LAUDATIO PRONUNCIADA POR EL SR. D.
JOSE CARLOS ROVIRA SOLER CON MOTIVO DE LA INVESTIDURA COMO DOCTOR HONORIS
CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE DEL EXCMO. SR. D. ALONSO ZAMORA VICENTE
LAUDATIO
Excmo. y Magnífico
Sr. Rector
Excmo. Sr. Don Leopoldo
Calvo Sotelo
Ilmo. Sr. Director General
de Universidades de la Generalitat Valenciana
Excmo. Sr. Consejero de
Cultura del Principado de Asturias
Excmo. Sr. Director de la
Real Academia Española
Excmos. Srs. directores
de las Academias de Argentina, Chile, Nicaragua y Ecuador y académicos
de estos países y de Perú
Excma. Sra. Directora de
l’Acadèmia de la Llengua Valenciana
Excmos. y Magníficos
Rectores: Honorario de la Universidad de Alicante, Complutense, Santiago
de Compostela, Extremadura, Antonio de Nebrija, representante de la Universidad
de Coimbra
Dignísimas autoridades
y Claustro
Sras. y Sres.:
Compruebo ahora que
el momento más importante de un universitario no es cuando defiende
la Tesis doctoral, o cuando gana unas oposiciones, sino cuando puede proclamar
a viva voz la importancia de quien es su maestro. Venturosos aquellos que
tenemos maestros, dichosos los que los sigan teniendo.
Esta Laudatio surge
de un profundo agradecimiento hacia la figura de don Alonso Zamora Vicente
y por muchas razones temo en algún momento quebrar la solemnidad
requerida con la voz. Perdonen las emociones que siempre son producto de
la celebración de la memoria: celebrar a un maestro es algo que
nuestra universidad realiza hoy como ejercicio necesario de reconocimiento
a través de una figura que ha tejido, a lo largo de muchos años,
una escritura y una palabra con las que ha dado cumplida cuenta de sí
mismo en relación con múltiples temas centrales de nuestra
literatura, nuestra lengua, nuestros clásicos y nuestros contemporáneos.
La complejidad y la amplitud de temas y de miras de don Alonso ha sido
desgranada ampliamente en más de un centenar de intervenciones –casi
ciento cuarenta– a lo largo de estos días, en los que hubo que cerrar
puertas lamentablemente a otras muchas propuestas que nos desbordaban más
aún que un congreso en el que todos hemos estado desbordados por
la reflexión sobre la obra y los temas que Alonso Zamora ha asumido.
Sería muy redundante
que, tras ese congreso, yo esquematizara aquí las razones que una
gran parte de representantes de nuestra Universidad y nuestra cultura han
establecido singularizándolo. Sería redundante (e insuficiente)
que yo enunciara títulos sobre los que ya se ha hablado, ideas que
ya se han dicho y que en todo caso forman un marco intenso, una extensa
laudatio que dentro de poco verá la luz con la publicación
de las Actas del Congreso.
Elijo un camino diferente
a estos enunciados y les hablo de otras razones que nos hacen proponer
a Alonso Zamora Vicente como Doctor Honoris Causa por esta Universidad
de Alicante. Son estampas que tengo muy presentes y que van a responder
a algunas palabras claves que las organizan. Recorrámoslas.
La figura de un maestro.
Insisto siempre en
esta idea. Un maestro no puede responder sólo a unas medidas que
tienen que ver con la sabiduría. Se adquiere la condición
de maestro, no sólo por la mayor o menor sabiduría, que en
este caso es mucha, sino especialmente por la capacidad para transmitirla
y por la atención que se es capaz de prestar a los discípulos,
atención que muchas veces a lo largo de la vida consiste no sólo
en encauzar sus conocimientos o dirigirles la Tesis doctoral, sino en estar
al tanto para hacer llegar el mensaje oportuno en el momento preciso, para
que no se desanimen o desfallezcan. Me consta la ejemplaridad de Alonso
Zamora en este aspecto. Estos días hemos sido muchos aquí
los que recordábamos que nos había dirigido la Tesis o las
clases de Filología románica en la Universidad Complutense,
o sus clases en Santiago o en Salamanca. Y evocábamos una actitud,
cuando nos recibía en la Academia o en su casa y no podía
reprimir una ternura divertida ante el zagal o la zagala que le desplegaba
un nuevo proyecto, y don Alonso le preguntaba por sus lecturas, por los
modernos y los clásicos que para él debían estar presentes
en la formación de un futuro crítico, pero también
de un dialectólogo, un fonólogo o un historiador de la lengua.
