DISCURSO PRONUNCIADO POR DON JUAN VELARDE FUERTES
CON MOTIVO DE SU INVESTIDURA COMO DOCTOR HONORIS CAUSA
POR LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE. 5 de noviembre de 1998
 
Excmo. y Magfco. Sr. Rector de la Universidad de Alicante,
Excmas. e Ilmas. Autoridades,
Claustro de Doctores de la Universidad,
Miembros de la Comunidad Universitaria,
Señoras y Señores:
Juan Velarde Fuertes
No existe un comienzo mejor a mis palabras que tomar prestadas otras de un insigne alicantino, Azorín. Cuando el 23 de noviembre de 1913 recibió un homenaje en Aranjuez, en una fiesta intelectual muy finamente organizada, cosa lógica pues sus directores fueron José Ortega y Gasset y Juan Ramón Jiménez, inició su Discurso así: «Gracias cordialísimas a todos; gracias por siempre y para siempre. Hay tanta inmodestia en no aceptar tercamente un honor como en prodigarse persiguiéndolo. Se ha dicho que rehusar el elogio es deseo de ser dos veces loado; puesto que a la negativa del elogio, por nuestra parte, ha de corresponder cortésmente la reiteración de la loanza por parte del elogiador».

Esto, tan bien dicho, tan bien escrito por Azorín, es lo que le tomo prestado y se lo entrego al Magnífico y Excelentísimo Señor Rector, mi querido compañero Andrés Pedreño, al Claustro de la Universidad de Alicante y muy concretamente a su Junta de Gobierno, a los profesores y alumnos de esta Universidad lucentina, con raíces orcelitanas, que hoy me acoge para siempre en su seno.

Estas fiestas intelectuales se plantean, efectivamente, para celebrar a alguna persona. Pero en el fondo, y tomo de nuevo las palabras de Azorín, tienen su fundamento en «afirmar, reiterar, corroborar, renovar, una tendencia, haciendo pública manifestación de solidaridad, de hermandad espiritual, de fraternal compañerismo».

Por eso creo que merece la pena, en este momento, escudriñar de dónde procede ese compañerismo, esa solidaridad, esa hermandad que aquí nos reúne. Evidentemente, su sentido actual procede, por una parte, del agobio que debe acuciar a todo economista para resolver el drama social, expresión que siempre oí a mi maestro, el profesor Luis Olariaga. Pero no menos importante es que en la Universidad, oficiemos sus profesores, como le gustaba decir al rector Unamuno, en calidad de sacerdotes de la verdad. La verdad se escudriña a través de la ciencia, en este caso, para resolver ese drama, a través de la ciencia de la Economía.

Ese sentido de hermandad, de solidaridad, procede de situar a la ciencia en primerísimo lugar. Inmediatamente nos encontramos con algo muy importante. ¿Basta con la ciencia que surge de los maestros, de las investigaciones, que proceden de España? ¿No es necesario levantar el vuelo para otear lo que sucede más allá de las bardas de nuestro huerto?

Mis maestros así lo repetían. En las aulas yo escuchaba que nuestra situación en el terreno de la ciencia económica era la misma que cuando en geometría Juan Bernouilli preparó el problema de la braquistócrona o curva de la bajada más corta, una cuestión que había planteado Galileo, sin resolverla.

¿Qué situación había sido aquella que rodeaba a la ciencia económica en España, desde, casi me atrevo a decir, la muerte de Álvaro Flórez Estrada? Ha descrito con graves palabras Eugenio D’Ors, en su Flor Sophorum, lo sucedido con motivo del mencionado reto de Juan Bernouilli a los grandes matemáticos: “Una gran expectación se produjo en todas partes en cuanto fue lanzado este cartel. Quien resolviese la cuestión adquiría, con ello solo, el derecho a una verdadera soberanía científica… » Transcurrido el tiempo de presentar soluciones, Juan Bernouilli se encontró con que únicamente se habían recibido cuatro. Pero las cuatro eran exactas. Cuatro genios, con independencia el uno del otro, habían resuelto el problema. Una solución resultó ser  de Jaime Bernouilli, el hermano, maestro y rival de Juan. Otra solución venía de tierras de Alemania, y la firmaba Leibnitz. La tercera de Inglaterra, y era de Newton. La cuarta de Francia, y era del marqués de L’Hopital… «Cada nación sabia –decía después D’Alembert comentando esta apoteosis magnífica-, dio su atleta, y tal vez un quinto hubiera sido difícil de encontrar»”. Inmediatamente agrega D’Ors: “¡Y nosotros, Dios mío, nosotros, gente hispana, no estábamos!”.

