Discurso pronunciado por el Prof. Antonio García Berrio con motivo de su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Alicante
PREÁMBULO A LA SOLEMNIDAD: ALACANT, LLOC I ESPAI
Excmo.
Señor Rector Magnífico y Claustro de Profesores de la
Universidad. Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades
civiles y militares, Señoras y Señores.
De no
imponérseme en esta solemne coyuntura la prudencia debida a la
para mí tan honrosa ocasión de asumir el grado de Doctor
Honoris Causa por la Universidad de Alicante, habría comenzado
con la expresión, que pudiera parecer a alguno tal vez
inmodesta: ¡Y tenía que ser al fin, precisamente, en
Alicante! Permítanme, en consecuencia, que me explique
inmediatamente, y que trate de justificar esa salida reprimida de mi
sentimiento, aunque sea al riesgo de manifestar aquí y ahora
aspectos demasiado personales y privados de mi vida.
Conviene
que les diga, para empezar, que Alicante fue para mí antes un
nombre taumatúrgico que una realidad concreta de cal y canto; un
foco catalizador de crucerías emotivas de las esperanzas y los
miedos desolados del niño de ocho años que era yo en la
primavera de 1949, cuando me hicieron saber en mi casa natal de la
vecina ciudad de Albacete que la vida de mi padre se estaba decidiendo,
a cara o cruz, en una prestigiosa clínica de esta bella ciudad
de Alicante. Por esa vía, Alicante se convertía
así a cada anochecer, en las fervorosas plegarias de aquel
niño, antes en un espacio evocado y abstracto que en el lugar
que es, recorrible y concreto. Permítanme ustedes revelar
además que, para la mala suerte de aquel niño y de sus
dos hermanos, hoy presentes también en este acto, aquel albur
dramático de una vida se resolvió al cabo por la cruz,
como nos lo hacía saber al alba de un 23 de abril la piedad
conmovida de nuestros abuelos.
Aquel
trágico azar decidió, dadas las circunstancias, que mi
conocimiento de Alicante como espacio focal de anhelos y temores pasara
a ser inmediatamente experiencia de un lugar físico concreto,
con su calle de San Fernando y su contigua explanada de luz y de
palmeras, con un hotel que se llamaba Palas —así precisamente,
no Palace— y sobre todo con mi primera visión del mar
Mediterráneo. Inolvidable emoción aquella para mí
singularmente: un niño del mar interior de las tierras de
sembradura y rastrojo de cereales en la infinita Mancha entre Albacete
y Madrid. Bien me recuerdo ahora aquí con mi hermano Manolo,
escapados casi a la custodia de las personas que nos tutelaban en el
hotel, y contemplando extasiados el puerto desde un banco de la antigua
explanada, con la mole del castillo de San Fernando, la señera
Akra Leuca originaria, a nuestra espalda .… Podría repetir
incluso, ahora mismo, los nombres de los barcos mayores: el rotulado
Monte Espadán y otro carguero de las American Export Lines, que
yo leía por entonces Lunes; o la desvencijada chalupa del
servicio fiscal de Aduanas en la que nos pasearían más
tarde por el mar a mi hermano y a mí.
¿Quién
podría haber pronosticado, viéndonos entonces, que
aquellos dos niños que contemplaban por vez primera el
Mediterráneo de Alicante acabarían siendo, el menor de
los dos, mi hermano Manolo, hoy entre ustedes, el hombre que, desde la
cumbre del generalato del ejército español integrado en
la OTAN, tiene encomendada la defensa aeronaval del flanco sur de aquel
mismo Mediterráneo contemplado entonces en Alicante por nuestros
ojos de niños? O que el hermano mayor de los tres —el más
pequeño, Felipe, que ocupa también en esta ceremonia un
lugar entre ustedes, habría quedado en su cuna, ajeno a la
tragedia, con su primer año de vida apenas si cumplido—, quien
ahora les habla, llegaría a recibir aquí en Alicante,
más de medio siglo después, la profunda alegría de
este inmerecido Doctorado por una Universidad de espléndida
pujanza innovadora, que por entonces ni siquiera se conjeturaba posible
para nadie.
Concretado
por tanto para mí desde entonces en lugar fascinante y querido,
el espacio puro de Alicante, entre montaña y mar, se
convirtió, andando el tiempo, en una frecuente y continua
referencia de amistades y gozos. Primero, en el alborozado tiempo de
mis estudios españoles en la Universidad de la vecina ciudad de
Murcia, las calles y las playas de Alicante me vieron pasear con mis
excelentes amigos y amigas de esta tierra, algunos de ellos
todavía hoy aquí, para mi suerte, sentados entre ustedes.
Luego, más formalmente, una vez nacida esta Universidad, y
siendo yo ya flamante catedrático de Murcia, los alumnos y
amigos de Alicante me invitaban con inolvidable generosidad y
frecuencia a conferenciar y convivir académicamente con ellos en
la incipiente Universidad de Alicante desde su mismo arranque a finales
de los sesenta, cuyas instalaciones acogían los viejos edificios
del aeródromo militar de Rabasa. Aquí y entonces pude
sumar a los nombres ya para mí familiares de
condiscípulos y alumnos anteriores, los de otros nuevos amigos
admirados como el del sabio historiador, a la sazón decano de la
Facultad de Letras, don Antonio Mestre, y el del elegante poeta culto
que es Guillermo Carnero.
En la
vertiente universitaria, en la que hoy se encuadra el
solemnísimo acto con que me honran ustedes, puedo decir para mi
muy trabajosa justificación, si es que cabe, lo mismo que he
tenido la suerte de poder afirmar, humilde pero orgullosamente, en
alguna ocasión equivalente en otras Universidades: a saber, que
me conforta sólo del bien liviano peso de mis méritos, el
que a esta Universidad de Alicante, para mí por fortuna, le he
podido decir siempre que sí —y un sí, se lo aseguro hoy a
ustedes, verdaderamente caluroso y bien correspondido— en todas y cada
una de las ocasiones en que ha tenido a bien solicitar mi concurso
profesional. Sirva al menos esta humilde justificación, con la
benevolencia de ustedes, para engrosar mis muy entecos merecimientos.
Méritos que con tanta generosidad acaba de presentar aquí
mi buen amigo el Catedrático de esta Universidad don Francisco
Chico Rico en su brillantísima laudatio. Al profesor Chico Rico,
a su Departamento y a la Facultad de Filología he de agradecerle
así mismo, conmovido, la iniciación del proceso
académico regular conducente a este Doctorado, que
culminaría con el acuerdo unánime de la Junta de Gobierno
de la Universidad de Alicante.
LUGARES Y ESPACIOS EN EL COMPLEJO ESTÉTICO DEL CONTENIDO ARTÍSTICO
El haber
focalizado, como lo he hecho hasta aquí, la ambientación
inicial gratulatoria de esta lección solemne en la
consideración complementaria y contrapuesta de Alicante como
lugar y espacio me va a permitir prolongarlo ahora, sin
discontinuidades mayores, sobre el tema que me ha parecido más
adecuado, a la vez que representativo del estado actual de mi
pensamiento teórico en torno a la Literatura y a las Artes en
general: la decisiva cuestión estética del espacio en la
producción de los efectos de ilusión y emocionalidad
artísticas, cuestión válida y efectiva tanto en su
vertiente de la inspiración creativa como en la de la
recepción por parte de todos nosotros, espectadores, lectores u
oyentes.
Bien
seguro estoy de que, entre quienes se hayan cuestionado alguna vez
sobre las razones de su pasión estética por la
literatura, serán los menos —aunque seguramente no los menos
avezados— aquellos que emplacen y reconozcan en la percepción
multiforme de lo espacial uno de los fundamentos conscientes más
reconocibles de los juicios estéticos. Tal vez extendiendo la
encuesta al dominio general de las artes visuales —pintura, escultura,
arquitectura, etc.—, aparecerían más diáfanas e
inmediatas las razones de espacialidad como el móvil sustancial
de la inspiración y la emocionalidad estética en el otro
género de las artes, visuales, reconocidas clamorosamente sobre
todo desde Lessing, como artes por excelencia del espacio, para
diferenciarlas de la poesía y sobre todo de la música,
precisamente como artes del tiempo. La raíz de esa diferencia es
tan conocida culturalmente que no vale seguramente la pena redundar
aquí con más explicaciones. Todo ello sin perjuicio de
que, como iremos viendo más adelante al profundizar en el tema
de esta lección, la noción estricta de espacio literario
atribuido a la literatura no haya de figurar ni mucho menos en un
entendimiento imaginístico o metafórico, tal como, entre
otros muchos casos, se instrumentaba en el título del famoso
libro de Maurice Blanchot. Antes que eso, se nos habrá de
revelar la pertinencia poética del espacio —más en el
entendimiento de Bachelard y de la Poética antropológica
de lo imaginario— en términos referenciales absolutamente
estrictos y directos.
Inicialmente,
atribuía yo a alguna reconocible proclividad de mi personal
«tipo psicológico» —para decirlo en términos
junguianos— mi relativamente temprano hallazgo de la temática
explícita e implícitamente espacial entre los principios
dominantes de mis preferencias en el gusto literario.
Permítaseme, por claridad, que declare a ustedes mi adolescente
placer con las novelas montañesas de Pereda o por las
madrileñas de Galdós. Dado que mi infancia y adolescencia
discurrieron en el desolado secarral —eran los años cuarenta y
cincuenta— de la llanura manchega, se explica fácilmente mi
llamativa pasión de entonces por las romas historias del hoy tan
raramente frecuentado Pereda, ambientadas en la minuciosa sugerencia de
feraces praderas y verdes montañas, o en las singladuras
marineras de la por entonces para mí remota y evocadora
Cantabria. En cuanto a mi juvenil pasión galdosiana por el
Madrid de las Bringas y los Juanito Santa Cruz, al alcance aún
de la mano y de la mirada en los primeros años cincuenta del
siglo pasado, se entiende fácilmente su condición de
ámbito imaginario de mis ensoñaciones infantiles y
adolescentes, dadas las casi obligadas visitas familiares desde
Albacete a la próxima gran ciudad, con aires todavía, no
obstante, de acogedor poblachón manchego.
Y, si se
me quiere atender aún, personalmente, en otra declaración
de mis preferencias tempranas en la adhesión fantástica a
la ilusión literaria fundada en motivaciones imaginativas de
inspiración espacial, añadiría otro ejemplo
quizás menos deliberado y consciente en sus comienzos, pero que
ha revestido al cabo una constatación de infinito calado sobre
la fundamentación imaginativo-espacial de mi adhesión
estética a la literatura. Me refiero al Quijote, y aun en
general a toda la novelística de Cervantes; una historia
crítica, en mi caso, con profundas raíces inconscientes y
de tortuoso discurso hasta aflorar en reflexiones profesionales.
De
entrada, bien podría sumarse, en mi caso personal, la
experiencia sobre la incalculable virtualidad estética del
espacio en la narrativa de Cervantes a la misma raíz
idiosincrásica de mi «tipo psicológico»
imaginativo, acondicionado, si se quiere, en la
«circunstancia» de mi larga vividuría manchega; es
decir, una sufrida condición de paisanaje con los héroes
y las figuras cervantinos sobre la llanura central de España,
donde se hace incómoda verdad el refrán tradicional que
la describe padeciendo «nueve meses de invierno y tres de
infierno». Añádese además a esa base de
«circunstancia» ambiental experimentada la lectura diaria y
doméstica, desde niño, de seleccionados fragmentos del
Quijote, las más de las veces como ejercicios dictados de
ortografía.
