CONFERENCIA PRONUNCIADA POR EL SR. MARIO VARGAS LLOSA CON MOTIVO DE SU INVESTIDURA COMO DOCTOR HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE
26 de septiembre de 2008
HUELLAS DE FAULKNER Y BORGES EN JUAN CARLOS ONETTI
Antes de hablar de las profundas relaciones de las obras
de William Faulkner y de Jorge Luis Borges con la de Juan Carlos Onetti
quisiera disipar un prejuicio: que haber recibido “influencias” merma la
originalidad de un escritor. Parece inútil repetir lo obvio, pero, en vista de
que aquella falacia asoma constantemente tanto en trabajos académicos como en
artículos periodísticos, conviene recalcar esta evidencia. Ningún escritor es
una isla, todas las obras literarias, aun las más renovadoras, nacen en un
contexto cultural que está presente en ellas de alguna manera –ya sea que
reaccionen contra él o lo prolonguen- y todos los escritores, sin excepción,
encuentran su personalidad literaria –sus temas, su estilo, sus técnicas, su
visión del mundo– gracias a un intercambio constante –lo que no quiere decir en
todos los casos consciente, aunque en muchos sí– con la obra de otros
escritores. Todos, sin excepción, reciben influencias que los estimulan y
enriquecen, aunque, otras veces, es cierto, los ahogan, convirtiéndolos en
meros epígonos.
Los grandes creadores lo son porque metabolizan aquellas
influencias de una manera creativa, incorporándolas a su propia voz,
aprovechándolas de tal modo que su presencia llega a ser invisible, o poco
menos, pues se ha integrado a su obra hasta ser parte constitutiva e
inseparable de ella.
Entre los escritores modernos probablemente William
Faulkner (1897-1962) haya sido el que ha ejercido mayor influencia entre los
cuentistas y novelistas de su generación y las que la sucedieron en todo el
mundo occidental y acaso también en otras culturas. No es de extrañar que fuera
así: la obra del escritor norteamericano es deslumbrante por su ambición y
coherencia, por el hechizo, color, violencia y originalidad de su mundo, así
como por la variedad y vigor de sus personajes, la audacia de sus técnicas
narrativas y la fuerza encantatoria de su lenguaje. Estoy seguro de que así
como me ocurrió a mí, en 1953, mi primer año
universitario, muchos jóvenes del mundo entero leyeron las novelas y los
cuentos de Faulkner con lápiz y papel a la mano, fascinados por la riqueza de
sus estructuras –con sus malabares en los puntos de vista, los narradores, el
tiempo, sus ambigüedades y sus silencios locuaces– y ese lenguaje lujoso y
barroco de irresistible poder persuasivo.
Sin la influencia de Faulkner no hubiera habido novela
moderna en América Latina. Los mejores escritores lo leyeron y, como Carlos
Fuentes y Juan Rulfo, Cortázar y Carpentier, Sábato y Roa Bastos, García
Márquez y Onetti, supieron sacar partido de sus enseñanzas, así como el propio
Faulkner aprovechó la maestría técnica de James Joyce y las sutilezas de Henry
James entre otros para construir su espléndida saga narrativa.
No siempre los escritores tienen conciencia clara del
proceso de apropiación que llevan a cabo con ciertos autores y libros; en
algunos casos, la tienen y asimilan las lecciones del maestro con toda lucidez
en tanto que en otros no y se sorprenden cuando los críticos señalan en su obra
huellas de esos modelos.
Onetti fue siempre muy consciente de su deuda con
Faulkner, un autor cuya foto tuvo muchos años junto a su mesa de trabajo y
sobre el que escribió varias veces, al que se refirió en muchas entrevistas y
al que siguió releyendo toda su vida.
Nunca disminuyó la admiración que profesaba a ese escritor del Sur Profundo,
del que sabía y refería anécdotas y chismes de su biografía con cariño filial
(aunque Faulkner fuera sólo 16 años mayor que él). Alguna vez dijo –el máximo
elogio que haría de otro escritor– : “Con Faulkner y su novela Absalón, Absalón me pasó algo
extraordinario: la consideré tan buena que tuve días en los que me pareció
inútil seguir escribiendo”.
