Su
Alteza Real,
Molt Honorable President de la Generalitat,
Excmo. Sr. Rector Magnífico,
Excmos. e Ilmos. Sres.,
Sras. y Sres.:
En la vida académica pocos actos
hay que alcancen la trascendencia y significación del que hoy nos
corresponde vivir. La investidura de un nuevo Doctor Honoris Causa,
la incorporación a este Claustro de Doctores de un personaje que
con su trabajo ha iluminado alguno de los campos de la sociedad contemporánea,
supone siempre un nuevo paso de esta nuestra joven Universidad hacia el
objetivo de ocupar el espacio que le corresponde en el mundo de la educación,
de la ciencia y de la cultura.
Si a este hecho, de por sí gozoso,
se suma la circunstancia de recibir en esta casa a Su Alteza Real la Infanta
Doña Cristina, quien ha accedido a elevar con su presencia la solemnidad
y lustre de este acto, la ocasión se torna irrefutablemente histórica.
Y, si esto es así en el plano
institucional, en el personal no lo es menos, porque tener el desmesurado
Honor de hacerme portavoz de la Facultad de Derecho y proponer al candidato
Juan Antonio Samaranch mediante el elogio de su obra y de su persona culmina
en mí un proceso de admiración personal. De esa admiración
que en ocasiones se siente, bien como ciudadano, bien como estudioso, cuando
se toma consciencia de ser contemporáneo de un personaje de excepción.
Mis primeras noticias acerca de Juan
Antonio Samaranch se remontan a los tiempos en que, siendo yo casi un niño,
en Barcelona, se hablaba de un joven y atípico Concejal de Deportes
empeñado en construir por toda la ciudad pequeñas pistas
de patinaje que se convirtieron en escuálidos pero pioneros espacios
deportivos abiertos a todos los vecinos.
Posteriormente resultó fácil
seguir la estela fulgurante de su carrera, tanto en lo público como
en lo privado. A su condición de Concejal del Ayuntamiento de Barcelona
unió pronto la de Diputado Provincial, presidiendo la Comisión
de Deportes. Participó, en esta época, en la fundación
del Salón Náutico de Barcelona. Fue, también, representante
en Cataluña de la Delegación Nacional de Deportes, en la
que luego ostentó el cargo de Delegado Nacional, modernizando, drásticamente,
la
concepción y talante de aquella Administración deportiva.
Presidió la Diputación de Barcelona, que abandonó
al ser designado, por el Gobierno Suárez, como el primer Embajador
del Reino de España en la Unión Soviética y en la
República de Mongolia. En el ámbito financiero fue Presidente
de la Caja de Ahorros Provincial de Barcelona, hoy Caja de Cataluña
y, años más tarde, Consejero primero y Presidente después,
de la Caja de Pensiones para la Vejez y el Ahorro, entidad que, tras su
fusión con la de Barcelona, dio lugar a la poderosa Caja de Pensiones
y de Ahorro de Barcelona (la Caixa), primera institución
financiera del país de la que es Presidente desde 1990.
Pero, a poco que se penetre en la inquietudes
íntimas del personaje descubriremos como tras esta deslumbrante
carrera, coexiste otra, hasta hace algunos años poco conocida, que,
a veces calladamente pero siempre con determinación y firmeza, ha
orientado el impulso vital de Juan Antonio Samaranch. Me refiero, naturalmente,
a la trayectoria que ha seguido al aliento del olimpismo.
Juan Antonio Samaranch, que fue vicepresidente
de la Federación Española de Hockey y Patinaje, primer Presidente
de la de Patinaje y vicepresidente de la Internacional de esta misma especialidad
y se proyectó desde estas responsabilidades a la organización
olímpica: en 1956 se incorporó al Comité Olímpico
Español, siendo jefe de misión del Equipo español
en los de juegos de Cortina d'Ampezzo, Roma y Tokio. En 1966 fue elegido,
en esa ciudad italiana, miembro del Comité Internacional Olímpico
y un año más tarde alcanzó la presidencia del Comité
Olímpico Español. En 1968 es nombrado jefe de protocolo del
Comité Olímpico Internacional, dos años después
miembro de su Comisión ejecutiva y en 1974 vicepresidente. El 16
de julio de 1980 es elegido Presidente del Comité Olímpico
Internacional.
