A través de 50
años de investigación en biología
Con el Doctorado Honoris
Causa que me otorga, la Universidad de Alicante me está confiriendo
un gran honor. Un honor que me distingue, y que además me emociona
profundamente por venir de esta Universidad a la que tengo afecto, en la
que he dado clase y con la que colaboro en la proyección internacional
de su Centro Iberoamericano de Biodiversidad.
Me gusta mucho la Universidad
de Alicante. Las sensaciones de pujanza y juventud que tanto se perciben,
son evidencias gratificantes del proceso de recuperación de la ciencia,
de la cultura, en que están involucradas las universidades españolas.
Siento la más profunda coincidencia y me considero involucrado en
el planteamiento motor: sin un poderoso desarrollo cultural y científico,
sin universidades y centros de investigación, el desarrollo económico
e incluso las libertades democráticas, están en una situación
frágil, como pez fuera del agua.
Por todo ello, una vez más
muchas gracias al claustro de profesores que me ha conferido el Doctorado
y a mi padrino en esta gestión, mi querido amigo Eduardo Galante.

La imposición de un
grado como el que se me otorga, es una de las poquísimas ocasiones
en la que se justifica hablar de la propia obra. Sin embargo, cuando el
relato se acerca mucho al individuo se cae en el riego de presentar una
aburrida hagiografía: un relato de vida y milagros.
Intentaré no caer
por completo en esa trampa. Me referiré a lo que me han enseñado
mis distintas incursiones en la biología sobre pensamientos dominantes
en diferentes épocas. En ecología, en comportamiento, en
zoogeografía, realmente han cambiado los paradigmas. Es algo sobre
lo que tengo una experiencia directa a través de 50 años
de estar en estos asuntos.
Empecé a hacer investigación
formal en las vacaciones entre el fin del bachillerato y el principio de
la carrera. De hecho mi primer artículo apareció antes de
que cumpliera 20 años.

Mi iniciación científica
fue como entomólogo y como taxónomo. Fui formado (iniciando
la relación mucho antes de ser alumno regular) por varios de los
excelentes entomólogos del museo Nacional de Ciencias Naturales
de Madrid, los que a su vez se habían hecho científicos en
la escuela de D. Ignacio Bolívar. No sólo en entomología
recibí clases de profesores españoles refugiados en México.
Más de la mitad de los profesores que me dieron clase durante la
licenciatura se habían formado en España.
Con una afición que
me venía de la infancia y trabajando todos los tiempos libres con
el Dr. Cándido Bolívar y Pieltain y después con el
Dr. Federico Bonet, era obligado que fuese entomólogo y sistemático.
Pero Federico Bonet en los años 50 estaba en plena evolución
intelectual. A través del estudio morfológico en profundidad
buscaba realizar una sistemática mejor. La ecología le interesaba
cada vez más. Pero sobre todo era un excelente, disciplinado e imaginativo
naturalista que trataba de captar una visión global del entorno
biológico.

Algo de todo esto se me contagió.
La segunda parte de mi carrera fue totalmente atípica. Mi Escuela
era y es una institución pública y gratuita, en la que hace
50 años era bastante común ser dado de baja por escolaridad
insuficiente. El hecho es que desde tercer año fui único
alumno en mi generación y la Escuela mantuvo todo el aparato de
profesores y laboratorios para mi formación. Un despliegue maravilloso
en una escuela pública, comprometida a fondo con el desarrollo de
México.
Además de cursar todas
mis materias, estos años me saturé de Federico Bonet. Era
profesor –ayudante de prácticas de laboratorio de los alumnos de
primer año- y como larva de investigador tenía un espacio
y unas facilidades superiores a mis merecimientos. En esos años
llevé dos exhaustivos cursos con Bonet: uno, Evolución, el
segundo, Ecología y Biogeografía. Cursos en que había
un profesor y un alumno pero que se realizaron seis horas a la semana cada
uno, durante un año.
Así me formé
taxónomo, pero con una fuerte inclinación a la biogeografía
y a la ecología.
Pensaba y sigo pensando que
la sistemática ofrece una oportunidad excepcional de síntesis
dentro de la biología comparada: el gran reto es proponer un sistema
que muestre las diferencias y semejanzas de un grupo de organismos. Un
sistema que sea un reflejo de la historia evolutiva del grupo. Este es
el propósito de una buena monografía. A mí me ha gustado
hacer monografías sistemáticas. A lo largo de mi vida
he publicado siete. Es un tipo de trabajo que requiere mucho esfuerzo y
mucho tiempo, a veces años. Pero los resultados son perdurables.
Sólidas fuentes de referencia que persisten mucho tiempo.

