Excmo. Sr. Rector Magnífico,
Excmos. e Ilmos. Sres.,
Sras. y Sres.
Es un gran honor para mí recibir
la investidura como Doctor Honoris Causa por esta Universidad a
la que me unen fuertes lazos tanto de trabajo como de amistad y debo decir
que he podido alcanzar este honor gracias a la Electroquímica.
La Electroquímica es la asociación
de dos realizaciones del genio creativo del hombre mediante las cuales
ha modificado las condiciones de su existencia, la Electricidad de una
parte y la Química de otra.
Algunas de las realizaciones de la
Electroquímica son tan conocidas que no es necesario que hable de
ellas en este momento. Nadie ignora la existencia de los acumuladores,
sobre todo de la batería de su coche, especialmente cuando rehusa
arrancar en el momento en que mas necesidad se tiene de ello, ni la utilidad
de las pilas o su capacidad de adaptación en la miniaturización.
Se conoce quizás también,
el papel que juega la Electroquímica en la preparación de
algunos productos industriales importantes como el aluminio, el cobre,
el cloro, el sodio e incluso el nylon.
Sin embargo, se conoce menos el papel
de la Electroquímica en el proceso de pintado de la carrocería
de los automóviles, en la elección de los materiales para
la construcción de las grandes estructuras metálicas y en
su protección, en el análisis de nuestro medio ambiente,
en la purificación y/o desalinización de las aguas e incluso
en Medicina.
La Electroquímica aparece en
sus inicios como la única posibilidad, sin precedentes en ese momento,
de producir corriente de manera permanente, a partir de un sistema constituido
por un apilamiento de discos de cobre y zinc unidos unos con otros de una
manera particular y separados por telas empapadas por una disolución
salina. Volta acababa de realizar de esta manera la primera pila, allá
por el principio del año 1800.
El objetivo de Volta era comprender
y explicar una experiencia de fisiología de Galvani: cuando este
último aplicaba entre dos puntos diferentes del cuerpo de una rana
las dos extremidades de una pinza metálica constituida por dos metales
diferentes, observaba violentas contracciones en el animal. ¡Quién
hubiera podido imaginar que de esta experiencia, anodina para un espíritu
vulgar, nacían a la vez una de las ramas más importantes
de la Química-Física y las aplicaciones a las que he hecho
referencia anteriormente!
Sin embargo, las mentes más
despiertas de esa época no desaprovechan la ocasión que estas
experiencias le brindan, y así, las consecuencias del empleo de
la fuente de corriente descubierta por Volta, se muestran de una riqueza
sorprendente tanto para el desarrollo de las leyes de la Electricidad como
para el de la Química.
El empleo de la pila de Volta, capaz
de proporcionar corriente a partir de las transformaciones químicas
-debería decir electroquímicas- sufridas por los discos de
cobre y zinc, demostró de modo inmediato su gran utilidad para provocar
nuevas transformaciones no conocidas en química. Así, Nicholson
y Carlisle, fueron capaces de descomponer el agua en sus elementos constitutivos,
hidrógeno y oxígeno.
Poco tiempo después, en 1807,
este nuevo y original medio de descomponer la materia en sus elementos
conducía a Davy al descubrimiento del sodio, del potasio y del cloro.
Faraday, un prestigioso alumno de Davy,
proporcionaba a la Electroquímica, en 1833 y 1834, sus primeras
leyes cuantitativas, estableciendo la proporcionalidad entre la cantidad
de materia formada por el paso de corriente y la cantidad de electricidad
utilizada. Al mismo tiempo inventa los términos, hoy universalmente
empleados, de: electrolito, electrodo, cátodo, ánodo, ión,
catión, anión. Sus leyes han contribuido de manera decisiva,
al establecimiento de la teoría atómica de la materia y,
sobre todo, de la teoría atómica de la electricidad, teoría
que se verá confirmada por el descubrimiento del electrón
en 1896.
En 1835 se abre una nueva etapa en
la Química Cualitativa, Berzelius, un sabio sueco cuya obra científica
ilumina la Química del siglo XIX, introduce el concepto de catálisis.
Según este concepto, ciertas reacciones se pueden producir más
rápidamente en presencia de una sustancia extraña a la reacción.
