| LAUDATIO PRONUNCIADA POR DON
JOSÉ CARLOS ROVIRA CON MOTIVO DE LA INVESTIDURA COMO DOCTOR HONORIS
CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE DE D. MARIO BENEDETTI
16 de mayo de 1997
Excmo. y Magnífico
Sr. Rector,
Excmas. e Ilustrísimas
autoridades,
Claustro de la Universidad,
miembros de la Comunidad
Universitaria,
señoras y señores,
La Junta de la Escuela de
Formación del Profesorado de EGB propuso en el mes de julio al poeta
Mario Benedetti como Doctor Honoris Causa por nuestra Universidad,
propuesta acogida por la Junta de Gobierno y que hoy vamos a desarrollar.
Comenzaré diciendo que es un honor para mí, que enseño
literatura hispanoamericana en esta casa, el que se me haya encargado realizar
esta laudatio, en donde tengo que plantearles una reflexión
lo más objetiva posible que responda a las razones por las
que pedimos el Doctorado Honoris Causa para Mario Benedetti, una
reflexión que se hace difícil en su tono si tenemos en cuenta
que hay también, necesariamente, una dosis de emoción en
todo lo que yo les pueda decir. A la imagen del escritor, un día
sucedió la imagen del amigo que, desde hace años, está
fuertemente vinculado a esta Universidad, que ha participado en cursos,
recitales, diálogos en ella, que ha sido, digamos, una factor de
dinamización de ese «destino latinoamericano» que nuestra
Universidad quiere tener, un destino que pasa por la cooperación
científica y solidaria, y por la formación de estudiantes
iberoamericanos en nuestras aulas.
Mario Benedetti nació
en 1920 en Paso de los Toros, departamento de Tacuarembó, en Uruguay,
aunque muy pronto Montevideo se convirtió en el ámbito vivencial
de un niño que, en el barrio de Capurro, acumuló las primeras
sensaciones para ser escritor y persona, y para convertirse un día
en otra voz de esa universalidad que la literatura uruguaya ha tenido también
en nuestro siglo. Aquel Montevideo generó un poeta, un novelista,
un autor teatral y un ensayista que, a lo largo de más de setenta
libros, ha ido jalonando una de las escrituras más nutricias del
castellano. Una escritura que comenzó como aventura reflexiva con
aquel Peripecia y novela en 1948, en donde pudimos conocer una mirada
crítica temprana que completó enseguida con su mirada poética
y narrativa: Poemas en la oficina en 1956 y La tregua en
1960 son dos libros que abren con fuerza una escritura que no ha parado
de desarrollarse hasta la publicación reciente de un último
libro de poesía, El olvido está lleno de memoria,
en 1995, una última novela, Andamios, en 1997, y la recopilación
de una parte de sus ensayos, con el título El ejercicio del criterio,
en 1995. En medio, obras reconocidas como Quién de nosotros,
Gracias por el fuego, o los relatos de Montevideanos y Geografías.
Y también una voluminosa escritura poética que se ha organizado
en sus dos monumentales Inventarios; en todo este tiempo también,
la reflexión crítica que ha tenido ejemplos perdurables de
pasión y lucidez.
Quisiera destacar ahora,
ciñéndome a los valores principales que su obra aporta, algunos
sentidos que debemos retener de la misma. En primer lugar, por una disposición
personal más activa hacia la poesía, quiero comentarles que
Mario Benedetti es un autor que definió su poética con el
intento de aludir al lector y no eludirlo, con el impulso conversacional
de elevar el lenguaje cotidiano, repleto de guiños cómplices,
a la categoría de la expresión poética. La tensión
de ese lenguaje tiene que ver con la que la palabra tenga para cada uno
de nosotros. Quiero decir que la palabra se carga en Benedetti de emociones,
como la ternura, el afecto, el amor, la ira, la cólera, el enojo,
la indignación, respondiendo a las situaciones vivenciales de un
sujeto lírico que intenta vivir conjuntamente la vida personal y
la historia de cada día y de nuestro tiempo. Un lenguaje vertebrado
por palabras que van respondiendo en su inmediatez, y en su alegría,
y en su dolor, y en su esperanza, a un lector que sabe que en cierta medida
puede encontrar una parte de sí mismo en ellas, que puede encontrarse.