Efectivamente, tampoco “estábamos” en 1943 cuando nos aprestábamos a encaminarnos a las clases que se impartían en la recién nacida Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad de Madrid. ¿Qué hicieron nuestros maestros? Algo perfecto. Desde el principio, remitirnos a los genios extranjeros y señalarnos que una de las cosas más estúpidas era, por cierto, siempre la autarquía, pero que la estupidez mayúscula era intentar la autarquía científica, la autarquía intelectual. Las cosas de la ciencia, una vez descubiertas, pasan a ser patrimonio común, pero era preciso, para poder asimilarlas, aceptar humildemente que no eran las nacionales las fuentes de donde procedía el conocimiento científico.

Guardo como oro en paño un librito de Valentín Andrés Álvarez, titulado Introducción a la Economía Política (Apuntes) (Ediciones Guía, 1944). Valentín Andrés Álvarez nos fue desgranando nombres. No fueron muchos para todo un curso. Sucesivamente llegaron a nuestros oídos –y cito por el orden en que aparecían- los de Wagner, Roscher, Knies, Schmoller, Adam Smith, (muchísimas veces ) Thomas Mun, David Ricardo, Marx, Lord Lauderdale, Say, Eucken, Cournot, Edgeworth, Pareto, Anderson, Malthus, von Thünen, Lassalle, Stuart Mill, Aristóteles, Locke, Bastiat, Cassel, Irving Fisher, y sin decirlo, pero nos dimos cuenta algunos años después, como armazón esencial de sus explicaciones, mucho Alfredo Marshall.

Sólo aparecieron dos nombres en este curso: José Alonso Ortiz, en cuanto primer traductor de La Riqueza de las Naciones de Smith en 1794, y que Edgeworth llevaba un nombre español, Isidro, impuesto por su madre, española.

No había, pues, nada de raro en que todos nosotros deseásemos recibir conocimientos de los grandes maestros del extranjero. Desechado el conseguir una beca, por la pobreza y la imposibilidad, en plena II Guerra Mundial, de encontrar solución a este problema, lo que pronto se amplió por las duras condiciones derivadas de la llamada Condena de Postdam de 1945, quedaban dos procedimientos. El uno, que fue buscado con avidez, fue el indagar en libros y revistas recientes, más noticias de economistas señeros. Al modo de entomólogos –aficionado por supuesto- buscábamos los artículos esenciales de la polémica entre hayekianos y keynesianos;  descubríamos a Bernácer gracias al artículo de Robertson en Economica; devorábamos el famoso numero 1 de Econometrica; discutíamos Price flexibility and employment, de Oscar Lange, en el librito de 1949; avanzábamos en macroeconomía no sólo de la mano de Colin Clark –The conditions of economic progress-; sino de la del viejo menchevique y, después, discípulo de Mitchell, Simon Kuznets, y de The Social Frame work de Hicks, sin olvidar los White Papers presupuestarios con los preludios de la Contabilidad Nacional de Stone, que se culminaban con el famoso artículo de Meade y Stone, La construccion de cuadros de renta, gasto, ahorros e inversión nacionales, publicado en el número de junio-septiembre de 1941 de The Economic Journal, aparte de que yo, quizá por pintoresquismo, buscase a Phyllis Deane y sus trabajos sobre renta colonial que mucho bien me hicieron cuando, más adelante, el Gobierno me envió varias veces con misiones oficiales a Guinea Ecuatorial; nos influían para siempre en comercio internacional, Haberler, Viner, Bertil Ohlin; nos subyugaba Schumpeter; buscábamos luces keynesianas y, así, a mí me deslumbró Don Patinkin; bebíamos toda clase de noticias de los labios de Carlos Muñoz Linares, que había estudiado en la New School for Social Research y en la Universidad de Columbia, mientras nos incitaba a trabajar a fondo a Lionel Robbins y a Max Weber en su monumental Economía y Sociedad. Como es natural, hacíamos cola, primero en casa de Marcial Polo y luego en el librero Santo Vanasia , para adquirir traducciones del Fondo de Cultura Económica, y esperábamos ansiosos las versiones al español que, con jugosos prólogos de Manuel de Torres, lanzaba la Editorial Aguilar, a más del pequeño complemento, por su número, no por su calidad, de las traducciones de la Editorial Revista de Occidente.

