Excelentísimo Sr.
Rector Magnífico de la Universidad de Alicante.
Autoridades, Rectores, amigos
todos.
Confieso que he atravesado
largos ratos de indecisión, sobre cómo saldría medianamente
airoso de este trance, el ritual discurso de investidura. En otras ocasiones,
la condición venerable de la Universidad que me recibía,
o el haber compartido tareas en ella, siquiera hubiera sido bajo el disfraz
de funcionario, me ayudaban a salir del apuro. Sí, me era mucho
más fácil, en Coimbra o en Salamanca, llegar a la Edad Media.
Una sombra de sueño de siglos ondulaba, fresca, sobre el auditorio,
ya ganada su complicidad. En otros lugares, yo podía recurrir como
tabla de salvación a la propia historia. La vieja Mesta con su nomenclatura,
aún viva en algunas esquinas de la nueva Salamanca, me auxilió
para redactar un par de páginas del discurso, repletas de verdad
intocable. ¡Aquellas callecitas del ensanche, con nombres guerreros
y sectarios, pero con un gran cartel debajo: “Cordel de merinas”! Para
mí tenía un despertar muy diferente del agonioso cotidiano
cuando, primavera adentro, el aire rebosaba repiqueteos de esquilas y ladridos
de mastines... Pero hoy estamos en una universidad muy joven, y me siento
a ratos ufano, incluso orgulloso, cobardemente orgulloso, de este momento.
Y el porqué es muy claro.
Mucho aprendí, quizá
a contrapelo y embarulladamente, en aquellos años insomnes de la
posguerra civil, del contacto con los sobrevivientes de la filología
centroeuropea; alcancé a tratar nombres de manoseada bibliografía:
Mario Roques, Karl Javerg, el mismo Meyer Lübke, Max Leopold Wagner,
Gerhard Rohls, F. Krúger. Del que atesoro más diáfano
recuerdo es de Karl Vossler, el patriarca de la filología idealista
(y raíz de la estilística, de la forma interior del lenguaje,
etc.). Las otras corrientes más jóvenes llegaron más
tarde. De Saussure no se habló (y de las tres lingüísticas
saussurianas) hasta 1935, en un cursillo de Dámaso Alonso en la
Universidad Menéndez Pelayo, de Santander. Con la escuela de Praga
ya íbamos teniendo contacto, a través de Navarro Tomás.
Todo iba con paso seguro. Pero llegó 1936...
De Vossler recuerdo que,
en medio de citas de emocionados versos, (acababa de dar por terminado
su gran libro sobre la soledad en la poesía española) me
dijo: “Mire usted, apréndaselo ahora que está comenzando
su vida de profesor. Hemos nacido para enseñar, para transmitir
conocimientos y experiencias, quizá para despertar disidencias.
Todo esto nos llenará la vida de alegrías y, a veces, de
penosos desencantos. Pero no olvide esto: ‘No habrá mayor satisfacción
para un profesor que aprender algo nuevo de los que antes fueron sus discípulos’
”. Esa convicción es la que hoy me protege. En la Universidad alicantina
profesan hoy algunos que antes fueron mis discípulos. De alguno
de ellos me asalta la presencia de su natural entusiasta y protestatario.
Acabáis de oírle. Y puedo asegurar que no abro una página
suya (o, lo que es mejor, de sus colaboradores más próximos)
de la que yo no salga enriquecido, asombrado por ver ese sugestivo trance
del nacimiento de lo nuevo. Esto me confirma en la profunda verdad de Vossler,
en 1945. ¡Cuánto ha pasado desde entonces, ya esperado, ya
en súbito estallido! Sí, hemos visto en estos años
muchos cambios, pero ese gozo de vernos prolongados es, de veras, incomparable.
Al honrarme hoy la Universidad de Alicante, honra a esas promociones jóvenes
de profesores que demuestran que son capaces de trabajo consciente, de
dedicación a la Universidad, y no cómplices de enredadora
aventura. Estáis creando linaje, el de la Universidad de Alicante.
Podéis decir con el clásico latino: “el linaje soy yo”.
Yo soy hombre de la Meseta.
No sé muy bien lo que este lugar común quiere significar,
pero he nacido en Madrid, y he vivido y compartido la vida rural de la
Meseta sur, ya en límites con la tierra valenciana, con la población
que pensaba siempre en el mar de Alicante, de Torrevieja, de Guardamar.
