GIL-ALBERT: UN ESPAÑOL QUE PIENSA
 
 
   La anécdota ha sido relatada múltiples veces por los conocedores de Juan Gil-Albert. Le preguntaban una vez si era un afrancesado, a causa de su admiración y constantes referencias a la cultura francesa, y él respondió: «No, sólo soy un español que piensa». 

 Juan Gil-Albert era un hombre culto y, por eso, reflexivo. Como fueron tantos de aquellos escritores formados en los años de la II República española, periodo de esplendor de las letras y del pensamiento. 

 Juan Gil-Albert viajó mucho por Europa, antes de la Guerra Civil, y luego por América, durante el exilio a que se vio forzado. Y, sobre todo, leyó y reflexiono. Todo esto, más las conversaciones con los grandes escritores y la amistad con pintores, hizo de nuestro personaje un humanista. En su prosa se percibe este rasgo, como han puesto de relieve no pocos estudiosos. 

 Y, como persona, fue entrañable, volcado a la amistad, nunca altanero. Cuidadoso de su aspecto y de sus posturas, sensible, fino. Rara vez, mientras se lo permitió la salud, se negó a recitar poemas suyos (lo hacía con gracia y sinceridad, como su poesía). Era consciente, en esos casos, de que estaba contribuyendo al goce estético de sus oyentes. 

 En el verano de 1947 regresó del exilio con su obra y su capacidad humana y de escritor. No disponía de otros avales y tal vez por eso no ha alcanzado la notoriedad entre el gran público de que es merecedor por la calidad de su obra. Pero, ¿hay alguien que haya tratado a Gil-Albert que no lo quiera, que pueda decir algo negativo de él?. Y, por otra parte, ¿existe algún crítico o lector que no estime el valor, alto valor, de su obra? Sin duda hemos perdido físicamente a un clásico, a un escritor de valía excepcional. Nos queda su palabra y esa actitud reflexiva que le ha caracterizado y que constituye una de las mejores herencias que poco a poco nos legan los grandes escritores. 
 

Emilio La Parra 
Diario Información, 5 de julio de 1994