DISCURSO PRONUNCIADO POR EL SR. MANUEL SECO REYMUNDO CON MOTIVO DE SU INVESTIDURA COMO DOCTOR HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE

28
de enero de 2010Manuel Seco Reymundo

 

 Magnífico Sr. Rector

Dignísimas autoridades

Junta de Gobierno y Claustro de la Universidad

Señoras y señores

 

Gracias. Dar sencillamente las gracias, sin retórica, en voz alta, es el mensaje más claro y elocuente. Y con sencillez os las doy a los que, desde la Facultad de Filología, encendisteis la mecha de proponerme como candidato al Doctorado Honoris Causa por esta Universidad, y a todos los que después, dentro de esta, la acogisteis y llevasteis adelante, hasta el final, con una generosidad que me emociona. Es justo que mencione aquí, con especial cariño y gratitud, a las inventoras de esta aventura, mis admiradas Ana María Vigara y María Soledad de Andrés, profesoras de la Universidad Complutense, quienes contagiaron la idea al que en esta Casa le daría decidido impulso y hoy me apadrina: el Profesor Félix Rodríguez, no menos admirable, tanto por sus saberes como por su fecunda e imparable actividad de lingüista de dos idiomas y sagaz escrutador de los rincones oscuros del habla.

 

Para mí es un poderoso motivo de alegría recibir el honor que me regala esta noble Institución. Ante todo, por el alto prestigio que, con su relativa juventud, se ha ganado, un año tras otro, gracias al trabajo sólido y constante de sus miembros. En segundo lugar, por los particulares vínculos que me unen a esta ciudad, como después explicaré. Y, sobre todo, en tercer lugar, por la singular consideración que, a través de mi persona, otorga la Universidad a una rama de las disciplinas lingüísticas, la lexicografía, que es entre ellas la parienta pobre, la que en las fotos aparece en la tercera fila. Eso cuando figura; porque hasta no hace mucho ha sido la Cenicienta de la familia, y aun hoy se la suele cobijar bajo el manto de la Semántica. Por fortuna, esta Universidad cuenta con importantes especialistas y estudiosos de lexicografía, merecedores de todo mi aprecio. Deseo que valga también para ellos el homenaje de que hoy soy objeto yo por llevar unido en santo matrimonio más de la mitad de mi vida a las excavaciones en el país de las palabras.

 

 Como decía hace un momento, alguna relación personal tengo yo con Alicante, al margen de las esporádicas y gratas visitas que cualquier español debe haberle pagado. Mi bisabuelo paterno, el teniente coronel Manuel Seco Royo, comandante de la Guardia Civil de esta provincia a mediados del siglo xix, casó en 1856 con una señorita alicantina de apellidos irlandés y levantino: Elena Shelly Calpena. De este matrimonio nacieron dos hijos, Manuel y Edmundo Seco Shelly, que siguieron, como su padre, la carrera militar. Mi tío-abuelo, Manuel Seco Shelly, además de hombre de armas fue hombre de letras, y se me anticipó no solo en el nombre, sino como autor de un diccionario. En cuanto a su hermano Edmundo, su principal mérito (para mí) fue el haber sido mi abuelo, y a esta circunstancia se debe que el apellido alicantino-irlandés Shelly figure en el quinto lugar entre los míos.

 

Por otra parte, a la obra de un celebrado escritor alicantino (que hoy cuenta con muy distinguidos estudiosos en esta su ciudad natal y en esta Universidad) debo el bautismo de fuego en mi trayectoria como lexicógrafo. Carlos Arniches, que estuvo afincado en Madrid desde 1885, desde sus dieciocho años, dedicó la primera mitad de su producción al teatro de ambiente popular madrileño, en el que alcanzó extraordinaria fama. Una característica esencial de este subgénero, intensamente cultivado por muchos en los finales del siglo xix y principios del xx, era la modalidad lingüística local, usada con intención cómica, y puesta por autores y actores, en una forma estereotipada, en boca de los personajes del pueblo. La destacada popularidad de Arniches hizo que se acuñase el tópico de que él había influido desde el escenario en el habla castiza de Madrid; y que más o menos enseñaba a hablar el “madrileño” al pueblo madrileño.

 

Pues bien, a mí, madrileño hijo de madrileños, la curiosidad por esta cuestión me llevó a indagarla, convirtiéndola en tema de mi tesis doctoral. Mi demorada investigación sobre el habla popular de la capital tal como se plasmaba en el teatro de Carlos Arniches me introdujo por primera vez en el quehacer lexicográfico, obligándome a crear un corpus léxico arnichesco como material de estudio, y a analizar desde el punto de vista formal y semántico todas las formas de expresión allí registradas.

