DISCURSO PRONUNCIADO POR DON ENRIQUE FUENTES QUINTANA
CON MOTIVO DE SU INVESTIDURA COMO DOCTOR HONORIS CAUSA
POR LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE.
5 de noviembre de 1998
 
Enrique Fuentes Quintana
Una antigua tradición, que el uso continuado ha convertido en costumbre, establece que todo Discurso de recepción del título de “Doctor Honoris Causa” se inicie con el obligado agradecimiento del doctorando por la distinción que se le concede.

Ese agradecimiento por el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Alicante debe reconocer, ante todo, la singularidad de los motivos que lo justifican.

En primer lugar, debo proclamar mi agradecimiento a la Universidad de Alicante, en la que ingreso por decisión de su equipo rectoral, que aceptó la propuesta realizada por la Facultad de Ciencias Económicas y empresariales. Una Facultad creada en la década de los años 1970 y que ofrecería muy pronto pruebas indiscutibles de la vitalidad de su vocación docente y de su capacidad de organización que prueba este espléndido “campus” en el que nos encontramos. He tenido la suerte de convivir en esta Universidad jornadas dignas del recuerdo que van desde mi presencia en los tribunales que han juzgado las Tesis Doctorales de sus licenciados hasta mi participación de forma continuada en las “Jornadas de Economía Española” que han cubierto este año su XIII edición anual. Actos académicos presididos siempre por el deseo de los alumnos por aprender, el testimonio de la vocación de sus profesores por transmitir sus conocimientos y por juzgar con profesionalidad ejemplar las Tesis Doctorales presentadas por sus licenciados. Transmitir mi agradecimiento a los profesores y alumnos de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Alicante por haberme permitido compartir con ellos jornadas universitarias ejemplares, es una obligación que cumplo con agrado en este acto. Un agradecimiento que acompaño, en esta oportunidad, con el reconocimiento de la deuda que con ellos contraigo por ser a su iniciativa a la que debo mi incorporación a esta Universidad como “Doctor Honoris Causa”.

Pero este Doctorado tiene para mí la singularidad de recibirlo en compañía, lo que da al título una motivación innovadora que concede a este acto una significación especial.

Como ha recordado en su preceptiva y generosa laudatio el profesor Barciela, la motivación común de este Doctorado Honoris Causa, para quienes lo recibimos en esta oportunidad, es el reconocimiento de la labor de magisterio en la enseñanza de Economía en nuestro país a las que hemos dedicado lo mejor de nuestras vidas quienes hoy nos incorporamos como “Doctores Honoris Causa” a la Universidad de Alicante.

Aunque pertenecientes a generaciones distintas, los cuatro hemos servido a un proyecto común: tratar de afirmar en España unos estudios de Economía que institucionalizaran una formación universitaria permanente que permitiera que el país dispusiera de unos profesionales competentes, capaces de recordar y aplicar a nuestra sociedad los mandatos de ese valor incómodo que obliga a administrar permanentemente, con eficacia, los recursos escasos de los que el país dispone.

Surgida en el medio siglo creador, que va de 1750 a 1800, la economía no contó en España con intérpretes creadores de los principios básicos que integraron su conocimiento científico. Sin embargo, nuestros economistas ilustrados del siglo XVIII no asistieron pasivamente a la emergencia de la Economía como nueva ciencia social. Comprendieron la importancia de la economía naciente, conocieron muy bien las obras creadoras de su tiempo y aplicaron magistralmente sus principios para diagnosticar los problemas económicos españoles y orientar las reformas con las que tratar de resolverlos. Como ha reconocido el gran historiador del pensamiento económico Schumpeter, los principales economistas de la Ilustración –Campomanes y Jovellanos- fueron maestros en el arte de la Economía Aplicada. Entendieron el proceso económico mejor que algunos teóricos y es de interés observar –concluye Schumpeter- lo poco que tenían que aprender a este respecto de Adam Smith, cuya obra fundacional, La Riqueza de las Naciones, fecha convencionalmente el origen de la Economía como las más joven de las ciencias sociales en 1776.

Por otra parte, los economistas de nuestra Ilustración fueron conscientes de la necesidad de institucionalizar el aprendizaje de la nueva ciencia económica, creando las cátedras y las enseñanzas de Economía en distintas Sociedades Económicas de Amigos del País. Enseñanzas meritorias pero intensamente discutidas por una parte de la sociedad española, e incluso perseguidas por el Santo Oficio de la Inquisición porque los principios de la Economía aplicados a la vida económica española demandaban cambios y reformas que afectaban a intereses profundamente arraigados en la sociedad tradicional del Antiguo Régimen.

Un ambiente más pacífico dominó en el segundo escenario que va a abrirse a los estudios de Economía impulsados por los Consulados y Juntas de Comercio de Palma de Mallorca y Barcelona a partir de 1814, ensayo que duraría hasta 1840.

La Universidad reclamará, en 1807, los estudios de Economía para incorporarlos a la facultad de Leyes, proyecto que se verá agitado de nuevo porque su enseñanza se convertirá en centro de discusión y controversia política –apareciendo y desapareciendo de los planes de estudio- durante el medio siglo que va de 1807 hasta que, en 1857, la Ley Moyano asentara definitivamente las enseñanzas de Economía en las Facultades de Derecho.