Claro, Alonso Zamora Vicente se había formado con don Ramón
Menéndez Pidal y siempre ha sabido por tanto que el conocimiento
tiene para cualquier filólogo que se precie unos caminos insospechados,
pero obligatoriamente ha de recorrer ese acto íntimo de la lectura
de escritores imprescindibles: “Y podrías aprovechar el tiempo ahí
para leer, leer. Mi experiencia es que la mayoría de los licenciados
en Literatura no han leído casi nada. Y sin eso no se da un paso”,
le decía a un joven a comienzos de los setenta en una carta que
concluía afirmando: “Lee, lee. Es lo que más falta hace en
este país, al que le estorba lo negro, y mucho”. Si les cuento ahora
que eran cartas a un joven preso, entenderán mejor lo que decía
de la atención necesaria, y del contenido humor de quien sabía
que sus cartas, con el membrete de la Real Academia Española, iban
a ser leídas por un funcionario censor, quien efectivamente subrayaba
en rojo aquello de “este país, al que le estorba lo negro”, desconocedor
de la metáfora sobre la letra impresa que significaba y temeroso
de que la afirmación de lo negro fuera subversiva.
Por lo dicho hasta
aquí reafirmo esa atención que siempre nos ha sabido prestar
y reafirmo la condición de maestro de Alonso Zamora Vicente. Si
la Universidad española sigue funcionando y cumpliendo su papel,
por la transmisión de conocimiento y de actitudes generación
a generación, algunos podremos considerarnos aquí nietos
ya de don Ramón Menéndez Pidal y ojalá en nuestras
universidades hayamos sido capaces de haber contribuido a formar biznietos
y biznietas de don Ramón a través del magisterio de Zamora
Vicente.
La Academia
“De las epidemias,
de horribles blasfemias/ de las Academias/ líbranos señor”,
rezábamos con Rubén como letanía a Nuestro Señor
don Quijote en un tiempo en el que, como jóvenes, teníamos
actitudes desacralizadoras e irreverentes. En la Facultad de Letras de
la Complutense había un profesor extraño, que además
había entrado en la Academia hacía poco con un discurso sobre
Luces de Bohemia que resultaba un ejercicio de lectura nuevo y atrevido:
nos puso delante también una edición de la obra de Valle
repleta de notas, que vinculaban la obra al Madrid popular de los años
20, a esos personajes y personajillos que merodeaban alrededor de una bohemia
brillante y pobre; relacionaba además la obra con ese espacio estético
que conocemos como “género chico”, exponente último de la
grandeza del nuevo género del esperpento. Qué reveladora
fue aquella lectura. Notábamos que a partir de ella todo texto debía
ser asediado y para el asedio, las armas debían ser todos los recursos
con que nos pudiéramos hacer de la cultura y la sociedad conexa
al texto. La lectura amplia, múltiple, tenía que ser como
siempre el recurso imprescindible.
Aquel académico
además daba lecciones desde una ligera sonrisa. Estudiábamos
su voluminosa Dialectología española, pero al mismo tiempo
nos sorprendíamos con su capacidad de lectura, que no era sólo
la que había demostrado con Valle. Un artículo suyo, recuerdo,
nos resultó muy atractivo. Estudiábamos en la cansina Facultad
de Letras de la Complutense la Literatura Hispanoamericana en los rancios
volúmenes de Raimundo Lazo y además no llegábamos
nunca al siglo XX. Recuerdo la lectura de un artículo de Zamora,
“Considerando, comprendiendo”, que nos ponía delante a un poeta
que necesitábamos en ese tiempo, el peruano César Vallejo
en uno de sus poemas más emblemáticos. La lectura de Zamora
Vicente nos reafirmaba la fuerza de una lengua que, con la lectura del
poeta, ya habíamos presentido. Me refiero por tanto a su capacidad
para ofrecer lo que estábamos buscando los más jóvenes.