Las gentes veían el Levante como una zona de milagro, envuelta en
perfumes portentosos, tierra crasa y acogedora. Tal como la enalteció
Gabriel Miró. En alguna excursión universitaria, en Denia
o sus vecindades, se palpaba casi el regreso de Cervantes, aún encadenado
a la dolorosa vivencia argelina, y se revivían las fiestas con motivo
de unas bodas reales y su relación con Lope de Vega o con el Duque
de Lerma. De la mano de un valenciano ilustre, Elías Tormo, ex ministro
de la Corona y hacedor de la verdadera autonomía universitaria,
la que hizo posible aquella deslumbrante Facultad de letras de Madrid,
comprobábamos, tal una experiencia de laboratorio, cómo el
valenciano y el castellano-aragonés tenían una frontera clara
en las proximidades de Segorbe (ya lo había publicado en la Guía
de Levante de 1923). Más tarde, llegaron los días amargos,
cuando el Levante sonaba en Madrid como refugio y protección generosos.
Al escribir estas líneas, sufro un amontonamiento de viajes inesperados,
intranquilidades, azares... Pero veo con enorme lucidez la excursión
a Valencia, acompañando a una comisión británica que
llegó a Madrid a ver cómo se cuidaban las telas del Prado...
He conservado, reproducido y regalado numerosas copias de la foto: aparecen
Las Meninas, enteras (no se pudo arrollar el cuadro, estaban muy resecas
y la capa de pintura se destruía), recién sacadas del refugio
especial que se construyó para ellas en las Torres de Serrano. Un
mecanismo análogo al de los telones de teatro las subía y
bajaba, las sacaba para ventilarlas, etc... Don Tomás Navarro, uno
de mis inolvidables maestros, dirigía la operación. Y allí
está, encorbatado como los británicos, en lucha con el calor
y la humedad, y con la amenaza de los bombardeos... También vi en
aquellos años, por primera vez en mi vida, la colección de
la Casa de Alba, de la que se hizo una exposición en el Colegio
del Patriarca. También se olvidaron los posibles riesgos, tan acuciantes.
Todo esto que voy diciendo
son estampas aisladas, sí, pero fácilmente superponibles
al servicio de una vida en ebullición. Por encina de las memorias
superpuestas (en el fondo anécdota poco importante), revivo más
los viajes posteriores, cómodos, espaciosos...
No sé si bordea el
ridículo que yo pretenda distraerles con estas llagas personales.
Pero también son historia. Ya no tengo la edad en que, como decía
Juan Ramón, todo se nos ofrece “como es el cielo por la noche /
todo verdad presente, sin historia”. Es más gozoso poner encima
de la mesa mis estancias por esta tierra, ya alejado yo de la vida universitaria.
He venido a alguna tesis doctoral y, sobre todo, a poner en orden ideas
y sentimientos, menester periódicamente necesario. Y la voz de José
Carlos Rovira o la de Miguel Ángel Lozano, siempre acompañados
de colaboradores y discípulos, eran las armonizadoras. He venido,
auxiliado también por amigos, un par de veces a Elche, al Misteri,
despacito, sin los ahogos del calor agostizo: la representación
otoñal que, creo, se continúa haciendo ahora más despaciadamente
y en un solo día, era una liberación del espectro de la que
conocí de estudiante (mucho más popular y quizá más
ungida de devoción, cualidades para mí incompatibles con
el gentío, la temperatura y la cohetería). En la última
ocasión tuve la suerte de tener sentado a mi lado un viejecillo
al que yo observaba cómo seguía los cantos, cómo los
destellos de emoción profunda le asomaban de cuando en cuando en
los ojuelos cansados: había sido cantor en sus años mozos
y allá abajo, en el presbiterio, un hijo suyo seguía siéndolo,
y un nietecillo ascendía sonriente con la Virgen hasta desaparecer
en la abertura celeste. Ha sido una de las más hondas y bellas lecciones
que he recibido. ¡Qué hermosa comprobación de la frágil
frontera entre folklore y tradición por un lado, y el hombre que
la fabrica y alienta por el otro...! Me acompañará ya siempre
esa suave vanidad de haber sido, por una charla pasajera, actor en la representación;
compartirla, dejarme seducir por lo que más me ha interesado en
la vida española (mejor diría humana): la presencia tenaz
de lo popular. Esos breves momentos nos avivan la conciencia de la personalidad,
la vocación de permanencia, de ser algo más que simples latidos
sobre esta tierra de nuestros pecados. Alguna vez el maestro Óscar
Esplá me habló de este fenómeno, pero su visión
de musicólogo le alejaba de la variante humana, la que no tolera
el rigor de un compás externo, engañosamente embelesada.