Lo digo como testimonio personal, porque estas sensaciones de la poesía
son difíciles de establecer objetivamente, pero considero que son
afirmaciones compartidas. Conozco jóvenes locos por Benedetti que
descubrieron en poemas como «Táctica y estrategia»,
«No te salves», «Hagamos un trato», «Chau
número tres», «Los formales y el frío»,
en su poesía amorosa, en definitiva, un lenguaje de amor que se
podía compartir. He visto recitales de Benedetti con muchos jóvenes
sentados en los pasillos, recordando en voz baja, con y sin nostalgia,
aquello de «Compañera / usted sabe / que puede contar / conmigo».
¿Les atrae sólo esa vertebración coloquial y original
de los lenguajes de amor?. No creo.
Desde su poesía a
sus ensayos intentaría completar ahora una visión sobre la
sociedad que forma una línea de reflexión complementaria.
Creo que en Mario Benedetti hay una de la visiones urbanas contemporáneas
más intensas, en su poesía y en su narrativa, una matizada
visión de nostalgias por espacios desaparecidos que se evocan desde
aquel poema inicial que decía que «Montevideo era verde en
mi infancia / absolutamente verde y con tranvías». La intensidad
de la evocación sobre el espacio urbano, en la que se mezclaban
lenguajes de la burocracia y de la memoria, fue convirtiéndose con
el paso del tiempo en remembranza histórica: hay un relato, que
dio título al volumen Geografías, en el que se construye
la memoria exiliada precisa, la de los espacios abandonados por imperativos
de represión, persecución y torturas. Estoy hablando ya de
la sociedad global. La que ha vivido el escritor durante una época
de su vida que construyó una evocación imprescindible del
país que tuvo que abandonar. Hablo de la reflexión social
por tanto. De Mario Benedetti como un autor comprometido. A una parte de
nosotros la palabra nos sonará con la antigüedad de nosotros
mismos. Hay un poema de Mario Benedetti que certifica su voluntad de escritura
de millares de páginas en el mismo sentido. Se titula «Soy
un caso perdido» y responde a la sagacidad de un crítico que
ha descubierto la parcialidad del autor y le exhorta «a que
asuma la neutralidad / como cualquier intelectual que se respete».
El escritor asume finalmente que no será neutral aunque sus textos
traten «de mariposas y nubes / y duendes y pescaditos». Pues
bien, yo creo que este caso perdido que es Mario Benedetti ha provocado
algunas de las reflexiones poéticas, narrativas y ensayísticas
más lúcidas sobre el tiempo que vivimos.
Si repasamos ahora sus ensayos,
que son crítica cómplice, como dice uno de sus títulos,
que son además ese ejercicio de la conciencia que decía Roberto
Fernández Retamar cerrando el Congreso, obtendremos sobre todo una
escritura incesante, un caudal de páginas que sitúan a Mario
Benedetti, a través de una veintena de títulos, como uno
de los ejes de reflexión de América Latina. Desde los escritores
contemporáneos, a las cuestiones concretas que han ido jalonando
nuestros años, desde las raíces culturales del continente
mestizo –mestizo no sólo de razas, sino de influencias, aspiraciones,
ideologías-, a los grandes temas contemporáneos, cada una
de sus páginas ha ido construyendo una reflexión de época
vertebrada por esa audacia de decir muchas veces lo que no se quiere oír.
Su biógrafo principal, Mario Paoletti, identificó al autor
con el título de «El aguafiestas», en una perspectiva
qu traza su capacidad de ser inconveniente ante toda sacralidad y oficialidad
cultural. Martianamente, el escritor eligió realizar su obra como
ejercicio del criterio, y el criterio parece lo más difícil
de mantener en tiempos de embustes y mentiras.