Ya como
profesional ejercitado, «no ha mucho» que he tenido
ocasión de revalidar críticamente aquella temprana y
sedimentada sembradura de sensibilidad respecto del decisivo
protagonismo estético de los espacios-tiempos en el arte
narrativo del Quijote, en una serie de escritos durante el casi
recién transcurrido momento jubilar del cuarto centenario de la
Primera Parte de la obra. Me conviene destacar ahora, porque sirve
sobre todo a la tesis especialista que vengo desarrollando aquí,
la «suite» de los tres artículos conmemorativos
—enero, mayo y diciembre de 2005— en la orteguiana Revista de
Occidente; para mí, sobre todo por orteguiana precisamente, tan
frecuentada como distinguida. Tres ensayos centrados en diferentes
acepciones de la espacialidad estética de Cervantes. Si a ellos
se quieren añadir mis varias intervenciones públicas en
congresos conmemorativos, con el denominador común
temático de la incidencia, explícita e implícita,
del espacio-tiempo narrativo en la ilusión artística que
funda Don Quijote, me resulta particularmente grato —tanto más
aquí y ahora precisamente en esta Universidad de Alicante— un
extenso texto consagrado al estudio del Análisis crítico
del académico y artillero don Vicente de los Ríos para la
benemérita primera edición del Quijote por la Academia
Española en 1785. Destaco aquí, en Alicante, ese texto,
más aún que por la directa incidencia del recuerdo de
espacios y tiempos del Quijote, que desde De los Ríos ha venido
siendo el fundamento de la famosa ruta cervantina, porque esa ponencia
respondió a la invitación de los eminentes dieciochistas
alicantinos Antonio Mestre y Enrique Giménez al Congreso
celebrado aquí en el año jubilar 2005.
Tomando
pie, para comenzar, en esta reflexión alicantina, el preciso
recuento en Vicente de los Ríos sobre jornadas de tiempo en la
famosa ruta de Don Quijote nos permite introducir la diferencia que
vengo glosando entre lugar y espacio en el tematismo y el efecto
estético del arte literario. La ruta en sí como conjunto
de menciones temático-descriptivas del Quijote —sustancialmente
minuciosa y ajustada en las cuentas narrativas de Cervantes, en
especial sobre las regiones por él más conocidas del
«famoso campo» de Montiel y sus aledaños familiares—
establece y propone la evocación para la fantasía de unos
referentes reales de los que antes he dicho de cal y canto, con una
virtualidad de evocación fantástico-local sobre todo
realista. Desde las cuentas de De los Ríos, transcritas
inmediatamente a figura de mapa e itinerario por el geógrafo
Jusepe Martínez, una legión benemérita de
encariñados filólogos al pormenor han reajustado espacios
y tiempos de las jornadas del Caballero y Sancho, retocado conjeturas
de trayectos, villas y lugares, ilustrando fantasías sobre la
correspondencia con las casas posibles de Dulcinea en el Toboso o del
Caballero del Verde Gabán, y con el palacio o «casa de
placer» de los Duques en Pédrola, etc., etc.
Santo y
bueno que sea todo acarreo de minucias —sin la menor ironía
acabo de titular de benemérita la pasión localizada (de
lugar) de la filología cervantina al pormenor—, porque la
regustada fantasía de los cronistas de lugares habrá ido
tejiendo acumulativamente la densidad inespecífica de los
espacios imaginarios en la obra. Acabo de aludir con esto a un
diferencia para mí básica en la implicación
literaria de la espacialidad; a saber, la que distingue entre la
referencialización de representaciones de lugares —el molino, la
venta, el camino, el bosquecillo, etc.—, a cargo del trabajo evocativo
orientador de la fantasía, y la que implica la
esquematización espacializadora en ámbitos de intuiciones
míticas subconscientes, producto de la imaginación. Entre
estos últimos, en la mitología espacial movilizada en el
ejemplo del Quijote, el acogimiento autoidentificador del yo
identitario dentro del círculo o el rectángulo
protectores de la casa, la venta o la floresta, enfrentado a la
sensación-sentimiento de desamparo azaroso del centro
identitario abierto al campo raso del camino, esa universal
metáfora existencial del trayecto de la vida.
La
diferencia entre fantasía e imaginación como capacidades
del espíritu fue, según se sabe, la adquisición
principal y quizás fundadora de la estética
romántica, intuición común a todos los pensadores
y artistas de la época, si bien bajo denominaciones diferentes y
a veces hasta entrecruzadas, tanto en la tradición alemana de
los Schlegel a Jean Paul como en escuela inglesa de Coleridge —su
principal teorizador en la crítica anglosajona, que
todavía seguimos nosotros—, a lo que se suma el grupo de los
poetas mayores en la que Harold Bloom nombrara la
«compañía visionaria» romántica, de
Wordsworth y Shelley a Keats y a William Blake. La distinción
entre la actividad de una y otra potencia psicológicas define un
gradiente diferencial en la profundidad simbólica de los
productos artísticos.
Si
tomamos, por ejemplo, el caso del quizás más
sobresaliente y esencial de entre los escritores de estas tierras, el
gran prosista alicantino, de Monóvar, José
Martínez Ruiz, la simple referencia a su aligerado arte
descriptivo de lugares, como la Yecla de sus novelas de
formación o la innominada capital provinciana —tal vez Segovia,
o Ávila, o Burgos— de su Don Juan, no sustancia adecuadamente
con su escueto agotamiento detallístico el grado de hondura
estético-sentimental del espacio-tiempo azoriniano, tal y como
han presentido todos los grandes exégetas críticos de
Azorín, los profesores alicantinos entre ellos, por excelencia,
distinguidos miembros de este claustro.
Un
tiempo-espacio azoriniano, el de Los pueblos o el de La ruta de Don
Quijote, que deviene y se sublima universal sobre la condición
humana transitoria, cerniéndose en los protagonistas
anónimos que asisten al transcurso del tiempo en eternidades,
contemplándonos —a nosotros ahora, como al cronista
Martínez Ruiz— desde las cristaleras de un casino en Zocodover o
tras los visillos de casas anónimas de Zamora, de Madrigal o de
Sepúlveda. La fórmula abarcadora de todos esos casos, y
tantos otros posibles más en la transustanciación
esencial azoriniana, la concreta económicamente para nuestro
punto de vista el gradiente intensivo que esquematiza la
concreción circunstancial de unos lugares reales, referidos con
más o menos minucia y primor realista por Azorín, al
universal inconcretable de los espacios esenciales de la gran
literatura.
No cabe
duda sobre la fascinación posible y la ponderación de la
maestría artística aparejadas a la simbolización
referencial-descriptiva de lugares en literatura o en pintura. Por lo
menos, la bibliografía crítica que celebra ese tipo de
virtualidad localizadora —para no llamarla con el término
equívoco, aunque perfectamente apropiado aquí, de
localista— resulta innumerable y relativamente notoria. Debiendo
señalarse el recrecimiento reciente tanto en la
bibliografía francesa como en la orientación actual
norteamericana que se acoge a la rúbrica específica de
«estudios espacio-temporales», dentro de la multiforme moda
de los inespecíficos «Cultural Studies». Pero este
tipo de constataciones espaciales ceñidas a la
descripción externa de lugares, pongamos por ejemplo La Cartuja
de Parma de Stendhal o el de la catedral de París en El jorobado
de Nôtre Dame de Víctor Hugo, descubre su virtualidad
simbólica absoluta cuando pondera las valencias imaginarias de
los mismos en tanto que espacios mítico-metafísicos. Tal
es, en verdad, la virtud universalizante de la gran literatura a la que
pertenecen las obras mencionadas, por no invocar, por excelencia, otras
tan sustancialmente espaciales como son los libros de viajes
cervantinos en el Persiles y Don Quijote, o las perfectas arquitecturas
que enmarcan las peregrinaciones escatológicas del Dante en la
Comedia. Pudiendo alegar, si queremos, otro tanto sobre el
mérito que los paradigmas del espacio simbólico le
confieren a La Eneida o a las dos grandes epopeyas homéricas.
A
nuestro modo de ver, son los que Kant llamaba esquemas trascendentales,
geométricos en el caso de la configuración espacial de la
orientación de y en lo real por parte de la sensibilidad, los
que establecen en su universalidad subjetivo-antropológica las
pautas iniciales para la plasmación y la comprensión de
los receptores, a las que se vinculan las sensaciones-sentimientos
varios de euforia ascensional y de caída y abismación
depresiva. A la atención de todos ustedes queda la fácil
traducción de esos dispositivos esquemático-espaciales a
sus términos desarrollados de semantización
temática correspondiente. Así se gestan los temas-lema
del vuelo y la caída, la exploración viajera y el
retorno, o el conflicto antagonista de las polémicas
épicas y trágicas. Y no mucho más difícil
resultaría, por vía de amplificación, asociar a
todos y cada uno de los esquemas semantizados mencionados obras como la
iniciación del Wilhelm Meister o la depresión del Werther
de Goethe; la emoción expansiva del patán ambicioso
Fermín de Pas, o la degradación fatal sucesiva a la culpa
de sus adulterios que provoca el desenlace suicida de Emma Bovary, como
los catastróficos acabamientos de Macbeth, de Raskolnikov, de
Julián Sorel, etc., etc.
Conviene
puntualizar, si acaso, a este mismo propósito que el minimalismo
universalmente abarcante de los esquemas trascendentales
geométrico-espaciales, que nosotros consideramos fundamentales
en la raíz de la sugerencia y la participación
estética dentro de los mecanismos artísticos de la
literatura, no agotan por sí mismos la justificación
crítico-descriptiva de todas las bellezas literarias de una
obra. Baste contraponer la relativa identidad esquemática de
obras basadas en la imitación o hasta el plagio, como pudieron
ser los dos Quijotes, de Cervantes y de Avellaneda, con el mismo
esquema del viaje y los contrastes entre jornadas al raso y el reposo
abrigado de las ventas, para confirmar que lo que sustenta la infinita
diferencia estética entre ambas obras tiene mucho también
que ver —y mucho— con la inigualable pausa narrativa del
«periodare» cervantino, bien distante del automatismo
machacón en el falso Quijote, más emparentado con la
premiosidad previsible de un Guzmán de Alfarache, por ejemplo.
Con
todo, podríamos dar por sentado, desde mi punto de vista, como
un indicio muy atendible de sublimidad literaria la preeminencia que
arroja la asunción de una perspectiva más universalista
de la espacialidad imaginaria, que la del detalle realista de la
estética descriptiva de lugares confiada a los desplazamientos
referenciales de la fantasía. Tal el criterio, por ejemplo, de
nuestra preferencia por el espacialismo abstracto de Ives Bonnefoy
sobre un buen poeta muy próximo a él como es Philippe
Jaccottet, en la misma escuela poética denominada «du
lieu», de inspiración más cargadamente
descriptivo-local. Y mucho de esa misma recuperación del modelo
local más directo e inmediato de los dos Machado, cautivador por
tantos conceptos, es lo que encumbra a nuestros ojos superiormente la
andadura esencial castellana del insuperable Claudio Rodríguez,
incluso en sus dos libros y medio más tempranos.
EL ALICANTINO AZORÍN, MAESTRO DE LA SENSIBILIDAD ESTÉTICA ESPACIO-TEMPORAL
Al hacer
este balance de mi atención crítica predominante,
actualmente, sobre la fundamentación espacial de la
universalidad estética —según lo que conviene a mi
entendimiento de lo que mejor se ajusta a la solemnidad de un discurso
de Doctorado Honoris Causa—, no deja de tener su relieve propio, para
el caso del acontecimiento de hoy en Alicante, el que fuera
precisamente un gran creador alicantino, el insuperable poeta de la
prosa José Martínez Ruiz, Azorín, quien con
más alta probabilidad alumbró para mí, hace ya
muchos años, la pista de la alta responsabilidad estética
de los sentimientos vinculados a la espacialidad artística.