Esta sustancia, que permanece inalterada al final de la reacción,
será llamada catalizador. La Industria Química no podría
ser concebida, tal como existe hoy en día, sin la existencia de
la catálisis.
Retomando las experiencias de Nicholson
y Carlisle, Grove demostrará en 1839 con el mismo dispositivo experimental
y utilizando el hidrógeno y oxígeno generado en este experimento,
que podía obtenerse, corriente eléctrica a condición
de emplear electrodos de platino. Grove justifica esta obtención
de corriente utilizando los principios de la catálisis recientemente
descubierta por Berzelius; el platino de los electrodos actuaba como catalizador.
Profundizando en su análisis, Grove llegará en 1842 a la
conclusión de que el funcionamiento de la nueva pila, a la que dará
el nombre de pila voltaica a gas, sería tanto mejor cuanto mayor
fuera la superficie de contacto entre el catalizador, los gases y la disolución.
Para lograr esta condición deposita por la acción de la corriente
producida por una pila, platino finamente dividido sobre los mismos electrodos
de platino.
Esta observación fundamental
del papel que juega el área de contacto del catalizador con los
reactivos es la base del desarrollo de la catálisis heterógena
tanto en fase líquida como en gaseosa.
Como se verá, los trabajos posteriores
buscarán cuantificar, con mayor precisión y significación
física, lo que después se llamará área reaccional
del catalizador, concepto diferente al área geométrica. Antes
de examinar este aspecto del problema, es importante remarcar que la pila
de Grove, largo tiempo considerada como una curiosidad de laboratorio,
contenía la semilla de los principios que hoy han conducido a la
construcción de los generadores de energía eléctrica
estudiados y empleados por la NASA en los proyectos Géminis, Apolo,
y ahora, en las misiones de los transbordadores espaciales.
Será necesario esperar cerca
de un siglo, es decir, hasta el principio de los años 20, para que
el catalizador, este objeto misterioso que aparentemente no se transforma,
comenzara a ser estudiado de forma cuantitativa, gracias, en particular,
a los trabajos de Langinuir. Estos trabajos sobre la Química de
Superficies, abrieron un capítulo totalmente nuevo de la Química
y fueron reconocidos en 1932, por la concesión del premio Nobel
a su autor.
En esta época, los estudios
se centraban indistintamente sobre superficies en contacto con líquidos
o con gases. En este último caso, los electrodos de la pila de Grove
despertaban gran curiosidad, en particular, en relación con la medida
de la superficie real del catalizador dividido y con el desarrollo de los
métodos necesarios para realizarla. Los electrodos de platino demostraron
poseer un mucho más complejo que lo que se podía imaginar
inicialmente. Bowden y Rideal demostraron en 1928, la formación
de compuestos superficiales de oxígeno e hidrógeno cuyo espesor
no excede una capa atómica. Desde entonces, estos compuestos han
proporcionado un método para la medida de la superficie del catalizador
accesible a las especies químicas. Este método fue discutido
por Bowden en un artículo publicado ese mismo año en la célebre
revista Nature. El interés de este trabajo fue también
poner en evidencia la formación de una capa de hidrógeno,
llamada hidrógeno libre. Esta conclusión chocaba frontalmente
contra las previsiones termodinámicas admitidas y mostraba la diferencia
que podía existir entre la Química o Electroquímica
de Superficies y la Química en fase homogénea. El químico-físico
ruso Alexander Fruinkin, cuyo centenario se celebrará el año
próximo, a pesar de rehusar inicialmente las conclusiones de Bowden
y Rideal, las aceptó rápidamente, y contribuyó destacadamente,
con la ayuda de los numerosos investigadores de su laboratorio, al desarrollo
de la Electroquímica de Superficies. Los electrodos de platino se
convirtieron en el modelo ideal para los estudios de catálisis tanto
en fase líquida como en gaseosa. Ershler y Frumkin demostraron en
1939 que cualquiera que sea la forma física bajo la cual se presenta
el platino: finas partículas o metal masivo con superficie lisa,
siempre se obtenían las mismas capas de hidrógeno. Con esta
demostración se demostraba falsa la observación, tantas veces
realizada, de que sólo las superficies divididas podían formar
estas capas de hidrógeno.
