Excmo. y Magfco. Sr. Rector
de la Universidad de Alicante,
Excmas. e Ilmas. Autoridades,
Claustro de Doctores de la Universidad,
Miembros de la Comunidad Universitaria,
Señoras y Señores: |
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No existe un comienzo mejor a mis palabras
que tomar prestadas otras de un insigne alicantino, Azorín. Cuando
el 23 de noviembre de 1913 recibió un homenaje en Aranjuez, en una
fiesta intelectual muy finamente organizada, cosa lógica pues sus
directores fueron José Ortega y Gasset y Juan Ramón Jiménez,
inició su Discurso así: «Gracias cordialísimas
a todos; gracias por siempre y para siempre. Hay tanta inmodestia en no
aceptar tercamente un honor como en prodigarse persiguiéndolo. Se
ha dicho que rehusar el elogio es deseo de ser dos veces loado; puesto
que a la negativa del elogio, por nuestra parte, ha de corresponder cortésmente
la reiteración de la loanza por parte del elogiador».
Esto, tan bien dicho, tan bien escrito
por Azorín, es lo que le tomo prestado y se lo entrego al Magnífico
y Excelentísimo Señor Rector, mi querido compañero
Andrés Pedreño, al Claustro de la Universidad de Alicante
y muy concretamente a su Junta de Gobierno, a los profesores y alumnos
de esta Universidad lucentina, con raíces orcelitanas, que hoy me
acoge para siempre en su seno.
Estas fiestas intelectuales se plantean,
efectivamente, para celebrar a alguna persona. Pero en el fondo, y tomo
de nuevo las palabras de Azorín, tienen su fundamento en «afirmar,
reiterar, corroborar, renovar, una tendencia, haciendo pública manifestación
de solidaridad, de hermandad espiritual, de fraternal compañerismo».
Por eso creo que merece la pena, en
este momento, escudriñar de dónde procede ese compañerismo,
esa solidaridad, esa hermandad que aquí nos reúne. Evidentemente,
su sentido actual procede, por una parte, del agobio que debe acuciar a
todo economista para resolver el drama social, expresión que siempre
oí a mi maestro, el profesor Luis Olariaga. Pero no menos importante
es que en la Universidad, oficiemos sus profesores, como le gustaba decir
al rector Unamuno, en calidad de sacerdotes de la verdad. La verdad se
escudriña a través de la ciencia, en este caso, para resolver
ese drama, a través de la ciencia de la Economía.
Ese sentido de hermandad, de solidaridad,
procede de situar a la ciencia en primerísimo lugar. Inmediatamente
nos encontramos con algo muy importante. ¿Basta con la ciencia que
surge de los maestros, de las investigaciones, que proceden de España?
¿No es necesario levantar el vuelo para otear lo que sucede más
allá de las bardas de nuestro huerto?
Mis maestros así lo repetían.
En las aulas yo escuchaba que nuestra situación en el terreno de
la ciencia económica era la misma que cuando en geometría
Juan Bernouilli preparó el problema de la braquistócrona
o curva de la bajada más corta, una cuestión que había
planteado Galileo, sin resolverla.
¿Qué situación
había sido aquella que rodeaba a la ciencia económica en
España, desde, casi me atrevo a decir, la muerte de Álvaro
Flórez Estrada? Ha descrito con graves palabras Eugenio D’Ors, en
su Flor Sophorum, lo sucedido con motivo del mencionado reto de Juan Bernouilli
a los grandes matemáticos: “Una gran expectación se produjo
en todas partes en cuanto fue lanzado este cartel. Quien resolviese la
cuestión adquiría, con ello solo, el derecho a una verdadera
soberanía científica… » Transcurrido el tiempo de presentar
soluciones, Juan Bernouilli se encontró con que únicamente
se habían recibido cuatro. Pero las cuatro eran exactas. Cuatro
genios, con independencia el uno del otro, habían resuelto el problema.