¡Qué ramplona pedantería citar, ante la vivencia emocionada,
el papel extraordinario que el Misteri desempeña en la Historia
del teatro litúrgico...! Estoy segurísimo de que, de vivir
aquí, me agregaba al equipo que, durante unos minutos al año,
nos devuelve al ensueño ilusorio, fundamento de esperanzas y creencias.
Y me gustaría sobremanera, en asunción compartida, paladear
la lenta subida de la granada, seguro de que, al cruzar las bóvedas,
no me encontraría con una eficaz tramoya teatral, sino con un camino
ascendente, presagio de otros paisajes; y descubrir súbitamente
una brisa encariñada, que nos inunde de luz, y nos muestre la bienandanza
eterna, con su cenefa de sencillez.
En mis comienzos sobre el
laboreo de las hablas peninsulares, Alicante sonaba mucho. Por una parte,
el Institut d’Estudis Catalans había publicado, muy temprano, el
libro de Pere Barnils, Die Mundart von Alacant (1913). Y en tierras de
habla valenciana habían comenzado, en realidad, investigaciones
que no se desasían de la letra impresa. Así es como apareció,
ya en 1903, la obrilla de Torres Fornes, Repertorio de voces aragonesas
usadas en Segorbe. De 1905 datan las observaciones de J. Hadwiger, sobre
los límites del valenciano (ZRPh, XXXIX, 1905, pág 99-172)
y, en 1906, el benemérito J.Saroihandy exponía, desde Bhi
(VIII, 1906, pág.297) su visión de esos límites. Y
estaba en la conciencia de todos el Primer Congrés de la llengua
catalana (Barcelona, 1908), donde un joven Menéndez Pidal habló,
largo y tendido, sobre los mismos temas. Pido perdón por esta escapada
a la deformación profesional: pero creo que es ocasión pintiparada
para confesar públicamente un reconocimiento de obrero ya muy veterano
de la lengua, y a la vez, una gran decepción.
Y vamos primero con la decepción.
Si he sacado de las catacumbas de la Lingüística románica
estos nombres, ha sido para revivir cómo andaban las cosas cuando
yo empecé. Por toda la Romania dominaba el ansia de establecer fronteras,
fijar límites y sus causas. En ese afán se entreveían
los métodos que han venido después: la geografía lingüística,
la fonética experimental, el auxilio crecedero de la etnografía
que, con más o menos tino, seguimos llamando Wörter und Sachen,
palabras y cosas, que cada día ha ido tomando mayor protagonismo.
Y el Centro de Estudios Históricos de Madrid me adiestró
como principiante para seguir esa ruta. Y en estas tierras se ofrecía
entonces una comarca ideal para la diminuta y restringida gloria de nuestras
publicaciones: La Canal de Navarrés, en la variada provincia de
Valencia, donde los relictos aragoneses nos hablaban cercanamente del discutido
Marqués de Villena. Incluso Don Ramón me pasó, con
su habitual generosidad, unas notas sobre el habla de esa tierra, que no
eran muchas, pero decían lo suficiente para seguir buscando. Durante
mucho tiempo pensé patear la Canal, Negra (los madrileños
decíamos Enguéra), Navarrés, Anna... Tal proyecto
se quedó en ademán...