Conste que no es éste un mero pretexto de cortesía
ajustado a la ocasión, sino una realidad —sorprendente para
mí mismo— que declaro siempre gustosamente; incluida la
exposición escrita de la misma, hace ya tiempo, en las Actas de
un congreso azoriniano en Murcia publicadas en 1998, en el
artículo titulado Azorín lector mítico.
Inspiración, como digo, azoriniana que estaba referida
concretamente a las sugerencias para Azorín de la obra capital
de mis paisanos manchegos Cervantes y Don Quijote, tan frecuentemente
traídos a colación en este discurso.
Bien
conocida es la pasión azoriniana por destilar en los
márgenes de los libros de nuestros clásicos del Siglo de
Oro las delicadas gotas de su empatía. Como también
resulta sabido que, por encima de su pasión hacia los genios
mayores de nuestro clasicismo nacional, en las páginas de
Azorín destaca su identificación profunda con la
maestría cervantina. De todos sus clásicos
—¿quién sabrá por qué?— sería la
lectura de Cervantes la que mayor número de sugerencias
mítico-espaciales sintéticas alcanzó a fijar en la
imaginación de Azorín. ¿Cómo olvidar la
fascinación fundamental que presta en la imaginación de
Cervantes el contrapunto de los espacios abiertos y la inmensidad casi
marina del campo raso de la llanada, escenario de las mil aventuras sin
ventura de Don Quijote; frente a la protección íntima de
los ámbitos cerrados en ventas y casas —la del propio Hidalgo o
la del Caballero del Verde Gabán—, de los idílicos
bosquecillos amenos o del recinto palaciego de los Duques?
¿Cómo desconocer el protagonismo temático de los
itinerarios viajeros en La Gitanilla o en Las dos doncellas, o el de la
habitación, teatro de deshonra, en La fuerza de la sangre?
¿Y cómo ignorar el valor de inspiración de los
escenarios marítimos, el familiar Mediterráneo de El
amante liberal o hasta la esfumada sugerencia poética vaciada en
las apenas si intuiciones atlánticas de La Española
inglesa?
A todos
los presentes, reconocidos especialistas, estudiosos o, cuando menos,
fieles lectores de la obra de su paisano Azorín, no habré
de señalarles yo, por brevedad, los trayectos imaginativos de
todas esas emociones fantásticas entre Cervantes y el refinado
prosista de Monóvar. Seguramente que fue en mis fantasías
lectoras de adolescente, soñando yo mismo con espacios infinitos
desde el cerco tórrido de mis veranos manchegos con los libros
de Azorín entre las manos, cuando comencé a presentir, en
el Cervantes leído por el alicantino, la intensa
determinación que encierran las imaginaciones
esquemáticas del espacio dentro de la fascinación
poética de Cervantes; tal y como la habría de exaltar yo
mismo unos cuarenta años más tarde.
Pero
permítaseme que precise aún más, a
propósito de este aspecto decisivo de la imaginación
mítica en la poeticidad literaria, sobre la confidencia de
algunos detalles de mi propia experiencia personal. Les aseguro que en
las décadas de los setenta y ochenta se había borrado ya
en mi recuerdo por completo la mediación azoriniana sobre las
evocaciones mítico-espaciales cervantinas. De hecho, yo
había dado salida ya, sin esa referencia, al desarrollo personal
de mis ideas en punto al protagonismo poético del mito
imaginario espacial; al menos, masivamente, desde 1985 en La
construcción imaginaria en «Cántico» de Jorge
Guillén, y en 1989 con la aparición del apartado
cervantino de mi Teoría de la Literatura. Recuerdo que viajaba
entre Madrid y Alicante, invitado a una conferencia en esta misma
Universidad, con el monumental estudio de Bonilla sobre Cervantes,
allí donde se alude a la intensa fascinación de los
espacios tan peregrinos para la ensoñación cervantina del
Persiles. Atravesaba el tren los campos interiores vecinos a
Monóvar, cercanos ya al mar en Alicante. Campos
mediterráneos casi ribereños, pero todavía con su
intensa impregnación sedienta, terrestre y campesina entre
limoneros, accidentados aquí y allá por la temprana
floración de los almendros. Y de pronto se me hizo la luz: los
espacios míticos cervantinos leídos en mi propio
Azorín adolescente habían nutrido secretamente,
inconscientemente para mí hasta entonces, la revelación
del protagonismo mítico de la imaginación espacial en el
arte de Cervantes y, por consiguiente, en el valor de poeticidad de
toda la gran literatura.
No tengo
más remedio, para justificar lo que acabo de decirles, que
recordar aquí algunas de las sugerencias latentes en las
lecturas de Azorín sobre la deslumbrante imaginación
espacial de Cervantes. Los azorinianos presentes las habrán
evocado ya numerosísimas en su memoria. Invocaré
sólo, eso sí, brevemente las dos notas tituladas
«Con Cervantes» en Los dos Luises y otros ensayos,
probablemente las imágenes azorinianas que más hayan
activado el inconsciente de mi reconstrucción mítica.
Primero, aquella donde Azorín defiende la calidad sobresaliente
de las Novelas Ejemplares que llamaba «de aventuras»: La
Española inglesa, La señora Cornelia, La fuerza de la
sangre y, sobre todo, El amante liberal, contra el generalizado
prejuicio —«antejuicio» lo designa Azorín con
elegante deferencia conciliadora— que privilegiaba el realismo pionero
de La Gitanilla, Rinconete y Cortadillo o La ilustre fregona:
¿Por
qué las novelas realistas de Cervantes son consideradas como
mejores que las idealistas? ¿Por qué el realismo en arte
ha de ser superior al idealismo? De una parte tenemos Rinconete y
Cortadillo, La ilustre fregona, La Gitanilla, El licenciado Vidriera,
etc.; de otra, El amante liberal, La fuerza de la sangre, La
señora Cornelia, La española inglesa, etc. En las
primeras se dice: Cervantes pinta el mundo que le rodea. Está
bien. Pero la obra de arte ¿consiste sólo en transcribir
la realidad que nos envuelve? ¿Y el ensueño ideal?
¿Y la subjetivación de la materia? ¿Y la
interpretación anhelante de las cosas y el mundo?
Queda
claro en el fragmento que, por lo que se refiere a la espacialidad
estética de Cervantes, lo que Azorín quería
alcanzar mediante las indeterminadas sugerencias del
«ensueño ideal» y de la
«subjetivización de la materia», opuesta a la
transcripción de lo real envolvente, era una aproximación
a la metafísica inconcreta de lo que nosotros venimos
denominando espacio, para oponerlo a los ejercicios literarios de
descripción de lugares, más indicados éstos para
los efectos, con atractivo empero no desdeñable, de lo que se
denomina el «colorido local». Así, más
adelante, Azorín concebía lo impreciso y anhelado de la
espacialidad imaginaria de Cervantes en términos de su
ensoñación de ámbitos fabulosos, o absolutamente
desconocidos, como el del mar Mediterráneo en las andanzas
aventureras de El amante liberal, donde las reminiscencias familiares
de unos lugares realmente conocidos en los cauces transcurridos del
tiempo quedan difuminadas y estéticamente universalizadas y
engrandecidas en su condición de «puras formas» de
un espacio trascendental, esencializadamente esquemático y
afinalista:
Cervantes
necesitaba soñar. Su obsesión —él pobre, oscuro y
entristecido— era la luz, el Mediterráneo, el lejano Oriente, el
navegar por un mar azul, bajo un cielo azul. Todos esos ensueños
de su juventud aliados al Mediterráneo, a sus islas
maravillosas, están en las páginas de El amante liberal.
Por allí pasan Chipre, Sicilia, Trípoli, Corfú,
Alejandría …. No falta en ese arte, en esas narraciones,
ningún detalle de la realidad; no falta el sentido estricto de
las cosas. Pero sobre las cosas —en esas páginas admirables—
está el ir y venir del espíritu por un mundo luminoso y
de puras formas.
En las
líneas anteriores está ya implícita, sobre todo,
la asimilación de la responsabilidad poética vinculada a
las estilizaciones míticas de la imaginación y muy
especialmente, según creo, la orientación imaginaria
espacial en la producción del efecto poético. Pero
aún es más evidente y explícita la
captación de ese efecto en las consideraciones siguientes sobre
el Persiles, una fantasía definida precisamente por
Azorín con la fórmula estrictamente
mítico-antropológica de «el anhelo a través
del espacio». Veamos la impecable perfección mítica
de la lectura del alicantino, digna de figurar —sin exageraciones—
entre las consideraciones más avizoradoras y actuales de las
metodologías críticas:
El
Persiles es el anhelo a través del espacio, por entre tierras
misteriosas, de una certidumbre que el espíritu acaba por no
encontrar. ¡Qué trágica y terrible aventura! Desde
los países más arcanos y septentrionales de Europa,
Cervantes, rodeado de sombras, sorteando peligros, va bajando
lentamente hasta la eterna y vieja Roma. No encuentra sosiego el
intelecto; no puede encontrar lo definitivo y perdurable. Ni se ha
encontrado en el Quijote, ni se ha encontrado en el Persiles. Son dos
experiencias supremas y angustiosas. […] Lejos de las misteriosas
regiones hiperbóreas, guardamos en el espíritu un voltear
ligero y grato, sin finalidad ninguna, inconsciente, sobre los mares
azules, por entre unas islas encantadas.
En la
nota sobre el Persiles Azorín despliega, con un juego de
animación irónica atractiva, la superioridad de los
viajes imaginarios de los protagonistas cervantinos por los espacios
boreales, sobre el atractivo realista del turismo contemporáneo.
Porque es la fuerza misteriosa del indecidible espacio literario, como
advierte Azorín más adelante, lo que sobrepuja en
capacidad de arrebatada sugerencia emotiva a las imágenes
más directas y localizadas de lo real:
La
imagen de las cosas suscita en nosotros más sensaciones que la
realidad misma. Cuando, por fin, al cabo de tanto esfuerzo, vamos a
tocar la realidad ansiada, la imagen que de ella nos habíamos
formado era mejor. ¡Eh, turistas, en marcha hacia el Spitzberg!
Ya tenemos nuestro billete. Ya estamos a bordo del lujoso buque ….
¿Se columbran ya las lejanas tierras que ansiábamos ver?
Sí; ya están ahí. Pero la visión que
habíamos tenido leyendo el Persiles era más exacta, era
mejor….
No le
engañaba ciertamente a Azorín la calidad superior de su
instinto mítico de lectura. En las idealizaciones literarias, en
el esquematismo imaginativo de las estilizaciones espaciales, consiste
seguramente lo mejor de la superioridad de lo emplazado ilusoriamente
en el arte sobre las evidencias de lo localizado y tangible en la
realidad. Bien sabía Azorín que son las metamorfosis
operadas en la imaginación literaria, las que le devuelven a la
realidad desgastada por la experiencia todo el esplendor subyugante del
deseo anhelado en el mito.
LA UNIVERSALIDAD ANTROPOLÓGICA, RESIDENCIA DE LA ESPACIALIDAD ESTÉTICA
Ya hemos
dicho antes incidentalmente que la esteticidad de los espacios
metafísicos, en la que se funda de manera esencial la
comunicación literaria y artística, participa de la
propiedad de ser universal. Parece que hoy no asustan ya a nadie los
términos ‘universal’ y ‘universalidad’, que hace poco tiempo
alarmaban e indignaban a la inmensa mayoría de los conocidos y
vigentes, pudiéndose decir de aquel escándalo farisaico
de anteayer mismo que era «universal», si vale bromear con
la paradoja. Actualmente se constata muy al contrario, como acabo de
decir, que la calificación de universal ha dejado de ser
nefanda, aún más que alarmante o sospechosa; si bien no
estoy igualmente seguro de que, en una sociedad tan frívola y
distraída como la actual, las ideas con fundamentos remontados y
trascendentales como son las concernidas en el pensamiento idealista
histórico de la universalidad sean asequiblemente asimilables,
ni tan siquiera que se tengan como necesarias.