Una solución resultó ser de Jaime Bernouilli, el hermano,
maestro y rival de Juan. Otra solución venía de tierras de
Alemania, y la firmaba Leibnitz. La tercera de Inglaterra, y era de Newton.
La cuarta de Francia, y era del marqués de L’Hopital… «Cada
nación sabia –decía después D’Alembert comentando
esta apoteosis magnífica-, dio su atleta, y tal vez un quinto hubiera
sido difícil de encontrar»”. Inmediatamente agrega D’Ors:
“¡Y nosotros, Dios mío, nosotros, gente hispana, no estábamos!”.
Efectivamente, tampoco “estábamos”
en 1943 cuando nos aprestábamos a encaminarnos a las clases que
se impartían en la recién nacida Facultad de Ciencias Políticas
y Económicas de la Universidad de Madrid. ¿Qué hicieron
nuestros maestros? Algo perfecto. Desde el principio, remitirnos a los
genios extranjeros y señalarnos que una de las cosas más
estúpidas era, por cierto, siempre la autarquía, pero que
la estupidez mayúscula era intentar la autarquía científica,
la autarquía intelectual. Las cosas de la ciencia, una vez descubiertas,
pasan a ser patrimonio común, pero era preciso, para poder asimilarlas,
aceptar humildemente que no eran las nacionales las fuentes de donde procedía
el conocimiento científico.
Guardo como oro en paño un librito
de Valentín Andrés Álvarez, titulado Introducción
a la Economía Política (Apuntes) (Ediciones Guía,
1944). Valentín Andrés Álvarez nos fue desgranando
nombres. No fueron muchos para todo un curso. Sucesivamente llegaron a
nuestros oídos –y cito por el orden en que aparecían- los
de Wagner, Roscher, Knies, Schmoller, Adam Smith, (muchísimas veces
) Thomas Mun, David Ricardo, Marx, Lord Lauderdale, Say, Eucken, Cournot,
Edgeworth, Pareto, Anderson, Malthus, von Thünen, Lassalle, Stuart
Mill, Aristóteles, Locke, Bastiat, Cassel, Irving Fisher, y sin
decirlo, pero nos dimos cuenta algunos años después, como
armazón esencial de sus explicaciones, mucho Alfredo Marshall.
Sólo aparecieron dos nombres
en este curso: José Alonso Ortiz, en cuanto primer traductor de
La Riqueza de las Naciones de Smith en 1794, y que Edgeworth llevaba un
nombre español, Isidro, impuesto por su madre, española.
No había, pues, nada de raro
en que todos nosotros deseásemos recibir conocimientos de los grandes
maestros del extranjero. Desechado el conseguir una beca, por la pobreza
y la imposibilidad, en plena II Guerra Mundial, de encontrar solución
a este problema, lo que pronto se amplió por las duras condiciones
derivadas de la llamada Condena de Postdam de 1945, quedaban dos procedimientos.
El uno, que fue buscado con avidez, fue el indagar en libros y revistas
recientes, más noticias de economistas señeros. Al modo de
entomólogos –aficionado por supuesto- buscábamos los artículos
esenciales de la polémica entre hayekianos y keynesianos;
descubríamos a Bernácer gracias al artículo de Robertson
en Economica; devorábamos el famoso numero 1 de Econometrica; discutíamos
Price flexibility and employment, de Oscar Lange, en el librito de 1949;
avanzábamos en macroeconomía no sólo de la mano de
Colin Clark –The conditions of economic progress-; sino de la del viejo
menchevique y, después, discípulo de Mitchell, Simon Kuznets,
y de The Social Frame work de Hicks, sin olvidar los White Papers presupuestarios
con los preludios de la Contabilidad Nacional de Stone, que se culminaban
con el famoso artículo de Meade y Stone, La construccion de cuadros
de renta, gasto, ahorros e inversión nacionales, publicado en el
número de junio-septiembre de 1941 de The Economic Journal, aparte
de que yo, quizá por pintoresquismo, buscase a Phyllis Deane y sus
trabajos sobre renta colonial que mucho bien me hicieron cuando, más
adelante, el Gobierno me envió varias veces con misiones oficiales
a Guinea Ecuatorial; nos influían para siempre en comercio internacional,
Haberler, Viner, Bertil Ohlin; nos subyugaba Schumpeter; buscábamos
luces keynesianas y, así, a mí me deslumbró Don Patinkin;
bebíamos toda clase de noticias de los labios de Carlos Muñoz
Linares, que había estudiado en la New School for Social Research
y en la Universidad de Columbia, mientras nos incitaba a trabajar a fondo
a Lionel Robbins y a Max Weber en su monumental Economía y Sociedad.