Onetti contó que descubrió a Faulkner en Buenos Aires:
“Una tarde, al salir de la oficina donde trabajaba pasé por una librería y
compré el último número de Sur,
revista fundada y mantenida por Victoria Ocampo...Vuelvo atrás, recuerdo que
abrí el ejemplar en la calle, encontré por primera vez en mi vida el nombre de
William Faulkner. Había una presentación del escritor desconocido y un cuento
mal traducido al castellano. Comencé a leerlo y seguí caminando, fuera del
mundo de peatones y automóviles, hasta que decidí meterme en un café para
terminar el cuento, felizmente olvidado de quienes me estaban esperando. Volví
a leerlo y el embrujo aumentó. Aumentó, y todos los críticos coinciden en que
aún dura”. Este fue uno de los
encuentros más fecundos en la historia de la literatura en lengua española.
Onetti contó también que tradujo al español “para mi
placer y sin cobrar nada” el cuento de Faulkner Todos los pilotos muertos, una versión que no sé si llegó a
publicarse (en todo caso, no he podido dar con ella). En los artículos y notas
periodísticas, así como en las entrevistas en que habló de Faulkner, reveló
siempre un conocimiento profundo y detallado de sus libros, personajes y temas,
y, por las críticas y burlas que deslizó sobre los errores de traducción al
español de sus novelas, mostró que lo había leído, releído y cotejado en
distintos idiomas –inglés, español y francés– y que tenía siempre frescas en la
memoria las pocas entrevistas en las que Faulkner se dignó hablar de su vida.
A la muerte de Faulkner, el 6 de julio de 1962, le rindió
un hermoso homenaje en el semanario Marcha, de
Montevideo, donde él, siempre parco en sus entusiasmos literarios, afirmó que
“la riqueza y el dominio del inglés de William Faulkner equivalen a lo que
buscó y obtuvo William Shakespeare”. Allí explicó que lo que más admiraba en él
era el fanático egoísmo con que el novelista norteamericano se entregó a la
creación de su obra sin por ello creerla indispensable: “En primer lugar,
(Faulkner) define a lo que entendemos como un artista: un hombre capaz de
soportar que la gente –y para la definición– cuanto más próxima mejor, se vaya
al infierno, siempre que la carne quemada no le impida continuar realizando su
obra. Y un hombre que, en el fondo, en la última profundidad, no dé importancia
a su obra”.
Pero el mejor homenaje a su maestro, Onetti se lo rindió
en su propia obra, una suma narrativa de inmensa calidad cuya hondura,
complejidad y potencia fueron posibles en buena parte gracias a la sabia
asimilación de los logros de Faulkner.
La huella del autor de El sonido y la furia está ante todo presente en la obra de Onetti
en la ambición de crear un mundo propio, inspirado en, pero opuesto al, mundo
real, esa Santa María que, como el condado de Yoknapatawpha, goza de soberanía
–de una historia, geografía, tradición, mitología y problemática social que le
son propias– y que se va constituyendo y rehaciendo con cada relato o novela,
los que, de este modo, sin perder su autonomía, pasan a ser etapas o capítulos
de una sola “comedia humana”. Es verdad que fue Balzac el primero en concebir
una totalidad narrativa haciendo saltar a los personajes de una a otra
historia, pero es claro que no fue de Balzac, un autor que no parece haber
figurado entre sus favoritos, sino de Faulkner de quien Onetti tomó la idea, al
igual que García Márquez para crear su saga de Macondo. Una de las raras
referencias a Balzac que hace Onetti figura en la entrevista que le hizo
Eduardo Galeano con motivo de la concesión del Premio Cervantes que vale la
pena citar sobre todo por la manera como habla de Faulkner:
“-¿Cuáles
son los novelistas a los que siempre volvés?
