DISCURSO PRONUNCIADO POR D. BERNARD VINCENT CON
MOTIVO DE SU INVESTIDURA COMO DOCTOR HONORIS CAUSA
POR LA UNIVERSIDAD
DE ALICANTE
28 de enero de 2000
El diplomático y escritor
francés Jean-François PEYRON hizo un largo recorrido por
España en 1777-1778. Hizo el relato de sus andanzas en 1780. En
él hace una descripción entusiasta de "la muy bonita ciudad
de Alicante". Un francés que se encontraba a gusto aquí.
El hecho es muy común desde el siglo XVIII. Podemos pensar en Adrien
DAUZATS que se desplaza lentamente de Valencia a Alicante en 1837 y que
hace preciosos dibujos en el camino o en sus colegas Adolphe DESBARROLLES
y Eugène GIRAUD amigos de Alexandre DUMAS. De Desbarrolles se conoce
por ejemplo un excelente cuadro que representa una posada de Alcoy, fechado
en 1851. Y qué decir de Valéry LARBAUD quien, al volver de
un viaje a Valencia escribe llegando a Alicante en marzo de 1919 "De nuevo
en mi pueblo". Todos estos ejemplos que han dejado huella en la literatura
o en el arte vienen a subrayar dos rasgos fundamentales, la calidad de
la acogida de los habitantes y la antigüedad de las relaciones entre
alicantinos y franceses. Sólamente estas características
pueden justificar el honor inmerecido que me brinda generosamente la Universidad
incorporándome a su claustro mediante la concesión de un
doctorado honoris causa.
Es verdad que en los veinte
últimos años mis lazos con varios departamentos y muchos
profesores de la Universidad de Alicante han sido tan continuos como fructíferos:
en los campos de la literatura o de la historia de la medicina, en los
estudios árabes e islámicos como en los de arqueología
o en las investigaciones de historia medieval, moderna y contemporánea.
Citaré cuatro momentos particularmente significativos: en 1981 como
secretario de la revista Mélanges de la Casa de Velázquez
publiqué un trabajo sobre las excavaciones de Cabezo Lucero (Guardamar
del Segura) fruto de la cooperación entre Enrique
LLOBREGAT CONESA, entonces director del Museo de Alicante, José
UROZ SÁEZ, profesor de esta Universidad, André JODIN y Pierre
ROUILLARD, miembros del Centre
National de la Recherche Scientifique; en 1990 asistí al gran
congreso que se celebró con motivo del quinto centenario de la ciudad
de Alicante (El Mediterráneo europeo y las ciudades en el tránsito
de los siglos XV-XVI) coordinado por José HINOJOSA MONTALVO;
en 1995 participé en el coloquio La voz de mudéjares y
moriscos, organizado por María Jesús RUBIERA y Mikel
EPALZA; en 1998 fui en Aix en Provenza miembro del tribunal de una tesis
codirigida por Enrique GIMÉNEZ y Gérard DUFOUR. Vi nacer
y crecer revistas tan importantes como Revista de Historia Moderna
o Sharq al Andalus. Entre los miembros del comité asesor
de la primera están mis compatriotas Gérard DUFOUR, hoy rector
de la universidad de Aix en Provenza I y Joseph PÉREZ ex-rector
de la universidad de Burdeos III y de la Casa
de Velázquez de Madrid. Y me encuentro entre los miembros del
comité de redacción de Sharq al Andalus.