Otro camino fue, sencillamente, escuchar con avidez lo que nos comunicaban algunos importantes profesores extranjeros que se pusieron directamente al alcance de nuestros oídos. El primero de estos profesores fue Stackelberg. Después, vino Eucken. El paso fugaz de Kuznets, a mi me dejó lleno de tristeza, por la brevedad con que se disolvió un proyecto mucho más amplio. Me aproximé mucho a Akerman. Escuché maravillado a Leontief. Tuve una fugaz correspondencia con Colin Clark, quien contestó a un cuestionario que le sometí. Desde 1948 tuve un trato de cierta permanencia con Perroux. Cuando gané la Cátedra de Estructura Económica de la Universidad de Barcelona, muy poco más que esto era el acervo de relaciones directas que yo había tenido con economistas señeros.

Tampoco había sido muy prolongado su contacto. A veces, como sucedió con Kuznets, al que admiraba por su National Income and Its Composition, 1919-1938, publicada en 1941, en colaboración con Lillian Epstein y Elizabeth Jnks, referida a Norteamérica y que, mucho tiempo después, comprobé, de la mano de Kapuris-Foreman y Perlman, en la excelente nota necrológica que sobre Simon Kuznets publicaron en The Economic Journal, noviembre de 1995, que resultaba especialmente útil al compararla con los trabajos de Milton Gilbert, que fue el principal elaborador de las estimaciones del Departamento de Comercio y los esfuerzos, basados en un entramado claramente keynesiano, de Meade y Stone en el Reino Unido.

Por un malentendido entre el profesor Torres y Kuznets, todo se redujo a acompañarle a una visita al Museo del Prado, donde, ajeno yo a su fervoroso judaísmo, me asombraba su rápido paso ante cuadros del Crucificado, y me asustaron sus lágrimas, en la calle de la Sal, al lado de la madrileña Plaza Mayor, tras aludir yo a que muchos de los comerciantes que por allí habían pululado, habían sido, incluso hasta entrado el siglo XIX, criptojudíos. “¡Cuánta angustia está tras estas paredes!”, me decía cuando yo le pregunté si se encontraba mal.

A Stackelberg, le seguí un curso, el 1944-1945, de cuestiones de teoría económica, en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas. Antes de concluir la carrera, me pareció que, por mi cuenta, debía trabajar sus Principios de Teoría Económica. Me alegró muchísimo porque contribuyó a barrer las proclividades neohistoricistas que podían surgir de mis trabajos en la asignatura Estructura Económica de España, a partir de 1947 y, por supuesto, cuando después inicié mi tesis doctoral Flores de Lemus ante la economía española.

A Stackelberg debo el que siempre haya considerado falsa la argumentación de que al ir retrasada la teoría económica en cuanto inspiradora de la acción práctica, ésta puede prescindir de ella. Esto es, no se puede admitir que en economía “el búho de Minerva despierte al anochecer”, cuando la tarea del día ha concluido. Nos recordaba Stackelberg que existía en aceptar esa separación una tentación diabólica, pues era precisamente Mefistófeles el que en el Fausto de Goethe enseñaba: “Seca es, amigo, la teoría y verde el dorado árbol de la vida”.

Aquel curso de Stackelberg sirvió también para que nos diésemos cuenta de la calidad de un condiscípulo, José Luis Sampedro. Cuando algo creía Stackelberg que había quedado oscuro, preguntaba precisamente a Sampedro. Las observaciones y glosas de éste concluían por dejarlo todo nítido.

Un día, al salir de clase, alguien preguntó a este profesor, si al concluir la guerra, retornaría a Alemania. “Tengo muy claro que mi puesto es éste de Madrid”, repuso Stackelberg, y añadió: -“Deseo que mi estatuto sea el de otro compatriota, el profesor Obermaier”.

De las clases de Stackelberg se desprendían dos cosas. La primera, un respeto impresionante por todos sus colegas, cualquiera que fuese su nacionalidad, siempre que tuviesen una alta cualificación científica. Despreciaba a los neohistoricistas, a los que poco menos que situaba en el grupo de los charlatanes. Piénsese que, en lo político, en Alemania, la batalla del método, no había concluido. La segunda, un mensaje de libertad. De Stackelberg, en Madrid, en 1944, son estas palabras que le escuché en el Aula Magna de la Facultad de Deusto: “Hay que tener en cuenta que cuando la ciencia progresa hacia lo desconocido, cumpliendo así con su suprema misión, debe respirar libremente, sin obedecer más que a sí misma y a sus propias leyes vitales… El progreso científico es, quizá, el único proceso real de que sea capaz el género humano en este mundo. Y este progreso requiere la actuación libre de la razón, aunque siempre, desde luego, sobre la base de una conciencia que reconoce sus deberes y actúa de acuerdo con ellos”.

