Magfco. y Excmo. Señor
Rector,
Excmo. Sr. Secretario de Estado de
Universidades,
Magníficos y Excmos. Señores
rectores,
Excmo. Sr. Director de Enseñanza
Universitaria,
Excelentísimas e Ilustrísimas
autoridades,
Señoras y Señores:
Es
costumbre arraigadísima agradecer los honores que se reciben, significando
la desproporción entre los méritos - que suele reconocerse
son pocos- y la magnitud del galardón. Aunque sea un lugar común,
en mi caso, tímido por naturaleza y poco dado al protocolo y al
aparato, tal desproporción la vea inconmensurable. No encuentro
explicación razonable que justifique el honor que me hace esta Universidad
al concederme el doctorado honoris causa. No puedo sino tratar de justificarlo
por los compañeros de claustro, en la Universidad Complutense, que
reciben el galardón - ellos con todos los merecimientos- en el día
de hoy. Pienso que en nosotros se quiere significar lo que, para las generaciones
sucesivas de alumnos, representaron las enseñanzas de las disciplinas
en los que los cuatro hemos profesado y profesamos, tanto en las aulas
como en nuestros escritos. Por ello, me he atrevido a aceptar este galardón,
que no merezco, como representante de la enseñanza de Historia económica
en la universidad española. Es cierto que esa representación
no me corresponde por años, ni por saber, ni siquiera por la referencia
a la antigüedad como docente. Sin embargo, el hecho de estar vinculado
a la Universidad de Madrid, durante tantos años ha hecho que yo
diera clases, en todo este tiempo, a varios miles de alumnos, y que, algunos,
por influencia inexplicable que yo pudiera haber ejercido en ellos, se
dedicaron a la investigación y a la enseñanza de la Historia
económica.
Dí mi primera clase de
Historia económica de España, a comienzos de octubre de 1962:
hace 36 años. Mi saber, entonces, era escaso. Mi experiencia como
profesor, casi nula. La ilusión con que preparé mi programa,
inmensa. El entusiasmo con que daba mis clases compensaba la falta de preparación.
Desde que terminé la licenciatura en 1957 - y mientras seguía
los cursos del doctorado (entonces recibí las enseñanzas
claras, exactas, rigurosas del Profesor Fuentes Quintana) - crecía
mi interés por la Historia económica, despertando en los
cursos que, en los primeros años de la licenciatura, seguí
con Don Alberto Ullastres. Luego fue Don Valentín Andrés
Alvarez, mi valedor.
Tuve la suerte -suerte
azarosa en aquel momento- de poder residir en París durante el curso
1959-60. La relación con Pierre Vilar, creciente desde esos años,
me permitió no solo recibir sus enseñanzas, sino también
las de Ernest Labrousse y las de Fernand Braudel. Al volver a España,
en el otoño de 1960, por Pierre Vilar y por Emilio Gómez
Orbanejeda, conocí a Don Luis García de Valdeavellano y a
Don Ramón Carande. Desde entonces, fueron estos dos grandes hombres
de bien, maestros inolvidables, a quienes debo, no solo saberes específicos
y métodos, sino actitudes ante la vida que permiten enriquecerla
con el interés por el arte, con la afición a la lectura,
con excursiones, con visitas a museos, con tertulias y amistades. Me siento,
por ellos, alumno libre de la Institución libre de enseñanza,
con la que los dos habían tenido tanta y tan importante relación.
Me tocó vivir, como investigador
y como docente, el florecimiento de las enseñanzas de Historia económica
en la Universidad. No solo en las facultades de Ciencias económicas,
sino también en las de Filosofía y Letras. A los seminarios
que organicé, año tras año, en la Facultad de Madrid,
asistían, además de estudiantes de economía, licenciados
en Historia, con clara vocación por la Historia económica.
Por el seminario pasaron Pierre Vilar, John Elliot, Carande, Duby. Dirigí
varias tesis doctorales en la Facultad de Ciencias Económicas en
la de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, y participé
en Tribunales de tantas, luego publicadas, que me asombra hoy ver los tomos
reunidos en las estanterías de la biblioteca del departamento.