<>
Los ejemplos que acabo de
recordar -y la lista podría ser mucho más larga- indican
que soy aquí el modesto representante de un mundo de la investigación,
el hispanismo francés, verdadero homenajeado en este acto. Soy uno
entre los centenares, quizás el millar de universitarios franceses
que se dedican a estudiar desde varias ópticas, parcelas del pasado
o del presente de España. Recientemente la trayectoria de este movimiento
llamó la atención de distintos estudiosos. Antonio Niño
Rodríguez presentó en 1985 en la Universidad Complutense
de Madrid una tesis sobre los hispanistas franceses y España entre
1875 y 1931, cuyo contenido fue publicado en 1988. El volumen España:
la mirada del otro, fruto de una reunión celebrada en junio
de 1997 en Valencia reunió entre otras aportaciones las de Irene
CASTELLS, Jean-René AYMES -muy vinculado también a esta universidad-
y Jean-François BOTREL, autores de reflexiones sobre el papel del
hispanismo francés en el conocimiento de la España de los
siglos XIX y XX. Hace unos meses los directores de estudios de la Casa
de Velázquez, que nos acompañan hoy, organizaron unas
jornadas sobre el impacto de la historiografía francesa en la historia
de España. Anteriormente en 1995, Adeline RUCQUOI, para la Edad
Media y yo mismo para la historia moderna y contemporánea, habíamos
intentado definir las características de la contribución
francesa con motivo de un coloquio celebrado en Zaragoza. A pesar de estos
esfuerzos queda mucho por decir y por investigar. Uds. me permitirán
hacer unas puntualizaciones al respecto.
Si no es el más numeroso
del mundo -los Estados Unidos son naturalmente más ricos- el hispanismo
de Francia es el más denso de todos. Sesenta
y seis universidades o instituciones asimiladas albergan un departamento
hispánico, llamado las más veces de lengua, literatura y
civilización española. A estos se añaden todos los
especialistas que pertenecen a departamentos de geografía, historia,
antropología, etc... En algunos casos, particularmente en los departamentos
de historia, existen verdaderos equipos de hispanistas. El de la universidad
de Toulouse que se desarrolló bajo el impulso de Bartolomé
BENNASSAR y Jean-Pierre AMALRIC ha sido y sigue siendo modélico.
El seminario creado por Didier OZANAM en 1970, que un grupo de ocho profesores
está animando cada martes en el Colegio de España de la Ciudad
Universitaria de París constituye otro ejemplo. En treinta años
de vida, cuatrocientos investigadores han expuesto en aquel marco los últimos
aspectos de sus trabajos. Entre ellos, alrededor de ciento cincuenta españoles.
Existen una Maison des Pays Ibériques en Burdeos, un Centre d'Études
Catalanes en el corazón de París y la Casa
de Velázquez, ágil octogenaria ubicada en la Ciudad Universitaria
de Madrid y centro de atracción de todos los hispanistas.
No he vacilado en emplear
estos dos términos, hispanismo, hispanistas, como si se tratara
de un vocabulario muy antiguo y muy difundido. La realidad es otra. Durante
mucho tiempo la palabra hispanismo designó sólamente el giro
español utilizado en cualquier idioma extranjero. Lo dicen tanto
el Diccionario de la Real Academia de la Lengua como el Littré
o el Robert. Cuando se impone en el sentido que nos interesa hoy,
se emplea también el vocablo hispanista. El Trésor de
la Langue Française sitúa la aparición de este
último en 1930 y el Robert en 1933. Pero la primera ocurrencia
encontrada por Antonio NIÑO se halla en un artículo de Alfred
MOREL-FATIO de 1879. Así que la emergencia de hispanismo
e hispanistas ha sido progresiva desde finales del siglo XIX, el uso bastante
corriente en los años 1930 y generalizado en los años 1960,
momento de creación de la Association des hispanistes français
de l'enseignement supérieur -en 1962 concretamente- que fue
el acto de afirmación de un movimiento que tomaba conciencia de
su fuerza.
Al menos eso es el esquema
que con los trabajos anteriormente citados se ha impuesto. Pero a mí
me parece bastante reductor porque quizás mi formación no
es la del hispanista clásico. El hispanismo francés es plural
y si la gran mayoría de sus miembros procede de los departamentos
de lengua, literatura y civilización, una parte más
pequeña estudió en aulas de otras disciplinas. He recibido
la enseñanza de Pierre VILAR -uno de mis maestros, el otro siendo
Antonio DOMÍNGUEZ ORTIZ- y en menor medida la de Fernand BRAUDEL
y Pierre CHAUNU, todos catedráticos de historia. ¿Son
hispanistas Pierre Vilar, Fernand Braudel, Pierre Chaunu y sus alumnos?