Analizando
sin coacciones el fundamento del prejuicio anterior contra el
pensamiento de la universalidad, no tengo dudas sobre que tuviera un
fundamento histórico-político lo principal de las razones
para la empecinada resistencia de los decenios inmediatamente pasados.
Al menos si he de basarme en datos de mi propia experiencia, creo que
fue la espuria asociación, interesada, del idealismo
filosófico alemán, de Kant y Hegel, con el
nacionalsocialismo alemán de los años treinta y cuarenta,
lo que reactivó el antagonismo histórico del positivismo
empirista anglosajón, para no hablar ya, como es evidente, del
materialismo triunfante en Rusia. A favor del planteamiento y el
desenlace del conflicto de la Segunda Guerra Mundial, los vencedores
acabaron por imponer, como siempre, sus «costumbres»; entre
otras ésta de contaminar injustificadamente el idealismo
filosófico con un tosco ideario político. En esta misma
idea, sacar ahora las consecuencias correspondientes a la
suspensión actual del prejuicio en la sociedad europea
podría ser con toda seguridad sociológicamente
aleccionador, pero nos llevaría demasiado lejos de lo
«decoroso», prudente y apropiado a este solemne discurso.
Centrándonos
aquí por tanto únicamente en el contenido
estético-literario de la universalidad, tal y como ha venido
afectando y habrá de hacerlo en lo sucesivo a mi pensamiento
teórico-crítico sobre las artes en general y la
literatura más en concreto, conviene aclarar inmediatamente lo
que significa el concepto de ‘universalidad’; a saber, un concepto de
‘extensión’, relativamente obvio de no haber mediado tan
influyentemente el interdicto positivista que lo demonizó en el
pasado reciente: claramente el atributo de la universalidad significa
que afecta sin excepciones a todos los individuos de la especie de la
que se predica. En el caso del fundamento de la universalidad en los
juicios estéticos, se alude a las razones de la decisión,
positiva o negativa, sobre la belleza y el atractivo literario y
artístico que se cumplen sin excepción en todos los
individuos legítima y razonablemente concernidos en esta clase
de juicios.
Determinado
lo anterior, se impone también de manera inmediata salir al paso
de un género bastante trivial de objeciones corrientes. Las
podemos separar aquí brevemente en dos grupos en el fondo
bastante entrelazados. El primero asume las objeciones
históricas sobre la relatividad de las ideas y juicios en torno
a la que se denominaba tradicionalmente como «la razón del
gusto». El contenido de la misma lo resumen y simplifican los
conocidos consejos que hablan de que «sobre gustos no hay nada
escrito»; o bien, tornando el viejo ejemplo kantiano de la
Crítica del juicio, que a Kant podría gustarle el vino de
Canarias, pero no necesariamente a otras personas, a las que incluso
puede no agradar el vino de ninguna procedencia.
Lo
anterior no hace sino corroborar la no pertinencia de la
«razón del gusto», estético o de cualquier
otro tipo, al nivel de las razones en que se resuelve y determina la
universalidad de los juicios estéticos. No ha de olvidarse, a
tal propósito, que la universalidad radica en un determinado
nivel de propiedades, bien distinto aunque perfectamente compatible con
las razones de generalidad, las de singularidad y, en el extremo, las
de individualidad en la referida clase de juicios. Las razones o
fundamentos más influyentes en la generalidad del enjuiciamiento
estético suelen ser debidas a circunstancias espacio-temporales,
por lo que resultan ser, a su vez, zonales e históricas. Entre
las primeras, las de tradición e idiosincrasia, que determinan,
por excelencia, la diferencia considerada desde Hegel entre el
«simbolismo» del arte oriental y el primitivo Egipto,
opuesto al realismo del arte occidental europeo. Ejemplifica, a su vez,
la relatividad mudable de las razones históricas la diferencia
que, según el mismo Hegel, separaría el realismo
estatuario del período «clásico» del arte
occidental del subjetivismo espiritualista del arte europeo que
él denominaba «romántico». Las razones de
todo tipo, incluidas las de la evolución de los materiales y
técnica arquitectónica, que determinaron la
transición a las ojivas del gótico desde el medio punto
del románico; o las de clientelismo social de los
poetas-trovadores, que originaron la peculiar fisonomía
temática de la lírica amorosa dolcestilnovista,
cortés y petrarquesca, brindan, entre otros mil posibles,
ejemplos elocuentes sobre el relativismo histórico de las
tendencias de generalización, no universalista, entre las
razones del gusto.
A mayor
abundamiento, se ha de precisar la compatibilidad entre la
predicación legítima de un nivel de fundamentación
universal en los juicios del arte y la evidencia relativizadora que
explica la singularidad y, en último término, la
peculiaridad individual de las razones estéticas, según
niveles diferenciados. Que la grandeza artística del Quijote
haga inconfundible la instrumentación artística peculiar
de la imaginación literaria de Cervantes, inconfundible con la
genialidad también personalísima de Virgilio, del Dante,
de Shakespeare o de Goethe, alude sencilla y directamente a un
emplazamiento dado en el nivel de las decisiones creativas, pudiendo
alegarse que toda gran obra de arte lo es porque resulta
individualizadamente propia e inconfundible respecto a la personalidad
singular de su autor.
Activar
la ejecución responsable y consciente de la dialéctica
implícita en lo que acabamos de enunciar, entre los fundamentos
estéticos de la universalidad y las circunstancias de
generalidad y de singularización individualizante que concurren
en cada época, escuela, estilo y obra personales de los
diferentes individuos, ha constituido implícitamente la pauta
durante las épocas más razonables y fructíferas de
la Historia artística y literaria europea, desde Winckelmann o
De Sanctis a Menéndez Pelayo y Gombrich. En contra, comparecen
los parcialismos deformantes que contemplan la historia general de la
literatura y el arte desde el ángulo siempre ocasional y caduco
de algún «ismo», sea el positivismo de Taine o el
marxismo de Lukács. Por no hablar ya de epifenómenos
más estériles y toscos como la desestimación
deconstructiva o su híbrido, entallado en marxismo, que se
denomina actualmente «New Literary History».
Pasar
del programa implícito integrador que le descubrimos a la gran
edad de las historias de la literatura previa a la generalizada
desorientación histórico-crítica de los
últimos decenios, a una reinstauración consciente de
aquel mismo programa reintegrador de los varios niveles explicativos
—del de la universalidad al de la individualidad—, me parece la
perspectiva más necesaria para la historia y la crítica
literaria y artística actuales. Al menos ésa es la
articulación en que yo concibo mis propios proyectos inmediatos,
descontadas —esto también— todas las limitaciones de tiempo y de
salud, ya no precisamente ni floreciente y vigorosa, que aquejan a
quien hoy ha querido honrar tan brillantemente la Universidad de
Alicante. Pero ésas son precisamente tal vez las mejores prendas
de la tradición humanística que cultivamos: las ilusiones
en el relevo de portadores de la antorcha en los alumbramientos del
espíritu.
Fijar
ahora, en positivo absoluto, la consistencia concreta del nivel de
universalidad en la creación y el juicio artístico nos
enfrenta de lleno al segundo tipo de objeciones que se acostumbra a
formular contra la proclamación de universalidad. La
solución, también en este caso, pudiera solventarse
situando el problema en el nivel adecuado; aquí ya no zonal o
histórico-temporal como en el caso de las objeciones previamente
resueltas, sino en el nivel de la génesis y consistencia de la
propia obra de arte. Obviamente, cuando se emplazan las razones de la
persuasión universal del acierto artístico en
consistencias tan determinadas de la estructura de las obras como
puedan ser las de su semántica temática —incluidas la
pertinencia y la grandeza universales, o no, del mito de Don Juan o del
de Fausto como tales—, pueden formularse, y de hecho se han formulado,
las objeciones relativizadoras. Y otro tanto acontece cuando la
ubicación tentativa a la aceptación o al rechazo
universales se pretende atribuir a propiedades parciales de la forma;
no ya, por ejemplo, a las razones acotadas de la métrica versal
o del ritmo de la prosa, sino incluso al ritmo mismo como tal, en su
totalidad, como entendimiento general de las cadencias sensibles de
todo género: auditivas, visuales, cenestésicas, etc.
Determinar
el nivel de los rasgos correspondientes a la postulación de
universalidad estética ha de obedecer a la regla proporcional a
que se atiene el principio lógico de naturaleza en toda
definición. A saber, que el máximo universal de
extensión —es decir, el número de individuos que alcanza
la definición ensayada— implica el correspondiente mínimo
en su compresión, a saber, el número de notas en el
enunciado definidor. Así, siguiendo los ejemplos antes
propuestos como insatisfactorios, asumir como universal el
número de notas temáticas constituidas en el tema de
Fausto (pasión por la juventud, saber, etc.) descartaría
como universal cualquier otro tematismo que no las incluyera, sea el
del idealismo quijotesco o el del desafío divino en la lujuria
de Don Juan. Y de nuevo aquí, cabe decir lo mismo respecto a
ensayar como rasgos de universalidad estética ninguno de los
constituyentes formales aislados e individuales de la obra
artística.
En
términos de la caracterización de la universalidad que he
ido induciendo, fracasadas las tentativas de atribución de
universalidad a rasgos concretos en el nivel temático o formal
de los objetos artísticos, se impone, a mi juicio, el recurso
alternativo al nivel de los sujetos activos en la actividad
artística. Por esta razón referimos comúnmente al
nivel antropológico de la universalidad, ya que es en la
identidad estructural de la sensibilidad humana donde aparecen
constituidos, en mi propia concepción, los rasgos orientadores
de las decisiones artísticas y del juicio estético
universales.
Buceando
en la escala de movimientos sustanciales de la sensibilidad
antropológica, y descartando progresivamente las estructuras
claramente subordinadas y derivativas de la misma, comparece el
principio central de la conciencia de identidad como el lugar de
orientación de las más arraigadas sensaciones de
convergencia finalista del que, para Kant, era el movimiento
constitutivo de las sensaciones y sentimientos en la
cristalización estética. Por cierto que en su celebrado
estudio sobre Kant, Ernst Cassirer remontaba convincentemente la
noción kantiana de «finalidad» a una dilatada
tradición neoplatónica con desarrollos muy sensibles en
la filosofía europea del Renacimiento y del Romanticismo, en
personalidades tan visibles como Marsilio Ficino y Shaftesbury. Esto
para no insistir en fáciles emparentamientos de la fundamental
conciencia de centralidad en el yo identitario con equivalencias en
tradiciones de pensamiento no occidentales, o en principios
filosóficos tan arraigados en áreas filosóficas
distintas de la estética, como el hombre interior agustiniano o
el gnoseológico cogito cartesiano.
El
principio referencial de la conciencia de centralidad convergente del
yo, con su despliegue suplementario en el reconocimiento, igualmente
espacial-geométrico y aritmético, del no-yo como
alteridad múltiple, demuestra su radicalidad fundamental
ultimada en la serie de sus proyecciones sobre estructuras más
densamente semantizadas. El reconocimiento de inordinación de
éstas al principio esquemático fundante de la conciencia
afirmativa y unificadora de la intuición de identidad como
sí y como uno corrobora la radicalidad antes alegada como la
estructura esencial, mínimamente anotada y comprensiva, de la
universalidad.
