DISCURSO PRONUNCIADO POR EL PROFESOR ERNESTO GARZÓN CON MOTIVO DE SU INVESTIDURA COMO DOCTOR HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE
0. Manuel Atienza
me ha sugerido que en esta ceremonia no abunde en agradecimientos y me limite a exponer brevemente mi trayectoria
intelectual. Quienes lo conocen saben que es difícil negarse a cumplir sus
sugerencias perentorias. Pero, esta vez, habré de obedecerle parcialmente:
invertiré la secuencia de sus mandatos, no cumpliré el primero y, con respecto
al segundo, procuraré respetar el tiempo que se me ha concedido.
Sé que no siempre
es fácil explicar por qué hemos hecho lo que hicimos. Cuando intentamos dar una
explicación de nuestro comportamiento pasado corremos el doble peligro de caer
bajo la tentación de la autoindulgencia o de sufrir los extravíos del olvido.
Trataré de evitar las trampas de la no siempre controlable vanidad y de la
escurridiza memoria y esbozaré algunas explicaciones en un foro cuya
benevolencia desde ya descuento. Cuando ello sea oportuno, formularé alguna
moraleja intelectual a partir de las cuestiones que a continuación enuncio.
1. En mi larga
vida, he tratado de mantener una clara conciencia de los límites de mi
capacidad intelectual. Esta actitud crítica surgió ya en mis años de doctorando
en Madrid. Uno de mis maestros de aquel tiempo, Xavier Zubiri, me dijo una
tarde mirándome fijamente: "Sólo si uno tiene algo realmente original que
comunicar, vale la pena darlo a la imprenta. Las librerías están llenas de
libros inútiles por reiterativos." Durante décadas seguí estrictamente el
consejo de Zubiri: sólo publiqué lo absolutamente necesario para iniciar y
continuar una carrera universitaria. Ello me libró, quizás, de los peligros de
la arrogancia juvenil pero me privó también de la posibilidad de apreciar la
dimensión de mis errores y el alcance de algún eventual acierto. Moraleja: un
exceso de prudencia editorial cierra las puertas a la crítica y hasta puede
conducir a una poco fecunda timidez intelectual.
2. Nunca intenté
formular grandes sistemas en el campo del derecho, la ética y la politología.
Especialmente en el ámbito de la ética es peligroso pretender originalidad.
Hans Kelsen acuñó la expresión "sistema estático" para referirse al
sistema de la ética. Tenía razón: la tarea del filósofo de la moral consiste
primariamente en inferir racionalmente consecuencias normativas a partir de
un reducido número de axiomas. Aquí no caben intervenciones de la voluntad humana
como en el caso de la legislación y de la actividad judicial o política. Por
ello, no tiene tampoco cabida el historicismo en la moral y hay que andar con
cuidado cuando se quiere establecer restricciones histórico-geográficas a los
derechos humanos. Thomas Hobbes lo sabía: las llamadas leyes morales son "dictados
de la razón, sólo conclusiones o teoremas". Me gusta la comparación del
filósofo de la moral con el geómetra. Ella estimula la modestia y nos advierte
frente al peligro de imponer el dominio de la voluntad sobre la razón, que
tanto temía Leibniz. Moraleja: en cuestiones de filosofía moral conviene no sucumbir
a la tentación del despotismo de una supuesta voluntad creadora
3. Pensé, pues, que en mi caso lo mejor que
podía hacer era proponer algunas clarificaciones conceptuales que pudieran
provocar, quizás, discusiones razonables. Toda propuesta tiene un carácter
cuasinormativo: trata de influir en el destinatario de forma tal que ella o él
adopte el punto de vista propuesto. Pero es sólo un intento de aproximarse a la
solución de un problema que consideramos relevante o intrigante. Las
propuestas no son ni verdaderas ni falsas; pueden tan sólo ser plausibles o
implausibles. Y es obvio que todo juicio de plausibilidad implica una buena
dosis de subjetividad. Por ello, su pretensión de aceptabilidad es algo
