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EL CARTERO INSIGNE
Entrevista realizada por Ángeles
Cáceres, publicada en el diario Información, suplemento
El Dominical, el domingo 8 de marzo de 1992, pp. 6-7.
La provincia ha decidido coronar su
trayectoria con una medalla de oro, no sé si tan brillante como
el del Tesoro de Villena por él descubierto. Tiene otras –de oro,
de bronce- dentro de una apretada gavilla de premios y condecoraciones.
Ha llevado sus años –y va a cumplir ochenta y siete- de piedras,
tierra, legajos, documentos, libros, música… Casi medio millar de
artículos; varios libros; magníficas aportaciones al mundo
de la cultura. Es director perpetuo del Museo Arqueológico de su
pueblo, donde antes fue cronista y archivero, y doctor honoris causa
por la Universidad de Alicante, entre múltiples cargos y distinciones
más. Autodidacta puro, se habla de tú con la Historia y la
Arqueología sin tener siquiera el título de bachiller. Con
los cristales de su despacho rezumando lluvia y dos círculos opacos
tiznándole de bruma las pupilas, recalca que siempre ha sabido compaginar
el estudio con el puro gozo de vivir. Y que está muy orgulloso de
un viejo premio del que no se habla nunca: el que ganó, en plena
juventud, en un concurso de tangos en Madrid.
El mínimo recinto que acoge
su despacho fue, precisamente, el lugar de la casa donde nació con
el último suspiro de septiembre, allá por 1905, cuando se
venía al mundo en familia. Hoy, los libros y los archivos cubren
hasta el último rincón, no sólo del despacho, sino
también de la habitación contigua, que es la de José
María Soler; la cama sobria y elemental, de un cuerpo, se comprime
entre estantes repletos hasta el techo: este hombre respira Historia; yace
con ella. Más de una noche, se le habrá enredado un milenio
entre las sábanas.
- ¿Cómo era usted
de joven?
- Con un libro al lado. Llegué
a leerme un libro diario. Cuando yo trabajaba en Correos hacía las
líneas de Cieza y Muro, en días alternos. Me quedaba mucho
tiempo libre y lo dedicaba a leer, que es algo que me entusiasmó
siempre, incluso de niño.
- También le gustaba la música.
- Sí; soy muy aficionado desde
que mi padre, de pequeño, me compró una cítara. A
los catorce años salí en la banda municipal tocando el flautín
y el solfeo lo aprendí con mi madre, que me cantaba las lecciones;
o sea, aprendí de oído. Así es que, cuando entré
en la banda, tuve que estudiarlo para poderlo leer. La armonía la
estudié por correspondencia, con una escuela de París, aún
tengo ahí los textos; fue una ventaja que estuvieran en francés,
porque practiqué el idioma.
- ¿De dónde le vino
el afán investigador?
- Yo entré en Correos con 17
años. Tuve un destino en Madrid que me facilitaba mucho las cosas,
por las oportunidades que ofrece una gran ciudad. Pude desarrollar mis
dos aficiones mayores: leer, y todo lo relacionado con la Prehistoria.
Cuando me trasladaron a Villena, para mí fue un trastorno: estaba
habituado a un género de vida con poco trabajo en Correos, mucho
estudio de los temas que me interesaban, y también ¿por qué
no decirlo? Con posibilidades de diversión.
- No me diga que fue un juerguista.
- Hombre, me lo pasé bien. Por
ejemplo, me gustaba muchísimo bailar; y no debía de hacerlo
muy mal, porque me dieron varios premios. El primero, en Madrid, un premio
de tangos… y no vaya a pensarse que bailar un tango clásico es fácil.
- ¿Y aquí, en Villena?
- Pues, seguí teniendo contactos
con muchachas y con la parte lúdica de la vida, claro. Me puse a
recoger el folklore popular, con la letra incluida, del «Cancionero
popular villenense». Ahora está a punto de salir el diccionario,
donde queda reflejada la lengua realmente popular, la de los villeneros:
lo de villenense es un cultismo que no se oye en la calle. Aquí
estamos en una encrucijada, sobre todo lingüística porque,
claro, esto se reconquistó a los moros, y Alfonso X el Sabio se
lo dio a uno de sus hijos, haciendo el Señorío de Villena,
nada menos que con los Manueles, los Infantes de Castilla. Es que dese
cuenta: el señor de aquí tenía todas las facilidades
de Castilla, por ser nieto del rey; y, como era muy cuco el hombre –don
Juan Manuel, el escritor-, se casó con la hija del rey de Aragón.
O sea: todo ventajas. Le nombraron los catalanes príncipe o duque
de Villena, de manera que el principado de España es el de Villena,
antes que el de Asturias. Aunque Don Juan Manuel no lo usó.