Luego fuimos sabiendo
más de aquel profesor. Se había formado en el Centro de Estudios
Históricos con Menéndez Pidal, con Américo Castro,
con Tomás Navarro Tomás... En sus años de Secretario
Perpetuo convocó a todas las reuniones de los jueves a los académicos
exiliados cuyos sillones, como sabemos, nunca fueron cubiertos... Era una
forma de dejar en suspenso administrativo la fractura cultural que algunos
habían provocado.
Luego supimos más
cosas. Su tiempo argentino, en el que dirigió desde 1948 el Instituto
de Filología de Buenos Aires sucediendo a Amado Alonso; cuatro años
fructíferos en los que había fundado la Revista Filología
de aquel instituto; su tiempo mexicano en 1953 como director del Centro
de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México.
Una comprensión inusual de Hispanoamérica venía desde
allí. Un día me comentó un texto de Borges, “Las alarmas
del doctor Américo Castro”, que rezumaba un poquillo de mala idea
antiespañola, concluyendo que, claro, la culpa la habían
tenido los (y citaba algunos nombres que yo ahora lógicamente omito)
“y otros memos que el Instituto de Cultura Hispánica había
puesto a pasear por toda Hispanoamérica. ¿Qué visión
podía tener Borges de la cultura española a través
de ellos?”
En 1971 fue nombrado
Secretario Perpetuo de la Academia e intensificó con el entonces
director, Dámaso Alonso, una presencia hispanoamericana con las
academias nacionales. Creo que habrá que trazar este episodio como
uno de los más fructíferos de la Academia, que por su debilidad
económica hacía padecer al Secretario Perpetuo, mientras
que algunas imágenes de la Institución se fortalecían.
Tiene en su haber
algunas propuestas audaces, como la de intentar que Luis García
Berlanga fuera académico, lo que habría significado un primer
encuentro de la Academia y el cine, que fue entonces imposible. Algunas
de sus propuestas audaces y rigurosas tuvieron aceptación y otras
rechazo.
Tiene en su haber
gestos de humor como el de presentarse alguna vez, después de 1989
en que renunció a la secretaría, con ese formidable oxímoron
con que firmaba como “ex-secretario perpetuo de la Real Academia”.
Tiene en su haber
una Historia de la Academia que reconstruye una peripecia que ha sido fundamental
para mantener la unidad de la lengua y la intensidad y el rigor cultural
del español.
Y tiene en su haber
glorias y sinsabores académicos que han hecho que una vez, bromeando,
algunos le hayamos pedido una historia secreta de la Academia que don Alonso,
por supuesto, nunca hará, por una lealtad prioritaria a la Institución
a la que ha dedicado tantos años.
Pensaba estos días
en este homenaje que ojalá nunca tengamos que volver a recitar con
Darío ciertos versos de su “Letanía de Nuestro Señor
don Quijote”
Una atención permanente
a las innovaciones
Hace dos años y medio vino Alonso Zamora Vicente por esta Universidad.
Estábamos recién embarcados en este proyecto de Biblioteca
informática que se llama “Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes”,
que ya es una realidad hispánica y universal. Lo recuerdo sentado
ante un ordenador donde intentábamos enseñarle el catálogo
bibliográfico que entonces era ya de casi dos mil títulos
(hoy ya tiene más de ocho mil). Pidió un libro de Tirso de
Molina que afortunadamente estaba (no recuerdo cuál) y suspiró
levemente: “ese libro –dijo– me trajo loco hace muchos años. No
estaba nunca en la Biblioteca Nacional cuando lo pedía. Tuve que
comprarlo con mis pocos ahorros cuando por fin conseguí dar con
él en una librería”.