Como es natural, hacíamos cola, primero en casa de Marcial Polo
y luego en el librero Santo Vanasia , para adquirir traducciones del Fondo
de Cultura Económica, y esperábamos ansiosos las versiones
al español que, con jugosos prólogos de Manuel de Torres,
lanzaba la Editorial Aguilar, a más del pequeño complemento,
por su número, no por su calidad, de las traducciones de la Editorial
Revista de Occidente.
Otro camino fue, sencillamente, escuchar
con avidez lo que nos comunicaban algunos importantes profesores extranjeros
que se pusieron directamente al alcance de nuestros oídos. El primero
de estos profesores fue Stackelberg. Después, vino Eucken. El paso
fugaz de Kuznets, a mi me dejó lleno de tristeza, por la brevedad
con que se disolvió un proyecto mucho más amplio. Me aproximé
mucho a Akerman. Escuché maravillado a Leontief. Tuve una fugaz
correspondencia con Colin Clark, quien contestó a un cuestionario
que le sometí. Desde 1948 tuve un trato de cierta permanencia con
Perroux. Cuando gané la Cátedra de Estructura Económica
de la Universidad de Barcelona, muy poco más que esto era el acervo
de relaciones directas que yo había tenido con economistas señeros.
Tampoco había sido muy prolongado
su contacto. A veces, como sucedió con Kuznets, al que admiraba
por su National Income and Its Composition, 1919-1938, publicada en 1941,
en colaboración con Lillian Epstein y Elizabeth Jnks, referida a
Norteamérica y que, mucho tiempo después, comprobé,
de la mano de Kapuris-Foreman y Perlman, en la excelente nota necrológica
que sobre Simon Kuznets publicaron en The Economic Journal, noviembre de
1995, que resultaba especialmente útil al compararla con los trabajos
de Milton Gilbert, que fue el principal elaborador de las estimaciones
del Departamento de Comercio y los esfuerzos, basados en un entramado claramente
keynesiano, de Meade y Stone en el Reino Unido.
Por un malentendido entre el profesor
Torres y Kuznets, todo se redujo a acompañarle a una visita al Museo
del Prado, donde, ajeno yo a su fervoroso judaísmo, me asombraba
su rápido paso ante cuadros del Crucificado, y me asustaron sus
lágrimas, en la calle de la Sal, al lado de la madrileña
Plaza Mayor, tras aludir yo a que muchos de los comerciantes que por allí
habían pululado, habían sido, incluso hasta entrado el siglo
XIX, criptojudíos. “¡Cuánta angustia está tras
estas paredes!”, me decía cuando yo le pregunté si se encontraba
mal.
A Stackelberg, le seguí un curso,
el 1944-1945, de cuestiones de teoría económica, en la Facultad
de Ciencias Políticas y Económicas. Antes de concluir la
carrera, me pareció que, por mi cuenta, debía trabajar sus
Principios de Teoría Económica. Me alegró muchísimo
porque contribuyó a barrer las proclividades neohistoricistas que
podían surgir de mis trabajos en la asignatura Estructura Económica
de España, a partir de 1947 y, por supuesto, cuando después
inicié mi tesis doctoral Flores de Lemus ante la economía
española.
