| LA PLENITUD RECLINADA |
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Juan Gil-Albert, un patriarca de las letras Diario Información, martes,
5 de julio de 1994
La periodista Ángeles Cáceres realizó para INFORMACIÓN en febrero de 1992 una de las últimas entrevistas al escritor en su casa de Valencia, donde falleció el domingo. A continuación se reproduce el texto íntegro de aquella conversación en la que el escritor, entrañable, tierno y lleno de humor, habla de sus recuerdos de Alcoy, de cómo se siente querido por los alicantinos y valencianos y de su manera de llevar la enfermedad. «Me encuentro conmigo mismo a través del tiempo: con el amor, con la ilusión, con la juventud…» Subimos a su casa cuando la tarde dobla
en Valencia y disipados adolescentes despliegan invisibles alas de Afrodita,
asaltando las aceras. Todo tiene lugar como al polvillo nacarado de sus
alas conviene, como a su escaso cuerpo le permiten las alas: el té
enfriado en las tazas, pospuesto y olvidado ante el gozo de la palabra;
la sesión gráfica, atravesada por la risa abierta del escritor
alcoyano-alicantino y universal, Juan Gil-Albert, cargado de sentido del
humor; la presencia silenciosa, casi egipcia, del gato; los retratos familiares,
trascendiendo la muerte para acomodarse alrededor de la mesa camilla. Sólo
fotografías, por favor –nos habían dicho-; se fatiga al hablar.
Pero ha sido mucho más.
Tiene cerca de noventa años y sufre las servidumbres propias de la edad: una cadera rota que le obliga a utilizar silla de ruedas, el trallazo del Parkinson –herencia familiar- agitándole las manos, como nardos temblorosos en medio de un huracán; ciertas ráfagas de brumas aleteando apenas sobre las sienes, para emborronar el cerebro unos segundos. Pero qué importa, si está ahí, tan vivo. Sigue siendo sutil; delicado; elegante; esencialmente bello. Y coqueto. - Está usted guapo, don Juan. Y le brota el humor, como una chispa
luminosa:
Del salón emana una cierta atmósfera
de museo; en el sofá, su clara efigie al óleo descansa apoyada
en el respaldo, flanqueada por dos ejemplares monográficos de «Anthropos»
dedicados a su obra y a su vida: compromiso, guerra, campo de concentración,
exilio, fidelidad a sí mismo, coherencia, clasicismo de estilo,
valor. Gil-Albert, la anarquía y el orden; la heterodoxia vital,
la belleza, la pureza griega del amor, la concepción estética
de la existencia, el ala y transparente de una disipada mariposa. Pero
el mito es de carne todavía y se regocija, se divierte jugando con
la gloria. Me toma de la mano, confidencial:
No viene al caso intentar una entrevista clásica; ni tampoco procede. Todo está dicho sobre Gil-Albert, escritor y poeta: Premio de las Letras Valencianas, Medalla al Mérito de Bellas Artes, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante, Hijo Predilecto de Alcoy… y tantas cosas más. No pienso torturarlo con una inquisición profesional de datos, fechas, nombres o títulos. El reto es penetrar en este otro mundo mágico de permanencias, de retornos al pasado, de suspiros, quejidos, aislamientos, entregas… Me martillea la imagen –transmitida verbalmente por unos amigos comunes- de una mañana de domingo en su casa alcoyana de El Salt: Juan Gil-Albert al regreso de Argentina en la plenitud de su vigor, apareciendo recién despertado en lo alto de la escalera, cubierto sucintamente por un pijama de seda blanca (eran los últimos años cuarenta de la España hosca y pretendidamente recia); parecía –me cuentan- un lirio arrogante, una paloma translúcida e irreal. - ¿Es difícil ser
un mito, vivir con la gloria a cuestas?
- Se siente querido por los alicantinos,
por los valencianos…?
Le flaquea la vista y no alcanza a leer por sí mismo, ni del elaborado placer de releerse. Su sobrina Mariana, o Feliz, o sus amigos, lo hacen en voz alta, por él. - Sé que es una pregunta
estúpida, pero ¿hay alguno de sus libros al que prefiera
sobre los otros?
(Y se echa a reír, una vez más, condescendiente con la admiración de los que le rodean, pero a la vez burlón). - ¿Este es un cuarto mágico,
don Juan?
- ¿Recibe muchas visitas?
Sinuoso, casi subrepticio, penetra en la habitación un gatazo hermoso para acomodarse junto a la estufa. - Hay dos. Este fue un torbellino que no había quien lo sujetara, pero ya está más serenado. Igual que yo. Y, sin solución de continuidad,
saltándose a la torera la realidad de que el eje de la tarde es
él, quiere enterarse bien de lo que le rodea:
Y estalla en risas, absolutamente contagiosas. (Dónde dicen que está el anciano fatigado?). - ¿Qué piensa de la
España actual?
- Don Juan… ¿se acuerda de
Alcoy?