Muchos otros párrafos congruentes, en este sentido, podría haber citado. Por eso me dolió que fuese precisamente un español quien pretendiese, con una seudoinvestigación propia de un ignorante en historia, crear otra imagen de Stackelberg. Bismarck decía, como nos recordó Emil Ludwig, que existían dos tipos de historiadores: los que disfrutaban en las aguas claras y los que sólo lo hacían hozando en el cieno del fondo. Hemos tenido la desgracia de que uno de esos se ocupase de Stackelberg.

En agosto de 1949, muy poco antes de su fallecimiento –sucedió el 30 de marzo de 1950, durante un curso en la London School of Economics- nos llegó el mensaje de Eucken. Conservo su firma, fechada el 29 de agosto de 1949, en el folleto con sus textos Política económica del “laissez-faire”, Economía planificada, y Orden de la competencia. Eucken acudió a la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, a la sección de Problemas Contemporáneos. Me parece que le acompañó Alberto Ullastres. Desde la época de Stackelberg –en Valentín Andrés Álvarez, un poco antes-, el grupo de los economistas del Instituto de Estudios Políticos pasó a tener muy buenas relaciones, y a prodigar las citas de Eucken y, a su través, de la Escuela de Friburgo, la nacida cuando en 1932, al llegar Hitler al poder, surge de la coincidencia de las tomas de posición de Walter Eucken, Franz Böhn y Hans Grassman Doertl con las de Alexander Rüstow, primero, y después con las de Röpke, Alfred Müller-Armack, y el hacendista Schmölders. Más adelante, se incorporaría a ese grupo Stackelberg. Las noticias de todo esto pasarían a Moneda y Crédito, a la Editorial Revista de Occidente, y al largo prólogo de Ramón Trías Fargas al libro de Müller-Armack, Economía dirigida y economía de mercado.

El impacto del mensaje de Eucken fue grande entre nosotros. Su libro Cuestiones fundamentales de Economía Política, pasó a revisarse cuidadosamente cien veces. Su llegada a Santander motivó una auténtica alegría en círculos cada vez más vastos de economistas españoles.

Akerman, un auténtico escandinavo, llegó a Madrid invitado para dar unas conferencias. Antes se había publicado la traducción del francés, no del sueco directamente, de Estructuras y ciclos económicos en la Editorial Aguilar. Recuerdo un almuerzo en un restaurante cercano a la Gran Vía madrileña, que Akerman celebró muchísimo, porque le permitió coronarlo con fresas, algo que le parecía, en auqella época del año, casi milagroso para un sueco. Mi relación con él pasó a ser tan cordial que su discípulo Hugo Hegeland, me invitó  a participar con un trabajo en el tomo de homenaje que poco después se publicó sobre este maestro de la Universidad de Lund. Akerman se confesaba discípulo de Wicksell y de Cassel pero, buen estadístico, daba también mucha importancia al trabajo empírico. La Escuela de Lund no acabará siendo capaz de emular a la de Estocolmo, pero fue importante haber hecho posible que se adquiriese conciencia en España de sus diferencias y, también de que era necesario partir de Akerman para situar adecuadamente a Regnar Frisch.

Ha sido aquí, en Alicante, con motivo de la concesión del Premio Rey Jaime I, al estar ambos en el Jurado, cuando hablé por última vez con Leontief. Lo habíamos conocido en Madrid, cuando se publicó la TIOE/54. Le recuerdo, entusiasmado, revisando la Tabla española, haciendo comentarios muy inteligentes sobre nuestra economía, al observar cómo ésta se reflejaba en su modelo. Nos decía: -“El progreso de la Estadística como consecuencia de esta difusión del modelo de insumo-producto, va a ser impresionante, y ya me lo confirmarán ustedes”.

De pronto, aquella visita pudo haber concluido de mala manera. Alguien le confundió con su hermano, que era uno de los autores del Manual Soviético de Economía y comenzó a vacilar sobre si tenía sentido haberlo convertido en un huésped oficial distinguido. Confieso que me divertí mucho con aquellas carreras y cabildeos absurdos de ciertos personajes a los que no había modo de meter en la cabeza que había dos Leontief.

