DISCURSO PRONUNCIADO POR D. ENRIQUE LLOBREGAT CONESA CON MOTIVO DE SU INVESTIDURA COMO DOCTOR HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE 

23 de noviembre de 1995 

   
Excmo. y Magfco. Sr. Rector de la Universidad de Alicante, 
Excmo. y Magfco. Sr. Rector Honorario de esta Universidad, 
Excmo. Sr. Presidente del Consejo Social, 
Excmos. e Ilmos. Sres., 
Claustro de esta Universidad, 
Sras. y Sres., 

La emoción que me embarga en este momento no me impide que, antes de cualquier otra consideración, manifieste mi gratitud por la alta distinción que me ha otorgado la Universidad de Alicante. Creo, sinceramente, que al honrarme como lo hace, la propia Universidad alicantina, rinde reconocimiento a sus orígenes, a sus primeros pasos, y en mi persona a quienes la hicieron posible. Es por ello que acepto con orgullo el honor que se me hace, porque entiendo que dicho honor alcanza a todos aquellos que iniciamos aquella andadura con una ilusión que iba pareja a los escasos medios con que contábamos. 

El reto de dotar a Alicante de rango universitario es, quizá, el empeño de mayor ambición y altura de miras que se haya planteado la sociedad alicantina y sus instituciones en este siglo. Como empresa común, su logro ha dado la exacta dimensión de su capacidad y de su solidaridad. Ahora que la Universidad ha alcanzado su mayoría de edad, un prestigio científico sobresaliente, y comienza a proyectarse hacia el exterior con vigor e influencia, permítaseme que, como testigo y modesto copartícipe de sus momentos aurorales, rememore las dificultades de aquellos días, y a quienes supieron vencerlas utilizando las dos virtudes que he considerado señeras a lo largo de mi vida, y que he convertido en emblemáticas de mi quehacer profesional: la voluntad y el trabajo. 

Como ya se ha dicho, mi llegada a Alicante en 1967 supuso, en cierta medida, una quiebra con mi vida y actividad desarrolladas hasta el momento. Habían sido años de fructífero trabajo dentro del más amable de los marcos, la Universidad de Valencia y las instituciones de práctica académica nacidas a su socaire. Buenos maestros, para mí los mejores, buenos condiscípulos y, lo que no es baladí, muchos y muy buenos medios. 
 

foto del señor Enrique Llobregat en un momento de su acto de investidura como doctor honoris causa
 

Frente a todo esto llegaba a un Alicante que en nada se asemejaba. No era muy buen comienzo. No obstante, algo había en el fondo de las gentes que hacía concebir esperanzas. Así fue, el tiempo confirmó aquella primera impresión. 

La sociedad alicantina, una vez más, no defraudó y supo entender y acometer lo que, sin temor a equivocarme, ha sido su obra más singular y estimable: la consecución de estudios de rango universitario para la ciudad y provincia. 

Mis alumnos de entonces, más que buenos amigos hoy, recibieron de mí, hoy puedo decirlo, lo mejor que podía ofrecerles: mi trabajo, mi gusto por el mismo. Con ellos repasé los fundamentos de los saberes históricos. Con ellos me complací en esa aventura que es la arqueología aplicada. Con ellos, en suma, he prolongado la fuerza de mi intelecto. Esa, y no otra, es la verdadera sustancia de la relación docente. 

En esa tesitura, valía la pena arrimar el hombro y, ya sin condicionamientos metecos, incluirme como uno más en el esfuerzo colectivo. Frente a la abundantia valentina, contábamos, mejor dicho no podíamos contar con otra cosa que con la paupertas lucentina y, eso sí, una enorme ilusión que el tiempo ha demostrado en absoluto vana. 
 

foto del señor Enrique Llobregat en un momento del acto de investidura como doctor honoris causa
 

Ánimo y trabajo eran las recetas a aplicar en este caso. Tanto de lo uno como de lo otro, y puedo asegurarlo sin falsa modestia, las cantidades dificílmente pueden mesurarse. Además, un tercer ítem se añadía en mi caso, y con seguridad en el resto de mis compañeros de aquella aventura esperanzada. Me refiero al gusto personal que, antes de cualquier otra consideración, animaba todos mis esfuerzos. Por él ha merecido la pena empeños pasados y hoy, como queda dicho, me llena de gozo contemplar esta sólida realidad que es la Universidad de Alicante. 

Ese y no otro es el mérito que creo me hace merecedor de ser honrado por mi Universidad, pues nunca he dejado de considerarla como propia, y sentirla como prolongación de mis afanes cotidianos. 

Mi dedicación científica a la investigación arqueológica e histórica es harina de otro costal, ya que considero que estas son más propias que patrimonio del común. He tenido la inmensa fortuna de poder dedicar mi esfuerzo intelectual a aquello que me producía un mayor goce, una satisfacción más honda, amén de solaz y esparcimiento, y con ellas he alcanzado, por suerte, muchos  frecuentes momentos de felicidad. Por tanto, es en otro haber en el que, si fuera el caso, habrá que computar los méritos de estos trabajos. 

Hora es de ir acabando y sin tristeza, porque no es despedida. Agradezco la benevolencia de todos quienes han propiciado mi reencuentro con aquella parte de mí mismo que nunca abandonó estos lugares.