Entre los ensayos de Benedetti,
algunos especialmente actuales, como aquel panorama en el que la dialéctica
del subdesarrollo genera lo que titula como «letras de osadía».
América Latina como una emergencia cultural que, desde el modernismo,
alcanza la palabra en otra dimensión, la nutre de unos supuestos
de independencia que, sin negar los vínculos europeos, afirman una
tradición propia, diferenciada y universalizante: un planteamiento
metodológico que, sin ser nuevo, radicaliza otra novedad en su vinculación
minuciosa al desarrollo de las sociedades en las que surge. La osadía
es quizá seguir afirmando el papel de la palabra en su valor esencial,
en afirmar el cuidado que de la palabra debemos tener, pero sin que el
escritor se encierre en una celda verbal, sin que la palabra sea un ámbito
conventual, sino que se ejerza al aire libre, abierta a la realidad. Esta
atención a la palabra tiene gloriosos antecesores que se llaman
Darío, Rodó, Carpentier, Neruda, etc. Que, sin embargo, resumen
en casi todos los casos espacios de realidad. Esta atención ha llevado
incansablemente a Mario Benedetti a escribir páginas críticas
sobre una gran parte de sus contemporáneos, y de los problemas culturales
que se afrontan. Con humor se ocupó en «Rasgos y riesgos de
la actual poesía latinoamericana» de los problemas del compromiso
del escritor. Benedetti ha afirmado siempre la grandeza de aquellos poetas
del compromiso –llámense Neruda, Vallejo o tantos otros- que, sin
embargo, abren su obra a la consustancial complejidad del ser humano, creando
un lenguaje propio en el que aparecen núcleos del amor, del dolor,
de las preocupaciones metafísicas sobre el tiempo, sobre la vida
y la muerte. Y detecta en los últimos años, sin embargo,
al crítico incriminador y delator que parece estar señalando
todos los días «a los poderes fácticos y prácticos»
al poeta comprometido diciéndoles a éstos más o menos:
«pero, señores, ¿no os habéis dado cuenta de
que este individuo defiende, así sea con metáforas, las revoluciones?
¿No habéis advertido que en el fondo escarnece y estigmatiza
vuestros canonizados patrimonios y rentas?».
«Los intelectuales
y la embriaguez del pesimismo» es otro de los títulos que
recomendaría en esta sala y, sobre todo en los tiempos que corren.
Tras detectar una devastadora corriente de pesimismo, tras realizar un
análisis de la razón mítica y crítica, y una
apuesta por esta última, tras recorrer la desacralización
del intelectual y la civilización artificio, Benedetti llevará
a cabo una sencilla propuesta, constructiva de una esperanza: la palabra
sigue teniendo sentido, y en esta confianza cabe un margen de reconstrucción
e, incluso, de modesto optimismo: «nada embriagador por cierto –nos
dice-, pero al menos no disociado de lo posible. Entre la tanatología
y el eudomonismo, entre el culto a los muertos y el de la felicidad ?…?
existe todavía una calle del medio por la que puede transitar, con
los pies en la tierra, el hombre, ese hombre que no sólo es, como
creía Unamuno, «el sujeto y el supremo objeto a la vez de
toda la filosofía, sino también, y sobre todo, protagonista
de la historia».
Y la cita de Unamuno me
ha abierto un interrogante. Recuerdo que Benedetti cita alguna otra vez
al rector salmantino, por ejemplo por su correspondencia con su compatriota
José Enrique Rodó, recuerdo alguna otra cita, pero, en cualquier
caso, al margen del pensamiento, al margen de sus grandes distancias, hay
un paralelismo comprensible entre un escritor y otro: su pasión
cultural o las formas de cultura que se establecen y expresan a través
de la pasión, algo de lo que también estamos necesitados
en estos tiempos de afirmación de pensamiento débil y complaciente.
La narrativa sería
el tercer recorrido que rápidamente les quiero proponer. Hay títulos
de probada eficacia ante el lector. Ediciones innumerables de novelas como
La tregua, una de las más bellas peripecias narrativas contemporáneas
sobre la soledad y el amor. Anticipaciones del terror que después
habría de emplazarse en Uruguay como Gracias por el fuego.