precaria. Depende, en no poca medida, de hasta qué punto la o el destinatario
de una propuesta que consideramos plausible está dispuesta/o a otorgar
plausibilidad a los presupuestos conceptuales a partir de los cuales deducimos
nuestras propuestas y la fuerza de nuestros argumentos. Tomando en cuenta una
bien conocida distinción de J. L. Austin, podríamos decir que las propuestas
poseen un sentido ilocucionario pero no siempre es posible otorgarles un
sentido perlocucionario. Una cosa es proponer y otra convencer. No estoy
seguro de que mis propuestas hayan sido felices en sentido perlocucionario. En
todo caso, el proponer encierra algo de cortesía intelectual: la ultima palabra
de aceptación o rechazo la tiene la o el destinatario. Moraleja: Es mejor
proponer que imponer. La aceptación de una propuesta implica compartir
razones: tiende a la creación de un marco argumentativo estable; la imposición
no se basta a sí misma, no pierde nunca su desigual unilateralidad y mantiene, por ello, una siempre
inquietante inestabilidad.
4. La elección de
los temas de mis propuestas dependió, en cierto modo, de los desafíos que tuve
que enfrentar para asumir aquello que Jorge Luis Borges llamaba el
"destino sudamericano". En 1974, la expulsión de mi país por
“inútil”, por "prescindible", según el léxico oficial de aquellos
años de terror e intolerancia, me obligó a exiliarme en Alemania y, desde el
punto de vista académico, a pasar de una facultad de derecho a un instituto de
ciencias políticas. Ello implicó un cambio de los temas de consideración
prioritaria. Pero, quizás, la razón más importante para la elección de mis
propuestas conceptuales fue un fuerte deseo de lograr una aproximación fecunda
a cuestiones de mi ambiente político y social. Me cuesta entender actitudes
filosóficas radicalmente distantes de la realidad que a uno le toca vivir.
Creo que esto vale con tanta más razón cuando se trata de filosofías que, como
las del derecho, la moral o la política, tienen una marcada vertiente
práctico-social. Moraleja: el filósofo que no desee quedar encerrado en la
blanca torre de tan mala fama, tendrá que descender a la realidad de su vecino
y “facer una prosa” que éste comprenda y le ayude a orientarse en esa
enigmática experiencia que llamamos vida. Y cuando no pueda hacerlo, lo mejor
es callar. Así lo supieron Aristóteles, Gonzalo de Berceo y Wittgenstein.
5. Si algo he
aprendido de mis lecturas de los grandes filósofos es que la filosofía no es la exposición oscura de
problemas que pueden ser formulados claramente. Hay que tomar en serio la
claridad y la coherencia. Claridad no es trivialidad. Quienes confunden oscuridad con profundidad posiblemente
olvidan que la solución de un problema tiene fatalmente un cierto matiz de
simplicidad. A ellos conviene recordarles la sabia reflexión de Nelson Goodman:
"Todo
esfuerzo en la filosofía por convertir lo oscuro en algo obvio es probablemente
poco atractivo, pues el castigo del fracaso es la confusión y la reconpensa del
éxito la banalidad. Una respuesta, una vez obtenida, es aburrida y el único interés que queda
consiste en seguir esforzándose para volver aburrido lo que todavía es suficientemente
oscuro como para ser intrigante."
Quizás algunas
de mis propuestas pueden parecer banales. Sé también que el recurso a
expresiones literarias puede no haber satisfecho a todos. Así, por ejemplo, la
expresión "coto vedado", tomada del título de un libro autobiográfico
de Juan Goytisolo centrado en la revelación de su intimidad, resulta a veces
irritante; en cambio, la referencia a las "manos sucias y Mozart",
inspirada en un cuento de Manuel Vincent, goza de una cierta aceptación. A
pesar de todo, sigo creyendo que incorporar al no pocas veces árido lenguaje
jurídico expresiones literarias alivia el espíritu y hasta puede estimular la
lectura de las fuentes invocadas.