¿O los geógrafos como Jean Sermet, Alain Huetz de Lemps o
Michel Drain? La pregunta puede parecer absurda pero a la vez necesaria
cuando se lee en uno de los textos antes citados esta frase por lo menos
ambigua "las pocas tesis leídas y libros publicados (sobre geografía
y economía española) se deben pues a no hispanistas que,
a pesar de sus talentos, siguen viviendo, desgraciadamente, al margen del
hispanismo literario, demasiado autárquico sobre este punto".
Mi definición del
hispanismo es naturalmente amplia. Y es sencillamente la admitida por el
diccionario de la Real Academia de la Lengua. Es "la afición de
la lengua y literatura españolas y de las cosas de España".
Ah, que buen término el de "las cosas", suficientemente impreciso
para que quepamos todos y en particular todos aquellos investigadores en
ciencias sociales que están diseminados entre muchas universidades
y muchos centros, pero que mantienen una fuerte tradición francesa
probablemente sin equivalente en el mundo.
Para quitar todas las ambigüedades
será necesario profundizar mucho más en la historia del hispanismo
francés cuyos orígenes son muy antiguos. El siglo XIX lo
introdujo en el mundo académico pero se estaba beneficiando de la
existencia de una larga corriente hispanista. El punto de partida es posiblemente
medieval. ¿Por ejemplo qué representó la Guía
del peregrino para todos los hombres del otro lado de los Pirineos
que iban a Santiago de Compostela? Nos podemos detener sobre todo en las
obras del XVII. A pesar de la intensa rivalidad entre la Monarquía
Católica y la hija mayor de la Iglesia no todo era afrentamiento,
espionaje o polémica. Se ha hecho hincapié, con razón,
en la virulencia de la leyenda negra alimentada por propagandistas franceses
que iban por el mismo camino que el seguido por otros adversarios de España.
Pero a menudo se olvida la otra cara de la medalla, es decir, la atracción
de las letras, y de las artes, en una palabra de la cultura española
en medios que no se circundaban a la Corte de Ana de Austria o de María
Teresa o a los grupos de inmigrados españoles. Los hermanos CORNEILLE,
MOLIÈRE, BOILEAU, RACINE, SCARRON, Mademoiselle de SCUDÉRY,
FURETIÈRE, CHAPELAIN, FONTENELLE, etc... conocían la lengua
española. Se adaptaron al francés muchas palabras tan significativas
como caramelo y turrón, palabra (palabre) y maravedí, alcoba
(alcove) y siesta. Se tradujeron entonces el Lazarillo, Cervantes, Quevedo,
Gracián y unos 2000 libros más. Se publicaron gramáticas
y diccionarios. El Tesoro de las dos lenguas de César OUDIN,
secretario del rey Enrique IV y luego del príncipe de Condé
vio la luz en 1607 y tuvo quince ediciones en setenta años. Jean
PALLET, médico del Príncipe de Condé fue el autor
de un diccionario español-francés aparecido en 1604. Jean
SAULNIER, secretario de Gaston d'Orléans, hermano de Luis XIII y
luego del mismo Príncipe de Condé redactó una Introduction
en la langue espagnole (1608). Estos tres autores son los primeros
de una larga lista. Alexandre CIORANESCU quién nos da esta serie
de datos y muchísimos más en un libro "Le masque et le
visage", Genève, 1983, conocido por los especialistas de la
literatura pero ignorado por los historiadores concluye "Es así
que el hispanismo francés se constituye en una corriente llena de
simpatía y en exigencias de conocimientos a pesar de mil dificultades
y reticencias". Y qué decir de la obra de Louis MEUNIER que nos
dejó dos centenares de grabados de ciudades españolas que
están durmiendo en la sección de estampas de la Biblioteca
Nacional de París. Que yo sepa, sólo Paul Guinard se
interesó por ellos.