“-Faulkner, Balzac, que no se parecen en nada...Cuando pesco un Henry James,
gran admiración. Admiración no te digo. Cariño. La lección del maestro, te pongo por caso. Y Melville. El Bartleby, de Melville. “Preferiría no hacerlo...” ¿Te acordás? “Preferiría no hacerlo...” La traducción
es de Borges. Y otros, no sé...Es un entrevero. Depende de lo que me cae en las
manos.
“-Y
entre todos, ¿cuál?
“-Faulkner. Faulkner. Yo he leído páginas de Faulkner que me han dado la
sensación de que es inútil seguir escribiendo. ¿Para qué corno? Si él ya hizo
todo. Es tan magnífico, tan perfecto...
“-¿Absalón,
Absalón?
“-Sí. Es la más Faulkner de todas. El sonido y la furia tiene demasiado
Joyce para mi gusto.
“-¿No ha sido bastante maltratado, Faulkner,
en las traducciones? Aquí publicaron, hace poco, Light in August. Le pusieron, como en la edición argentina, Luz de agosto.
“-Sí, y es light en el sentido de dar a luz, de alumbramiento, no de luz. Sí.
También Intruso en el polvo es, en
realidad, Intruso en la disputa.
Segunda acepción de dust. Estoy hecho
un león en inglés.
“-Hablemos de
escritores en lengua castellana.
“-Mirá, no
jodas.”
Detrás de esta ambición deicida –desafiar al Creador
creando un mundo equivalente al creado por El– hay otras correspondencias más
íntimas. Me resisto a llamar “faulkneriano” al estilo de Onetti porque podría
dar la idea equivocada de una tendencia imitativa, de algo auto impuesto y
postizo. Nada de eso: el estilo de Onetti es auténtico por su calidad artística
y por su funcionalidad, pues en su manera y sus conceptos expresa aquella
visión del mundo impregnada de pesimismo y negatividad que es la suya. También
la visión del mundo de Faulkner ha sido considerada pesimista o maldita, pero
lo es mucho menos que la de Onetti en cuyas historias la acción humana en
general parece condenada de antemano al fracaso. Por eso los héroes onettianos
son anti héroes, hombres y mujeres pasivos, auto derrotados, cuyas iniciativas
suelen ser la huida hacia lo imaginario, por medio de la fantasía, el sexo o el
alcohol. Antonio Muñoz Molina los define bien cuando llama a estos personajes
“los más pacíficos, los más perezosos, los más inútiles del mundo”. El de Faulkner, en
cambio, es un mundo de acción, a veces de realizaciones épicas, de seres que a
menudo rompen la normalidad y, sin siquiera saberlo, realizan hazañas
extraordinarias, como Lena, la embarazada que recorre a pie medio Misisipi en
busca del padre de su hijo en Light in
August o el penado alto de The Wild
Palms que sobrevive mediante prodigiosos esfuerzos a una inundación y salva
a una mujer de aquel diluvio sólo para que le dupliquen la pena (dos personajes
por los que Onetti tuvo siempre debilidad). En el mundo de Faulkner hay un
destino que destruye y frustra a los seres humanos que, sin embargo, osan
rebelarse contra aquél. En el de Onetti los seres humanos llevan en sí su
propia frustración.
El aspecto “crapuloso” del estilo de Onetti brilla por su
ausencia en el de Faulkner. Y, sin embargo, cuando leemos La vida breve, El astillero, Juntacadáveres y los mejores cuentos
de Onetti y sentimos que esas largas frases laberínticas nos van sumergiendo en
las profundidades selváticas de la psicología y el alma humanas, sacándonos del
tiempo y de la vida cotidiana y trasladándonos a otra realidad, hecha de
placeres, imágenes e ideas, es decir, que un mundo distinto –impalpable,
sonoro, denso, verbal– va surgiendo como una exhalación de esa prosa, el
parentesco asoma entre ambos autores, tal cual esas indefinibles semejanzas
faciales, gestuales, auditivas, de apariencia o carácter que marcan a los
miembros de una misma familia o dinastía.