Para no
exceder ahora el ámbito de nuestra esfera filológica,
lingüística y de pensamiento literario, nos limitaremos a
enunciar unas cuantas estructuras muy divulgadas en nuestra área
familiar de estudios, que muestran inmediatamente la impronta
«proyectada» del principio universal de la identidad
afirmativa y convergente en constructos de semantización —como
yo acostumbraba a denominarla— compleja. En esta tarea he de advertir
que, como en el resto de este discurso, me muevo sobre experiencias
propias de reflexión que he desarrollado y descrito en no pocas
ni breves contribuciones anteriores, por lo que no considero pertinente
sobrepasar aquí, en una lección de la entidad y las
circunstancias de la presente, la prudente extensión de unas
pocas, somerísimas, menciones.
Vengamos,
para empezar, al inesperado fundamento en el movimiento raigal de
identificación y en el de su suplemento contrario, diferencial,
en relación a la funcionalidad gramatical establecido en la
Glosemática de Hjelmslev, sobre el que nosotros mismos
establecimos hace muchos años, en uno de nuestros más
noveles estudios, la dinámica relacional que regula la
construcción básica de la sintaxis. En los
términos acuñados por Hjelmeslev, las recciones de
«determinación» de unas variables hacia la
constante, así como las de «interdependencia» entre
constantes, representan las dos facetas secundarias posibles en las
relaciones de identificación, mientras que la
«constelación» como función entre variables
representa la correspondencia con la «función» de
exclusión diferencial. Más claramente aún
corroboran ese mismo fenómeno de proyección las dos
figuras fundamentales de la tipología retórica: la
metafórica como movimiento de identificación (éste
es como aquél) frente a la antitética en cuanto
establecimiento consciente de la diferenciación (esto no es, o
es distinto, de aquello).
Tampoco
dejan de resultar ilustrativas de la extensa dominancia del principio
tentativamente universal que estamos proponiendo categorías tan
fundamentales de la estética literaria en la tradición
histórica de la ciencia poética como es la del principio
del decorum —regla del prepon en griego—, que regulaba la
proporcionalidad convergente y discrepante entre los constituyentes
estilísticos del discurso literario. A sus reglamentaciones
determinantes obedecían las estipulaciones de correspondencia
verosímil entre los niveles del lenguaje de los personajes, tan
variadas como la de su rasgo social, o el tipo de la modalidad
genérica elegida (tragedia, comedia y drama-satiresco) entre las
dramáticas según Horacio; o la organización
geométrica de la famosa «rota Vergili», etc., etc.
Otra muestra esclarecedora puede ofrecerla la estructura
canónica de los géneros, tal como funcionaba desde
Quintiliano y Minturno a Hegel, la cual refleja el principio de
identificación (el Ich-central en la tipología de
Käte Hamburger) en la institución de la poesía
lírica, frente al desdoblamiento diferencial, que
fundaría, sobre variedad de parámetros diferenciales, la
narración y el discurso teatral, etc., etc.
La
conciencia centradora, afirmativa y unificante, de la identidad, con su
despliegue suplementario en la excluyente y diferencial de la alteridad
respecto del yo-central, encuentra su correspondencia, elevada al plano
teológico, en la idea del dios «principio y fin de todas
las cosas», razón fundante de la convergencia y el
proporcionalismo de la «finalidad» kantiana. Referido a la
estructura de la obra artística, fruto y destino —no se olvide—
de la sensibilidad antropológica subjetiva, el mecanismo de la
«finalidad» kantiana, traducido a principio estético
de proporcionalidad estructural ya en los famosos símiles
aristotélicos de la Poética sobre la perfección y
la justa medida entre las partes del cuerpo de los animales bien
formados, descubre pronto su correspondencia con los diáfanos
fundamentos estéticos tradicionales del proporcionalismo
cuantitativo (recuérdese de San Agustín: «Dios hizo
el mundo en número, peso y medida»), o con el de la
correspondencia cualitativa en la regulación
«decorosa» de los estilos en Retórica y
Poética. Por todo ello, nuestra propuesta del mecanismo
irreductible de la universalidad estética no aspira a que se le
conceda otro crédito e importancia actuales que: primero, haber
recuperado selectivamente la memoria de la tradición
histórica en las ricas canteras de la Estética
filológica (poético-retórica) y filosófica;
y en segundo lugar, y sobre todo, haber realizado el trabajo de
resemantización reductiva, hacia su base de mínima
comprensión para muchas de las propuestas tradicionales
descriptivas de la esteticidad basada en las propiedades y
características estructurales de los objetivos artísticos.
SOBRE
EL EQUÍVOVO POSTMODERNO DEL FORZOSO RELATIVISMO DE LA
SUBJETIVIDAD: RAZONES DE LA DETERMINACIÓN ANTROPOLÓGICA
Un
síntoma de la mentalidad vigente en el tiempo postmoderno
recién transcurrido de relativismos radicales se ha dado en
relación al emplazamiento de la predicación de
universalidad en la producción y la comunicación de la
esteticidad de las obras artísticas. Desde el origen de la
cuestión en nuestra cultura, ya en la misma Grecia de
Platón y Aristóteles, la atribución de criterios
universales de esteticidad se había emplazado, contra todas las
apariencias, en causas originarias distintas y exteriores a la
estructura inmanente de los mismos objetos bellos, tanto más en
el caso de los artísticos. Así, sin extremar los
argumentos, nadie condicionaba a un canon objetivo, infalible y
predecible universalmente de antemano, las propiedades de la belleza
universal, natural o artística. Eso es lo que explica tanto el
mito platónico de la inspiración insuflada como el
aristotélico de la manía enajenada, ambas por tanto
explicaciones míticas de signo genético fundadas en una
antropología subjetiva. Sólo más tarde y
consecutivamente, sobre todo en el caso de Aristóteles, se
sucedieron en la historia de la Estética los argumentos de
fundamentación objetivada de lo bello: como reflejo y
proyección creada de las perfecciones de Dios en las
estéticas patrísticas cristianas; creador del mundo, no
se olvide, «a su imagen y semejanza». Si, alternativamente
y en tradiciones no necesariamente religiosas, se echaba mano del canon
antropomórfico —«homo poligonalis»—, no se dejaba de
apuntar a la perfección del más completo de los seres
creados y reflejo de la imagen divina que es el hombre.
Con la
desacralización filosófica de la Estética, ya en
el mismo pietismo kantiano, no cambiaría sustancialmente la
situación en lo que respecta al fundamento no objetivado en las
razones universales de lo bello. Lo que variaría a partir de
Kant, como se sabe, es el emplazamiento subjetivo de la universalidad
de los juicios estéticos. Lo llamativo del caso es que la
continua mención kantiana de la razón universal
«subjetiva» en la Crítica del juicio no
levantó entre sus contemporáneos equívoco alguno.
Sin necesidad de tutelar adjetivalmente la comprensión del
término «subjetivo» con la referencia a lo
«antropológico», como lo tenemos que hacer nosotros
actualmente, la tradición filosófica de la
Estética postkantiana asumía en el intento de
emplazamiento subjetivo del juicio una clara referencia al fundamento
universal uniformador de la igualdad de naturaleza en la sensibilidad
humana. De donde, entre otros muchos testimonios, el tan famoso verso
de Goethe en sus Xenien, cuando señala como fuente del
entendimiento universalizado de la belleza artística la
razón universalmente humana de sus creadores; recuérdese
aquel tan simple como definitivo: «al fin todos ellos eran
hombres».
Curiosamente
ha tenido que llegar la quiebra postmoderna de las certidumbres
aceptadas como naturales y obvias en el pensamiento tradicional para
levantar como máxima objeción al universalismo kantiano
su atribución de «subjetivo» en el caso del juicio
estético; a saber, emplazado en la razón común de
la sensibilidad sustancialmente idéntica de todos los hombres.
La colmatación del relativismo escéptico postmoderno a
todo intento de verdad universalizable, conceptual o estética,
ha arrancado sus más ejercitados argumentos de crítica a
la universalidad y a la seguridad intersubjetiva de cualquier principio
de verdad a partir de la igualación entre subjetivo y relativo;
atrayendo así al terreno más exigente del juicio
filosófico un deslizamiento semántico generalizado en el
estándar utilitario del lenguaje común. Parece obvio
precisar que, en el empleo corriente de la lengua actual, decir que el
juicio sobre algo es «subjetivo» sugiere
automáticamente un grado de verdad «relativa», en
todo caso no generalizable y en ninguna medida universal.
Si sobre
lo anterior se precisa de algún testimonio de muestra destacado
y representativo, para no aludir a las más fáciles y
conocidas fuentes del relativismo escéptico postmoderno —de
Derrida a Rorty o a Vattimo—, podemos alegar el nombre de uno de los
más sólidos y, hasta el presente, moderados cultores de
la poetología estructuralista, Gérard Genette. Este
ponderado pensador literario, en la primera entrega de su obra
tardía L´oeuvre de l´art, centraba una adversa
lectura de la tercera Crítica de Kant sobre la base de un
cerrado entendimiento de la reiterada alegación kantiana a la
condición «subjetivo-trascendental» de los juicios
estéticos y teleológicos. Partía, en esto, Genette
del inconsistente equívoco sobre el deslizamiento
semántico actualmente popularizado ya señalado, que
iguala, fraudulentamente, lo «subjetivo», como
emplazamiento concreto de lo antropológicamente fundado, con lo
inmediatamente incierto y «relativo».
En
nuestra recuperación presente del emplazamiento por parte del
idealismo tradicional, kantiano y postkantiano, de la universalidad
axiológica del arte sobre el nivel de enjuiciamiento de las
estructuras antropológicas de la sensibilidad humana, nos
beneficiamos del crecimiento científico aportado a la
psicología general y a la teoría del conocimiento
modernos desde el gestaltismo y la psicología artística
de Rudolf Arnheim, a los avances freudianos y sobre todo junguianos y
postjunguianos (Gilbert Durand y otros) en antropología de la
imaginación. Es así como el trascendentalismo subjetivo
kantiano encuentra apoyaturas muy concretas para definir y describir
aspectos determinados en la fundamentación de los criterios
válidos en arte. Sin olvidar por cierto, además, que las
pautas generales rectoras, igualmente kantianas, del espacio y el
tiempo como estructuras fundantes de la sensibilidad subjetiva
continúan garantizando el reticulado categorial básico en
la conformación de las estructuras movilizadas y tratadas por
las artes.
Porque
ni que decir tiene que, si en esta lección de hoy hemos querido
insistir especialmente —partiendo del ocasional lema de Alicante lloc i
espai— en el parámetro de la espacialidad como estructura
fundamental de la simbolización artística, ello se debe
sobre todo a la particular focalización sobre la misma que
evidencian nuestros propios ejercicios de análisis. No, en
ningún caso, porque desestimemos nosotros precisamente la
retícula sensible de lo temporal en la actuación
referencial del arte. Incluso más: a pesar de la asiduidad
especialista de nuestro enfoque más frecuentado
últimamente —y del que prevemos inmediatamente futuro en nuestra
dedicación—, es un hecho la anuencia en la mayoría
crítica de los pensadores y en la conciencia de los creadores
artísticos sobre las semantizaciones temáticas del tiempo
en los productos artísticos en general y, muy especialmente, en
los de la literatura. No ya la responsabilidad principalísima de
la temporalidad sobre los esenciales factores formales del ritmo y, en
general, de la organización estructurada del texto y la
comunicación literarias; sino mucho más inmediata y
visiblemente la sustancialidad de los cálculos existenciales con
el tiempo en las mitologías temáticas más
conscientes de la literatura: vida y muerte, las edades del hombre, las
imágenes de la vida como viaje, del día y de la noche, la
del eros amoroso como instancia superadora de la extinción de la
vida, etc., etc.