A Stackelberg debo el que siempre haya
considerado falsa la argumentación de que al ir retrasada la teoría
económica en cuanto inspiradora de la acción práctica,
ésta puede prescindir de ella. Esto es, no se puede admitir que
en economía “el búho de Minerva despierte al anochecer”,
cuando la tarea del día ha concluido. Nos recordaba Stackelberg
que existía en aceptar esa separación una tentación
diabólica, pues era precisamente Mefistófeles el que en el
Fausto de Goethe enseñaba: “Seca es, amigo, la teoría y verde
el dorado árbol de la vida”.
Aquel curso de Stackelberg sirvió
también para que nos diésemos cuenta de la calidad de un
condiscípulo, José Luis Sampedro. Cuando algo creía
Stackelberg que había quedado oscuro, preguntaba precisamente a
Sampedro. Las observaciones y glosas de éste concluían por
dejarlo todo nítido.
Un día, al salir de clase, alguien
preguntó a este profesor, si al concluir la guerra, retornaría
a Alemania. “Tengo muy claro que mi puesto es éste de Madrid”, repuso
Stackelberg, y añadió: -“Deseo que mi estatuto sea el de
otro compatriota, el profesor Obermaier”.
De las clases de Stackelberg se desprendían
dos cosas. La primera, un respeto impresionante por todos sus colegas,
cualquiera que fuese su nacionalidad, siempre que tuviesen una alta cualificación
científica. Despreciaba a los neohistoricistas, a los que poco menos
que situaba en el grupo de los charlatanes. Piénsese que, en lo
político, en Alemania, la batalla del método, no había
concluido. La segunda, un mensaje de libertad. De Stackelberg, en Madrid,
en 1944, son estas palabras que le escuché en el Aula Magna de la
Facultad de Deusto: “Hay que tener en cuenta que cuando la ciencia progresa
hacia lo desconocido, cumpliendo así con su suprema misión,
debe respirar libremente, sin obedecer más que a sí misma
y a sus propias leyes vitales… El progreso científico es, quizá,
el único proceso real de que sea capaz el género humano en
este mundo. Y este progreso requiere la actuación libre de la razón,
aunque siempre, desde luego, sobre la base de una conciencia que reconoce
sus deberes y actúa de acuerdo con ellos”.
Muchos otros párrafos congruentes,
en este sentido, podría haber citado. Por eso me dolió que
fuese precisamente un español quien pretendiese, con una seudoinvestigación
propia de un ignorante en historia, crear otra imagen de Stackelberg. Bismarck
decía, como nos recordó Emil Ludwig, que existían
dos tipos de historiadores: los que disfrutaban en las aguas claras y los
que sólo lo hacían hozando en el cieno del fondo. Hemos tenido
la desgracia de que uno de esos se ocupase de Stackelberg.
En agosto de 1949, muy poco antes de
su fallecimiento –sucedió el 30 de marzo de 1950, durante un curso
en la London School of Economics- nos llegó el mensaje de Eucken.
Conservo su firma, fechada el 29 de agosto de 1949, en el folleto con sus
textos Política económica del “laissez-faire”, Economía
planificada, y Orden de la competencia. Eucken acudió a la Universidad
Internacional Menéndez Pelayo, a la sección de Problemas
Contemporáneos. Me parece que le acompañó Alberto
Ullastres. Desde la época de Stackelberg –en Valentín Andrés
Álvarez, un poco antes-, el grupo de los economistas del Instituto
de Estudios Políticos pasó a tener muy buenas relaciones,
y a prodigar las citas de Eucken y, a su través, de la Escuela de
Friburgo, la nacida cuando en 1932, al llegar Hitler al poder, surge de
la coincidencia de las tomas de posición de Walter Eucken, Franz
Böhn y Hans Grassman Doertl con las de Alexander Rüstow, primero,
y después con las de Röpke, Alfred Müller-Armack, y el
hacendista Schmölders. Más adelante, se incorporaría
a ese grupo Stackelberg. Las noticias de todo esto pasarían a Moneda
y Crédito, a la Editorial Revista de Occidente, y al largo prólogo
de Ramón Trías Fargas al libro de Müller-Armack, Economía
dirigida y economía de mercado.