Memorias del exilio, con atisbos de esperanzas, como Primavera con una
esquina rota. Y la construcción de un ciclo personal de la memoria,
en la que el protagonista no es el autor, aunque tenga varias cosas en
común con él, iniciada con La borra del café,
donde la evocación del barrio infantil de Capurro adquiere una gran
intensidad emotiva. Y continuando el ciclo de la memoria con la reciente
Andamios, una historia de un periodista desexiliado a Uruguay tras
la dictadura, que mantiene sus vínculos con España y que
evoca a través de los tipos humanos de aquella sociedad (el confidente,
el torturador, el militante que ha pasado la dictadura en la cárcel,
etc.) el entramado moral de una sociedad que quiere pervivir y mantener
esperanzas. Entre los muchos guiños de la novela, hay uno que me
resultó particularmente divertido: cuando a Javier, el protagonista,
la agencia española que publica sus crónicas desde allá
empieza a no publicarle nada por su radicalismo, aparece un artículo
suyo en la prensa de Alicante.
Pero volviendo a La tregua,
uno de los más bellos ejemplos de la narrativa hispanoamericana
contemporánea, con el que Benedetti se afincó en el mundo
cansado de la burocracia, mediante un personaje, Martín Santomé
y su redescubrimiento tardío del amor en Laura Avellaneda. Un lenguaje
preciso establecido por lo diarios de Santomé nos daba cuenta narrativa
de un mundo que, poéticamente, había sido construido también
en los Poemas de la oficina. La peripecia del amor, la ternura de
las situaciones del personaje y el dolor en la pérdida, han dotado
a esa novela de esa clasicidad contemporánea que hacen de Benedetti
también un novelista imprescindible en un panorama de tanta riqueza
como el de la novela hispanoamericana en los años 60.
El teatro también
sería otro recorrido posible. Estos días hemos podido ver
en Alicante Pedro y el capitán, ese vigoroso dialogo ente
un torturador y su víctima con el que Mario Bendetti lanzó
una interpretación universal de la psicología de los dos
personajes en su situación límite. Al margen de la sociedad
uruguaya, la eficacia del diálogo ha servido para que algunas asociaciones
como Amnistía Internacional hayan considerado esta obra como valiosísima
para el trabajo de concienciación que pretenden.
El recorrido podría
ser mucho más amplio. Más de setenta libros, como ya dije,
nos acompañan en la memoria, en los estímulos personales,
en la capacidad de reencontrarnos en ellos. Pero quisiera insistir de nuevo
en la síntesis que les propongo de la escritura de Mario Benedetti.
¿Qué nos entrega
hoy esta obra en donde están presentes el conjunto de sentidos que
he enunciado hasta aquí? ¿Por qué podemos considerar
esta producción como imprescindible también para nuestro
ámbito español? Yo creo que, en algunos de los sentidos esbozados,
está presente ese conjunto de ideas que nutren de complejidad a
la mujer y al hombre contemporáneo. Cuando un autor tiene detractores,
y Mario Benedetti los tiene con seguridad, se condiciona su obra a determinados
estímulos de la misma. Las reducciones se operan entonces con facilidad
y se puede afirmar que el escritor es, por ejemplo, un poeta del compromiso
en un tiempo en el que se deterioran la ejemplaridad de los mensajes que
construyeron aquella poesía. Pero estas reducciones no suelen llevar
al que las practica a ninguna parte. Si el compromiso social forma un núcleo
importante en su obra, no está de más recordar la amplia
dosis antiépica que la recorre, la vena irónica y humorística
que la sostiene. Y no está de más recordar que el amor, con
la creación de un lenguaje propio sobre el mismo, es uno de los
más nutrientes estímulos de su poesía y su narrativa.
En ese sentido, Mario Benedetti
es de los creadores que se han dedicado a interpretar nuestra época
en toda su complejidad, con todos los estímulos individuales y sociales
que la constituyen, con todas las esperanzas y desesperanzas que la recorren.