Llega Arturo Zabala, amigo permanente, a compartir el té. Recuerdan, él y Feli, los últimos viajes con Juan Gil-Albert para realizar lecturas de su obra, para recibir homenajes. Feli, presencia invariable durante cuarenta y tres años desde la admiración, el respeto, el cariño, el hogar. Le besa, impulsivamente, la cabeza, y se disculpa: ¡es tan bonico! Lo es. Desprende una ironía
dulce, una resignación exquisita frente a la exigencia de la cámara:
Le gusta el té con leche; lo
bebe con pajita, para evitar salpicarse si la oscilación de la mano
mueve la taza en demasía. Pero sujeta las pastas con firmeza, las
degusta con fruición, con el mismo gozo hedonista con que
supo, y quiso, y se atrevió a degustar la vida. Vuelve a tomarme
la mano para llevarla a su rodilla izquierda:
Fue hace dos meses. Terminaba de arreglarse para salir a pasear cuando cayó, dentro aún de la casa. Los médicos aventuran que pudo ser una rotura súbita del hueso, frágil y quebradizo por la edad, lo que provocara la caída, y no al revés. El golpe le ha supuesto, sin embargo, un alivio sensible en los síntomas del Parkinson. Probablemente no haya razones científicas para avalar la mejoría, pero el pragmatismo de Feli lo confirma: mírenlo, miren qué buenas trazas tiene para comer; si lo dejáramos, acababa con los rolletes del plato. Entrañable… tierno. Doméstico. Sencillamente humano, en un plano contrapuesto al Gil-Albert de las bibliotecas; el otro, el de andar por casa, el que acaricia suavemente al gato en el silencio cuajado de ecos de su habitación mágica. Conservando hasta el final las señas de identidad: dice Feli que, en el hospital, le pidió un espejo para poder arreglarse el pelo a su gusto y no presentar mal aspecto. Desde aquel día, se refiere a ese mismo espejo como «el retrato de su padre»; ironía suprema, elegancia magnífica. No desciende a explicar que no es confusión mental de viejo el reconocer al padre en su propia imagen físicamente deteriorada; tampoco explica por qué a veces, llama «madre» a la amorosa y entregada Feli. Se queda mirando al vacío unos segundos, en suspenso: viaja en el tiempo. Cuando regresa, ironiza, aclara una duda o ríe a carcajadas. Soporta la edad con una dignidad inmensa: la sobrevuela. Arturo Zabala desgrana anécdotas de Gil-Albert en Alicante, con José Carlos Rovira; de sus comidas en El Delfín, donde los camareros le animaban a levantar la casa de Valencia e instalarse en Alicante definitivamente. En Alicante –cuenta Feli- estuvo viviendo mucho tiempo, en su mente; salíamos de paseo y me decía: qué iluminado está esto, casi no lo reconozco, ¿y la Explanada? Y en Alicante –dice Arturo Zabala- van a publicar ahora las dos primeras novelas del escritor, «Vibración de estío» y «La fascinación de lo irreal», que no aparecen en los primeros volúmenes de su obra completa, porque él mismo prefirió no hacer una selección cronológica. - ¿Vale la pena dedicar la
vida a escribir, aunque la gloria llegue a los setenta años?
Su trayectoria respalda, punto por punto, la afirmación. Los primeros libros, autoediciones. Extensos paréntesis de silencio editorial, y trabajo: en el campo alcoyano; en Latinoamérica; en el mínimo habitáculo de su casa de Colón al que la familia llama humorísticamente «la celda», durante tantos años de ostracismo profesional. Horas. Días. Noches. Escribiendo, siempre. - ¿Qué le diría
Juan Gil-Albert a alguien que empieza a escribir?
- ¿Pero no decían
que le costaba trabajo coordinar las ideas? ¿O es que esto no es
pura lucidez?
Disfruta viendo llover. En el hospital, recién operado de la rotura de cadera, hizo que trasladaran su cama junto a la ventana para poder mirar el jardín bajo la lluvia. Se rodea de estética -reflejos, cuadros, luces, presencias- para encajar sin esfuerzo en el entorno. (Está seguro de que él mismo es decantada estética). Me alarga, temblorosos los dedos, un libro abierto por una página concreta, marcada de antemano, y me indica que lea. Es su «Homenaje a la vejez». Nunca pude pensar que envejecernos
Fuera, la tarde ha devenido noche levemente,
sin estruendo, como en un fragmento perfecto de cualquiera de sus obras;
yo tengo un nudo irremediable en la garganta. Un soplo de olvido (¿O
de recuerdo?) vuelve a poner en sus labios la pregunta:
Y se lía como loco a disparar
la cámara aceleradamente –dos, tres, cinco, siete veces- para encerrar
en ella las retamas, las adelfas, los molinos, los juegos, el amor, la
pasión, la madre, los barrancos, la montaña… todo lo que
aflora, como una eclosión de mariposas multicolores, en el rostro
súbitamente ilusionado, milagrosamente rejuvenecido, de Juan Gil-Albert.
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Última actualización: 26-Abr-1999 |