El impacto del mensaje de Eucken fue
grande entre nosotros. Su libro Cuestiones fundamentales de Economía
Política, pasó a revisarse cuidadosamente cien veces. Su
llegada a Santander motivó una auténtica alegría en
círculos cada vez más vastos de economistas españoles.
Akerman, un auténtico escandinavo,
llegó a Madrid invitado para dar unas conferencias. Antes se había
publicado la traducción del francés, no del sueco directamente,
de Estructuras y ciclos económicos en la Editorial Aguilar. Recuerdo
un almuerzo en un restaurante cercano a la Gran Vía madrileña,
que Akerman celebró muchísimo, porque le permitió
coronarlo con fresas, algo que le parecía, en auqella época
del año, casi milagroso para un sueco. Mi relación con él
pasó a ser tan cordial que su discípulo Hugo Hegeland, me
invitó a participar con un trabajo en el tomo de homenaje
que poco después se publicó sobre este maestro de la Universidad
de Lund. Akerman se confesaba discípulo de Wicksell y de Cassel
pero, buen estadístico, daba también mucha importancia al
trabajo empírico. La Escuela de Lund no acabará siendo capaz
de emular a la de Estocolmo, pero fue importante haber hecho posible que
se adquiriese conciencia en España de sus diferencias y, también
de que era necesario partir de Akerman para situar adecuadamente a Regnar
Frisch.
Ha sido aquí, en Alicante, con
motivo de la concesión del Premio Rey Jaime I, al estar ambos en
el Jurado, cuando hablé por última vez con Leontief. Lo habíamos
conocido en Madrid, cuando se publicó la TIOE/54. Le recuerdo, entusiasmado,
revisando la Tabla española, haciendo comentarios muy inteligentes
sobre nuestra economía, al observar cómo ésta se reflejaba
en su modelo. Nos decía: -“El progreso de la Estadística
como consecuencia de esta difusión del modelo de insumo-producto,
va a ser impresionante, y ya me lo confirmarán ustedes”.
De pronto, aquella visita pudo haber
concluido de mala manera. Alguien le confundió con su hermano, que
era uno de los autores del Manual Soviético de Economía y
comenzó a vacilar sobre si tenía sentido haberlo convertido
en un huésped oficial distinguido. Confieso que me divertí
mucho con aquellas carreras y cabildeos absurdos de ciertos personajes
a los que no había modo de meter en la cabeza que había dos
Leontief.
Por muchos motivos, pero quizá
sobre todo por su humildad en el viraje entre los dos prólogos sucesivos
de Las condiciones del progreso económico, por su buen hacer, por
su amistosa relación con Keynes, siempre había mirado con
admiración a Colin Clarck. Su franca aceptación de la fe
católica le convierte en el primer economista laico citado como
autoridad en una Encíclica papa, concretamente en la Populorum progressio
de Pablo VI. Le sometí un cuestionario que me contestó con
presteza sobre cuestiones de desarrollo económico y que, con una
entradilla mía se publicó sucesivamente en Arriba el 24 de
diciembre de 1955 y el 1 de enero de 1956. Confié que sería
simplemente un preludio de algún contacto futuro. No hubo tal.