En esta búsqueda de
las raíces y de las características del hispanismo francés
habrá que estudiar también la obra, la actividad de los escritores
y artistas grandes y mediocres que hicieron en algún momento el
viaje de España. He citado ya algunos nombres vinculados a Alicante
pero la lista de viajeros franceses es larga. Lucile y Bartolomé
BENNASSAR acaban de publicar una antología de textos del XVI al
XIX. La colección de extractos reunidos es simplemente impresionante.
Los unos y los otros han pasado por todas partes, muchos naturalmente por
Barcelona y por Madrid, por Sevilla y por Valencia, pero otros se aventuraron
en el Maestrazgo, la Sierra de Gredos o las Alpujarras. Y ¿quién
en el siglo XX hizo descubrir las Hurdes a Gregorio Marañón
e indirectamente a Luis Buñel sino Maurice Legendre, segundo director
de la Casa de Velázquez
Es políticamente correcto
despreciar esta literatura llena de tópicos. Es verdad que abundan
manolas bandidos y toros. No puedo, a pesar de todo, esconder mi inclinación
por los relatos de Alejandro DUMAS (el viaje de París a Cádiz)
o de Théophile GAUTIER o las novelas de Prosper MÉRIMÉE.
Seguramente sin su lectura el adolescente parisino que fui, que no había
cruzado ninguna frontera a los veinte años, no hubiera tenido este
afán por conocer las tierras españolas en general y andaluzas
en particular. Se trata de una debilidad mía. Quizás. Pero
me parece estar oyendo a Pierre VILAR cuando comenta acerca de Carmen,
"los amores de un soldado vasco y de una gitana andaluza, ¡qué
tema más moderno!" Y leyendo a Georges BATAILLE no se puede descartar
la influencia de los románticos.
El hispanismo de Bataille
es desconocido. Poco se sabe que el escritor ejerció toda su vida
de archivero y de medievalista. En 1922-1923 fue miembro de la Escuela
de Altos Estudios Hispánicos, es decir de la Casa
de Velázquez. Estudió posiblemente pocos manuscritos
pero se apasionó por la civilización de al Andalus, por el
arte precolombino y por el mundo de los toros. Alfred MÉTRAUX,
el más viejo amigo de Bataille seguía las mismas palabras
del autor de L'érotisme, cuenta que su compañero había
quedado muy impresionado por el espectáculo del famoso concurso
de cante jondo de la Alhambra organizado por LORCA y FALLA en aquel año
1922. La impronta de la civilización española fue esencial
en toda la obra de Bataille. Él hizo varias estancias en este país,
la última en la primavera de 1936, en compañía del
pintor André MASSON en Tossa de Mar. En Critique, la revista
que él fundó, en otras publicaciones como Le Minotaure
o l'Espagne libre, escribió al lado de una reseña
de un libro de Marc Bloch -la fiebre medievalista de Bataille no había
muerto- una infinidad de notas sobre Goya, Picasso, Joán Miró
o sencillamente Montserrat. ¿No es Georges Bataille un buen ejemplo
de la gran corriente del hispanismo francés?
Volvamos al hispanismo estrictamente
universitario y a nuestros días. Apoyados en una vieja tradición,
ayudados por la inspiración de la creación hispanista literaria
e artística, nos está esperando una tarea inmensa. Por una
parte tenemos que afrentar las seducciones de un localismo estrecho -los
jóvenes historiadores hispanistas conocen de antemano las dificultades
de la competición con los numerosos especialistas del Languedoc
en Montpellier o de la Bretaña en Rennes- y por otra los límites
de un universalismo basado en el dominio de mil palabras de un único
idioma. Pero el hispanismo francés no carece de recursos. Ha ido
evolucionando mucho y la presencia entre sus miembros de personas de la
segunda y de la tercera generación de la emigración española
ha dejado muchas huellas palpables: entre ellos contamos con profesores
oriundos de la Comunidad valenciana como Tomás Calvo, Rafael Carrasco
o Joseph Pérez. Hoy la distancia entre las posturas y los planteamientos
del hispanista y los de sus colegas españoles es cada día
menor. Los prejuicios de los unos y los otros van desapareciendo. París
está a menos de dos horas de Alicante. Es como si la onda que parte
de España se extendiera en tierras siempre más lejanas. Somos
unos intermediarios privilegiados entre la sociedad española y la
sociedad francesa.
