Excmo. y Magfco. Sr. Rector
de la Universidad de Alicante,
Excmo. y Magfco. Sr. Rector
Honorario de esta Universidad,
Excmo. Sr. Presidente del
Consejo Social,
Excmos. e Ilmos. Sres.,
Claustro de esta Universidad,
Sras. y Sres.,
La emoción que me
embarga en este momento no me impide que, antes de cualquier otra consideración,
manifieste mi gratitud por la alta distinción que me ha otorgado
la Universidad de Alicante. Creo, sinceramente, que al honrarme como lo
hace, la propia Universidad alicantina, rinde reconocimiento a sus orígenes,
a sus primeros pasos, y en mi persona a quienes la hicieron posible. Es
por ello que acepto con orgullo el honor que se me hace, porque entiendo
que dicho honor alcanza a todos aquellos que iniciamos aquella andadura
con una ilusión que iba pareja a los escasos medios con que contábamos.
El reto de dotar a Alicante
de rango universitario es, quizá, el empeño de mayor ambición
y altura de miras que se haya planteado la sociedad alicantina y sus instituciones
en este siglo. Como empresa común, su logro ha dado la exacta dimensión
de su capacidad y de su solidaridad. Ahora que la Universidad ha alcanzado
su mayoría de edad, un prestigio científico sobresaliente,
y comienza a proyectarse hacia el exterior con vigor e influencia, permítaseme
que, como testigo y modesto copartícipe de sus momentos aurorales,
rememore las dificultades de aquellos días, y a quienes supieron
vencerlas utilizando las dos virtudes que he considerado señeras
a lo largo de mi vida, y que he convertido en emblemáticas de mi
quehacer profesional: la voluntad y el trabajo.
Como ya se ha dicho, mi llegada
a Alicante en 1967 supuso, en cierta medida, una quiebra con mi vida y
actividad desarrolladas hasta el momento. Habían sido años
de fructífero trabajo dentro del más amable de los marcos,
la Universidad de Valencia y las instituciones de práctica académica
nacidas a su socaire. Buenos maestros, para mí los mejores, buenos
condiscípulos y, lo que no es baladí, muchos y muy buenos
medios.
Frente a todo esto llegaba
a un Alicante que en nada se asemejaba. No era muy buen comienzo. No obstante,
algo había en el fondo de las gentes que hacía concebir esperanzas.
Así fue, el tiempo confirmó aquella primera impresión.
La sociedad alicantina, una
vez más, no defraudó y supo entender y acometer lo que, sin
temor a equivocarme, ha sido su obra más singular y estimable: la
consecución de estudios de rango universitario para la ciudad y
provincia.
Mis alumnos de entonces,
más que buenos amigos hoy, recibieron de mí, hoy puedo decirlo,
lo mejor que podía ofrecerles: mi trabajo, mi gusto por el mismo.
Con ellos repasé los fundamentos de los saberes históricos.
Con ellos me complací en esa aventura que es la arqueología
aplicada. Con ellos, en suma, he prolongado la fuerza de mi intelecto.
Esa, y no otra, es la verdadera sustancia de la relación docente.
En esa tesitura, valía
la pena arrimar el hombro y, ya sin condicionamientos metecos, incluirme
como uno más en el esfuerzo colectivo. Frente a la abundantia
valentina, contábamos, mejor dicho no podíamos contar
con otra cosa que con la paupertas lucentina y, eso sí, una
enorme ilusión que el tiempo ha demostrado en absoluto vana.
Ánimo y trabajo eran
las recetas a aplicar en este caso. Tanto de lo uno como de lo otro, y
puedo asegurarlo sin falsa modestia, las cantidades dificílmente
pueden mesurarse. Además, un tercer ítem se añadía
en mi caso, y con seguridad en el resto de mis compañeros de aquella
aventura esperanzada. Me refiero al gusto personal que, antes de cualquier
otra consideración, animaba todos mis esfuerzos. Por él ha
merecido la pena empeños pasados y hoy, como queda dicho, me llena
de gozo contemplar esta sólida realidad que es la Universidad de
Alicante.
Ese y no otro es el mérito
que creo me hace merecedor de ser honrado por mi Universidad, pues nunca
he dejado de considerarla como propia, y sentirla como prolongación
de mis afanes cotidianos.
Mi dedicación científica
a la investigación arqueológica e histórica es harina
de otro costal, ya que considero que estas son más propias que patrimonio
del común. He tenido la inmensa fortuna de poder dedicar mi esfuerzo
intelectual a aquello que me producía un mayor goce, una satisfacción
más honda, amén de solaz y esparcimiento, y con ellas he
alcanzado, por suerte, muchos frecuentes momentos de felicidad. Por
tanto, es en otro haber en el que, si fuera el caso, habrá que computar
los méritos de estos trabajos.
Hora es de ir acabando y
sin tristeza, porque no es despedida. Agradezco la benevolencia de todos
quienes han propiciado mi reencuentro con aquella parte de mí mismo
que nunca abandonó estos lugares.
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