctorado, dictar conferencias o simplemente para formar parte
de comisiones evaluadoras del profesorado. Todos se han alegrado de que
haya sido la Universidad de Alicante, en donde dio su primeros pasos académicos,
la que se haya adelantado en investirlo doctor honoris causa, porque
luego serán muchas otras, en España y en varios países
hispanoamericanos, las que seguirán este camino. El dictamen que
de todos sus colegas he recibido, sin ninguna excepción, se
podría resumir en lo siguiente: «Bosque es el mejor gramático
que posee y ha poseído la Filología española en mucho
tiempo. Tiene la virtud de detectar problemas, y en cuanto los atrapa ya
no los suelta hasta darles una solución satisfactoria». Éste
es el objetivo fundamental de la investigación: tener el olfato
necesario para saber dónde están los problemas, y la paciencia
y la sabiduría para resolverlos.
¿Cuál
es la obra de Ignacio Bosque Muñoz? Queda resumida en la frase
de Don Fernando Lázaro Carreter: «Es el más agudo de
todos para descubrir los misterios de la lengua». Estas dos palabras
«misterio» y «lengua» nos dan la pista de la investigación
de Bosque, porque nada de la lengua le es ajeno, y todo lo que toca, de
él recibe un rayo de luz académica. De forma resumida,
y para no cansarles, citaré a continuación algunos
de los títulos de los trabajos que son indicativos de esos misterios,
pliegues y repliegues del lenguaje, en donde Bosque ha penetrado para aportar,
con un estilo serio y personal, ideas nuevas y sugestivas, no sólo
para profundizar en campos tradicionales sino también para abrir
nuevos senderos que sirvan de guía para otros. El primer trabajo
con que Bosque sorprendió a todos los filólogos fue el estudio
que hizo de una cuestión clásica: la negación. El
examen que ha efectuado sobre la polaridad negativa del español,
tema tradicional, en donde parecía que todo ya estaba dicho, ha
servido para entender mejor este problema, para reordenarlo con mejores
criterios y para explicarlo con argumentos y razones muy convincentes.
Bosque es un gramático de raza. Por sus manos ha pasado un gran
número de categorías gramaticales, y con su análisis
y explicación les ha otorgado un lozanía y renovación
hasta entonces desconocidas. Nada de la gramática le es ajeno. Su
investigación es la del sabio que quiere conocer la naturaleza y
el porqué de las cosas, de rerum natura, y sin buscar el
oropel de los títulos estentóreos, falsamente novedosos o
retumbantes, se retira a su estudio y somete a escrupulosa revisión
todo lo que se ha dicho. Casi todas las categorías tradicionales
han pasado por el filtro de Bosque, desde el indicativo, el subjuntivo,
el imperativo, los nombres comunes, los cuantificadores, el aspecto, la
anáfora, la preposición, las oraciones recíprocas,
las condicionales, hasta llegar a la sintaxis de las exclamativas, los
valores causativos de los verbos adjetivales, la anáfora y la elipsis,
etc.
No habría tiempo
suficiente en un acto como éste para comentar aunque fuera someramente
todos sus trabajos. Citaré, a modo de ejemplo, para conocer hasta
donde llegan sus estudios, algunas de sus publicaciones aparecidas en revistas
extranjeras, como On specificity and adjective position de
la Universidad de California, On Degree Quantification and Modal
Structures en la Universidad de Georgetown, «Retrospective
imperatives» en Linguistic Inquiry, etc.
Para terminar esta
breve relación de su aportación al campo de la filología
debo citar dos de sus trabajos recientes más importantes: la investigación
que ha hecho en torno a la obra del insigne gramático Don Salvador
Fernández Ramírez, y la Gramática descriptiva de
la lengua española de 1999. El discurso de ingreso en la Real
Academia Española que Bosque pronunció en 1997 lo basó
en su línea de investigación en torno a Fernández
Ramírez. El título de su discurso fue «La búsqueda
infinita. Sobre la visión de la gramática en Salvador Fernández
Ramírez». La primera parte de este título («La
búsqueda infinita») nos da una idea de la amplia visión
de Bosque en el análisis de la naturaleza del lenguaje como reflejo
de la realidad.
El año pasado
se publicó La gramática descriptiva del español
coordinada por Ignacio Bosque y Violeta Demonte. Nunca se había
escrito una gramática descriptiva de la lengua española de
la extensión, profundidad, modernidad y originalidad que esta obra
posee. No sé si éste estudio ha intentado seguir la prestigiosa
línea abierta en su día por A Comprehensive Grammar of
English de Quirk y de otros. Sea como sea, lo ha superado ampliamente.
No creo que en el momento actual exista una gramática descriptiva
de ninguna de las lenguas europeas que tenga su extensión,
profundidad, originalidad y modernidad. No hay tiempo ahora para examinar,
ni siquiera pergeñar, las líneas de sus más de 5000
páginas, contenidas en 3 gruesos volúmenes. Lo que sí
puedo decir es que los estudios descriptivos de nuestra lengua ya no serán
iguales, hay un antes y un después de la Gramática descriptiva
del español de 1999, dado que con ella un nuevo paradigma ha
nacido en nuestra filología. Uso el término «paradigma»
en el doble sentido de «modelo a imitar» y en el de «marco
investigador que ofrece ideas y problemas». Como difícilmente
será mejorable durante mucho tiempo, servirá de modelo
de lo que hay que hacer, y como marco investigador es una fuente inacabable
de ideas y de intuiciones.
No quería terminar
mi alocución sin dedicar unas palabras a su hija y a Juana, su esposa.
No conozco mucho a Juana; sólo he hablado algunas veces por
teléfono con ella. Tengo que decir que tiene ese don tan especial
de la cordialidad, acompañado de un fino sentido de humor. Juana
es la persona amable, inteligente y facilitadora que uno desearía
tener como compañera en el puesto de trabajo. En una de mis llamadas
telefónicas a Madrid le insistí en que le comentará
una cosa a Ignacio. Sin dejar nunca el sentido del humor me dijo: «No
te preocupes, Enrique, que esta tarde, aunque sea por el pasillo, le pido
audiencia». Mi enhorabuena a las dos porque, sin duda alguna, las
dos habéis contribuido al éxito de Ignacio.
Para cerrar mi
intervención desearía dirigirme a los padres y a los hermanos
de Ignacio Bosque, y expresarles nuestro respeto y nuestra felicitación.
Comprendo que si la alegría y el orgullo de la Universidad de Alicante,
como he expuesto antes, son inmensos, esta inmensidad será una gota
de agua comparada con la íntima satisfacción que sentirán
quienes han visto y han compartido con Ignacio, paso a paso, todos los
momentos de su carrera profesional. Mi felicitación esta justificada
en todos los méritos personales y académicos que he citado
antes y, sobre todo, en uno que aún no he mencionado: la especial
sensibilidad de Ignacio Bosque para comprender las debilidades y las flaquezas
humanas.
Así pues, considerados
y expuestos todos estos hechos, dignísimas autoridades y claustrales,
solicito con toda consideración y encarecidamente ruego, que se
otorgue y confiera al Excmo. Sr. D. Ignacio Bosque Muñoz el supremo
grado de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante.
Muchas gracias.
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