- ¿La historia es tan apasionante
como usted la pinta?
- Para mí, sí. Uno va
investigando un tema y, en esa rebusca, a lo mejor te sale un dato muy
importante de otra cosa y te pones a seguirlo… Eso me pasó con Ambrosio
Cotes, el ilustre polifonista del siglo XVI, considerado flamenco o inglés
por muchos musicólogos; yo estaba estudiando el templo de Santiago,
y en la escritura de compraventa encontré su firma: ¡Pues
tiene que ser de aquí porque los beneficiados magistrales de Santiago,
la condición es que fueran villeneros! Y me fui a investigar a Granada
y, o los dos días, me sale un documento de expediente de limpieza
de sangre del maestro Ambrosio Cotes, natural y vecino de la ciudad de
Villena
- ¿Qué siente al encontrar
una «perla» así?
- ¡Imagínese! Me lo dejé
todo para dedicarme a aquel tema. Investigando, salen cosas estupendas:
disfruté mucho enterándome de que Cotes estuvo liado con
una señorita, y le abrieron un expediente que está en Simancas;
claro, fui allí y me lo fotocopié entero. Fíjese,
un testigo, amigo suyo, le defiende diciendo que «en esa época
hablaba con ella pero, por enfermedad, no estaba para lo que se le imputaba».
(Y al director perpetuo del museo Arqueológico se le traspone la
expresión, repleta de picardía).
- ¿Resulta difícil
compaginar la investigación y la vida?
- Yo establecía una separación
clarísima; el objeto investigado, apasionante, por un lado; y el
objeto corriente, el momento real, por otro; y bien vivido. Que lo vivía,
¿eh? Mire, yo iba a los bailes, y también dirigía
un grupo teatral donde las muchachas hacían números de varietés.
En guerra, estaban aquí los soldados heridos del hospital de sangre
y asistían a nuestros ensayos en el Círculo Villenense. La
noche de la función una chica del coro, que era un desastre, se
equivocó en las evoluciones, lo trastocó todo y hubo que
bajar el telón y empezar otra vez. Así que, al final, los
soldados me formaron un pasillo de dos filas, y con una sorna imponente,
me iban diciendo: ¡enhorabuena!.
Tesorillo de Cabezo
Redondo
- Su momento cumbre: el tesoro.
Cuéntemelo.
- Tiempo después de aparecer
el Tesorillo en el Cabezo Redondo, un día un gitano le llevó
un brazalete a un joyero que, como había estado comprometido por
comprar unas cuantas piezas de aquel Tesorillo, no quiso problemas y me
avisó enseguida. Investigando su procedencia, resultó que
el gitano trabajaba de albañil, y en las gravas de la obra apareció
la joya: así que me fui a la rambla de donde habían tomado
las arenas y nos pusimos a buscar, mis dos ayudantes con sus hijos –dos
chiquillos- y yo; hice una cata y empezamos metódicamente para ver
los estratos, hacia abajo, y en un momento uno de los obreros avisa: ¡Aquí
hay uno! Y, efectivamente, asomaba un trocito. Soplando, salió.
Y vimos que había otro al lado, y que estaba en un cacharro.
- Debió ser emocionante.
¿Qué sintió en aquel momento?
- ¡Imagínese! Hicimos
la excavación soplando, quitando arena y tierra para descubrir la
boca del recipiente. Estaba entero y lleno. Yo sentía la responsabilidad,
me daba cuenta de que era un momento histórico y que tendría
que contarlo. Excavamos hasta el fondo, sin tocarlo, y alrededor había
muchas piezas caídas; continuamos excavando y aún encontramos
cinco o seis brazaletes más, desprendidos de la vasija, siguiendo
el curso de la rambla. Yo ese día no había llevado el flash
de la máquina y no podía levantar la vasija sin fotografiarla,
de manera que se nos hizo de noche allí y tuvimos que encender antorchas.
Es imposible describir aquel momento, con la cacharra repleta de oro, brillando
a la luz de las antorchas y la noche alrededor.
- Suena precioso.
- ¡Y lo era! Yo mandé
a los chiquillos a casa de un abogado amigo mío. Alfonso Arenas,
con un papel escrito: «Hallazgo asombroso; vente con fotógrafo
y flash». Vino, hicimos las fotos y levantamos las piezas. La vasija
me la traje yo en coche, sobre mis rodillas. Nos quitamos los cinturones
para atarla y que no se desmantelara. Ibamos profundamente emocionados.
- ¿Cuándo cambió
Correos por la investigación?