Además, no valían
ya los supuestos previos. La comunidad parlante estaba inmersa por igual
en el valenciano (el de Játiva, el de Valencia, el que transitaba
para la vida administrativa, notarial, alcabalera, y demás calamidades
que nos acosan), y el castellano de la escuela, lengua general, que, por
lo menos, respetó las vocales del Levante, las que Valle llamaba
“las crasas vocales del Padre Claret”. El servicio militar y la radio mandaban
al olvido la lengua tradicional. He ido viendo cómo poco a poco
se sabía algo más: Con los materiales recogidos para el Atlas
de la Península Ibérica, nuestro llorado Sanchís Guarner
publicó un sugestivo análisis. Y yo continué por otros
caminos que la confusa y a veces descorazonadora circunstancia impuso (eso
que no sabemos cómo llamar y que, hábito haragán,
bautizamos como “la vida”). Pero me quedó siempre la espinita clavada,
y no dorada, como quería Machado... He pasado fugazmente por ahí,
para contemplar una realidad nueva, y comprobar que no hay ya batanes,
ni telares, ni tertulias en la plaza, todo sustituido por la clamorosa
televisión. Sí, en mi experiencia de dialectólogo,
también tarea muerta, hay una frustración: estudiar el habla
de una comarca de habla valenciana, de transición, que se me quedó
a trasmano, como el recuerdo desvalido.
Y esto acarrea la confesión
de que hablé. Voces amigas (y otras no tan amigas) con frecuencia
me han reprochado que no retoque mi Dialectología ni la reedite
ampliándola. Y es verdad que así la concebí. Diré
ahora, claro y alto, que no la tocaré nunca. El contenido de ese
libro es testimonial. Desenvuelve un mapa de un pasado aún no lejano,
pero pasado. Fue así. Seréis felices si vais encontrando
relictos como los hechos que saco allí en primera línea de
la comunicación. Lo demás ya ha perdido vigencia. En la escuela
pidaliana, hemos hecho una dialectología, levantando toda una construcción
riquísima, eso sí, y verdadera, con el rigor de una ciencia
exacta, con criterios documentales y muy depurados. Era siempre un tropezar
con la Historia, con las luchas, y sus herencias políticas, discutidas
y fugaces. Mi libro nos dice tan sólo una verdad inesquivable: “esto
fue así”. Y añado hoy, y descargo mi conciencia: “Y ya no
es”. Quedan reliquias aquí y allá, entre las gentes de edad,
pero la vida es otra. Ya antes de la Guerra Civil, podíamos apreciar
anchas lagunas pero reconocíamos sus rasgos en la taberna del pueblo,
en las faenas del campo, en los ritos de paso, al cantar, vagamente emocionados,
las viejas canciones, tantas emparentadas con la música renacentista.
Pero ya la radio comenzaba a seriar el habla, y la gente sustituyó
Las tres morillas o Triste estaba el Rey David, por los anuncios y sus
musiquillas enaltecedoras de portentos y comodidades. Incluso la exhibición
de copias del Prado o el pequeño teatro de las Misiones pedagógicas
hablaban la lengua de la Puerta del Sol, de los periódicos, del
mitin político... En pueblos preciosos de la mitad norte, donde
la gente nos ayudaba a instalar los cuadros en los soportales de la Plaza
Mayor (¡hasta en el calabozo del Ayuntamiento!) las mujeres que traían
sus colchas de colorines, testigos de viejos ajuares, canturreaban culpes
y pasodobles toreros. No es menester ser acreditado profeta para saber
que, después de oír aquellas ligeras charlas sobre las Las
Lanzas y las guerras de Flandes, o sobre la francesada y los cuadros de
Goya, escondieran su habla en el rincón del sonrojo, al no saber
repetir lo que acababan de oír. No digamos cuando el recolector
de la música tradicional era un alemán rígido... Aún
he conocido yo este tipo de contrastes cuando, no hace muchos años,
un equipo del Departamento de Etnografía de la Universidad de Hamburgo
recorría los pueblos españoles buscando ejemplares de la
cerámica tradicional. Las mujeres, contentísimas, acudían
con el cántaro arrinconado, quizá desbocado, al que ya veían
transformado en el equivalente de plástico, y con algún dinerillo
de propina. Supitaños, se desplomaban los palos del sombrajo: “No
señora, de ninguna manera. Este cántaro no figura en nuestro
catálogo, luego no sirve, no es lo que buscamos”. La lógica
hermética se convertía en plaga autorizada por los dibujos
de piezas representativas, llevados a cabo por Natalia Seseña. Han
desaparecido ante mis ojos algunas zonas de riquísima y problemática
variedad oral. Por ejemplo, lo acaecido en El Rebollar salmantino; tres,
cuatro pueblos con rasgos muy antiguos, que planteaban en Madrid grandes
discusiones: Decían les cases, les puertes. ¿Colonización
asturiana? ¿Rasgos in situ de la evolución primitiva, o mozárabe?