Eran tiempos difíciles
para aquel proyecto que contaba con la malquerencia de algunos agentes
sociales. Los que acompañábamos a don Alonso supimos de pronto
de la utilidad imparable de lo que estábamos haciendo. Un rato después,
con el creador del proyecto y entonces rector, Andrés Pedreño,
tuvo en sus manos ese pequeño “espanto” que es el libro electrónico,
curioseando divertido un artilugio que contenía el Quijote y otras
cuarenta obras de clásicos españoles e hispanoamericanos.
Hablamos de la utilidad de todo aquello para llegar allí donde el
libro no llega, a Hispanoamérica, por ejemplo, donde el libro es
un valor escaso y existente sólo en algunas ciudades. Las pesadillas
informáticas de algunos no son tales si resultan útiles.
Hace poco más
de un año volvió don Alonso por esta casa y aceptó,
con su habitual estoicismo, una videoconferencia... Recuerdo una conexión
y un diálogo con Lima, con México y con tres universidades
norteamericanas. Había unas cincuenta universidades más siguiendo
por Internet su desgranar de reflexiones sobre el futuro del español.
Fue una experiencia esencial y es difícil no evocar con ella lo
que nos estaba enseñando de nuevo: su aceptación del desarrollo
tecnológico para la comunicación de la lengua y la literatura
era parte de algo que había aprendido hace muchos años. No
era difícil evocar a su maestro Menéndez Pidal señalando
a la radio como uno de los factores positivos para evitar la desmembración
de la lengua. No era difícil entender entonces el nuevo valor que
“la Red” daba a las posibilidades de unidad de la lengua. Creo que la anécdota
tiene que ver con su posición abierta ante todo lo que pueda ser
favorable a su obsesión por el español y sus literaturas.
Como sencillo agradecimiento le hemos dedicado una “Biblioteca Alonso Zamora
Vicente” en nuestra Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes que es la que
ustedes están viendo. Contiene ahora mismo una muestra de los textos
que generosamente nos ha cedido, pero en el futuro contendrá también
raros e inencontrables de la Fundación “Biblioteca Alonso Zamora
Vicente” de Cáceres.
La imagen personal
Hemos utilizado estos
días varias veces un fragmento de una autobiografía mínima
que don Alonso publicó hace meses: es el que dice “Llegué
a la Universidad a la vez que la II República: una universidad excepcional,
como nunca la hubo, fruto de la sostenida tarea de la Junta para la Ampliación
de Estudios. Sobre todo en el Centro de Estudios Históricos. Cito
esto porque he venido a ser el último representante vivo de su labor.
Allí estudié con Menéndez Pidal, Américo Castro,
Tomás Navarro...”. Aquel sueño civilizado y espléndido
saltó por los aires un buen día hasta el punto del espanto
y la pesadilla que ha acompañado ya para siempre la memoria y hasta
los sueños. Un país entraba en un cainismo atroz y en una
historia lamentable que iba a tener difícil reparación. Alonso
Zamora piensa que dejó de cumplir años a los 20, en 1936,
cuando la muerte se enseñoreó de nuestra historia. Producto
de todo aquello hay todavía amargura en los que como él vieron
rota tanta juventud y tantas esperanzas.
Los años que
siguieron a todo aquello tuvieron que ser de reconstrucción muy
al margen de otras reconstrucciones oficiales que venían todavía
del odio. Ha destacado siempre algunos nombres que fueron el paradigma
de la reconstrucción: su amigo Camilo José Cela, que reconstruyó
la novela; Antonio Buero Vallejo, el teatro; Blas de Otero, la poesía...
y algunos nombres más que, desde el interior, buscaban rehacer una
historia civil y civilizada frente a la oficial de los espadones.