El hispanismo francés
se distingue de los demás hispanismos por su densidad y por su peculiar
fluidez con el mundo español. Pero en lo esencial coincide con todos
ellos. Lo que acabo de decir de Georges Bataille lo hubiera podido desarrollar
en torno a la figura de Gerald Brenan, verdadero modelo del hispanista.
Y puedo contar un par de anécdotas personales. Alicante ha sido
para mí el marco de unos encuentros importantes. En mayo de 1979
mi esposa, nuestros hijos y yo decidimos salir de Madrid donde estábamos
viviendo para pasar un puente en Alicante. Aquí nos reunimos con
la familia de Jack Owens, el historiador norteamericano de la universidad
de Idaho que residía entonces en Murcia. Hemos compartido un día
delicioso hablando de historia española, de la transición
democrática y de fútbol. Los Owens que tenían casa
cerca del estadio de La Condomina ponían banderas y carteles y habían
salido en una foto de La Verdad. Si el fútbol nos separaba
-yo era merengue y lo sigo siendo (¡qué mal lo pasamos desde
hace año y medio!)- entre los Owens y nosotros había la complicidad
absoluta de los hispanistas. Otro dato. En 1995, conocí gracias
a María Jesús Rubiera y a Mikel de Epalza a André
Stoll, catedrático de literaturas romanas de la universidad alemana
de Bielefeld cuya erudición de la lozana andaluza a Asterix es impresionante.
Desde aquel momento no hemos parado de hacernos visitas, de montar proyectos
y de publicar juntos. Estos ejemplos y muchos más justifican plenamente
la fórmula de Jean-François BOTREL "un hispanismo de cooperación
para una España europea". Añadiría "y para una Europa
unida pero no uniforme".
Estoy convencido de las inmensas
responsabilidades de Europa en el porvenir. Por esta razón tres
acontecimientos en los cuales Alicante tuvo su parte vuelven a mi memoria.
Miramos el fabuloso cuadro de Pere Joan OROMIG y Francisco PERALTA que
figura el embarque de los moriscos expulsados en el puerto de nuestra ciudad.
El documento pertenece a una serie de al menos siete cuadros encargados
por el rey Felipe III en fechas inmediatas a la deportación. Nos
da una magnífica fotografía de la ciudad de 1612-1613 pero
una viñeta nos informa lacónicamente que 45.800 personas
tuvieron que abandonar sus tierras para instalarse en Argelia. En marzo
de 1939, el puerto fue el escenario de dramas similares. Más de
5.000 personas como nos lo enseña un número de la revista
Canelobre
de 1991 tomaron el camino del exilio, entre ellas los alcaldes de Alicante
y de Elche. Les estaban esperando en Relizane, Boghari o Colomó
Béchar los campos de concentración de la república
francesa dueña de las tierras argelinas. A la inversa, al puerto
de Alicante arribaron al final de la guerra de Argelia, en 11961-1962,
miles y miles de franceses "pies negros" que poco a poco se integraron
en la sociedad alicantina. Estos episodios dolorosos nos recuerdan de manera
brutal los lazos estrechos que unen Alicante a Orán y más
allá España, Francia y el Maghreb. Por eso tenemos, hic
et nuna, el deber de subrayar que en el proceso de la construcción
europea, no podemos dejar apartados a nuestros vecinos y amigos de la otra
orilla del Mediterráneo. En este sentido como intelectuales y como
ciudadanos tenemos que comprometernos por una Europa consolidada pero abierta.