No entiendo los falsos conflictos
entre taxónomos y biólogos experimentales o moleculares.
Más allá de las pugnas por el control de facilidades y subvenciones
(algo que sí entiendo, pero que no debe romper ciertas reglas),
me parece que cuando llegan al menosprecio, este tipo de conflictos no
hace más que reflejar la pobreza del medio académico en que
ocurren.
En la investigación
hay modas. Es lógico y quizá muy bueno, ya que muchas modas
son resultado del proceso de avance de la ciencia, de la substitución
de paradigmas. Pero no veo razón alguna para promover la Biología
Molecular a expensas de la Biología Comparada o lo contrario.
Ambos enfoques estudian los
dos extremos de la dualidad inherente a los seres vivos: su diversidad
y su unidad.
Muy joven me empeñé
en casarme y lo hice antes de cumplir 23 años. Esta decisión
ha sido muy importante para mi vida futura. Conseguí una maravillosa
compañera y colaboradora, pero, además, la necesidad de contar
con un buen sueldo me hizo buscar un tipo de trabajo que en otras condiciones
no hubiera deseado.

De ninguna manera se me ocurrió
dejar la investigación, algo que nunca he hecho desde los 17 años.
Conservé mi lugar en el laboratorio pero con una mezcla de mucha
audacia y bastante suerte conseguí el puesto de Director de Estudios
Biológicos de la representación en México de una de
las mayores empresas de productos químicos del mundo. Durante siete
años, hasta que me reintegré tiempo completo a la investigación,
conservé esta posición.
Aparte de que ganaba mucho
más que mis colegas, el trabajo que realizaba influyó en
mí.
Mi tarea era probar los nuevos
herbicidas e insecticidas que la empresa creaba (era la Época de
Oro de los agroquímicos), pero sobre todo resolver los problemas
inmediatos y siempre urgentes que planteaban los clientes.
Era enfrentarse continuamente
al reto. Utilizar los conocimientos para resolver problemas concretos,
inmediatos. Un tipo de actividad que desarrolla las capacidades de percepción
y de respuesta.
Creo que fue una muy buena
formación que completó la formal y como suele ocurrir un
poco rígida que recibí en la carrera. Además, me quedó
el gusto por la ejecución de estos trabajos de tipo ingenieril,
por aplicar el conocimiento a la resolución de problemas.

Ya reintegrado totalmente
a la vida académica (que como he dicho nunca dejé del todo)
este gusto al que me estoy refiriendo me fue muy útil. Primero en
la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas y después en el
Instituto de Ecología he dirigido equipos interdisciplinarios que
he organizado para resolver un problema concreto. Muchas veces, trabajos
realmente importantes, en los que lo primero era inventar (no teníamos
antecedentes) cómo los íbamos a enfrentar.
Estas empresas muchas veces
globales por la variedad de sus dimensiones, y siempre acotadas en el tiempo,
han sido muy útiles para obtener los fondos y el lugar que permiten
la investigación tranquila, sin prisas, y tengo que reconocerlo,
durante muchos años me han resultado excitantes.
En esta línea incluiría
mis trabajos y acciones para crear las dos primeras reservas de la biosfera
de México y de Latinoamérica, participar muy activamente
en la creación de varias otras reservas y también en la concepción
de los propios conceptos rectores aprobados por MAB-UNESCO.
Quisiera aprovechar este
momento para una reflexión sobre cómo y para qué formamos
nuestros mejores científicos. En México hemos llegado a integrar
un sistema de formación muy eficiente, pero muy acotado. Un joven
brillante, de excepción, puede estar becado en el bachillerato y
en la licenciatura. Recibir durante el posgrado una beca que es superior
a los ingresos medios. Y una vez doctorado entrar a una institución
académica, en donde además del sueldo recibirá una
beca del Sistema Nacional de Investigadores. Si es realmente bueno, esta
beca que además es creciente le será mantenida hasta la muerte,
incluso más allá porque se le paga un seguro de vida y otras
prestaciones a la viuda o viudo.
Crear esta carrera, este
«curso de los honores», ha sido realmente un logro. Un logro
excepcional. La calificación es realizada por comités de
científicos y es una carrera abierta, en la que no hay límite
de cupo, sino únicamente criterios de calidad.

