DISCURSO PRONUNCIADO POR EL PROFESOR EUGENIO BULYGIN CON MOTIVO DE SU INVESTIDURA COMO DOCTOR HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE
MI FILOSOFIA DEL DERECHO
Eugenio Bulygin.
Universidad de Buenos Aires
Se me ha sugerido que hablara sobre
mi filosofía del derecho. No sé si existe tal cosa como “mi filosofía del
derecho”, pero en todo caso preferiría referirme a algunas características de
mis (a esta altura ya bastante numerosos) escritos sobre temas de filosofía
jurídica, que han provocado frecuentes cuestionamientos, inclusive de no pocos
de mis amigos. Más de una vez me han reprochado mi ocupación preponderante con
la lógica, mi positivismo jurídico, la concepción de la ciencia jurídica como
ciencia puramente descriptiva y no valorativa (wertfreie Wissenschaft) y
last but not least mi escepticismo ético. Trataré de esbozar algunas
respuestas a estos reproches.
1.Lógica
Es cierto
que la lógica ha figurado en el centro de mis ocupaciones con filosofía del
derecho. Eso se debe en buena medida a la influencia de dos grandes lógicos y
filósofos: Georg Henrik von Wright, y Carlos Eduardo Alchourrón. Los dos han
dejado una profunda huella en mi vida y en mi actividad filosófica. Con Carlos
Alchourrón hemos trabajado juntos a lo largo de cuarenta años. Demás está decir
que la gran mayoría de las ideas contenidas en los libros y artículos que
publicamos juntos provenía de Carlos. Y si bien es cierto que últimamente me he
ocupado de otros temas, sigo pensando que la lógica es fundamental para la
filosofía del derecho.
Podría
plantearse la pregunta y me la han planteado muchas veces: ¿Porqué la lógica?
¿Porqué no ocuparse más de la realidad jurídica? La respuesta es muy sencilla:
la filosofía en general y la filosofía del derecho en particular no se ocupan
de la realidad, porque para eso están las distintas ciencias y entre ellas la
ciencia jurídica. La filosofía se ocupa de los aspectos necesarios de la
realidad, llámense éstos, ideas, categorías, conceptos o síntesis a priori.
Esto implica una adhesión a la idea de que la filosofía es sustancialmente
análisis conceptual. Vistas las cosas desde esta perspectiva, la filosofía del
derecho consiste básicamente en el análisis del aparato conceptual con que los
juristas piensan este fenómeno complejo que es el derecho. Así lo han entendido
los grandes filósofos del derecho, desde Platón, Santo Tomás y Suárez hasta
Kelsen y Hart, pasando por Hobbes, Kant y Bentham. Es cierto que ellos no
usaban mucho las herramientas lógicas en sus análisis, pero esto se debió al
hecho histórico de que la lógica en su forma actual fue desarrollada muy
tardíamente hacia los finales del siglo XIX y en el siglo XX con los trabajos
pioneros de Boole, Russell y sobre todo Frege. El interés de los filósofos del
derecho por la lógica moderna se debe en gran medida a la obra de G.H. von
Wright, quien sin ser jurista, ha ejercido una gran influencia en la filosofía
jurídica, especialmente en Argentina, España e Italia.
Los
ataques contra el uso de la lógica en derecho provienen por lo general de
juristas cuyos conocimientos de la lógica son escasos. Esto no me preocupa.
Pero en los últimos tiempos hubo cuestionamientos por parte de algunos lógicos,
cosa que me parece más preocupante. Confío, sin embargo, en que se trata más
bien de un malentendido, que de una verdadera discrepancia.
2. El
positivismo jurídico
El
positivismo jurídico como posición filosófica consiste básicamente en
distinguir entre la descripción del derecho positivo y su valoración como justo
o injusto. Esto implica reconocer que la palabra “derecho” no es un término
laudatorio y los órdenes jurídicos, siendo productos de la actividad humana,
pueden ser buenos o malos, justos o injustos. Pero para poder valorar y
criticar el derecho hay que conocerlo: el conocimiento de un objeto es
lógicamente previo a su valoración. Así lo han entendido todos los grandes
positivistas jurídicos: desde Bentham y Austin hasta Kelsen, Alf Ross, Hart y
Bobbio. Sostener que un derecho injusto no es derecho, como ocurre con la
famosa fórmula de Radbruch, se reduce en el fondo a una mera propuesta de
cambio de nombre: en vez de llamar “derecho” a las normas injustas, las llamamos
de otro modo, pero el cambio del nombre no cambia las cosas y no elimina las
injusticias.
Es cierto
que en la actualidad el positivismo jurídico parece estar a la defensiva. No
sólo sufre embates de varios lados, del jusnaturalismo por la derecha, de la
llamada filosofía crítica por la izquierda, sino incluso de los positivistas
mismos. Así Ricardo Guibourg me dijo hace poco: “Vos y yo somos positivistas,
lo que nos convierte en ejemplares de una especie en peligro de extinción. Cada
vez hay menos positivistas. Yo mismo he dicho, no sin alguna amargura, que el
positivismo perdió la partida cuando el legislador, que es su gran referente,
se hizo jusnaturalista.” Riccardo Guastini dijo en una carta con referencia a
mi libro El positivismo jurídico: “Mala tempora currunt para el
positivismo. Por ello, publicar un lindo libro duramente positivista me perece
muy oportuno, aun cuando, me temo, inútil.... El jusnaturalismo avanza en todo
el mundo y el positivismo va hacia una derrota total.” Y Manuel Atienza y Juan
Ruiz Manero han publicado hace poco un articulo con el sugestivo titulo
“Dejemos atrás el positivismo”.