Mantener la dignidad
y sobrevivir era difícil. Permisos y excedencias permitieron respirar
a don Alonso. Hay un permiso memorable, cuando una Universidad de la que
don Alonso era catedrático realizó un acto como éste,
cuyo protagonista y destinatario era aquel que aparecía en los sellos
de correos y cuyo nombre ya no consigo recordar. Seis meses en Alemania
permitieron a aquel catedrático joven no estar presente en uno de
los actos más oprobiosos de la Universidad española, y pudo
no estar presente en muchas más cosas en los años en los
que podía respirar en Buenos Aires, o en México, o en Puerto
Rico, conociendo a aquellas figuras intelectuales que la diáspora
había dejado fuera de España. Hace unos meses evocábamos
a uno de los pocos supervivientes, don Pedro Grasses, que desde Venezuela
enseña su correspondencia con tantos, entre ellos con Zamora Vicente,
y al que los muchos años le han impedido estar aquí hoy con
nosotros.
Creo que esta actitud
ante la vida le ha deparado sinsabores, rechazos de la oficialidad, precauciones
de la misma.
Ha consagrado en todo
esto una vida a quehaceres intelectuales y a la dignidad personal. El epígrafe
de esta reflexión podría haberse llamado liberalismo, palabra
que define el talante y la actitud de don Alonso ante la vida. Es un liberalismo
sin etiquetas y desde luego sin la depreciación semántica
que la palabra en la actualidad a veces parece adquirir.
Para concluir
Por supuesto, podría
haber optado en esta breve reflexión por un camino diferente. Les
podría haber citado cien títulos que tienen que ver con el
estudio y la creación, faceta la de creador literario que Alonso
Zamora tiene tan a gala como cualquier otra, o quizá un poquillo
más: una escritura bella y precisa se ha desgranado en relatos y
novelas sobre las que estos días varios participantes en el Congreso
han conseguido reflexionar, redimensionando así su condición
de creador.
Les podría
haber hablado también de una comunidad familiar que tuvo en la Dra.
María Josefa Canellada, desaparecida hace años, un imprescindible
impulso vital e intelectual: la fonética o las ediciones críticas
se compartieron tanto como la vida.
Podría haber
hablado efectivamente de muchas otras cosas, que dieran una dimensión
más amplia al personaje, pero he optado, parece evidente, por situar
algunas imágenes del mismo que son las que me inspiran más
aprecio, las que me permiten situar la imagen de un maestro en una perspectiva
cotidiana que es donde puede ser más útil.
El valor intenso y
amplio de su obra, siendo muy grande, es menor en relación a la
actitud humana que ha mantenido siempre, por lo que señalarlo como
ejemplo es llamar la atención hacia actitudes de las que tantas
veces nos sentimos carentes. La universidad, la actual, a veces tan denostada,
necesita, más que leyes impuestas como trágalas, estímulos
para que se desarrollen figuras que sigan siendo lo que Alonso Zamora significa:
un hombre que vive con sabiduría, trabajo y también humor
un tiempo dilatado en el que nos ha formado a muchos, nos ha prestado su
atención, su palabra y su afecto.
Concluiré con
la fórmula ritual y obligatoria de una laudatio, pero antes de hacerlo
les indico que presiento que, cuando la pronuncie, habrá un asentimiento
en el aire que nos transciende a nosotros mismos en este momento. Quiero
decir que, sonrientes o severos, estarán diciendo sí a lo
que solicito nada menos que Ramón Menéndez Pidal, Américo
Castro, Tomás Navarro Tomás, Pedro Salinas, Dámaso
Alonso y tantos otros cuyos nombres han sido citados con frecuencia estos
días.
Concluyo entonces:
Así pues, considerados
y expuestos todos estos hechos, dignísimas autoridades y claustrales,
solicito con toda consideración y encarecidamente ruego que se otorgue
y confiera a Alonso Zamora Vicente, a este ejemplo vivo de la creación
literaria y de la reflexión sobre la lengua, la Academia, lo popular,
los clásicos, los contemporáneos, el supremo grado de Doctor
Honoris Causa por la Universidad de Alicante.
José
Carlos Rovira Soler
Catedrático
de Literatura Hispanoamericana
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