Pero aún más que en el estilo, es en la estrategia
narrativa donde la lección de Faulkner fue valiosa para Onetti. Igual que
aquél, utilizó a menudo el tiempo como si fuera un espacio, en el que la
narración pudiera desplazarse hacia adelante (el futuro) o hacia atrás (el
pasado) en un contrapunto cuyo efecto sería abolir el tiempo real –cronológico
y lineal– y reemplazarlo por otro, no realista, en el que pasado, presente y
futuro en vez de sucederse uno a otro coexistían y se entreveraban.
También hay reminiscencias faulknerianas en los
narradores de Onetti, que no sólo
narran, sino orientan subjetivamente lo que refieren, cargándolo de ambigüedad
y de doble o triple sentido. Ese clima enigmático, de claroscuros y de sombras,
de silencios momentáneos o totales –datos descolocados en el tiempo narrativo o
abolidos del todo– que impregnan de incertidumbre las historias, estimulando
así la intervención del lector para la cabal realización de lo contado. Entre
narrar directa o indirectamente se levanta la figura del intermediario, el
narrador-personaje. Éste, en las ficciones de Faulkner, es mucho más que mero
trasmisor de una historia: es parte de ella, porque al pasar por él ella se
impregna de subjetividad, se relativiza y por ello llega al lector cargada de
ambigüedad y misterio. El caso más extraordinario en la utilización del
narrador-personaje para imponer a la historia un rasgo insólito son los
episodios de El sonido y la furia
narrados a través de la conciencia de Benjy, un débil mental. Al igual que
Faulkner, Onetti inventa narradores-personajes que darán a sus historias una
fecunda imprecisión y sembrarán de incertidumbre los pormenores de la anécdota.
Como el inventor de Yoknapatawpha, hizo del intermediario una de las piezas
maestras de su estrategia narrativa. La mayoría de sus historias está narrada
por un testigo neutral o implicado si no es el propio protagonista. Lo que
significa que quien narra hace las veces de una pantalla psicológica que, a la
vez que cuenta, opina, juzga y orienta la narración, impone un punto de vista a
lo narrado. A esto deben las historias de Onetti esa atmósfera de relatividad,
de inconclusión, que las caracteriza. Lo que de verdad ocurre en ellas está a
menudo suprimido y, si no, velado o disuelto en la subjetividad de un
intermediario que nos escamotea parcial y a veces totalmente datos claves de lo
sucedido. Es verdad que este procedimiento aparece también en escritores como
Joseph Conrad y Henry James pero Faulkner lo empleó con más audacia y
originalidad que nadie y Onetti también se valió de él, con gran pericia, en
relatos como Un sueño realizado –narrado por un viejo
empresario teatral, muchos años después de ocurrida la historia–, Regreso al Sur, contado desde la
perspectiva no del protagonista, el viejo Horacio, sino de su sobrino Oscar,
una figura marginal en lo que sucede. Sólo en un caso, Onetti llegó a
deconstruir y reconstruir, dentro de las propias coordenadas de su mundo
sanmariano, un relato de Faulkner –Una
rosa para Emily en La novia robada–
sembrando de pistas esta canibalización para el lector zahorí, como mostró, en
un agudo análisis, Josefina Ludmer.