- Yo no dejé una cosa por la
otra: empecé a investigar trabajando en Correos porque tenía
tiempo. Seguía leyendo y estudiando, y explorando en domingo y ratos
libres, excavando: estaba seguro de que aquí había muchas
cosas. E sale la Cueva del Cochino: yacimiento musteriense, del Paleolítico
inferior, que hay muy pocos en España; fenomenal. Empecé
una exploración sistemática; y doy con unas piezas de sílex,
estupendas, en una viña. Mire cómo será, que no se
ha excavado y llevamos recogidas más de cincuenta mil piezas de
lo que aflora, encima. Un yacimiento clave; se conocía la cerámica
cardial, que se llama así por estar adornada con los dientes de
una concha, el carcium, y es propia de cuevas y del Neolítico… Pues
me sale la cueva del Lagrimal. La excavo completa: ni un solo tiesto cardial;
aquello venía a destruir las teorías. Y en la viña,
que salió un sílex magnífico, aparecen unos tiestos
de cerámica cardial. Trastorno: abajo otra teoría. Lo que
pasa es que los llanos no los hemos tocado nunca los arqueólogos.
Ahora ya se habla del Neolítico de llanura, a raíz del yacimiento
de la casa de Lara: una preciosidad, algo extraordinario.
- Nunca se casó, pero parece
que ha vivido a fondo.
- ¡Ya lo creo que he vivido!
Muy bien, muy bien. Pero no me he casado por miedo a perder la libertad.
Yo he vivido, he amado y he disfrutado, pero soltero; en Madrid era miembro
de una peña de baile en El Retiro. Y aquí, pues, lo mismo:
roce continuo con muchachas, en el buen sentido de la palabra… ¿Qué
no me casé? Ya lo explicó Manuel Machado: «De mujeres,
sin ser un Tenorio, solo, tengo una que me quiere y otra a la que quiero
yo». Hace poco, vino una señora a casa, que había estado
en aquellas obritas de teatro, y me recordó unas coplas que me hicieron
tachándome de conquistador.
- No me puedo creer que ejerciera
de seductor Mañara.
- Oiga: que voy a recuperar esa canción,
¡ya lo creo que la recupero! Y la meto en la autobiografía
que estoy escribiendo.
- ¿Cuántos hermanos
eran?
- Llegamos a ser seis, pero cuatro
murieron de pequeños; en aquella época había una mortalidad
infantil tremenda. Y hemos quedado los dos mayores: mi hermana, que me
lleva un año, y yo. Mi padre, con un diamante, grabó las
fechas de nacimiento en un cristal, ahí en el comedor, pero durante
una fiestecilla un amigo, con un codo, rompió el cristal sin querer:
aún recuerdo el disgusto que nos llevamos.
- Un día suyo, en la actualidad.
- Ahora estoy enfermo y viviendo la
tragedia de haber perdido la vista; tengo degeneración de la retina
y estoy en tratamiento; me van a poner unos cristales, a ver si puedo tener
un poco de luz para leer y escribir. De momento, me entiendo con la música
clásica de la radio.
(Entran dos niños, sin hacer
apenas ruido. «Estos zánganos son mis nietos». Oiga,
pero si me ha dicho que es soltero… «Son José y Gonzalo, de
una muchacha a la que queremos como una hija. Y habrá que darles
money». Saca una moneda del bolsillo: «¿Esto cuánto
es?» Cinco duros. «Pues es poco, a ver si hay otra».
Y los nietos repitiendo: «Pero, yayo, ¿te han puesto ya la
medalla o no?»).
- Tiene usted la vida llena, don
José María.
- No me puedo quejar. Lo único,
este bajón de la vista; pero que lo voy a remontar, porque mi vida
no es que se haya terminado, ni mucho menos: todavía tengo muchas
cosas que hacer ¿eh? Ya he cedido 22.000 libros a la fundación;
todos estos que usted ve, dos habitaciones más y la cambra, que
está llena. Pero cuando me muera. Ahora, no sale de aquí
ni un papel.
- ¿Qué siente usted
junto a sus descubrimientos?
- Un gozo absoluto. Los quiero como
si fueran hijos míos.
- ¿Le hablan las piedras?
- ¡Pues naturalmente! Porque
se las ve vivir, te imaginas los hombres que las trabajaron, que las cocieron…
Es como disfrutar mil vidas, además de la tuya propia.
En la autovía mojada,
de regreso a Alicante, no logro dejar de pensar en José María
Soler y en la «cronología de los ruidos» que solía
elaborar viendo anochecer junto a una excavación, ordenando en el
tiempo el rumor del agua, del viento y de los primeros pasos del hombre
sobre la tierra.
Y a la altura de Monforte, más
o menos, se me sube a la garganta el borbotón nostálgico
de un tango arrabalero. (Era inevitable).
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