Una antigua tradición,
que el uso continuado ha convertido en costumbre, establece que todo Discurso
de recepción del título de “Doctor Honoris Causa” se inicie
con el obligado agradecimiento del doctorando por la distinción
que se le concede.
Ese agradecimiento por el
Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Alicante debe reconocer, ante
todo, la singularidad de los motivos que lo justifican.
En primer lugar, debo proclamar
mi agradecimiento a la Universidad de Alicante, en la que ingreso por decisión
de su equipo rectoral, que aceptó la propuesta realizada por la
Facultad de Ciencias Económicas y empresariales. Una Facultad creada
en la década de los años 1970 y que ofrecería muy
pronto pruebas indiscutibles de la vitalidad de su vocación docente
y de su capacidad de organización que prueba este espléndido
“campus” en el que nos encontramos. He tenido la suerte de convivir en
esta Universidad jornadas dignas del recuerdo que van desde mi presencia
en los tribunales que han juzgado las Tesis Doctorales de sus licenciados
hasta mi participación de forma continuada en las “Jornadas de Economía
Española” que han cubierto este año su XIII edición
anual. Actos académicos presididos siempre por el deseo de los alumnos
por aprender, el testimonio de la vocación de sus profesores por
transmitir sus conocimientos y por juzgar con profesionalidad ejemplar
las Tesis Doctorales presentadas por sus licenciados. Transmitir mi agradecimiento
a los profesores y alumnos de la Facultad de Ciencias Económicas
y Empresariales de la Universidad de Alicante por haberme permitido compartir
con ellos jornadas universitarias ejemplares, es una obligación
que cumplo con agrado en este acto. Un agradecimiento que acompaño,
en esta oportunidad, con el reconocimiento de la deuda que con ellos contraigo
por ser a su iniciativa a la que debo mi incorporación a esta Universidad
como “Doctor Honoris Causa”.
Pero este Doctorado tiene
para mí la singularidad de recibirlo en compañía,
lo que da al título una motivación innovadora que concede
a este acto una significación especial.
Como ha recordado en su preceptiva
y generosa laudatio el profesor Barciela, la motivación común
de este Doctorado Honoris Causa, para quienes lo recibimos en esta oportunidad,
es el reconocimiento de la labor de magisterio en la enseñanza de
Economía en nuestro país a las que hemos dedicado lo mejor
de nuestras vidas quienes hoy nos incorporamos como “Doctores Honoris Causa”
a la Universidad de Alicante.
Aunque pertenecientes a generaciones
distintas, los cuatro hemos servido a un proyecto común: tratar
de afirmar en España unos estudios de Economía que institucionalizaran
una formación universitaria permanente que permitiera que el país
dispusiera de unos profesionales competentes, capaces de recordar y aplicar
a nuestra sociedad los mandatos de ese valor incómodo que obliga
a administrar permanentemente, con eficacia, los recursos escasos de los
que el país dispone.
Surgida en el medio siglo
creador, que va de 1750 a 1800, la economía no contó en España
con intérpretes creadores de los principios básicos que integraron
su conocimiento científico. Sin embargo, nuestros economistas ilustrados
del siglo XVIII no asistieron pasivamente a la emergencia de la Economía
como nueva ciencia social. Comprendieron la importancia de la economía
naciente, conocieron muy bien las obras creadoras de su tiempo y aplicaron
magistralmente sus principios para diagnosticar los problemas económicos
españoles y orientar las reformas con las que tratar de resolverlos.
Como ha reconocido el gran historiador del pensamiento económico
Schumpeter, los principales economistas de la Ilustración –Campomanes
y Jovellanos- fueron maestros en el arte de la Economía Aplicada.
Entendieron el proceso económico mejor que algunos teóricos
y es de interés observar –concluye Schumpeter- lo poco que tenían
que aprender a este respecto de Adam Smith, cuya obra fundacional, La Riqueza
de las Naciones, fecha convencionalmente el origen de la Economía
como las más joven de las ciencias sociales en 1776.
Por otra parte, los economistas
de nuestra Ilustración fueron conscientes de la necesidad de institucionalizar
el aprendizaje de la nueva ciencia económica, creando las cátedras
y las enseñanzas de Economía en distintas Sociedades Económicas
de Amigos del País. Enseñanzas meritorias pero intensamente
discutidas por una parte de la sociedad española, e incluso perseguidas
por el Santo Oficio de la Inquisición porque los principios de la
Economía aplicados a la vida económica española demandaban
cambios y reformas que afectaban a intereses profundamente arraigados en
la sociedad tradicional del Antiguo Régimen.
Un ambiente más pacífico
dominó en el segundo escenario que va a abrirse a los estudios de
Economía impulsados por los Consulados y Juntas de Comercio de Palma
de Mallorca y Barcelona a partir de 1814, ensayo que duraría hasta
1840.
La Universidad reclamará,
en 1807, los estudios de Economía para incorporarlos a la facultad
de Leyes, proyecto que se verá agitado de nuevo porque su enseñanza
se convertirá en centro de discusión y controversia política
–apareciendo y desapareciendo de los planes de estudio- durante el medio
siglo que va de 1807 hasta que, en 1857, la Ley Moyano asentara definitivamente
las enseñanzas de Economía en las Facultades de Derecho.
Tres conclusiones fundamentales
se desprenden de la serie de acontecimientos que jalonan la historia inicial
de la incorporación de las enseñanzas de Economía
en España. La primera es la sensibilidad de las clases rectoras
de nuestra sociedad ilustrada a la importancia de la Economía y
su reconocimiento de la conveniente difusión de sus enseñanzas.