Pero, aunque en lo que podríamos llamar la utilería del
relato –los puntos de vista, los datos escondidos, el lenguaje barroco y
laberíntico, la ampulosidad narrativa– hay claras coincidencias, existe entre
ambos una diferencia radical. Faulkner nunca dejó de fingir la realidad
objetiva en sus historias, éstas jamás se disparan hacia lo fantástico o
sobrenatural perdiendo amarras en la realidad. En Onetti ésta es una constante,
aunque su mundo imaginario, puramente ficticio, no luzca aquellos seres u
objetos irreconocibles por la experiencia común de la gente como seres de pura
ficción. Santa María, no lo olvidemos, nace ante los ojos del lector en La vida breve como una creación
subjetiva de Brausen, como una realidad “irreal”, de segundo grado, como una
pura proyección mental. Yoknapatawpha
County, no: en todos los cuentos y novelas de la saga donde se diseminan
sus historias jamás abandona la pretensión de fingir la realidad. Yoknapatawpha
County es un mundo inventado por la imaginación y la pluma de un escritor, pero
eso lo saben los lectores –aunque lo olviden en el curso de la lectura por la
fuerza hipnótica de las historias– no los personajes del condado que actúan y
piensan como si fueran “reales”, hechos de carne y hueso y no de imaginación y
de palabras. Los de Santa María saben, o por lo menos presienten, que son
espejismos, embelecos de la fantasía y los deseos caprichosos del dios Brausen,
un dios patético, de carne y hueso, perecedero como ellos mismos, y por eso
actúan y sienten como seres hechizos, marcados por la irrealidad. Este aspecto
lúdico, de juego intelectual que está en el corazón del mundo inventado por
Onetti, no existe en Faulkner, que, en lo que concierne al pascaliano principio
de realidad, pese a toda la revolucionaria forma que impera en sus novelas, es
un escritor dentro de la tradición clásica, que finge la realidad. Onetti, para
bien y para mal, está un poco más acá, es decir sumido –sin saberlo y sin
quererlo– en plena posmodernidad. Este hecho solo muestra la esencial distancia
que separa a estos dos mundos literarios, pese a los estrechos vínculos que
guardan entre sí.
Otra diferencia notoria entre Santa María y Yoknapatawpha
County es que, sobre ésta, el pasado gravita con fuerza, como un lastre que
arrastran todos sus pobladores y que les impide sentirse totalmente cómodos en
el presente, pues en muchas cosas –las relaciones raciales, los prejuicios
sexuales y de género, la función de la religión en sus manifestaciones más
tradicionales y hostiles a la modernidad- la historia y la tradición se
resisten al cambio y a la modernización. En Santa María el pasado casi no
existe, no parece ir más allá de la llegada, imprecisa pero obviamente
reciente, de los suizos de la colonia vecina. Los sanmarianos viven en el
presente, dando totalmente la espalda al pasado y prácticamente no conocen ni
se interesan por saber de dónde vienen más allá de sus padres y, en muchos
casos, ni siquiera eso. Sólo así se explica que en el curso de su brevísima
trayectoria histórica hayan podido convertir en Dios Padre al Juan María
Brausen que los inventó.
A diferencia del condado de Yoknapatawpha, en el que la
presencia de las tres razas –blancos, indios y negros– da a la sociedad color
local y una rica variedad de costumbres, tradiciones, creencias, prejuicios,
tensiones y violencias, Santa María es una sociedad homogénea de blancos,
conformada casi íntegramente por descendientes de origen europeo –alemán,
italiano, francés y español a juzgar por los apellidos, sobre todo- y exenta
por eso mismo de ese dramatismo brutal de origen étnico que a veces recorre al
condado faulkneriano. Sólo en las últimas historias que escribió Onetti,
aparecen en la sociedad sanmariana mestizos e indígenas.
Los habitantes de Yoknapatawpha tienen conciencia del
futuro, al que por lo general le temen y miran con desconfianza, en tanto que
el pesimismo de los sanmarianos es tal que no se sienten concernidos por lo que
vendrá, como si no los fuera a afectar. Actúan como si no creyeran que hubiera
un futuro para ellos. Los sanmarianos se saben inventados por otro personaje
literario, Brausen, es decir, alguien perecible como ellos. Los de
Yoknapatawpha creen en el Dios bíblico, y más el del Antiguo que el del Nuevo
Testamento. Eso hace que en el condado sureño hombres y mujeres sean activos y
haya entre ellos gentes de espíritu aventurero, con biografías épicas o al
menos agitadas, en tanto que los sanmarianos son estáticos y sus aventuras las
viven sólo soñando y fantaseando.