Por muchos motivos, pero quizá sobre todo por su humildad en el viraje entre los dos prólogos sucesivos de Las condiciones del progreso económico, por su buen hacer, por su amistosa relación con Keynes, siempre había mirado con admiración a Colin Clarck. Su franca aceptación de la fe católica le convierte en el primer economista laico citado como autoridad en una Encíclica papa, concretamente en la Populorum progressio de Pablo VI. Le sometí un cuestionario que me contestó con presteza sobre cuestiones de desarrollo económico y que, con una entradilla mía se publicó sucesivamente en Arriba el 24 de diciembre de 1955 y el 1 de enero de 1956. Confié que sería simplemente un preludio de algún contacto futuro. No hubo tal.

A François Perroux y su impresionante personalidad, lo conocí en un curso sobre Renta Nacional en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Conversé con él varias veces en Madrid, de modo amplio. El profesor Figueroa era el organizador de estas reuniones. Una de las dos veces que recibí de la Academia Sueca papeles para proponer a alguien para el Premio Nobel de Economía, mi candidato fue Perroux. Me dijo: -“Es inútil. Una discusión con el poderoso Bertil Ohlin me ha puesto fuera de toda posibilidad. No me vuelva a proponer”. En vista de eso, cuando un par de años después me llegaron los papeles, mi candidato fue Marinvaud. Tampoco sirvió para nada, como es bien sabido.

¿Queda algo más? Prácticamente nada. Fugaces visiones –aún más que las anteriores- a través de conferencias solitarias escuchadas a Beveridge, a Lindahl-, tertulias amistosas en las que se habló de todo, menos de economía, tras seguir su cursillo en la facultad, con Vera Caopihna.

Cuando ahora, como miembro de alguna comisión para otorgar becas, veo cómo brillantes licenciados, jóvenes profesores, pasan a las mejores Universidades y a trabajar con los mejores profesores, siento algo así como una especie de nostalgia de lo que no ocurrió conmigo, con muchos de mis amigos. Si no fue totalmente una generación perdida – y robo el título a la literatura norteamericana- se debe a la capacidad casi monstruosa que teníamos de devorar las migajas del mantel de la mesa del gran banquete científico de la ciencia económica, que se celebraba allende nuestras fronteras.

Vuelvo a Azorín. Nos está hablando de unos “viejos, muy viejos”, alicantinos del campo de Monóvar. Salen a la tarde, y se reúnen en la huerta; se sientan en sus piedras blancas. Están silenciosos cuando uno de ellos, el más viejo de todos, “mira hacia Poniente y dice:
 “-El año 60 hizo un viento grande que derribó una palmera.
 “-Yo la vi –contesta otro-; cayó sobre la pared del huerto y abrió un boquete.
 “-Sí, era una palmera muy alta.
 “- Se hace una larga pausa… Entonces el viejo más viejo da dos golpes en el suelo con el cayado, y se levanta.
 “-¿Se marcha usted?
 “-Sí; ya es tarde.
 “-Entonces nos marcharemos todos”.

¿Por qué no somos nosotros, yo concretamente, como esos viejos? ¿Por qué el rememorar esa palme ra caída del año 60 no es exactamente similar al recuerdo que nos queda a algunos de las mejillas rojizas de Stackelberg, de la agilidad del genio de Kuznets, de la persistente melancolía de Perroux, de la energía de Eucken, de los ojos risueños de Leontief, del señorío de Akerman?

Por lo que a mi respecta, todos ellos no fueron solo un fenómeno externo, más o menos interesante o ruidoso, y nada más. Forman un conjunto que, aun con sus pasos fugaces, afianzaron en mi alguna convicción que, sin su diálogo, hubiera vacilado y que me sirvió para que, después, cuando tuve que ayudar a alguien a que intentara resolver en algún grado “el drama social” de mi pueblo, le orientase, le hablase con autoridad. Me sentí, gracias a ellos, también elevado sobre los hombros de aquellos gigantes que eran esos maestros raudos, brevísimos, o los maestros de esos maestros aún más lejanos. Ellos me comunicaban así muchísima más sabiduría de toda la que yo, solo, hubiera sabido alcanzar.

Al evocar ahora unos rostros ya medio difuminados en la niebla del tiempo, lo hago con emoción y con agradecimiento, porque sin ellos hubiera sido imposible que estuviese hoy aquí, en esta Universidad de Alicante, también emocionado y agradecido. Ellos son los que hicieron posible que yo, paralelamente a lo que decía de sí el profesor Alec Cairncross, pudiese actuar como economista, en el siglo más adecuado, más apasionante, para un español.

JUAN VELARDE FUERTES