Pero la carrera tiene sus
fallas. Una de ellas la tensión que genera, ya que una mala calificación
en una de las continuas evaluaciones puede interrumpir el curso de los
honores y de las becas. Más preocupante es que lleva a un círculo
cerrado: la academia crea relevos de excelencia para sus instituciones.
Varios de nosotros nos hemos planteado abrir las posibilidades y no me
refiero sólo a las normativas, sino también a las psicológicas
y sociales, para que una parte de estos científicos de elite dedique
temporal o permanentemente la excelente preparación que ha adquirido
a la resolución de problemas inmediatos, en la empresa o en la administración
pública. Buscar que esta ruta coexista con aquella finalidad es
la generación de la propia ciencia, es una forma de no desligar
los centros universitarios de excelencia de la sociedad que los sostiene.
Desde que me reintegré
tiempo completo a la investigación, en 1962, sin dejar la taxonomía
cada vez dediqué mayor tiempo a los estudios zoogeográficos
y ecológicos. Siempre teniendo como objeto central de trabajo los
coleópteros de la subfamilia Scarabaeinae, a los que también
he dedicado mis estudios sistemáticos, trabajé cada vez más
intensamente en comportamiento, en especial en comportamiento sexual.
Aunque estos estudios los
realizaba en el laboratorio, no dejaba de ser un ecólogo con experiencia
de campo. Las explicaciones que han ido surgiendo en esta línea
de investigación, incluyen muchas reflexiones morfológico-evolutivas,
derivadas de mi formación como sistemático y siempre una
visión ecológica. Realmente he hecho ecoetología.
Con distintas colaboraciones
o sólo, he publicado bastante sobre el comportamiento de los Scarabaeinae
y su evolución. Quizá hemos llegado a integrar una serie
de paradigmas para explicar lo que hacen y porqué. Entre estos trabajos,
dos libros me han dado una muy especial satisfacción. Con Eric Matthews
publiqué en 1966 la «Historia Natural de los Scarabaeinae».
Teníamos la pretensión nada humilde de reunir todo lo publicado,
más nuestro propio material, incluyendo los primeros trabajos intensivos
realizados en selvas.
Barrimos la información.
Matthews habla y escribe seis idiomas, incluyendo el ruso, lo que fue muy
útil. Pudimos presentar una visión a la vez detallada y de
conjunto que no tenía antecedentes.
En 1982, con David Edmonds,
preparé otro libro de síntesis. Centrado en la nidificación
y el comportamiento sexual y con un muy definido interés en llegar
a hipótesis evolutivas.

Dicen que estos dos libros
son los textos más citados sobre el tema. En 1991 fueron continuados
por un tercer libro de síntesis, con énfasis en la ecología
de poblaciones, editado por Ylka Hanski e Ives Cambefort. En conjunto hemos
hecho de la ecología y el comportamiento de estos escarabajos un
campo de investigación muy activo, en el que trabajan grupos de
científicos en varios países, incluyendo muy destacados investigadores
españoles.
Como me ocurre en otros temas
que alguna vez he empezado: la sistemática, la zoogeografía
o las reservas de la biosfera, no he dejado los estudios sobre comportamiento.
Especialmente en dos aspectos: el comportamiento subsocial y el infanticidio.
Con varias de mis colaboradoras
publiqué los primeros resultados sobre infanticidio en 1980. Infanticidio
muy notable porque está restringido a un género: Eurysternus,
porque lo practican los dos sexos, y porque las etapas de furia destructiva
siguen a largos periodos de cuidados, sin una explicación fácil
que explique el cambio. Realmente un sin sentido. Pero cuando se profundiza
en muchos aparentes “sin sentido” aparecen delicadas y oportunas explicaciones
adaptativas. Aprovechando los excepcionales laboratorios que nos ha construido
el Director del Instituto de Ecología, Sergio Guevara, hemos vuelto
a tomar el infanticidio en Eurysternus. Estamos revisando 30 años
de protocolos de investigación, montañas de datos afortunadamente
conservados, repitiendo y variando experimentos. Trabajando con medios
y con cuidados para superar la descripción y poder llegar a la explicación.
Habiéndome formado
como ecólogo en los años 50, y enseñado ecología
por muchos años teniendo como referencia los libros de Eugene Odum
y Ramón Margalef, mi visión
de la ecología era muy estructural y funcional. Es cierto que mi
interés por la zoogeografía y dentro de ésta por las
hipótesis basadas en la deriva continental, habían hecho
que tomase en cuenta el elemento histórico: irrepetible y en gran
parte aleatorio, con mucha mayor atención de lo que es habitual
en ecología. Pero, estoy cambiando.
A principio de los noventa
comencé a interesarme por la diversidad biológica. ¿Qué
es, cómo se origina, cómo se puede medir?
Con varios alumnos estoy
examinando las relaciones entre las diversidades ,
y a nivel de paisaje, la
importancia del factor histórico, así como los efectos de
la fragmentación y del cambio antrópico. El Instituto
de Ecología donde trabajo está en un lugar excepcional
para estos estudios. En la parte central del estado de Veracruz, en pocos
kilómetros, la altitud va del nivel del mar a 6000 metros. El paisaje
refleja una historia mínima de 3500 años de uso y modificaciones
antrópicas y también de periodos de abandono. Es un lugar
de privilegio para estudiar los efectos de las actividades humanas sobre
la diversidad biológica.
He entrado de lleno en mi
nuevo tema. Por una parte me he permitido detectar y contradecir los muchos
lugares comunes sobre diversidad biológica y su pérdida que
infestan y se repiten en forma acrítica, incluso por algunos expertos
reputados. Y es estimulante la discusión científica, aumenta
el nivel de endorfinas.