Llega en ese momento su tiempo de sazón.
Juan Antonio Samaranch alcanza la presidencia del COI en un contexto difícil
y apasionante a la vez. Tiene entonces la oportunidad de imprimir su sello
a la Historia del Deporte de este siglo.
Seguramente, en los días posteriores
a su designación, o quizá en los anteriores, este español
universal reflexionaría en los despachos del Chateau de Vidy, sede
del Comité, acerca de la significación y alcance actual del
movimiento que encabezaba. Y, seguramente, dirigiría sus pensamientos
hacia el que fue su fundador: el barón de Coubertin.
En este día en el que la Universidad
de Alicante rinde homenaje al sucesor de ese admirable pedagogo francés,
tal vez convenga recordar alguna cosa sobre los orígenes de este
poderoso fenómeno social; en los que el mundo de la ciencia y de
la cultura, de la educación y de la Universidad, estuvieron tan
presentes. Es evidente que la idea olímpica como concreción
de una parte de la tradición helénica no es recuperada del
vacío por Coubertin, sino que, sensible al pulso de su tiempo, cristaliza
con su propuesta las inquietudes de legiones de espíritus reformadores
que le precedieron en la voluntad de integrar la educación física
y la noble competición al sistema educativo y, por extensión,
a los hábitos cotidianos de los ciudadanos de su tiempo.
En efecto, por una parte, Olimpia no
estaba olvidada. Desde el Renacimiento, tiempo en el que se produce una
revalorización de los valores del mundo clásico, toda una
corriente -que penetra en la Edad Moderna y que sigue hasta la Época
Contemporánea- ha participado del humanismo integral de lo griego.
Humanismo que, consustancialmente, incorporaba el culto a la belleza y
a la fuerza , al agonismo y a la lealtad. Las lecturas de Platón
despertaban en los espíritus sensibles el interés por
esos
valores, y los poemas de Píndaro daban cuenta de la liturgia que
durante más de mil años se reproducía puntualmente
en Olimpia. Shakespeare, por ejemplo, menciona los Juegos Olímpicos
en dos de sus obras: Enrique IV y Troilo y Creseida, Milton
en El paraíso perdido, y Voltaire se refiere a ellos epistolarmente.
Por lo demás, lo que asomaba en la literatura tenía su trasunto
en la vida real. Así, entre otros ejemplos y aunque de forma irregular,
durante más de un siglo se celebraron las denominadas Olimpíadas
de Costwold en Inglaterra; y en Grecia se organizaron el menos cuatro Juegos
Olímpicos, de reducido alcance, entre 1859 y 1888.
Paralelamente, muchos ilustrados pretendían
reformar los arcaicos métodos educativos dando entrada a una visión
humanística comprensiva de las vertientes lúdica y física
del hombre. El recuerdo de la influencia de Rousseau, o del trabajo de
Basedow en Alemania, de Ling en Suecia, o la del pedagogo suizo Pestalozzi,
de gran influencia en España, surge espontáneamente en la
memoria.
En el XIX español la incorporación
de las prácticas deportivas anglosajonas en la educación
secundaria y universitaria vino de la mano de los más prestigiosos
intelectuales del momento, articulados en torno a la Institución
Libre de Enseñanza. Los seguidores del krausismo pedagógico,
la más apasionada y adelantada corriente pedagógica que sacudió
España en el pasado siglo, atinaron a valorar adecuadamente la importancia
formativa del deporte. Los nombres de Sanz del Río, Francisco Giner
de los Ríos y Manuel Bartolomé de Cossío, se unen
en esta epopeya. Pero fue a éste último, segundo director
de la Institución, a quien principalmente se debió la incorporación
de los deportes anglosajones a los métodos de enseñanza de
la Institución. No podemos olvidar, en esta solemne ocasión,
que el insigne alicantino Rafael Altamira fue un distinguido miembro de
la Institución, ni que en alguna ocasión manifestó
su admiración por Pestalozzi, firme defensor de la instrucción
física, a quien dedicó una elogiosa referencia cuando participó,
el 26 de marzo de 1927, en el "Glosario Pestalozziano" organizado bien
cerca de aquí.