ONETTI Y BORGES
Hablemos ahora de la
presencia de Jorge Luis Borges (1899-1986) en la obra de Onetti. A simple
vista, la distancia entre ambos autores es muy grande. La erudición y las
referencias culturales y literarias que impregnan no sólo los ensayos, también
los cuentos y poemas de Borges brillan por su ausencia en Onetti, una de cuyas
coqueterías fue siempre despreciar el intelectualismo y la ostentación
libresca, esos desplantes a los que Borges convirtió en una astuta, irónica y
deliciosa manera de crear un mundo literario propio. Los temas abstractos, como
el tiempo, la eternidad y la irrealidad, que fascinaban a Borges, a Onetti lo
dejaban indiferente. En éste los elementos fantásticos e imaginarios, que
aparecen en su obra, no son nunca abstractos, están embebidos del aquí y el
ahora y de carnalidad.
También los usos de la palabra de Borges y Onetti están a
años luz uno del otro. El estilo de Borges es escueto y preciso, claro y
exacto, sostenido por una inteligencia luminosa y escéptica, que juega con todo
–la filosofía, la teología, la geografía, la historia, y, sobre todo, la
literatura– para construir un mundo de conceptos y espejismos intelectuales,
desasido de los apetitos materiales, las pasiones y los instintos de la
animalidad humana. El de Onetti, en cambio, es un estilo laberíntico y
tortuoso, cargado de esa psicología que Borges se jactaba de haber erradicado
de sus historias y hunde sus raíces en las profundidades del sexo y de la
carne, los impulsos destructivos y auto-destructivos, una exploración incesante
de la pasión y de las relaciones, violencias y tensiones que el amor y los excesos
–el alcohol, el vicio, la prostitución, la venganza, el odio, el celestinaje–
provocan en la vida de hombres y mujeres.
Por todo ello, la presencia de Borges en Onetti se ha
mencionado apenas por la crítica, pese a que la influencia de Borges sobre él fue
esencial, en el sentido literal de la palabra, pues concierne a la esencia
misma del mundo que Onetti creó. El
hecho que define a este mundo, columna vertebral de La vida breve, su obra maestra, es el viaje de los personajes,
hartos del mundo real, a un mundo imaginario, la ciudad de Santa María. Este viaje, simbólico a veces, se corporiza
en la novela cuando Brausen lleva a Ernesto, el asesino de la Queca, a
refugiarse en ese lugar, saltando de este modo de la realidad a la ficción (de
la verdad a la mentira), y, luego, regresando él mismo, ahora acompañado por
personajes ficticios, de Santa María a Buenos Aires.
La ficción incorporada a
la vida en una operación mágica o fantástica es tema central de Borges,
desarrollado de manera diversa en los extraordinarios cuentos que empezó a
publicar en Buenos Aires en la década de los cuarenta, justamente en los años
en que Onetti vivía en la capital argentina (residió allí de 1941 a 1959). Aunque Hombre de las orillas
apareció en 1933 (se transformaría luego en Hombre
de la esquina rosada, en Historia
universal de la infamia (1935), los cuentos fantásticos, empezando por el más original y sorprendente,
Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, salen a
la luz en la década siguiente, sobre todo en la revista Sur y en el diario La Nación.
Aparecen en Sur, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius
(Nº 68, 1940), Las ruinas circulares
(Nº 75, 1940), La lotería de Babilonia (1941), Examen de la obra de Herbert Quain
(1941), La muerte y la brújula (1942), La Biblioteca de Babel (1942), El
jardín de los senderos que se bifurcan
(1942), El milagro secreto
(1943), Tema del traidor y del héroe
(1944), Tres versiones de Judas
(1944), El Aleph (1945), Deutsches Requiem (1946) y, en La Nación, Funes
el memorioso (1942) y La forma de la
espada (1942). La primera recopilación en libro, El jardìn de senderos que se bifurcan es de 1942 y Ficciones de 1944 (ambos publicados por
la editorial Sur), El Aleph aparecerá en la Editorial
Losada en 1952.