Estos estudios condujeron a una descripción
cuantitativa y detallada de las propiedades superficiales del catalizador
en contacto con la fase líquida, propiedades constantes cualquiera
que sea su modo de obtención. La reproducibilidad del catalizador
permitía así definir un estado estandar de la superficie.
El término electrocatálisis
introducido en 1934 para describir las reacciones electroquímicas
en las que el metal del electrodo desempeña un papel catalítico,
como sucedía en la pila de Grove, tomaba así un sentido exacto
gracias a la reproducibilidad del estado del catalizador. Sin embargo,
este término no se impondrá entre los electroquímicos
hasta el año 1963.
El principio de la catálisis
invocado por Grove, hoy en día electrocatálisis, se revela,
después de transcurrido más de un siglo, como unos de los
más fecundos de la historia de la Electroquímica. Él
ha jugado un papel fundamental en el acercamiento natural entre la ciencia
de superficies, dominada en sus principios por una aproximación
más física que química, y la electroquímica
de los procesos controlados por la superficie del electrodo. El papel así
jugado por la electrocatálisis acentúa el carácter
pluridisciplinar inicial de la Electroquímica. Esta aproximación
sugería que la estructura cristalina superficial del catalizador
debía jugar un papel importante en los procesos de absorción
y, particularmente, en el de hidrógeno. Esta sugerencia era de
extrema importancia puesto que situaba el problema en su verdadero nivel,
es decir, a la escala atómica de la superficie y de las especias
absorbidas.
Un metal masivo o un polvo metálico
están constituidos por pequeños cristales cuyas facetas poseen
estructuras atómicas periódicas diferentes. De este modo
se comprende que los catalizadores de platino estudiados hasta entonces
solamente habían proporcionado informaciones no diferenciadas en
relación con la heterogeneidad cristalina.
En 1965, Will publicó la primera
tentativa de demostración del papel que juega la estructura cristalina
superficial de los electrodos de platino en relación con sus propiedades
de adsorción de hidrógeno. Para ello empleaba muestras constituidas
por un solo cristal tallado según las direcciones cristalinas principales.
Desgraciadamente, la experiencia tropezó con una dificultad insalvable
en esos momentos. La superficie de un sólido está constituida
solamente por la capa más externa de átomos que, fácilmente,
puede recubrirse selectivamente por ciertas sustancias químicas
del entorno que modifican radicalmente las propiedades de la superficie.
En este caso se dice que el catalizador está envenenado o bloqueado.
De forma general, cuanto más activo es un catalizador, más
fácilmente se envenena. Este es el caso de los metales de la familia
del platino que constituyen los catalizadores más activos y cuyo
espectro de utilización es el más grande.
Will no tenía a su disposición
más que un solo método para eliminar la capa de veneno, método
electroquímico, del que hizo uso. El inconveniente del método
empleado es que, sin que aparezca claramente, modifica el ordenamiento
atómico de la superficie y no deja más que algunos vestigios
de la estructura inicial. Sin embargo, quedaban los suficientes para que
Will detectara que las propiedades de adsorción de una superficie
sumergida en una disolución dependían de la orientación
del cristal elegido para hacer la experiencia. Esta conclusión fue
rechazada en los trabajos aparecidos al principio de los años 70
en relación con la dificultad que mencionaba anteriormente.
Al final de este decenio, varios equipos
de Estados Unidos reexaminan el problema aplicando los métodos de
la Física de Superficies. Sus trabajos permiten reafirmar las conclusiones
de Will. Sin embargo, estos investigadores se enfrentaron con la misma
dificultad que él. El envenenamiento de la superficie por las impurezas
incontroladas captadas por las muestras durante la experiencia, les impedía
alcanzar las propiedades intrínsecas de absorción de superficies
atómicamente ordenadas.
En 1979, en colaboración con
un pequeño equipo de la Universidad de Grenoble, pudimos, por primera
vez, establecer las propiedades de absorción intrínsecas
a estas superficies ordenadas. Para ello, debimos emplear un método
completamente nuevo, fuera del dominio normal de la Ciencia de Superficies.
Los resultados publicados en 1980 estaban cuantitativamente de acuerdo
con las densidades atómicas superficiales de las muestras monocristalinas.
Las superficies ordenadas de platino mostraban propiedades de absorción
que nunca habían sido previamente observadas.