 

Así pues, gracias a un gran alicantino, ilustre madrileño de adopción, adquirí el primer rodaje en la apasionante senda de la lexicografía. La senda se abrió en serio para mí cuando, en 1962, mi maestro don Rafael Lapesa me invitó a ingresar en el Seminario de Lexicografía de la Academia Española. Este departamento había sido fundado años atrás por el secretario de ella don Julio Casares para la ejecución de un proyecto de Diccionario histórico de la lengua española. Tenía este ante sí la inmensa empresa de compilar el inventario léxico “total” de nuestro idioma en el espacio y en el tiempo: del español de España y de América, y desde los orígenes hasta la actualidad.

 

Aquel Seminario académico era en España la mejor escuela, o más bien la única, de lexicografía, especialmente de lexicografía práctica. Dos estímulos animaban al que allí trabajaba: uno, la conciencia de tomar parte en un proyecto ilusionante cuya meta última era el progreso de nuestra lingüística; y otro, el privilegio de trabajar día a día al lado del maestro ejemplar, sabio y generoso don Rafael Lapesa.

 

En los 31 años en que, dentro de aquel taller de lexicografía, arrimé mi esfuerzo a la obra del Diccionario histórico, tuve ocasión de recorrer todos los escalones del equipo, desde redactor de base hasta director. Recorrieron ventajosamente el mismo camino los que hoy son brillantes maestros Olimpia Andrés y Pedro Álvarez de Miranda. En esos años, yo aprendí que en el oficio lexicográfico es tan necesario como en los oficios tradicionales seguir paso a paso el proceso que parte de ser aprendiz y concluye en la meta de ser maestro. Naturalmente, no todo aprendiz acaba maestro, pero el buen oficial y el buen maestro se logran viviendo y experimentando el oficio desde abajo. Yo no tengo una fe ciega en el método tan usual de empezar la casa por los pisos altos.

 

El Diccionario historico emprendido por Casares y Lapesa estaba destinado a ser un día punto de referencia para los diccionarios generales del español, a semejanza de lo que ocurría con los grandes diccionarios de otras lenguas. Esa esperanza se perdió para siempre cuando la obra fue torpemente suspendida, en 1996, por la propia Academia que la publicaba. Los diccionarios corrientes de nuestra lengua siguen inspirándose en los Diccionarios usuales de la Academia, de metodología poco rigurosa, no muy fiables en el reflejo de la realidad del idioma y nunca hasta la fecha sometidos a una revisión sistemática.

 

Precisamente la incapacidad de los diccionarios españoles corrientes para superar la tradición académica era debida, a mi juicio, a la carencia de un referente sólido como el que se daba en otras lenguas y a la inexistencia de iniciativas para suplir esa carencia. En 1969, ya con la experiencia de siete años en la redacción del Diccionario histórico, la lógica me había enseñado que la fiabilidad de un diccionario dependía de su propia información directa de la realidad del uso; de la creación de un corpus documental.

 

La base del edificio del Diccionario histórico de Casares y Lapesa, y su primer valor, era exactamente esta: el corpus documental. Este principio metodológico ya había guiado a los académicos del siglo xviii cuando concibieron el gran diccionario que por ese mismo carácter recibiría el nombre no oficial “de autoridades”. Las autoridades, es decir, las citas de textos reunidas y exhibidas como garantes de la existencia y el uso de las voces presentadas, eran la columna vertebral del diccionario. El mismo principio gobernó, en el mismo siglo, el Diccionario inglés de Samuel Johnson; en el siglo xix el alemán de los hermanos Grimm y el francés de Émile Littré, y en el siglo xx el Diccionario de Oxford, por no recordar más que cuatro muestras extranjeras de especial relieve.

 

Concebí entonces el proyecto de un nuevo diccionario general basado exclusivamente en los materiales del uso real de la lengua reunidos en un corpus creado ad hoc y encuadrados en unas coordenadas muy precisas de tiempo y espacio. Este fue el origen del Diccionario del español actual. Sería el primer diccionario sincrónico y descriptivo del español de España. Convencido de que en muchas cosas un equipo breve, entusiasta y con una estrecha unidad de criterio es más eficaz que uno numeroso, formé el mío con solo otras dos personas: Olimpia Andrés y Gabino Ramos. Sin ellos, sin su afán y su heroica constancia, yo poco hubiera podido hacer.

 

Empezando por la formación del corpus de textos vivos del español contemporáneo, dimos nuestros primeros pasos en 1970. Pasando por no pocas dificultades externas, sin disponer entonces de uno solo de los avances de la informática, nuestra labor, enteramente artesanal, fue dura y lenta. En 1993, una primera redacción nos había devorado casi un cuarto de siglo. Pero en aquel año pudieron entrar al fin los ordenadores en nuestro proyecto, y contamos también con la competencia técnica y la animosa entrega de otros tres amigos, Carlos Domínguez, Teresa de Unamuno y Elena Hernández. Se remató entonces la empresa en menos de seis años: versión definitiva del texto, paso a soporte informático, composición, corrección de pruebas y maquetación de todo el original de nuestra obra.