La segunda, la presencia de dificultades para que esa valoración
minoritaria de nuestros ilustrados informara las reformas legislativas
pertinentes que asentaran en España unos estudios universitarios
capaces de ofrecer al país los profesionales que podrían
inspirar una administración mejor de sus recursos, capaz de
sacar a nuestras gentes de la pobreza y del subdesarrollo en el que se
encontraban.
La tercera de las conclusiones
que ofrecen los primeros ensayos de los estudios económicos en España
es la posición subordinada en que la política educativa del
país situó a la Economía en nuestra Universidad, concediendo
a sus enseñanzas sólo un papel adjetivo en la preparación
de nuestros juristas, sin decidirse a hacer de los estudios económicos
el centro de una Facultad universitaria independiente. Una situación
que duraría mucho tiempo en España.
Habrá que esperar
más de 85 años para que surjan, con carácter independiente,
los estudios universitarios de Economía en 1943, en la Facultad
de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad de Madrid.
De las enseñanzas
de esa Facultad somos deudores quienes recibimos hoy el Doctorado Honoris
Causa por la Universidad de Alicante. Sería injusto olvidar la deuda
contraída por nuestras generaciones con quienes articularon, por
vez primera en España, unos estudios universitarios de Economía,
despertando nuestra vocación de economistas y llevando nuestro deseo
de aprendizaje hacia la ciencia económica vigente en su tiempo.
Quisiera simbolizar esta deuda en tres maestros, compartidos por los cuatro
profesores que hoy recibimos el Doctorado Honoris Causa por la Universidad
de Alicante: Valentín Andrés Álvarez, un liberal de
lujo cuya admirable pedagogía nos introdujo en los principios de
la Teoría Económica y nos enseñó a apreciar
a los economistas del pasado que construyeron la ciencia que aspirábamos
a conocer; a Manuel de Torres Martínez, que nos ofreció,
a través de su dirección de la Biblioteca de Ciencias Sociales
de la Editorial Aguilar, un panorama extraordinario de los ensayos y manuales
vigentes en su tiempo que era preciso leer y que llamó nuestra atención
hacia la necesidad de conocer los datos básicos de la Economía
española a través del fecundo panorama de la contabilidad
nacional que él contribuyó a aplicar en nuestro país;
y a José Castañeda, del que aprendimos lo que significaba
el rigor de la disciplina exigente que reclamaba el estudio de la Teoría
Económica.
Desde esos años tan
distantes de nuestra licenciatura en Ciencias Económicas han transcurrido
muchos más, entre los que se cuentan nuestro ingreso en el profesorado
de esa Facultad en la que nos habíamos licenciado y doctorado y
en la que ganaríamos las oposiciones para el desempeño de
nuestra función docente.
Al volver hoy la vista atrás
y recontar en mi memoria el ejercicio de mi labor docente y el de mi profesión
de economista, debo confesar que ha valido la pena desempeñar ese
destino afortunado de enseñar Economía y tratar de aplicarla
para afrontar los problemas con los que España se ha enfrentado
en su pretensión de lograr su desarrollo económico. Hoy los
estudios de Economía han arraigado en la Universidad española,
como lo prueban las 46 Facultades de la Universidad pública existentes
en el país y los 18 centros universitarios privados. Los 120 licenciados
en la primera promoción en la Facultad de Ciencias Políticas
y Económicas de la Universidad de Madrid se han convertido en los
16.368 que finalizaron sus estudios en las Universidades públicas
y privadas en el curso de 1997-1998. Ese desarrollo espectacular de os
estudios de economía se ha apoyado en el crecimiento de la propia
economía española del que deriva su sentido. La economía
del ayer lejano de 1947 medía su desarrollo por las 412.663 (pesetas
de 1998), que se han convertido en el año actual en 2.079.924 (pesetas
de 1998). Los economistas tenemos derecho a pensar que algo tienen que
ver con este cambio las tres grandes operaciones que se han inspirado y
dirigido por los economistas españoles y secundado por nuestra sociedad:
el Plan de Estabilización y Liberalización de julio de 1959,
origen del espectacular crecimiento de la década de 1960; los ajustes
a la crisis económica, crisis planteada en 1975; que recibiría
el tratamiento, a partir de 1977, de los Pactos de la Moncloa y del programa
del partido socialista aplicado desde 1983, decisiones políticas
que permitieron sentar las bases de la convivencia democrática del
país y su recuperación económica a partir de 1985.
Finalmente, la integración en Europa llegaría en 1986 con
nuestro ingreso en el Mercado Común, más tarde, en el Mercado
Único Europeo para lograr, en mayo de este año, que España
se convirtiera en país fundador de la UME.
Por encima de estos datos,
con los que se ha escrito la historia económica de España
en ese medio siglo cumplido por nuestra profesión, a mí me
queda como recuerdo impagable del pasado de maestro de economistas que
he vivido, el valioso activo intangible de los discípulos que he
tenido la suerte de disfrutar. Los discípulos –como los hijos- no
se eligen. Nos los da la Providencia o el destino. Y ambos han sido tan
generosos conmigo como para reconocer la deuda que ha hecho feliz mi vida
de profesor. Y a estos discípulos debo estar hoy aquí recibiendo
el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Alicante.
ENRIQUE FUENTES QUINTANA
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