Pues todo se perdió de la noche a la mañana. La tierra pobretona
encerraba un riquísimo venero de wolframio, que se internaba en
Portugal. Rápidamente, cuestión de horas, los dos comités
de la Guerra Mundial, los aliados por una parte, el Eje por la otra, acudieron
dispuestos a cubrir de oro amonedado los díscolos bancales. El labriego
amaneció en la fortuna. Los jóvenes emigraron a las capitales,
a Lisboa, a Cataluña. Hoy vuelven hijos ya con los alifajes de la
vejez o los nietos y biznietos que rehacen la casa familiar para residencia
de vacaciones. Cuando aún intentaba yo ir tomando notas para ese
aumento que se me reprocha no hacer, le escribí al párroco
del lugar más grandecito. Me contestó con notorio mal humor:
“Aquí hablamos como en Madrid, o mejor. Pero usted, ¿qué
se ha creído?” Sin embargo, le di las gracias por su amabilidad.
No me atreví a preguntarle si las lujosas arañas que habían
comprado (sin tener luz todavía) las habían empleado. Cuando
se recorrió esa tierra para hacer el ALPI, aún quedaban,
muy vivas, las viejas consonantes sonoras medievales. Hoy quedan solamente
en algunos casos o como vulgarismos que se van corrigiendo. Incluso en
las montañas del corazón de Andalucía se encontraron
las consonantes venerables. Vivían con normalidad en viejos pastores
que no bajaban nunca a las ciudades, quizá solamente para el aislamiento
militar, o al Hospital, por algún accidente. El novelista mallorquín
Janer Manila llevó uno de esos pastores, sin trabajo por los cambios
sociales, a Palma. Valía la pena oírle contar los variopintos
percances que provocaron los tropezones del rescatado en su acomodación
a la vida corriente, sobre todo los nacidos de no entender el derecho a
la propiedad privada, monetaria o de cualquier tipo. En mi visita, todos
andaban con un transistor en la mano, aprendiéndose un turbión
de vulgaridades y el griterío de los anuncios. Si mis viejos espectadores
de los cuadros del Prado se quedaban boquiabiertos, pensemos por un momento
cuál sería la reacción ante el caudaloso llover venturas
innúmeras del transistor: prodigios de cosméticos, de ropas
de marca, muebles lujosísimos, cruceros al triángulo de las
Bermudas... Un relicto lingüístico importantísimo desapareció.
Y después de nuestra guerra, ha habido emigraciones interiores que
han obligado a hablar de otra forma. Incluso como defensa rápida
se cambió o se evitó hasta la entonación patrimonial,
para disimular un origen, una posible revisión de un pasado próximo,
con su acompañamiento de malquerencias, delaciones, un baño
de espanto de temerosas venganzas... Más tarde, la técnica
moderna, las comunicaciones fáciles, el intercambio generalizado,
hicieron lo demás. No, no tocaré mi libro. En su base está
el hecho, un tanto ingenuo, de pensar que, resonante aún el eco
de las legiones romanas en retirada, allí aparecía el filologuillo
madrileño, a ver qué habían dejado los fugitivos.
Cuando he vuelto, otras invasiones y huidas habían dejado paso a
una sociedad diferente a la que ya no podemos aplicar los supuestos heredados
de la filología historicista o idealista.
Hay que mirar, pues, mi Dialectología
como una excavación, en territorio fértil, para toparnos
con el hecho diferenciador (aparte de que hoy sabemos muchísimo
más de algunos extremos, sobre todo del español americano).
Ayudará, durante mucho más tiempo aún (quizá
más del que pensamos) a valorar y enjuiciar relictos, usos semánticos
ajenos a la lengua general. Pero habrá que pensar en modificar las
causas de muchas fronteras. ¡Qué asombro al ver, en algunas
hablas, fronteras viejísimas, prerromanas, mientras que las medievales
han sido absorbidas...! Cuando fijé mi atención en el gallego,
la cenicienta (hasta hace poco) de las lenguas románicas, pude establecer
unos límites muy claros para algunos fenómenos, que fueron
aceptados por la filología universal. La geada famosa reproducía
muy bien la penetración del mundo celta, sí, pero su línea
era viva presencia de los límites de las demarcaciones romanas y
de las diócesis medievales, Astorga y Braganza. Hoy viven de espaldas
la una de la otra. Pero el límite antiguo sigue ahí, impasible.