Onetti no estuvo vinculado
a Victoria Ocampo y al grupo de escritores de Sur, pero, según confesión propia, era lector asiduo de la revista
y de las ediciones de libros que hacía, como él mismo cuenta en el artículo que
escribió sobre su maestro Faulkner, al recordar que fue en una vitrina de Sur donde descubrió por primera vez la
obra del norteamericano. Y, aunque no
fue nunca un seguidor beato de Borges, en el que había aspectos que lo
irritaban, lo leyó con profundidad y, acaso sin advertirlo del todo, con
provecho, pues el argentino lo ayudó a descubrir una proclividad íntima de su
vocación literaria. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius narra la secreta conspiración de un grupo de
eruditos para inventar un mundo e
interpolarlo secretamente en la realidad, como hace Brausen con Santa María, y Las ruinas circulares fantasea el
descubrimiento que realiza un mago, empeñado también en una empresa parecida
–inventar un hombre y contrabandearlo en el mundo real–, de que la realidad que
él creía objetiva es también ficción, un sueño de otro mago-creador como él
mismo.
Onetti no fue
probablemente del todo consciente de la deuda que contrajo con Borges al
concebir en Santa María su propia Tlön, porque, aunque leía a Borges con
interés, no lo admiraba. Rodríguez Monegal cuenta que él los presentó y que el
encuentro, en una cervecería de la calle Florida, de Buenos Aires, no fue
feliz. Onetti, hosco y lúgubre, estuvo poco comunicativo y provocó a Borges y
al anfitrión preguntándoles: “¿Pero qué ven ustedes en Henry James?”, uno de
los autores favoritos de Borges. La poca simpatía personal
de Onetti por Borges fue recíproca. En 1981 Borges fue jurado del Premio
Cervantes, en España, y en la votación final, entre Octavio Paz y Onetti, votó
por el mexicano. Entrevistado por Rubén Loza Aguerrebere, explicó así su
decisión: “¿Cuál era su reparo a la obra de Onetti?” “Bueno, el hecho de que no
me interesaba. Una novela o un cuento se escriben para el agrado, sino no se
escriben...Ahora, a mí me parece que la defensa que hizo, de él, Gerardo Diego,
era un poco absurda. Dijo que Onetti era un hombre que había hecho experimentos
con la lengua castellana. Y yo no creo que los haya hecho. Lo que pasa es que
Gerardo Diego cree que Góngora agota el ideal en literatura, y entonces supone
que toda obra literaria tiene que tener su valor y tiene que ser importante
léxicamente, lo cual es absurdo. Ahora, si Gerardo Diego cree que lo importante
es escribir con un lenguaje admirable, eso tampoco se da en Onetti”. Mi pálpito es que Borges
nunca leyó a Onetti y probablemente la sola idea que guardaba de él tenía que
ver con aquel frustrado encuentro en una cervecería porteña y las provocaciones
anti-jamesianas del escritor uruguayo.
Sin
embargo, aunque Onetti nunca lo reconociera, acaso ni advirtiera, Borges fue
tan importante para la creación de Santa María, como Faulkner o Céline. De otro
lado, aunque haya una cercanía esencial, el mundo fantástico de Borges y el de
Onetti tienen diferencias cruciales. Este último, por lo pronto, disimula su
carácter fantástico, envolviendo lo que hay en él de milagroso o mágico –de
imposible–, con un realismo empecinado en los pormenores y detalles, en los
atuendos, las apariencias y las costumbres y el habla de los personajes, y las
ocurrencias y peripecias, que, a diferencia de los que pueblan los cuentos de
Borges, rehuyen lo vistoso, insólito, exótico, el pasado histórico y las
situaciones fabulosas, y se aferran, más bien, ávidamente, a lo manido,
cotidiano y previsible. Por eso, el mundo literario de Onetti nos parece
realista, a diferencia del de Borges. Porque, aunque Santa María sea, por su
gestación, un puro producto de la imaginación, en todo lo demás –su gente, su
historia doméstica, sus intrigas y costumbres, su paisaje– constituye una
realidad que finge estar calcada de la realidad más objetiva y reconocible.
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