En Madrid, más que ninguna
otra Universidad de España, e, incluso, a gran distancia de la de
Barcelona, y en la Facultad de Economía, surgieron estudiantes con
vocación para investigar en historia económica. Se graduaron.
Defendieron sus tesis doctorales; enseñaron historia económica
como profesores interinos, hicieron las oposiciones - y, más tarde
las pruebas- para ser catedráticos, agregados, profesores titulares
- y se dedican hoy, estos economistas historiadores - a la enseñanza
en muchas universidades de España. Carlos Barciela que fue buenísimo
alumno y catedrático desde hace ya años -es un ejemplo brillante
de lo que digo. No se vea en mis palabras el reflejo del ánimo de
querer atribuirme el menor mérito en despertar esas vocaciones en
estudiantes de la Facultad de Ciencias Económicas, y mucho menos
en haber tenido a la más mínima participación en fomentar
las de los estudiantes de Geografía e Historia. Aquello fue fruto
del tiempo. Maduró, como maduran las mieses con los colores del
estío, el interés por la Historia Económica en los
años 1960 a 1970. Se trata de un hecho que se dio en toda Europa
- y en América - y del que no pudo exceptuarse España - la
España real, mucho más vinculada al exterior que la España
oficial de entonces. Fueron los años del surgir y del florecer de
la Nueva Historia económica, o historia canométrica, o "cliométria"
(pretenciosa denominación que no logró cuajar) a la que los
economistas historiadores tanto contribuyeron, no solo a crearla, sino
a enriquecerla con monografías que cambiaron las interpretaciones
tradicionales, con tantas incoherencias lógicas y tan ausentes
de cuanto fueran tratamientos estadísticos (y no digamos econométricos)
y análisis económico. Parecía entonces que había
llegado la hora de los amenes, del fín, de la muerte de la que,
no sin cierta petulancia, los diómetras denominaban Historia económica
tradicional. Aunque el presente fuese tiempo de esfuerzo, de trabajo para
reunir información cuantitativa, de ingenio y saberes teóricos
y empíricos para tratarla y de debate para criticar lo viejo y afirmar
lo nuevo, no cabe duda de que el hoy de entonces -1965-1980- era ya no
sólo de esperanzas fundadas, sino de euforia por un triunfo que
se creía firme en un futuro próximo. Con verso de Machado,
es hoy aquel mañana de ayer… La realidad es muy distinta de la esperada.
Las monografías que se publican en las revistas especializadas y
en forma de libros no interesan lo necesario a los economistas y no las
entienden los historiadores. Editar un libro en el que se contenga una
de esas monografías es imposible, como no se cuente con dinero
público. Con la oferta de la nueva Historia Económica - ya
no tan nueva - se ha reducido de tal modo la demanda que, en foros
- nacionales e internacionales - en los que se presentan ponencias y comunicaciones
concebidas de acuerdo a los resultados y planteamientos de la teoría
económica y de la econometría - no participan historiadores,
porque no consiguen entender lo que allí se trata ni siquiera interesarse
por las conclusiones.
Me ha tocado, pues, vivir el
florecimiento de la Historia económica y contemplar la decadencia
en el interés que despertó en tiempos no tan lejanos. No
dudo de que se dejarán oír nuevas voces, quizá menos
eufóricas que las del pasado y más realistas. Es de esperar
que, en un futuro próximo. El interés por el pasado sea mayor
cada día. Parece que ha de ser así por lo urgente de corregir
la tendencia actual a falsificarlo. Desde la historia económica,
se podrá colaborar a la integración fecunda de experiencias
y de saberes. Con ello, se conseguirá un conocimiento nuevo, asimilable
y útil para mejorar la civilidad y la convivencia.
Gracias por este honor, que recibo
en nombre de mis maestros, y de todos los alumnos a quienes yo haya podido
enseñar algo y de los me han hecho a mi Aprender de ellos.
|