Sin embargo, la más joven ciencia lingüística ve el
fenómeno nacido espontáneamente de la propia articulación.
Pero esa frontera, sigue, para mí, representado dos formas de vida
diferentes, encerradas en un terreno que hoy rebulle en manifestaciones
análogas: las casas circulares, la toponimia, los hábitos
y las costumbres folklóricas, y hasta los ritos de la vida. Cuántas
veces he revivido unas palabras del venerable Secretario de la Junta, el
Profesor Castillejo, jurista, ante la inutilidad de nuestros esfuerzos
para establecer los límites de Castilla y León, frontera
borrada por completo. El la había fijado por la forma de hacer las
sopas de ajo. Y llevaba razón. Lo que juzgábamos una burlona
salida, hoy puede apoyarse en otros datos más significativos: las
pastorales navideñas, por ejemplo. (Ahí está también
la fuente común del teatro de Lucas Fernández y de Gil Vicente,
que se iluminan esplendorosamente al perseguir la permanencia de temas,
actitudes, hábitos, etc..., y muy especialmente, las representaciones
populares aún vivas). Pero a mí, aquella frontera que yo
fijé en los años cuarenta, me sigue fascinando. ¿Por
qué ese cambio tan diferenciador, tan cercano a otros análogos
registrados con respeto y casi amor en otras regiones de la Romania, señala
una supervivencia de siglos, avatares muy enconados y contradictorios?
¿Cómo es posible que aún hoy, con tantas y tantas
facilidades para la convivencia, un arroyuelo minúsculo, que se
salta sin alterar el paso, siga siendo la frontera secular en tierra de
Oscos, entre gallego y gallego-astur? ¡Cuánto sabemos, sí,
pero cuánto ignoramos! La dialectología hemos de hacerla
hoy compartiendo la búsqueda de trazos que conforman una manera
concreta de construirse la vida una colectividad: hay que ponerla al ladito
de los ritos de paso, de las fiestas, de las comidas tradicionales, de
la dulcería de las ocasiones dichosas, de la vida familiar, del
derecho particular si existe... La realidad etnográfica representa
mucho más que la diptongación, o el comportamiento de verbos
rebeldes. Necesitamos disponer de excelentes etnógrafos que se acerquen
a las comunidades españolas sin telarañas en la mirada, y
menos aún en la visión histórica. En los lugares donde
la trashumancia tiene aún realidad palpitante, aparecerán,
estoy seguro, muchas manifestaciones de “otro vivir” muy representativas,
y en todas habrá vestigios de lenguas que se cruzaban en la caminata
por vados y montañas. ¡Con qué severa convicción
dicen “yo soy pastor” gentes muy educadas, de formación incluso
universitaria, en lugares de la tierra segoviana! Lo afirman gentes que
saben muy bien que, pasados unos meses, bajarán al valle de Alcudia
a recoger sus ganados. Adelanto que la gran beneficiada con estos estudios
será nuestra gran literatura. Llevo muchos años acarreando
materiales para hacer ver la penetración de la lengua popular en
la vida y en los textos ilustres. Ya sé que no lo podré hacer,
que me faltará tiempo. Cuando alguien lo ha considerado, lo ha visto
desdeñable, inoperante. Es la lengua de la esquina, de la muchachilla
que canta por patios o corrales o mientras trabaja en la era o en la ribera
próxima, la lengua de los problemas discutidos en la taberna o bajo
la sombra amiga de la olma (tan lamentablemente definida en el Diccionario
académico, la olma)... ¿Por qué despreciamos tan empeñosamente
ese aspecto de nuestro gran teatro? Hoy, cuando ya veo que no podré
ni siquiera releer muchos textos, me complazco en citar y citar algunos
casos. No debo prolongar más este rato, mi primera lección
como doctor nuevo por Alicante. Citaré solamente uno. Santa Teresa,
en el Libro de su vida, quiere describir el éxtasis. Menudo empeño,
reducir a letras la expedición humana más prodigiosa, esa