Con estos antecedentes, presentes en
toda Europa, y sintonizando con el internacionalismo romántico de
fin de siglo, a Coubertin le cabe el inapelable mérito histórico
de formular su propuesta de "restablecer -según dijo- la gran y
noble institución de los Juegos Olímpicos, adaptándola
a las condiciones de la vida moderna".
Estas palabras fueron pronunciadas,
precisamente, en un foro universitario: el Claustro de la Universidad parisina
de la Sorbona, y el próximo noviembre cumplirán exactamente
100 años. Dos años después, en 1894. se celebró
un Congreso atlético en la misma Universidad y esa propuesta se
convirtió en decisión colectiva, constituyéndose el
Comité Olímpico Internacional.
Vemos pues, como, desde su origen,
el Movimiento Olímpico estuvo unido al mundo de la educación
y de la cultura y hay que desear que, si alguna vez esos nexos se relajaron,
de inmediato se amplíen y recuperen su tensión.
He entendido necesarios estos apuntes
históricos para fijar en su medida la figura del candidato y su
responsabilidad ante la tradición que ahora personifica. Como toda
obra humana el Movimiento olímpico moderno ha sufrido avatares y
desmayos. Mandell, autor de una de las más rigurosas obras sobre
el deporte como manifestación cultural, decía, en 1980, que
"se ha perdido el impulso inicial. Mucho antes de que los Juegos Olímpicos
cumplan su primer siglo de existencia, su estructura empieza a dar muestras
de peligrosa debilidad". En efecto, en esos instantes el olimpismo atravesó
el momento más crítico de su historia reciente... acosado
por los "boicots", desarticulado, sin independencia económica...
Pero 1980 es precisamente el momento
de Juan Antonio Samaranch... Hoy, doce años después, el Movimiento
Olímpico ha alcanzado el cénit de su esplendor. El abismo
que media entre el ajustado diagnóstico de Mandell y la pujante
realidad actual es fruto de una variable no tenida en cuenta por el estudioso:
la labor del Presidente del COI, su extraordinaria capacidad de análisis
y anticipación, su voluntad modernizadora, sus portentosas dotes
diplomáticas y organizativas.
De la actividad de Juan Antonio Samaranch,
antes y después de estar al frente del Comité Olímpico
Internacional, se pueden destacar muchas cosas: como su resuelto apoyo
a la enseñanza y a la investigación en materia deportiva
mediante la creación, durante su etapa como Delegado Nacional de
Deportes y entre otras muchas realizaciones, del Centro de Investigación,
Docencia e Información en el campo de la Educación Física
y el Deporte, o el estímulo prestado para la creación de
la Academia Olímpica Española. O su decidida y generosa contribución
al desarrollo de las artes, plasmada en la creación de las Bienales
Internacionales del Deporte en la Bellas Artes. O la extraordinaria capacidad
demostrada para superar los sucesivos "boicots" a los Juegos que, abiertamente,
constituían una letal amenaza que gravitaba sobre el olimpismo.
O el ejercicio de racionalidad consistente en eliminar anacrónicos
planteamientos como el rechazo, muchas veces hipócrita, del profesionalismo.
Algunas de estas cosas acreditan por
si solas que Juan Antonio Samaranch ha gozado del entendimiento necesario
para seguir la propuesta del fundador y adaptar el fenómeno olímpico
y su ideario al contexto en que se desarrolla, sin desvirtuar, por eso,
su frescura original.
Pero en el tiempo que me resta, necesariamente
escaso, me referiré brevemente a dos aspectos del olimpismo que
durante su presidencia ha reafirmado sabiamente y que engrandecen su figura,
estando, como estamos, en tiempos agitados, faltos de las certidumbres
de antaño. Estos aspectos son: el Olimpismo como referente ético,
y el Movimiento Olímpico como forma de articulación social,
técnicamente hablando, como Organización Internacional No
Gubernamental (ONG).
El Olimpismo es la expresión
de un concepto ideal del hombre. Como forma de humanismo, y tal como dijera
el Consejo de Europa en 1980, "rebasa la dimensión deportiva y forma
parte de las propias raíces de la civilización europea".
De ahí, y de modo consustancial, toma su escala de valores enunciados
como Principios en la Carta Olímpica.