Moraleja: No despreciar la ayuda del poeta: las creaciones intelectuales
no surgen ni se mantienen aisladas; todas ellas se integran en lo que llamamos
cultura. Esto vale también para el caso del derecho.
6. He procurado
que mis propuestas fueran formuladas desde una perspectiva que me quisiera
fuera considerada como analítica si es que por ella ha de entenderse – como
decía Georg Henrik von Wright - una preocupación por
"Luchar en
contra de toda forma de efectos de obscurecimiento de las palabras en la mente
de las personas ... "
Cuando esta lucha se realiza en América Latina o en Europa con la mirada
puesta en ese continente, no hay que olvidar que allí pasa justamente lo opuesto
a lo que, según Philip Pettit, sucedía en los países de residencia de los
filósofos analíticos durante buena parte del siglo XX:
"La mayoría
de los filósofos analíticos vivía en un mundo en donde valores tales como
libertad, igualdad y democracia mantenían un dominio indiscutible."
El mundo
latinoamericano es muy diferente: presenta el
mayor grado de injusticia social del mundo y una muy débil vigencia de
los marcos normativos que regulan el comportamiento de gobernantes y gobernados.
La Corte
Constitucional de Colombia ha acuñado la expresión "estado de cosas
inconstitucional" para referirse a las violaciones de los derechos
fundamentales en ese país. Tengo la impresión de que esta designación vale para
todo el continente y que la tarea más urgente desde el punto de vista
juridico-político es lograr que las constituciones sean tomadas en serio y
abstenerse durante un siglo de reformarlas.
La desconfianza
ante las instituciones tiene en América Latina una tradición secular. En muchas
partes de nuestro continente sigue siendo cierta la observación formulada en
1888 por el fino intelectual peruano Manuel González Prada:
"Hay un hecho
revelador: reina mayor bienestar en las comarcas más distantes de las grandes
haciendas, se disfruta de más orden y tranquilidad en los pueblos menos
frecuentados por las autoridades."
Que la ausencia del poder estatal pueda ser garantía de paz social, es
algo que sin duda sorprendería a no pocos teóricos y filósofos del hemisferio
norte pero no a quien esté familiarizado con nuestra precariedad
institucional.
Esta
insuficiencia estructural trae como consecuencia la necesidad de una especie
de traducción adaptativa de los temas que filósofos del derecho trabajan en
Europa o en los Estados Unidos.
Si esto es así, pienso que no es muy aventurado sugerir que la tarea de
un filósofo del derecho latinoamericano tiene que asumir una tarea doblemente
complicada: por una parte, no puede dejar de tomar en cuenta, entre otros, los
problemas universales de esta disciplina; por otra, tiene que tratar de
desgarrar el velo de la retórica y esquivar la trampa de la ciega imitación de
modas filosóficas. Contamos ya con buenos ejemplos al respecto pero no es poco
lo que queda por hacer. Moraleja: No hay que propiciar el rechazo cerril del
pensamiento ajeno ni estimular su frívola recepción acrítica.
7. Quizás Zubiri no tenía toda la razón. Especialmente en el campo de la
ética, la política y el derecho, suele no ser inútil reiterar lo ya conocido.
Por el contrario, a menudo es aconsejable y hasta necesario reiterar o
reformular los llamados "lugares comunes". Actualizar viejas
reflexiones puede ser una vía eficiente para despertar y agudizar la percepción
de los problemas y buscar las soluciones adecuadas. Hay peremnes discusiones
acerca de la naturaleza de la moral, del concepto de derecho o de las reglas
del juego social. Y los más estimulantes argumentos suelen ser reformulaciones
de antiguos pensamientos. Me doy por satisfecho si he logrado ser un pasable
reformulador. No mucho más pedía Goethe cuando aconsejaba repensar lo ya
pensado. Moraleja: No toda reiteración es vana ni toda innovación fecunda.