escapada al reino de la luz, del milagro rotundo. La santa espera ya la
levitación. Nota que el alma empieza a desprenderse del suelo, a
perder la noción de los horizontes cercanos... “Ya, ya, -dice- empieza
[el alma] a perder el pelo malo”. No sé aún, me acobarda
la masa de letra impresa sobre teología mística para ver
cómo se defienden los eruditos ante esa expresión. Pienso
que, entonces, todo el mundo la entendía; quizá la admiración
de Fray Luis de León por el estilo de Santa Teresa tuvo en esas
palabras (y otras de parecida naturaleza) un firme apoyo. Pero volvamos
a la levitación: a veces, un ruido, una llamada inoportuna, nos
devuelven al cotidiano sufrir. Al ratito, insistimos. Hasta que el pelo
malo desaparece. Pues todavía hoy, en la lengua de los campesinos
del Amblés, perder el pelo malo alude a la pérdida del plumón
inútil de los pajarillos, y al estreno de sus primeros vuelos. Y
los vemos levantarse un palmo del suelo y querer marcharse, pero vuelven
a caer, y se levantan una vez y otra, tenaces, porfiados... Hasta que,
por fin, vuelan, gorjean, se disuelven en la inmensidad azul: el cielo
que el éxtasis concede a los elegidos. Creo que no se puede decir
con menos solemnidad ni mejor. Ya estarán por ahí la calandria
o el ruiseñor del romancero, la alondra mañanera que despierta
a Romeo y Julieta, la que en tantos y tantos viajes hemos oído y
no hemos conseguido nunca ver. Ejemplos de este tipo se podrían
multiplicar. Todos recordamos el mal humor que asalta a Don Quijote ante
el chaparrón de refranes de Sancho. Y, sin embargo, cuando ya no
caben trampa ni cartón y la muerte golpea con los nudillos en la
ventana, Don Quijote la recibe con un refrán: “En los nidos de antaño,
no hay pájaros hogaño”. ¿Medimos de verdad la pena
de innumerables fracasos, de una vida despilfarrada en ilusorios heroísmos,
agazapados súbitamente detrás de esa frasecilla? ¿Cómo
explicar que alguna de las más nobles páginas del Guzmán
de Alfarache no sean más que amplificaciones de una vulgar cancioncilla,
aún viva en la tradición popular? Don Gil de las calzas verdes,
¿a qué se reduciría si le privamos de esa permanente
aparición de la lengua coloquial? Peribáñez, ¿sería
el mismo si no cantásemos todos vamos a coger el trébole,
al oírlo en escena? Sí, toda gran obra clásica está
atravesada de supersticiones, refranes, canciones, adivinanzas, juegos...
¡Cuánto, cuánto nos queda aún por saber de nosotros
mismos...!
Ya llevo mucho tiempo
abusando de vuestra paciencia. Sólo quería exponer una autobiografía
de urgencia, para que conocierais mejor al nuevo colega que hoy habéis
incorporado a la Casa, y que no sabe cómo daros las gracias. El
uso frecuente de ciertas fórmulas las erosiona, las reduce a formulismos
huecos. Reclaman, para responder a su valía, revestirse de avergonzada
humildad o de exultante alegría. Hay que decirlas despacito, saliéndose
por las ramas lo que fuere menester. Os doy gracias a todos, las gracias
tumultuosas y a borbotones, del viejo que escucha, desde su decrepitud,
la cordial voz coral de amigos y discípulos. He pretendido tan sólo
decir a los jóvenes que se sueñan investigadores, obreros
aún en agraz de la ciencia o del espíritu, que siempre tendrán
materia para explorar. De los escombros de lo viejo surge, arrogante siempre,
una voz juvenil. Hay que escucharla. Os deseo que no perdáis nunca
la satisfacción del trabajo bien hecho y que, entre todos, sigáis
ensanchando el contenido y el prestigio de la Universidad. Esta mañana,
poblada de distancias marinas y de calor humano, deseo que os sea a todos
un presagio de abundantes éxitos profesionales, de voluntad de ser
tenidos en cuenta. A todos, los de la Casa, y a los que habéis dejado
vuestras diarias faenas para acudir a la convocatoria de la Casa, gracias,
muchas gracias.
|