 

El 17 de septiembre de 1999 pudimos pasar nuestros fatigados dedos por los dos gruesos volúmenes, más de 4700 páginas pobladas por los 75.000 artículos de nuestro Diccionario, enriquecidos todos por la exhibición de 141.000 pruebas textuales de la realidad de los usos en ellos descritos. Mirábamos para atrás con emoción: cuando comenzó la labor organizada, casi tres decenios antes, Olimpia Andrés tenía 23 años; Gabino Ramos tenía 30; y yo, el más viejo, 41. Cuando al fin se publicó el Diccionario, Olimpia tenía 51, Gabino, 60, y yo, 71. Una parte muy grande y honda de nuestras vidas había quedado atrapada en las páginas de la obra. Pero al final teníamos la satisfacción de haber hecho algo por el progreso de la anquilosada lexicografía del español. Algunas de las novedades positivas de nuestra obra, en métodos y contenidos, se han reflejado ya en otros diccionarios de los últimos tiempos.

 

La dedicación lexicográfica es atractiva y hasta adictiva, pero a la vez muy exigente. No me refiero a la lexicografía teórica, hoy de cultivo multitudinario; sino a la lexicografía práctica: el oficio, o mejor el arte, de componer diccionarios de lengua. Cuando la composición es de nueva planta, es decir, no fagocitando obras o métodos de otros, absorbe una intensa dedicación mental, que a su vez reclama por fuerza una copiosa dedicación temporal, incluso contando hoy con la enorme ayuda ofrecida por las nuevas técnicas. El que se aventura a entrar en un trabajo lexicográfico que aporte novedades internas de verdadero interés debe hacerse a la idea de que ingresa en una orden ascética cuyo único reposo tal vez sea el descanso dominical.

 

Y encima, la lexicografía práctica no siempre cosecha el reconocimiento de la sociedad a la que destina su esfuerzo. Recuerdo aquí unas melancólicas palabras de Samuel Johnson, el primer gran diccionarista de la lengua inglesa. Para él, el autor de diccionarios es un pobre esclavo de las letras; “todos los demás escritores –dice– pueden aspirar al elogio; el lexicógrafo solo puede esperar librarse del reproche, y aun esta recompensa negativa ha sido concedida hasta ahora a muy pocos”.

 

En efecto, los juicios que se publican sobre los diccionarios son a menudo decepcionantes. Cuando no son elogios fofos sin compromiso, suelen ser, si positivos, desenfocados, y si negativos, injustos. Es frecuente en los críticos de prensa no haber leído la introducción en la que el lexicógrafo ha desplegado los principios que guiaron la composición de su obra. Más alarmante es que algunas críticas que se publican en revistas específicamente lingüísticas no están muy por encima de ese nivel. Nunca, o casi nunca, se analiza el valor de conjunto de la obra: su metodología, su estructura, su rigor. Lo general es la simple preocupación por lo anecdótico y más externo: el número de entradas, la presencia o ausencia de tales o cuales neologismos, de tales tecnicismos, de tales voces regionales, y limitar el juicio a estas consideraciones.

 

Y no perdamos de vista la alegre práctica de muchos fabricantes de diccionarios que con toda tranquilidad se sirven a discreción de las aportaciones del esfuerzo creador de otros. Sidney Landau, refiriéndose a un excelente diccionario americano, comentaba: “Si la imitación es la forma más sincera de adulación, este diccionario ha sido muy elogiado”.

 

En este oficio, más que en otros, se da a menudo el aprovechamiento por la cigarra de los afanes de la hormiga, sin mediar reconocimiento alguno. Y realmente, nadie, si no lo ha vivido, se imagina cuánto cuesta inventar una buena definición, y cuánto estudio hay detrás de muchas decisiones que ha tomado el autor. Pero esta incomprensión no amilana a los lexicógrafos de raza. James Murray, el creador del diccionario más célebre de todos los tiempos, declaraba, mientras lo hacía, que no le importaba la cantidad de trabajo que llevaba sobre sus espaldas, porque disfrutaba peleando con las palabras y obligándolas a revelar su secreto.

 

¿Somos locos los lexicógrafos? Lo nuestro no es desequilibrio mental, sino vocación, una vocación vivida intensamente. Decía Gregorio Marañón que la vocación genuina es una pasión muy parecida al amor, por la exclusividad en el objeto amado y el desinterés absoluto en servirlo. Servir tiene dos sentidos: tener aptitud para algo y estar sirviendo a algo. Por gozarse en este servicio, el que dispone de ambos dones, capacidad y vocación, está dispuesto a dejarlo todo y a renunciar al bienestar material. El goce del espíritu, como el amor, como la amistad, no se cambia por nada, no tiene medida ni tiene precio.

 

De nuevo, muchas gracias a todos.