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Para terminar, permítaseme formular tres breves consideraciones (esta
vez sin moraleja), con las que llegaré al, desde Moisés, atractivo número diez.
8. La primera de ella se refiere a una agradable sorpresa que tuve hace
ya decenios cuando en el campus de esta universidad vi una placa
recordatoria de Jorge Juan, el marino científico compañero de Antonio de Ulloa
con quien escribiera unas memorables Noticias secretas de América. Conozco
pocas descripciones tan correctas de la defectuosa administración colonial como
ésta, que fuera luego habilmente utilizada por Londres para estimular la
independencia. Cuando la leí pensé que buena parte de los males
político-sociales criticados por estos marinos fueron luego celosamente
cultivados por las clases dominantes en las nuevas repúblicas. Con respecto al
papel de los jueces en la Lima colonial valga el siguiente párrafo:
"La confianza en
que viven los jueces inferiores de que sus delitos no llegarán a confirmarse
como tales en los tribunales, no tienen reparo en cometerlos, ni en perderles
el temor: olvidarse de la justicia, y no tener por objeto de su conducta otra
cosa más que el adelantamiento de su propio interés es la práctica de ellos, y
toda vez que lo consigan, no les importa que sea justo ó injusto el medio de
que se valen para ello.“
"Estos son los pasos y términos que
siguen precisamente los negocios de justicia en las Audiencias y todo proviene
[...] del negocio oculto que tienen entre sí los jueces, los comerciantes y los
ministros; pero aun quando estos no hicieran comercio alguno, bastarían los
obsequios que reciben para hacer disimulables los agravios de los que
gobiernan, y apocar las culpas de todos los demás."
Hasta qué punto
esta forma de administrar justicia sigue siendo vigente en buena parte de
América Latina es algo que dejo aquí como cuestión abierta aunque creo que
quienes me conocen adivinarán mi respuesta.
Ya entonces me pareció que la vinculación de Jorge Juan con Alicante era
un buen presagio de una mayor relación intelectual de esta universidad con América
Latina. Y así ha sucedido gracias, en buena medida, a la actividad del Seminario
de Filosofía del Derecho que mantiene una fecunda cooperación de enseñanza e
investigación con centros universitarios latinoamericanos desde México hasta
Chile y Argentina.
9. Mi segunda consideración se refiere a una sabia reflexión de Séneca
cuando decía que lo debido no se agradece: se agradece lo gratuitamente
otorgado. Por ello, si ahora intento hacer un balance entre lo merecido y lo
gratuito, como no hay duda que lo segundo supera ampliamente lo primero, sólo
me cabe agradecer el honor que hoy se me dispensa y comparto con colegas y
amigos de valía intelectual y humana. Se agradece con palabras y hechos:
aquéllas las pronuncio ahora; de los otros dará cuenta mi futuro.
10. Tercero: Es difícil
precisar en qué momento se inició mi relación entrañable con los profesores de
filosofía del derecho de esta universidad. Sólo sé que se remonta a los
primeros años de mi exilio. Dar nombres ahora significaría no sólo correr el
riesgo del injusto olvido sino de cansaros con una larga lista en la que
tendría también que detenerme para explicar relaciones y méritos. Valga pues mi
más sincero agradecimienzo a todos ellos y un estrecho abrazo que los abarque a
todos. Como sé que para
el otorgamiento de toda distinción académica no basta con proponer sino que
también es necesario contar con la aprobación de lo propuesto, quiero expresar
también mi reconocimiento a las autoridades de la Universidad de Alicante que
han hecho posible que hoy me sienta gratuitamente honrado y me proponga procurar
en lo que resta que la realización de lo debido contribuya a reducir la
magnitud de lo gratuito.
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