De las esperanzas habrá que hablar finalmente y aquí entra
directamente la reflexión sobre América Latina . Se ha dicho
alguna vez que en los años 60 América Latina fue el territorio
de la esperanza y que ahora, por el contrario, se presenta con perfiles
dramáticos de desesperanza. La detención de los procesos
transformadores que se acumularon en los años 70, proceso que se
saldó con un margen de violencia estatal rotunda en países
como Chile, Argentina o Uruguay, con dictaduras que significaron la represión
y desaparición violenta de un gran número de ciudadanos,
significó una inversión de las líneas esperanzadoras
de la historia que se quería vivir. La restitución de las
democracias se hizo con una fuerte dosis de incertidumbre en la cual todavía
estamos. Mario Benedetti, en ese tiempo, vivió el exilio hasta
el punto de ser uno de los creadores principales de la poética de
aquella diáspora. Desde 1973 hasta 1985 vivió en Buenos Aires,
en Lima, en La Habana y en Madrid una concentrada y creativa espera en
la que aparecieron algunas de sus obras principales. El «desexilio»,
término que acuñó en 1985, era la voluntad de regreso
y de reintegración a un espacio que necesariamente había
cambiado en doce años. Si los árboles de una de las
avenidas principales de Montevideo, la Avenida 18, habían desaparecido,
muchas personas también, en aquel horror que la dictadura militar
abrió en el 73. El «desexilio» por eso conlleva una
poética explícita de la memoria. La invitación social
al olvido lleva al último libro poético que es una forma
de responder a esta pretensión: el olvido está lleno de memoria,
y con la memoria se restituye el pasado y el presente, la esperanza también
que es, todavía, «compartir los sueños con los sueños».
Escritor vertebrado en la esperanza a pesar de todo lo que se ha vivido,
afirmando todavía que el «futuro se acerca / despacio / pero
viene», sustentador de un optimismo contra el que no hay vacunas,
Mario Benedetti es por todos esos sentidos también una lección
moral que, desde lo cotidiano, envuelve la sociedad y la repuebla de guiños
optimistas, aunque no fáciles. Si, a pesar de todo, debemos defender
la alegría nos prevendrá de que habrá que defenderla
también de la misma alegría, en su juego riguroso de encuentros
con la palabra y el sentido último que ésta defiende.
Estos son algunos de los
sentidos de una obra y un autor al que estos días más de
sesenta ponentes han dedicado su reflexión en un Congreso en el
que prevaleció rigurosamente el valor múltiple, repleto de
sugerencias, de posibilidades de lectura, de su narrativa, de su poesía,
de su teatro y su ensayística.
Advertiré para concluir
que esta laudatio tiene muchas adhesiones por el sentido de lo que
pide. Más allá de ésta, algunas Universidades como
la de Valladolid,
en España, o la de La Habana, en Cuba, le van a otorgar, próximamente,
a Mario Benedetti el mismo reconocimiento que la nuestra. Pero hay otro
tipo de apoyo posible que tiene que ver con un amplio espacio de textos
poéticos y ensayísticos en los que Mario Benedetti ha reivindicado
la grandeza del sentimiento como mecanismo intelectual. Hablo ahora exclusivamente
desde el mismo, desde el sentimiento. Y les digo que estoy seguro de que
llegarían adhesiones desde el más allá si éstas
fueran posibles, porque desde el cielo, la nada, o donde se encuentren,
estarán mandando faxes de adhesión seguramente Julio Cortázar,
Roque Dalton o Juan Carlos Onetti entre otros, y por supuesto que también
Zelmar Michelini, monseñor Óscar Arnulfo, Salvador Allende
y Ernesto Che Guevara.
Así pues, considerados
y expuestos todos estos hechos, dignísimas autoridades y claustrales,
solicito con toda consideración y encarecidamente ruego que se otorgue
y confiera al Sr. D. Mario Benedetti, a este caso perdido de Mario Benedetti,
el supremo grado de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante.
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