Todo lo
dicho refrenda el dato innegable de la primacía otorgada a la
temporalidad por parte del pensamiento literario, el
crítico-analítico y el de los creadores; lo que hubiese
podido ser, en sí mismo, una razón que justificara
nuestra atención preferente hacia el factor espacial menos
atendido. Pero además, complementariamente, la imprescindible
consideración habitual de la temporalidad literaria como factor
decisivo de la constitución estética de las obras
artísticas favorece, en nuestro propio interés
crítico, un aspecto altamente ilustrativo en la cuestión
de la universalidad: el paralelismo de fondo entre los dos sectores
básicos de la representación sensible de lo real, que se
manifiesta en la fácil transferencia de una dimensión
superior global y de más honda esencialidad sintética en
la plasmación de lo universal formulada convincentemente por la
matemática y la física como ecuación
“espacio-tiempo”.
En la
exigencia de mínima comprensión que mejor define los
universales, cualquiera de las formulaciones sustantivas de lo espacial
y lo temporal por separado descubre con mayor o menor inmediatez su
equivalencia en nuestra representación correspondiente sobre el
otro parámetro. Pongamos algunos ejemplos, empezando por el
más general: cuando hemos hablado antes de la
consideración más vasta del imaginario temporal que son
los tiempos de la vida y de la muerte, con tantas otras proyecciones
semánticas posibles como la tan divulgada del día y de la
noche, son igualmente frecuentes las representaciones míticas
equivalentes sobre el régimen imaginario espacial en
términos de duración de la vida como un segmento lineal
de sucesividades con su origen en el nacimiento y su término en
la muerte. Sucesivamente, quizás el sustento más
explicativo a la pavorosa desorientación del transcurso temporal
al término de la vida pueda proceder de la imposibilidad de
representar espacialmente esa región inconjeturable de lo que
solemos nombrar, con evidente horma espacial, «el más
allá»; hecha abstracción, como es lo razonable, de
las mitologías de la proyección imaginativa al espacio
transmortal de las experiencias vitales a que se acogen la
mayoría de las mitologías religiosas. O bien, este otro
ejemplo invertido al que nos hemos referido otras veces ya a lo largo
de este discurso: cuando hablamos del alto protagonismo
estético-imaginativo de la espacialidad del camino a campo raso
en el Quijote, y tanto más si se añaden las observaciones
de lectura sobre los procedimientos escriturales que instrumentan sus
equivalentes en el texto, a saber, las conversaciones y el
diálogo entre los personajes, estaremos comprendiendo en
realidad un conjunto bifronte de representaciones: de un lado, la
espacial de la extensión recorrida en el trayecto,
exactísimamente mencionada siempre por Cervantes; pero de otra,
inseparablemente, la de la duración de la jornada,
también meticulosamente ajustada por Cervantes con sorprendente
rigor de verismo realista. Y, sobre esto, incontables serían los
ejemplos ilustrativos posibles.
El
aludido rasgo de correspondencia y traducibilidad recíproca
entre las representaciones fantásticas espaciales y temporales
introduce e ilustra la comprensión del ajustado nivel profundo
en el que se resuelve la simbólica ultimada de la
representación de los universales; consideradas en consecuencia
las imágenes y los símbolos espaciales y temporales como
semantizaciones con adherencias fantásticas especificadoras —en
tanto que elementos de adición, ellas, de rasgos conceptuales y
progresivamente más especificadas y alejadas de la
esquemática universal estricta—, diferenciadas por tanto de los
esquemas imaginarios rigurosamente universales. En el ejemplo kantiano,
un plato como tal —de arcilla, metálico, de porcelana, decorado
o no, y, si decorado, con qué tipo de decoración, etc.—
sería una semantización, en mi propia terminología
habitual, del esquema trascendental del círculo, la forma
universal que recubre el conjunto de semantizaciones que se identifican
por ella.
No ha de
extrañar en consecuencia que, en la dialéctica
extremadamente reductiva de notas en la definición de los
universales literarios nos hayamos acogido nosotros al cultivado
principio de la identificación afirmativa y convergentemente
unitaria del yo como el trayecto universal, espacialmente considerado,
sin perder de vista su itinerario suplementario diferencial, que
justifican ambos el conjunto de las semantizaciones formales y
temáticas de la literatura. Es a esa condición
últimamente geométrica —y aritmética— de los
esquemas trascendentales en que se solventaba para Kant la
universalidad a la que respondía en el fondo su entendimiento
últimamente geométrico-espacial de la universalidad, que
manifestó sin embargo de manera extensa y explícita en el
conjunto de sus Críticas; si acaso, más
explícitamente en algún momento marginal de la
Crítica de la razón pura. En cuanto a la precedencia que
nosotros venimos otorgando al esquematismo de representación
geométrico-espacial como la fórmula ultimada y radical de
la universalidad literaria, no veo inconveniente, como he dicho antes,
en aceptar que pueda deberse a una peculiaridad idiosincrática
de la constitución de mi propio imaginario.
Examinando
las objeciones anteriores con mayor fuste conceptual, las pragmatistas
y las recrecidamente hostiles y conjeturales del relativismo
escéptico postmoderno, no he de ocupar mayor espacio en este
discurso en tratar de las negaciones totales de la universalidad
estética fundadas en superficiales argumentos sobrevenidos del
empirismo histórico. Alegar, por ejemplo, contra la
fundamentación universal en la inspiración creadora y en
el juicio receptivo de la esteticidad artística y literaria, la
existencia de individuos que la niegan o la desconocen —en la estricta
consistencia esencializada de la misma a la que aquí estamos
apuntando—, no es un argumento de la contundencia irrebatible que le
atribuyen los contradictores que lo esgrimen. Muy cierto es que los
juicios estéticos están socialmente menos gravados que
los conceptuales, y, sobre todo, que los morales. Pero en las
variaciones conocidas sobre la vigencia y virtualidad de los primeros,
los intelectuales y científicos, las modificaciones
históricas alegadas no obedecen sino al perfeccionamiento
progresivo de las fórmulas que tratan de representarlos, de
manera no distinta a la que nosotros hemos llegado a proponer para los
juicios estéticos, anotando la diferencia entre
«semantizaciones fantásticas» y «esquemas
trascendentales imaginarios», por ejemplo. En cuanto a las
diferencias, implícita y explícitamente alegadas en otros
casos, entre la más convincente coactividad universal de los
juicios morales, en contraste con la pretendida nula obligatoriedad
universal de los juicios estéticos; respondamos para abreviar
—acogiéndonos una vez más a la índole y
circunstancias específicas de este solemne discurso—, que tan
histórica es la recordada insensibilidad del genial
Napoleón sobre la música («el menos desagradable de
los ruidos»), como lo es la desgraciada aberración
ética del asesino o el violador a cada instante en nuestra
sociedad.
LA
PERSPECTIVA DE MIS PLANTEAMIENTOS SOBRE EL PENSAMIENTO LITERARIO EN LA
DISPERSA REALIDAD ACTUAL DE LAS TAREAS CRÍTICO-LITERARIAS
Tal,
hasta aquí, el sentido y alcance resumidos de mis propias tareas
científicas, las actuales y las inmediatamente futuras,
según me ha parecido oportuno exponerlo hoy ante ustedes en esta
solemne lección, un poco a título de revisión de
los modestos merecimientos que pudieran, en algún modo,
justificar el alto honor con que ha querido investirme esta Universidad
de Alicante. Ni que decir tiene que unas especulaciones como las
mías recientes y actuales sobre la fundamentación
estética universal de la fascinación sublime de la
literatura y del arte no ha llegado a ser así por sí
mismas y desde la nada anterior; pues en los casos en que hoy pudieran
empezar a darse estas o parecidas actitudes de forma inicial y como
espontánea en algunos pensadores literarios bisoños,
pronto se descubre tras esas frágiles aventuras
científicas la voluntad esnobista de asociarse a una corriente
de moda a favor del oportunismo.
Muy al
contrario en mi caso, tengo la módica satisfacción de
poder jalonar el trayecto especulativo hasta el abstracto nivel de mis
ideas actuales sobre la esteticidad literaria con un largo historial de
tentativas previas y parciales, desde el historicismo y el formalismo
estilístico y estructuralista con los que, hace más de
cuarenta años, se iniciaron mis primeros ensayos de aproximar a
única inquisición y respuesta terminal de la
crítica; a saber, en qué se sustenta la
fascinación de la literatura y el arte, qué hace
trascendentales y sublimes a esos exquisitos juguetes
artísticos, ficcionales y fungibles, que movilizan el entusiasmo
fascinado de hombres y mujeres refinados y adultos. En cada uno de esos
pasos, ensayos de tanteos previos, seguíamos, como es natural,
la pauta de muchas de las corrientes modernas de prestigio en el
pensamiento literario; siempre —si es que puedo decidir yo mismo sobre
la condición y el valor de mis propias adhesiones y rechazos— en
las que me parecía que apuntaban más directa e
iluminadamente al centro sustancial de la esteticidad literaria.
En esta
línea constante de orientación en mi trabajo, recorro,
desde mi atalaya actual de vida, la inspiración primera de mis
maestros murcianos: Baquero Goyanes, Muñoz Cortés,
Valbuena Prat, Luis Rubio y Ruiz Elvira; así como el
estímulo posterior de modelos intelectuales foráneos,
desde el principal inspirador de mi vieja tesis boloñesa, Ezio
Raimondi, a los colegas-amigos que después han ido movilizando,
ocasional pero decididamente, la línea persistente de mis
inclinaciones selectivas: Harald Weinrich, János S. Petöfi,
Marc Fumaroli y Harold Bloom, entre otros. Un itinerario en el que me
parece reconocer, para mis iluminaciones en soledad y
compañía, la constancia en mi adhesión persuadida
de una traza firme y estable hacia los posicionamientos
estético-universalistas que acabo de sintetizar en las
páginas anteriores de esta lección. Naturalmente que esa
preferencia implicó en el pasado, como supone ahora mismo sobre
todo, un conjunto de exclusiones hacia muchos de los atajos que
brindaba la panoplia de alternativas metodológicas en el
universo de los estudios literarios durante la segunda mitad del siglo
XX y lo que llamamos ya del actual. Y creo que no resulta ocioso, sino,
muy al contrario, ilustrativo, inventariar rápidamente el monto,
en mi caso, de tales exclusiones, como iluminación esclarecedora
en mi línea central de pensamiento.
Mi
entrada profesional en los estudios literarios en España, hacia
la mitad de los años sesenta, estuvo marcada por una
reacción superadora del historicismo más positivista y
del intuitivismo de la crítica estilística predominantes
a la sazón. De donde, en directa consecuencia, los años
de mi tenaz acercamiento europeo a lo largo de más de dos
décadas —desde 1965 al 1985, aproximadamente— a los principales
modelos críticos de signo formal, tales como el formalismo ruso,
el estructuralismo poetológico francés o la
lingüística del texto centro-europea. Se reconocerá
en todas esas sucesivas elecciones no tanto el abandono drástico
por mi parte del historicismo literario de la escuela española
pidaliana, o de la crítica estilístico-formal damasiana,
cuanto la búsqueda empeñada de modelos de
inspiración lingüística más rigurosa
—estructurales, funcionalistas, generativos y textuales—, que enjugaran
las holguras del intuicionismo espontáneo propuesto como pronta
crítica por el sabio e inspirado Dámaso Alonso;
demoledora sin embargo y nefasta cuando la acogían
epígonos sin las altísimas dotes del maestro.