Todos
ellos son pensadores importantes, cuya obra me parece admirable y además se
trata de grandes y queridos amigos. Discrepo, sin embargo, con estos
diagnósticos pesimistas. Aun cuando sea verdad que ha disminuido el número de
positivistas y se ha incrementado el de jusnaturalistas de distintas
orientaciones, no me parece que esto sea realmente alarmante. Lo que sucede es
que la palabra “positivista” adquirió en los últimos tiempos un tinte
peyorativo, cosa que no ocurría antes. Autores como Kelsen, Hart o Bobbio no tenían reparos en
proclamarse positivistas y lo hacían con orgullo. Esto explica en parte porqué
hoy en día muchos positivistas prefieren usar calificativos atenuantes; así se
habla de positivismo suave, excluyente, incluyente, etc.
En lo
referente a las ideas jusnaturalistas de los legisladores y constituyentes no
me parece que sea algo nuevo. Antes invocaban a Dios para sostener el derecho
divino de los reyes o para afirmar que es fuente de toda razón y justicia, y
ahora recurren a la libertad y a los
derechos humanos. Pero no veo de qué manera esas ideas, más o menos
respetables, pueden influir en la filosofía del derecho.
En consecuencia,
a pesar de las exhortaciones de Manolo y Juan no pienso dejar atrás el
positivismo.
3. La
ciencia jurídica
No solo
creo con Max Weber y Kelsen en la posibilidad de una ciencia jurídica puramente
descriptiva, sino que estoy dispuesto a pensar que “ciencia no valorativa” es
un pleonasmo y “ciencia valorativa” se acerca mucho a una contradicción en
términos. Toda ciencia, en la medida en que es ciencia, no hace
valoraciones y en la medida en que valora, no es ciencia. Creo esto porque la
ciencia es un conjunto de enunciados verdaderos y ordenados sistemáticamente
que nos transmiten conocimientos acerca de una determinada porción del
universo. No veo porqué la ciencia del derecho ha de ser una excepción.
Claro que
no todo lo que hacen los jueces, los abogados y los juristas en general es
ciencia. Pero en la medida en que describen el derecho y no hacen valoraciones,
su actividad puede ser calificada de científica. La ciencia jurídica es
indispensable si uno quiere saber en qué consiste la técnica específica de la
regulación de conductas sociales llamada “derecho”, cuáles son sus
posibilidades y sus límites. Incluso si uno considera que uno de los fines del
derecho es mejorar la sociedad, mal podría lograrse ese fin, si no se sabe bien
en qué consiste el derecho. Y para saberlo hace falta una ciencia del derecho.
Me parece
fundamental no confundir ciencia con política. La política es esencialmente
valoración, consiste en la elección de lo que juzgamos mejor para alcanzar
ciertos fines. La ciencia se ocupa del conocimiento, es decir, de la verdad.
Sus afirmaciones están sujetas al control
racional: pueden ser verificadas o falseadas. Esto no excluye en
absoluto la posibilidad de una ciencia política, pues, nada obsta a que se
describan las valoraciones. Pero tanto la ciencia política, como la jurídica,
dejan de ser ciencias si se convierten en valoraciones, es decir, en política.
Es
indeseable y hasta peligroso esperar de las ciencias más de lo que pueden dar.
En cierto momento histórico (siglo XIX) se creyó que la ciencia podía resolver
los problemas políticos y sociales. Lamentablemente esta tendencia estaba
asociada al positivismo de Spencer y de
Comte. Creo que este hecho contribuyó al desprestigio de la palabra “positivismo”.
Pero es importante tener presente que el positivismo jurídico de Kelsen, Hart o
Bobbio, así como el positivismo lógico de Schlick o Carnap, nada tienen que ver
con ese positivismo desacreditado.
4. Escepticismo
axiológico
Uno de
los reproches más frecuentes que se me han hecho (incluso por mis amigos) es
que soy un escéptico que no cree en la democracia, en los derechos humanos o en
la verdad moral. Esto es parcialmente, pero sólo parcialmente, cierto. La
verdad es que yo no soy un escéptico total, creo en muchas cosas, tengo bastante
firmes convicciones políticas, morales, estéticas y culinarias, pero no creo en
la verdad de los juicios éticos, políticos o estéticos por la sencilla razón de
que tales juicios dependen en gran medida de emociones, sentimientos y gustos,
que por respetables que sean no son susceptibles del control racional. En la
medida en que esos juicios dependen de factores emocionales, no son verdaderos
ni falsos. Esto no implica que no sean importantes; hay gente que sacrifica sus
vidas por sus ideales políticos, morales o religiosos, pero una cosa es la
importancia y otra muy distinta la verdad.
Estoy
firmemente convencido de que Mozart es más valioso que Johann Strauss, que la
catedral de Chartres le supera en belleza al monumento a Vittorio Emmanuele,
que Ghandi es moralmente superior a Busch, que la democracia es preferible a
una dictadura, que una botella de un buen tinto es mejor que Coca-Cola. Pero no
creo que todo esto sean verdades.
Por
consiguiente, seguiré incurriendo en mis herejías, cosa que no me impide gozar
de obras artísticas, criticar a malos políticos, respetar los derechos humanos
y disfrutar de los manjares culinarios.
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