Tres conclusiones fundamentales se desprenden de la serie de acontecimientos que jalonan la historia inicial de la incorporación de las enseñanzas de Economía en España. La primera es la sensibilidad de las clases rectoras de nuestra sociedad ilustrada a la importancia de la Economía y su reconocimiento de la conveniente difusión de sus enseñanzas. La segunda, la presencia de dificultades para que esa valoración minoritaria de nuestros ilustrados informara las reformas legislativas pertinentes que asentaran en España unos estudios universitarios capaces de ofrecer al país los profesionales que podrían inspirar  una administración mejor de sus recursos, capaz de sacar a nuestras gentes de la pobreza y del subdesarrollo en el que se encontraban.

La tercera de las conclusiones que ofrecen los primeros ensayos de los estudios económicos en España es la posición subordinada en que la política educativa del país situó a la Economía en nuestra Universidad, concediendo a sus enseñanzas sólo un papel adjetivo en la preparación de nuestros juristas, sin decidirse a hacer de los estudios económicos el centro de una Facultad universitaria independiente. Una situación que duraría mucho tiempo en España.

Habrá que esperar más de 85 años para que surjan, con carácter independiente, los estudios universitarios de Economía en 1943, en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad de Madrid.

De las enseñanzas de esa Facultad somos deudores quienes recibimos hoy el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Alicante. Sería injusto olvidar la deuda contraída por nuestras generaciones con quienes articularon, por vez primera en España, unos estudios universitarios de Economía, despertando nuestra vocación de economistas y llevando nuestro deseo de aprendizaje hacia la ciencia económica vigente en su tiempo. Quisiera simbolizar esta deuda en tres maestros, compartidos por los cuatro profesores que hoy recibimos el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Alicante: Valentín Andrés Álvarez, un liberal de lujo cuya admirable pedagogía nos introdujo en los principios de la Teoría Económica y nos enseñó a apreciar a los economistas del pasado que construyeron la ciencia que aspirábamos a conocer; a Manuel de Torres Martínez, que nos ofreció, a través de su dirección de la Biblioteca de Ciencias Sociales de la Editorial Aguilar, un panorama extraordinario de los ensayos y manuales vigentes en su tiempo que era preciso leer y que llamó nuestra atención hacia la necesidad de conocer los datos básicos de la Economía española a través del fecundo panorama de la contabilidad nacional que él contribuyó a aplicar en nuestro país; y a José Castañeda, del que aprendimos lo que significaba el rigor de la disciplina exigente que reclamaba el estudio de la Teoría Económica.

Desde esos años tan distantes de nuestra licenciatura en Ciencias Económicas han transcurrido muchos más, entre los que se cuentan nuestro ingreso en el profesorado de esa Facultad en la que nos habíamos licenciado y doctorado y en la que ganaríamos las oposiciones para el desempeño de nuestra función docente.

Al volver hoy la vista atrás y recontar en mi memoria el ejercicio de mi labor docente y el de mi profesión de economista, debo confesar que ha valido la pena desempeñar ese destino afortunado de enseñar Economía y tratar de aplicarla para afrontar los problemas con los que España se ha enfrentado en su pretensión de lograr su desarrollo económico. Hoy los estudios de Economía han arraigado en la Universidad española, como lo prueban las 46 Facultades de la Universidad pública existentes en el país y los 18 centros universitarios privados. Los 120 licenciados en la primera promoción en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad de Madrid se han convertido en los 16.368 que finalizaron sus estudios en las Universidades públicas y privadas en el curso de 1997-1998. Ese desarrollo espectacular de os estudios de economía se ha apoyado en el crecimiento de la propia economía española del que deriva su sentido.  La economía del ayer lejano de 1947 medía su desarrollo por las 412.663 (pesetas de 1998), que se han convertido en el año actual en 2.079.924 (pesetas de 1998). Los economistas tenemos derecho a pensar que algo tienen que ver con este cambio las tres grandes operaciones que se han inspirado y dirigido por los economistas españoles y secundado por nuestra sociedad: el Plan de Estabilización y Liberalización de julio de 1959, origen del espectacular crecimiento de la década de 1960; los ajustes a la crisis económica, crisis planteada en 1975; que recibiría el tratamiento, a partir de 1977, de los Pactos de la Moncloa y del programa del partido socialista aplicado desde 1983, decisiones políticas que permitieron sentar las bases de la convivencia democrática del país y su recuperación económica a partir de 1985. Finalmente, la integración en Europa llegaría en 1986 con nuestro ingreso en el Mercado Común, más tarde, en el Mercado Único Europeo para lograr, en mayo de este año, que España se convirtiera en país fundador de la UME.

Por encima de estos datos, con los que se ha escrito la historia económica de España en ese medio siglo cumplido por nuestra profesión, a mí me queda como recuerdo impagable del pasado de maestro de economistas que he vivido, el valioso activo intangible de los discípulos que he tenido la suerte de disfrutar. Los discípulos –como los hijos- no se eligen. Nos los da la Providencia o el destino. Y ambos han sido tan generosos conmigo como para reconocer la deuda que ha hecho feliz mi vida de profesor. Y a estos discípulos debo estar hoy aquí recibiendo el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Alicante.

ENRIQUE FUENTES QUINTANA
 

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Última actualización: 27-Ene-1999 
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