Bastante
diferenciado me parece ahora el fundamento y la operativa de mi
matizada distancia respecto de las dos principales corrientes
metodológicas que pugnaban, con mayor o más matizado
encarnizamiento polémico, con la línea de formalismo
europeo de mi central dedicación crítica hasta el
resolutivo año de 1985; aludo a la crítica
sociológica de inspiración mayoritariamente marxista,
así como a las varias corrientes de psicocrítica
reconocibles por aquellos años en su concreción del
psicoanálisis crítico de obediencia sobre todo freudiana.
En las diversas presentaciones de la sociología literaria, y en
especial en el marxismo crítico, echaba de menos la distancia en
sus intereses —por no hablar claramente de inexistencia— de la que
vengo llamando cuestión central de la esteticidad literaria,
preterida en la psicología literaria marxista por hechos —en
sí mismos no desdeñables— de la periferia
histórico-social en el acontecimiento y la institución
literaria. Correspondientemente, como en los momentos de mi obra en que
he atendido a aspectos de la tradición contextual de la obra
literaria, como es el caso del conjunto de escritos sobre
tipologías de la lírica renacentista, he preferido
concretarme antes al contexto cultural de la propia «serie»
literaria que al de las «condiciones»
económico-sociales, en mi percepción, mucho menos
directamente activo sobre la producción literaria de los textos.
Muy
próxima a lo anterior era la raíz del escrúpulo
que demoró por años mi atención, actualmente
fundamental, por los aspectos psicológicos del contenido y la
comunicación literarios. En lo más divulgado del
psicoanálisis crítico hacia mediados del siglo XX para el
estudio de la literatura, el predominio de aspectos de
diagnóstico clínico del denominado
«psicoanálisis de autor» o de los personajes
ficcionales, atenidos a la letra de su formulación como si de
los protocolos clínicos de los pacientes se tratara, me
parecían, y me siguen pareciendo, aspectos relativamente
alejados y secundarios del centro de interés estético de
la literatura. Sólo cuando, a partir de los años ochenta,
entré en contacto en Francia con la escuela psicológica
junguiana consolidada como Antropología de lo imaginario,
descubrí una base altamente productiva de datos
psicológicos que explicaban la centralidad estética en la
acción productiva de la literatura.
En todo
caso, para justificar el hecho de la relativa exclusividad formalista
de mi trabajo crítico durante los veinte primeros años de
dedicación, he de alegar hoy —como lo hacía entonces— que
la concentración exigida por las complejidades
metodológicas en el dominio de la investigación con base
lingüística de la literatura —hasta mediados de los setenta
con el mayor predicamento y prestigio en el ámbito europeo—
resulta objetivamente más que suficiente por sí misma
para justificar no practicar la dedicación simultánea al
conocimiento y aplicación fructífera de otros
«ismos» críticos —marxismo, psicologismo, etc.,
etc.—. Sin embargo, mi concentración de entonces sobre aspectos
formalistas de la constitución del texto y el sistema
literarios, que consideraba —y continúo considerando—
básica y determinantemente central en el discernimiento de su
constitución y actuación estética, no ha
obnubilado nunca la que creo adivinar como una flexible
condición ambiciosa —por no llamarla modesta— de mi
carácter, que me inclina por naturaleza a la apertura progresiva
y englobadora del sistema crítico. Es por lo que, en un trabajo
de los primeros años ochenta, titulado «Más
allá de los “ismos”», sobre la necesaria y posible
globalidad de los aportes críticos complementarios en
función de la poderosa complejidad de factores
—lingüístico-expresivos, ambiental-sociológicos y
psicológicos— que interaccionan en el seno de la obra y la
ilusión literarias, renunciaba con resuelta humildad a cualquier
pretensión de exclusividad e incluso de superioridad del propio
«ismo» formal por mí, hasta entonces,
prioritariamente cultivado.
En esa
sincera convicción sobre la complejidad de ingredientes de las
obras artísticas, experimentada cotidianamente desde mi juventud
temprana con la familiaridad de su lectura y en el goce inmediato y
directo con las mismas, habría que enraizar la imperiosa
convicción de mis exigencias para con la crítica —la de
entonces y la de ahora— de un globalismo abierto y no excluyente en la
variedad de orígenes disciplinarios de sus aportaciones. Ese
fundamento de convicción en la densidad y la complejidad
constitutiva de las obras artísticas diferencia mi propuesta
englobante del simple presupuesto posibilista de un superficial
eclecticismo, del signo del que se ha derivado, por ejemplo, la
vaporosa —por no llamarla obvia— teoría autodenominada de los
polisistemas, cultivada por el influyente grupo poetológico de
Tel-Aviv.
Los
varios movimientos acogidos inicialmente, hacia 1976, a una laxa
pragmática literaria —entre otros, la autodenominada
«Teoría empírica de la Literatura» del grupo
Nikol, en Alemania, o las de las escuelas de «Estética de
la recepción», más centralmente alemana, y de
«Poética de la lectura», más
circunstancialmente francesa—, representaron al menos casos de
más o menos útiles involuciones metodológicas
hacia un ángulo según ellos desatendido —que no negado—
en la Poética lingüística formal-estructuralista.
Afirmar, por ejemplo, en esa línea, que el fenómeno
literario se configura en un «speech act» entre el autor
(emisor) y su público (receptores), que la ficcionalidad es uno
más de los rasgos presuntamente diferenciales de la literatura o
que el papel del receptor en el cierre del sistema comunicativo del
arte es importante —y no descendamos ahora, por conveniencia, a debatir
sobre el extremismo recepcionista de considerarlo el principal—,
pudieran ser facetas descuidadas en el peor de los casos para
previsiones anteriores de la Teoría literaria. Pero en ninguna
medida y razón constituía nada de todo ello por sí
mismo una causa de urgencia y entidad determinante para fundar la
objeción pretendidamente demoledora de los recepcionistas contra
el sólido bloque crítico del formalismo estructural y la
historia literaria «tout court» precedentes.
La
naturaleza asumible —porque en todo caso inocua— de las reformulaciones
post-estructuralistas que acabamos de mencionar a la tradición
europea de la Poética lingüístico-formal ha sido
deteriorada hasta extremos que no dudamos en calificar de trasplante
espurio dentro del peculiarísimo mundo académico de los
Estados Unidos de América. Allí la gesticulación
relativista europea, atractiva en Barthes, oportunista en Eco y
machaconamente obvia de Jauss e Iser, se extremó en la licencia
de un marrullero pesimismo «light» con el escepticismo
deconstructivo del brillante prestidigitador de textos que era Paul de
Man. Todo ello a favor de la política académica de
pendularidad y alternancia forzosamente periódica de las
«modas» metodológicas, que consume
frívolamente la Academia universitaria americana para alentar
sus baremos de meritocracia.
En buena
medida, la publicación de mi Teoría de la Literatura
inicialmente a principios de 1989, y en versiones posteriores, inglesa
y española, en 1992 y 1994, obedeció a mi modesta
protesta personal contra la atmósfera que percibía en mis
estancias universitarias norteamericanas, en Ann Arbor y Harvard, por
aquellos años. La deconstruccion crítica norteamericana
fue hija del trasplante al sistema artístico de la literatura de
las denunciadas insuficiencias simbólicas del
«logos» filosófico, gestadas desde Nietzsche a
Heidegger y llevadas a su exasperación por la astucia de un
epígono con el difícil acomodo europeo que era Derrida.
Desatender la diferencia fundamental entre las alegadas insuficiencias
en la exigencia absoluta de verdad característica del
«logos» filosófico, y las legítimas
aproximaciones suficientes de la crítica literaria a las
exigencias de sus objetos verosímiles, fue una trapacería
con muy malos resultados a la larga para la mayoría de aquellos
prestidigitadores (el escandaloso «caso De Man» es
sólo, de todos los suscitados, el más publicitado
socialmente).
No
obstante, como toda actividad de hombres inteligentes (y el mencionado
De Man lo era sin duda en grado de eminencia), la deconstrucción
crítica americana, y aún más su cuna europea
filosófica y de crítica artística en pensadores
postmodernos como Baudrillard o Gianni Vattimo, no dejó de tener
para el discurrir normal de los estudios literarios modernos el
saludable efecto de estímulo estacional, que vienen cumpliendo
secularmente, para la continuidad del pensamiento
«integrado» occidental, las sacudidas vivaces del
recordatorio escepticista. Incluso más, y para referirme al
sólo ámbito de mis propios temas
crítico-literarios más favorecidos en los últimos
tiempos, del mismo Paul de Man nos ha resultado particularmente
útil, por ejemplo, su rehabilitación en versión no
deconstructiva de la metodología retórica en su
«lectura alegórica». Del mismo modo que el mismo
Derrida —debidamente reforzado con su demasiado próximo Maurice
Blanchot— resulta paradójicamente iluminador —malgré lui—
para el crítico literario, cuando se trate de señalar la
residencia del huidizo espacio de la poeticidad.
El caso
de Harold Bloom lo juzgo excepcionalmente clarificador en esta
coyuntura. Incluso siendo muy consciente de la condición remota
de nuestras respectivas «circunstancias», pero con todo
próxima cuando se trata de emplazar y dar la explicación
debida al aquí y al ahora de mi propio trabajo crítico.
Hay que recordar, de entrada, que el travieso Bloom le jugó una
pesada broma a sus acompañantes deconstruccionistas al
constituirse en el «editor» de aquella influyente y
divulgada antología, fundadora de la expansión
internacional de la modalidad crítica deconstructiva, titulada
Deconstruction and Criticism. No entraré yo ahora a aventurar el
grado de sincera adhesión de Bloom en el momento de aquella
antología, que incluía necesariamente a su sincero amigo
Paul de Man, a la causa deconstruccionista, de la que acabaría
desentendiéndose tan ruidosamente. Sí, desde luego,
abundo en la comunidad compartida, proclamada así por el mismo
Harold Bloom, de nuestras respectivas razones de rechazo a las
diversiones críticas postmodernas del principio de la
universalidad estética. En todo caso, confiero hoy abiertamente
ante ustedes que la áurea soledad intelectual tan
acariciadoramente lamentada por el mundialmente famoso Harold Bloom no
ha dejado de ser un estímulo consolador de
compañía para mis modestos trabajos en soledad.
En la
misma perspectiva de Bloom, si grandes eran las diferencias pasadas
entre mis propios objetivos y sustentos críticos con el
método de los deconstruccionistas, aún es más
clamorosa actualmente la divergencia entre mis intereses, tradiciones y
fines intelectuales con los que deberían ser mis equivalentes en
la escuela americana de moda más vigente, ese heterogéneo
conglomerado de afloraciones marginales —cuando no absolutamente
intangentes— a la centralidad estética del hecho literario, que
se rotula con el título abusivamente abarcante de
«Estudios Culturales».
Si el
feminismo crítico o la crítica homosexual son, desde mi
punto de vista benévolo, inmediata y directamente reductibles a
las pretensiones de una estética de la recepción
más estrecha; o si el neohistoricismo se resuelve en un marxismo
deconstructivo a partes iguales; y a la llamada crítica
neocolonial le faltan hasta el presente literaturas a las que
aplicarse, no es difícil prever que a la nueva criatura de
improvisación acumulativa que son los «Estudios
Culturales» no le calculo más plazo de vigencia que el que
le concedan los caprichosos turnos de la moda en la Academia
norteamericana. En cuanto a los improvisados cultores fervorosos de la
nueva moda en nuestras latitudes, no mucho más que
pronosticarles, como a nuestros más bien ralos
deconstruccionistas y postmodernos periclitados de consumo interno, el
mezquino porvenir de desolados náufragos. Hacia los evanescentes
señuelos de la intrascendente —enésima—
nueva-crítica, desde mi modesta reserva —como la mucho
más fervorosa agresividad de Bloom en su propio terreno—, no me
parece interesante torcer, y ni tan siquiera aproximar el trayecto
directo de mis intereses especulativos sobre lo esencial
estético de la gran Literatura.