Pero, más importante,
los primeros resultados que estamos obteniendo con distintos grupos de
organismos, ponen en jaque muchas ideas tradicionales, incluyendo las mías,
sobre lo que es una comunidad en ecología. No sólo encontramos
que la desaparición de especies, quitando algunos vertebrados mayores,
es un fenómeno complejo en el que no valen las generalizaciones
catastróficas. También vemos que la comunidad es algo menos
definido y estable de lo generalmente aceptado. Estamos distinguiendo núcleos
de especies que forman sistemas estructurados, más o menos estables,
en los que la sucesión y la interrelación, fenómenos
como la competencia, son reales, y muchas especies marginales, que quizá
no pesan mucho en términos termodinámicos, pero que son parte
de la continuidad del proceso evolutivo. La presencia y el número
de estas especies es altamente aleatorio y da a la composición y
número de especies un carácter mucho menos determinado que
el que proponía la ecología estructural.
Este cambio conceptual sobre
lo que es una comunidad lleva a reflexionar en las interacciones entre
el azar y la necesidad en los ensambles biológicos. Es un proceso
al que distintos biólogos estamos llegando, proceso que abre las
puertas a explicaciones totalmente nuevas en ecología de comunidades.
En Estados Unidos, un periodista
con bastante difusión, ha anunciado el fin de la investigación
científica. Ya sabemos todo lo importante, con el desarrollo tecnológico
basta. Es una afirmación que apenas oculta el turbio deseo de que
vuelvan los brujos y las tinieblas al pensamiento, aunque ahora con
computadoras. Pero, sobre todo es una gran mentira. Avances como los estudios
sobre el genoma o las nuevas ideas sobre comunidades y diversidad, hacen
que en biología, en ecología, el pensamiento científico
esté entrando en un parto deslumbrante del que esperamos nuevos
y más amplios paradigmas.
Quisiera acabar con una reflexión.
Es altamente gratificante vivir la cotidianidad del trabajo de investigación-formación.
El discutir hoy con un alumno, mañana con otro, el último
artículo que acaba de salir, revisar los experimentos, los esfuerzos
y satisfacciones del trabajo de campo, preparar conjuntamente los resultados,
en fin hacer ciencia, es todo menos un quehacer árido. Desde muy
joven he vivido en este ambiente, a veces un poco cerrado y siempre con
reglas muy barrocas e incluso severas, me refiero a las reglas no escritas
pero aceptadas que todos cumplimos. Si tuviera que volver a escoger camino,
andaría el mismo.
No es un camino para multitudes,
pero puede ser una realización de la propia existencia, muy satisfactoria
e incluso sabrosa, si se tiene disposición para ello. Es como la
paella, no hay que comerla si no gusta el arroz. No recomendaría
la carrera del investigador como actividad para cualquiera, pero pediría
al joven que se sienta atraído, que no la deje por consideraciones
incidentales que a lo largo de la vida nunca son importantes.
Muchas gracias.
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