A partir de nuestras muestras monocristalinas
y variando las condiciones experimentales, era posible reproducir todos
los resultados encontrados hasta entonces y explicar su origen. Así,
por ejemplo, fuimos capaces de reconstruir la experiencia de Will y cuantificar
exactamente el alejamiento de la idealidad de las muestras empleadas por
él.
Aunque estos resultados, al igual que
las técnicas experimentales, fueron recibidos inicialmente con escepticismo,
comenzaron a imponerse en la comunidad electroquímica a partir de
1986.
Aparte de las propiedades de absorción
electroquímica, inicialmente estudiadas, todas las propiedades electrocatalíticas
se revelaron fuertemente dependientes de la estructura cristalina supeficial
del catalizador. Los trabajos desarrollados sobre este tema desde 1988
en el Departamento de Química-Física de la Universidad de
Alicante, a cuyos miembros deseo agradecer su amistad y confianza, han
proporcionado ya una amplia cosecha de nuevos resultados que han sido retomados
por otros laboratorios, en particular en Japón y Estados Unidos.
Estos resultados se significan por
la ruptura que introducen con los habidos en un pasado muy reciente. Sin
embargo, proporcionan al mismo tiempo informaciones que permiten analizar
la causa de esta ruptura. Al igual que toda nueva teoría debe explicar
a las anteriores, del mismo modo, toda nueva propiedad descubierta debe
explicar las propiedades anteriormente observadas. Esto es lo que exactamente
fue comprobado en los trabajos citados precedentemente.
Este lento proceso que acabo de describir,
que se extiende durante más de un siglo y medio y que pasa a la
vez del conocimiento cualitativo al cuantitativo y del macroscópico
al definido microscópicamente, constituye la esencia misma del progreso
en la investigación fundamental.
En este transcurrir, cada etapa nos
traslada a un estado superior del conocimiento que al final emerge pronto
o tarde en un dominio de aplicación previsto o imprevisto o se transforma
en un medio de acción o de decisión.
En el caso que hoy nos ocupa, un cierto
número de dominios de actividad, que pueden, a medio término,
beneficiarse de los resultados de esta investigación, están
bien identificados; otros vendrán, posteriomente a sumarse, que,
quizás, nos sorprenderán.
Esta excursión que acabamos
de realizar en una área particular de la historia de las Ciencias,
podría ser repetida, fielmente, para muchas otras disciplinas. Su
esquema está dado por la lógica misma del desarrollo de la
Ciencia. Debemos, pues, regresar de esta excursión convencidos de
que la investigación fundamental es una de las inversiones más
útiles que una nación pueda hacer, no solamente para su propio
futuro sino también para el futuro del hombre. Este convencimiento
debe permanecer aunque los resultados no sean directamente asimilables
por las necesidades económicas del momento. La realización
de esta inversión es un arduo problema para nuestra sociedad pero
todas las soluciones que sean propuestas deberán tener en cuenta
el respeto y la protección de la libertad e independiencia de la
elección intelectual del investigador, sea ésta o no conciliable
con las elecciones económicas o con las exigencias de la tecnología.
A modo de conclusión, querría
compartir con Uds. algunos extractos de un texto, muy breve, de un gran
sabio universal, Louis de Broglie. Las idas que en él desarrolla
pudieran tener algún interés en este tema.
L'histoire des Sciences montre que
dans leur domaine, les plus grands progrès ont été
effectués par des penseurs audacieux qui ont aperçu des voies
nouvelles et fécondes que d'autres n'apercevaient pas. Si les idées
des savants de génie qui ont été les promoteurs de
la science moderne avaient été soumises à des commissions
de spécialistes, elles leur auraient sans nulle doute parues extravagantes
et auraient été écartées en raison même
de leur originalité et de leur profondeur.
Tandis que, par la force même
des choses, s'appesantit sur la recherche et sur l'enseignement scientifique
le poids des structures administratives et des préocupations financières
et la lourde armature des réglementations et des planifications,
il devient plus indispensable que jamais de préserver la liberté
de la recherche et la libre initiative des chercheurs originaux parce qu'elles
ont toujours été et resteront toujours les sources les plus
fécondes des grands progrès de la Science.
"Nécessité de la liberté
dans la recherche scientifique"
Louis de Broglie
25 avril 1978
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