BRINDIS EN ALICANTE POR EL FUTURO HISPÁNICO EN LAS CIENCIAS DEL ESPÍRITU
Pero no
es el caso de despedir desde el tenor siempre acre y distanciante de
las discrepancias —por más que sean, como las de esta
ocasión, meramente técnicas y académicas— una cita
tan jubilosa y solemne como la de hoy en esta querida y respetada
Universidad de Alicante. Y tanto menos, además, cuando considero
—creo que demostradamente— que el mío es un pensamiento que ha
crecido y se desarrolla en la síntesis; antes salvando elementos
de convergencia que ahondando y radicalizando las desigualdades
irresolubles con los sistemas de opinión diferentes del
mío, como lo fueron en otros tiempos el marxismo crítico
o la filosofía deconstruccionista postmoderna. Así pues,
al afirmar con algo de melancolía desesperanzada mi, mucho me
temo que innegociable, desinterés y distancia con los objetivos
de algunas de las actuales corrientes extendidas en el artificioso
conglomerado de los «Cultural Studies» norteamericanos, me
propongo enderezar el rumbo emocional de este apartado de despedida
justificando, en términos de positividad gozosa, cuáles
son los ideales de tradición y de proyecto que alientan ahora
mismo mi trabajo en esta parcela de aportaciones al crecimiento
contemporáneo del pensamiento estético general, literario
y artístico.
El alma
se serena y enaltece —yo, personalmente, me siento ser algo mejor—
cuando declara sus compañías favoritas, los
espíritus altos y ejemplares de su estima y de su
orientación. Llegado es ahora, pues, el momento de que yo
proclame aquí los de mis principales mentores; y no ya en
razón de concederme el placer privado de disfrutar el gustoso
manjar del homenaje y del elogio a mis modelos más estimados,
sino porque, enumerándolos simplemente, espero que se iluminen
mejor, al tiempo, las directrices de mi propio sistema de ideas, que he
procurado resumir en los pasos anteriores de esta lección; y
aún más y sobre todo que se declaren diáfanamente
los objetivos de mis trabajos próximos, así como algunas
de las principales fuentes de creencia esperanzada que los alientan.
Decididamente
me parece el momento de declarar hoy aquí y ante ustedes mi
convicción de que ha sonado la hora de que las ciencias
españolas del espíritu, en la orientación en que
yo al menos las cultivo, recuperen intacto el espíritu
continental de filiación con el que se han encontrado en los
mejores momentos de su vocación solidaria europea. Por concretar
algunos: la ingenua y benemérita Institución Libre de
Enseñanza, el sólido pidalismo en el Centro de Estudios
Históricos, la ágil germanidad fundacional de la
orteguiana Revista de Occidente, o la ejemplaridad mundial de la
poesía española del veintisiete, con su aledaño
juanramoniano por delante y sus consecuentes consecuencias en nuestros
tres mejores poetas del cincuenta, uno de los cuales, mi tan querido
Francisco Brines, tenemos el gozo de verlo hoy sentado entre nosotros
en Alicante. Si no es que otro de ellos, para mí no menos
dilecto, el gran Claudio Rodríguez, asiste en espíritu
hoy también a este solemne acto; porque nuestros
espíritus se cortaron, como lo dijera Garcilaso, en la
común «medida» de la entrañable amistad que
nos tuvimos y que alentará intacta entre nosotros por siglos de
raíz.
El
cumplimiento del programa de recuperación intacta del
espíritu europeo en las Ciencias del Espíritu, que acabo
de invocar, implica para mi entendimiento actual de la Teoría de
la Literatura reinsertar los fundamentos más profundos y
solventes de la Estética general, en la que la estética
literaria descubre aún, actualmente, sus más fecundas
inspiraciones. Estética general europea que naciera nominalmente
en el idealismo de Baumgarten, Lessing y Winckelmann, y que tiene sus
más sólidos principios de encuadramiento doctrinal en la
profundidad de las Críticas kantianas, sin olvidar el
estímulo precedente de Leibniz y el reactivo, para Kant, del
empirismo inglés con Bacon y con Hume. Pero a partir de la
estética «natural» de Kant, la estética
propiamente «artística» y, en concreto, la
literaria, tienen en el agudo talento discriminador de Fichte su
principio de orientación y centrado más seguro, y en los
geniales vislumbres fragmentarios de Federico Schlegel algunas de las
iluminaciones más enaltecedoras y revulsivas todavía para
nuestras cuestiones del presente. Todo ello junto a la masa de
pensamiento literario de verdaderos gigantes de la crítica como
Leopardi, Diderot, Goethe o Schiller, la totalidad insondable de cuyo
grado de «experiencia» en el espíritu y las formas
de la literatura dista mucho seguramente de ser aproximada por ninguno
de los pensadores literarios de nuestro tiempo, incluidos los de
acumulación cultural más ambiciosa como el eminente
Harold Bloom, quien así lo ha reconocido incesantemente bajo su
obsesiva sed incumplible de originalidad, apesadumbrada por su conocida
—y no siempre bien interpretada— «ansiedad» por la
aplastante «influencia» de nuestros geniales predecesores.
Les
confieso que no son pocas las veces que he tenido que reírme,
para no dejarme tomar por el descontrol de la indignación
más viva, oyendo a algún aprendiz bisoño de
filósofo o de esteta de la literatura desdeñar como
fuerzas de inspiración —de uno a uno o en el bloque de todos en
falange— los nombres, con sus obras, que acabo de mencionar; y ya de
paso —y ¿por qué no?— la del oceánico Hegel. Y si
no al mismo nivel, porque a estos otros les soplan más
favorablemente en estos días los vientos de la moda, a
Schopenhauer, develador del principio diferencial voluntativo de la
inspiración, y a los alentadores del mito sustitutivo del
«logos» filosófico por el vago, salvos sean, si
acaso, «rumoroso», idioma del Ser en el poema: Nietzsche y
Heidegger. Filias y fobias a favor del pensamiento de reloj, tiene
relativamente inéditos a los incultos críticos culturales
de ahora las páginas fundantes de la doctrina del deseo
sentimental como móvil de las artes de Dilthey y de un
maltratado Max Scheler, a favor exclusivo de contrafiguras modernas de
recambio, en sí tampoco desdeñables, en la poética
libidinal y del deseo.
Que se
me entienda bien. Al proclamar la dimensión ingente de las
grandes canteras históricas en la doctrina estética de la
literatura, por su grandeza y profundidad siempre inagotables y vivas,
no abjuro yo mismo ni me pronuncio negativamente sobre los preciosos
avances de la filología y la crítica literaria formal y
contenidista decantadas a lo largo del siglo XX. Y no tanto porque
sería, en parte, tirar ahora piedras a mi propio tejado, como se
suele decir, en la medida en que he participado,
modestísimamente pero con entusiasmo, en el desarrollo europeo
de la crítica literaria durante casi medio siglo, cuanto porque,
objetivamente —según se habrá decantado en diferentes
pasos de esta lección—, los avances especializados de la
crítica y la teoría de la literatura sobre todo durante
la primera mitad del siglo XX han dado como resultado la definitiva
reconstitución de la monumental, aunque ya anquilosada,
Retórica tradicional en una moderna y articulada Teoría
del texto literario. Crecida y mejorada dicha teoría, de una
parte, con la acomodación de las ideas y las estrategias
gramaticales de análisis clásico de los textos a los
ingentes progresos de la lingüística descriptiva.
Reconocida ciencia directriz ésta en la renovación
moderna del paradigma general de las que, en la época del
estructuralismo, personalidades como Lévi-Strauss y Jakobson
consideraron ajustado denominar con el ambicioso marbete abarcador de
«ciencias humanas».
Junto a
esa faceta del crecimiento fundada en el paso de una Retórica
gramatical restringidamente frástica a una Poética
lingüística —o hasta Poetología— ampliada con
aspiraciones de alcance textual, el enriquecimiento de la
crítica literaria en el siglo XX se debe a otra
dimensión, complementaria de la precedente, en la
conceptuación o, mejor, ideación del texto literario. Se
trata de lo que habitualmente significo como el desarrollo de una
conciencia espiritualista en el esperar psicológico de los
textos, que se produce tanto en el espacio genético interior de
dichos textos cuanto en el del ámbito de la acción
comunicativa exterior entre ellos y sus perceptores. Es ahí
donde el solipsismo del poderoso y en su día jaleado —con
sobrada razón— formalismo crítico se suplementa
«proyectándose» en el espesor psicológico del
espiritualismo de la imaginación (aquí, Freud, Jung o
Sartre y los antropólogos de lo imaginario) y del sentimiento
(en esto, Schiller, Dilthey o Max Scheler). Es decir —para expresarlo
con mi peculiarización de la culminadora fórmula
humboldtiana—, en el definitivo encaje, proyectado, de las dos formas:
de la forma interior, poética, sobre la forma externa
poemática.
Y lo
mejor de todo, lo más satisfactorio y prometedor para nosotros,
la comunidad hispánica de cultivadores de Ciencias del
Espíritu en su parcela del pensamiento estético,
literario y artístico, es que ese reacondicionamiento de la
dirección actualizadoramente retrospectiva y europea de nuestra
cultura técnica actual, que propugno y que trato personalmente
de cumplir, pudiera permitirnos a los europeos —y quizás tanto
más a nosotros los españoles— contarnos, al día
presente, entre los mejor dispuestos a ese esfuerzo de
adaptación necesario. Pues no en balde somos nosotros, los
sufridos hispanos de tantas discriminaciones pasadas y recientes,
quizás los más abiertos y desinhibidamente
transnacionales de este tiempo.
Al menos
en ese espíritu de recuperar una cierta autonomía
respetable en nuestras tareas dentro de la ciencia española, no
tengo inconveniente en hacer hoy a ustedes confidencia de mi
desdén a los no sé si muchos o pocos —para mí
tengo que, en cualquier caso, demasiados— colegas que se complacen
festejando un sucursalismo doctrinal de la última papanatada
foránea; sobre todo de las procedentes de la marea imperial
anglosajona, en lugar de profundizar en el favorable emplazamiento de
independencia idealista y europea que nos están brindando,
favorables, los tiempos. Me ilusiona creer, pues, llegada esta otra
hora de España, sin «chauvinismos» pero sin
complejos, en el nivel y momento que pueden recuperar de nuevo
razonablemente los muchos cultivadores entusiastas españoles e
hispanos de la Teoría y la Crítica de la Literatura, en
buen entendimiento con nuestros vecinos de «departamentos»,
historiadores y comparatistas literarios, filósofos e
historiadores de las otras artes.
En fin,
que a quienes cultivan hoy entre nosotros la preciosa disciplina de
escudriñar en el fondo espiritual de las obras artísticas
no les faltan por fortuna las mejores razones y perspectivas para
sentirse libres, emprendedores e independientes. Les avala la historia
nacional que han recibido, y les favorecen, si se fundan reciamente en
ella, las ventajas coyunturales de nuestra refundada condición
europea. Así se lo he querido yo ponderar y desear a todos
ellos, ya sólo su viejo compañero y colega, desde el
luminoso escaño de este espacio y lugar alicantinos, tan
diáfanamente mediterráneo en la orilla de nuestro viejo
mar de la cultura. La dignísima Universidad de Alicante hizo,
generosa, la ocasión, y yo me he limitado a tratar de no
desaprovechar completamente esa ventaja para brindarles mi esperanza y
mi fe, en esta lección solemne, a los jóvenes
continuadores del espíritu universitario que a todos nos
regocija y nos renueva: «gaudeamus igitur».
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