"El movimiento Olímpico -dice
la Carta- tiene por objeto contribuir a la construcción de un mundo
mejor y más pacífico, educando a la juventud a través
del deporte practicado sin discriminaciones de ninguna clase y dentro del
espíritu olímpico, que exige comprensión mutua, espíritu
de amistad, solidaridad y juego limpio".
En estos tiempos, en que los peligros
que acechan a la sociedad tienen mucho que ver con el quebranto de los
referentes valorativos tradicionales, sin que se vislumbre su sustitución;
Juan Antonio Samaranch se ha aplicado eficazmente en la lucha contra el
dopage, práctica que, aparte de basarse en una actitud desleal,
constituye un agravio a la dignidad de la persona. Ha actuado con firmeza
ante el racismo y ante cualquier otro tipo de discriminación, ha
fomentado la solidaridad y ha extendido la concordia entre los pueblos
y entre los Estados, reafirmando al olimpismo como una de las reservas
éticas de nuestro tiempo. Reserva ética en la que sin duda
subyace, pero que quizá debería explicitarse con mayor nitidez,
la defensa de los valores ambientales y de la naturaleza, pues el hombre,
como parte de la misma, no puede encontrar su armonía sin estimarla
y respetarla.
Por último, hoy, en cuanto la
escala de los problemas alcanza niveles planetarios, asistimos a un nuevo
internacionalismo que supera las desgastadas y, a veces, ineficaces estructuras
de los Estados y que se materializa en una eclosión de las Organizaciones
No Gubernamentales. Aquí, el candidato se ha mostrado especialmente
brillante, erigiendo al Movimiento Olímpico en una Organización
con prestigio, solvencia e influencia nacional. Comenzó a reestructurar
su edificio obteniendo, en 1981, un Estatuto particular del Gobierno Suizo,
prosiguió, en 1984, con la creación de nuevos órganos
adaptados a la sensibilidad actual, como el Tribunal Arbitral del Deporte;
y con la aprobación, el pasado año, de la reforma de la Carta
Olímpica ha culminado el proceso de articulación jurídica
de ese sistema de Derecho, auténtico ordenamiento jurídico
supraestatal, de características tan singulares como en muchos aspectos
ejemplares que es el Movimiento Olímpico.
La autoridad internacional conseguida
es fácilmente rastreable y se concreta en muchos ejemplos, como
el Convenio de Cooperación en materia de Educación Física
y Deportes establecido con la UNESCO en 1984. Pero donde ha lucido espectacularmente
ha sido en el contexto de turbulencias nacionalistas que estamos viviendo,
en el que las comunidades aspirantes a Estado han buscado afanosamente
el refrendo que suponía el reconocimiento de su correspondiente
Comité Olímpico Nacional. Baste recordar los antecedentes
inmediatos de las Repúblicas Bálticas y, como paradigma de
la autoridad alcanzada, el hecho de que el día 9 de este mismo mes
se reunieran con el candidato, por primera vez desde la quiebra de la Unión,
representantes de todas las repúblicas ex- soviéticas, incluida
Georgia, para tratar de su participación en Barcelona'92 y la cuestión
de su reconocimiento.
Juan Antonio Samaranch, ha administrado
esa autoridad con prudencia y mesura, y con una visión de la política
que le acreditan como hombre mágicamente dotado para generar la
concordia.
La cantidad de premios y distinciones
que en reconocimiento de sus méritos han jalonado su trayectoria
es, sencillamente, innumerable y únicamente recordaré la
recientísima concesión del título de Marqués
con el que le ha honrado S.M. El Rey. No obstante, confío en que
la concesión de este Doctorado Honoris Causa sobre la que
me permito la licencia de adelantar mi congratulación figure entre
las que más sólida y permanente satisfacción le produzca,
pues ello se correspondería con el afecto, estima y consideración
con el que esta Comunidad Universitaria se lo ofrece. Por todo lo dicho,
y por lo que no he tenido tiempo de reseñar o no he sabido expresar.
Por las excepcionales cualidades del candidato y por el trabajo que deja
tras de sí, pido a este Claustro de Doctores admita como nuevo miembro
Honoris
Causa a D. Juan Antonio Samaranch y Torelló, ratificando así
el acuerdo adoptado en su día por la Junta de Gobierno de la Universidad
de Alicante, a propuesta de su Facultad de Derecho.
Muchas gracias.
Gabriel Real Ferrer
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