A François Perroux y su impresionante
personalidad, lo conocí en un curso sobre Renta Nacional en la Universidad
Internacional Menéndez Pelayo. Conversé con él varias
veces en Madrid, de modo amplio. El profesor Figueroa era el organizador
de estas reuniones. Una de las dos veces que recibí de la Academia
Sueca papeles para proponer a alguien para el Premio Nobel de Economía,
mi candidato fue Perroux. Me dijo: -“Es inútil. Una discusión
con el poderoso Bertil Ohlin me ha puesto fuera de toda posibilidad. No
me vuelva a proponer”. En vista de eso, cuando un par de años después
me llegaron los papeles, mi candidato fue Marinvaud. Tampoco sirvió
para nada, como es bien sabido.
¿Queda algo más? Prácticamente
nada. Fugaces visiones –aún más que las anteriores- a través
de conferencias solitarias escuchadas a Beveridge, a Lindahl-, tertulias
amistosas en las que se habló de todo, menos de economía,
tras seguir su cursillo en la facultad, con Vera Caopihna.
Cuando ahora, como miembro de alguna
comisión para otorgar becas, veo cómo brillantes licenciados,
jóvenes profesores, pasan a las mejores Universidades y a trabajar
con los mejores profesores, siento algo así como una especie de
nostalgia de lo que no ocurrió conmigo, con muchos de mis amigos.
Si no fue totalmente una generación perdida – y robo el título
a la literatura norteamericana- se debe a la capacidad casi monstruosa
que teníamos de devorar las migajas del mantel de la mesa del gran
banquete científico de la ciencia económica, que se celebraba
allende nuestras fronteras.
Vuelvo a Azorín. Nos está
hablando de unos “viejos, muy viejos”, alicantinos del campo de Monóvar.
Salen a la tarde, y se reúnen en la huerta; se sientan en sus piedras
blancas. Están silenciosos cuando uno de ellos, el más viejo
de todos, “mira hacia Poniente y dice:
“-El año 60 hizo un viento
grande que derribó una palmera.
“-Yo la vi –contesta otro-;
cayó sobre la pared del huerto y abrió un boquete.
“-Sí, era una palmera
muy alta.
“- Se hace una larga pausa…
Entonces el viejo más viejo da dos golpes en el suelo con el cayado,
y se levanta.
“-¿Se marcha usted?
“-Sí; ya es tarde.
“-Entonces nos marcharemos todos”.
¿Por qué no somos nosotros,
yo concretamente, como esos viejos? ¿Por qué el rememorar
esa palme ra caída del año 60 no es exactamente similar al
recuerdo que nos queda a algunos de las mejillas rojizas de Stackelberg,
de la agilidad del genio de Kuznets, de la persistente melancolía
de Perroux, de la energía de Eucken, de los ojos risueños
de Leontief, del señorío de Akerman?
Por lo que a mi respecta, todos ellos
no fueron solo un fenómeno externo, más o menos interesante
o ruidoso, y nada más. Forman un conjunto que, aun con sus pasos
fugaces, afianzaron en mi alguna convicción que, sin su diálogo,
hubiera vacilado y que me sirvió para que, después, cuando
tuve que ayudar a alguien a que intentara resolver en algún grado
“el drama social” de mi pueblo, le orientase, le hablase con autoridad.
Me sentí, gracias a ellos, también elevado sobre los hombros
de aquellos gigantes que eran esos maestros raudos, brevísimos,
o los maestros de esos maestros aún más lejanos. Ellos me
comunicaban así muchísima más sabiduría de
toda la que yo, solo, hubiera sabido alcanzar.
Al evocar ahora unos rostros ya medio
difuminados en la niebla del tiempo, lo hago con emoción y con agradecimiento,
porque sin ellos hubiera sido imposible que estuviese hoy aquí,
en esta Universidad de Alicante, también emocionado y agradecido.
Ellos son los que hicieron posible que yo, paralelamente a lo que decía
de sí el profesor Alec Cairncross, pudiese actuar como economista,
en el siglo más adecuado, más apasionante, para un español.
JUAN VELARDE FUERTES
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