| DISCURSOS Y COMUNICACIONES
Un rector bilbaíno en tierras
de Alicante: RAMÓN MARTÍN MATEO.
Hay como una vibración de estío en este paisaje cálido,
de un azul intenso, más intenso a medida que nos vamos acercando
a la huerta de San Vicente del Raspeig, donde un día vivió
Valèry Larbaud, y donde hoy se alza el Campus de la Universidad
de Alicante. Los almendros son finos y se levantan sobre los blancos ribazos.
«En ninguna parte de España, ha escrito Azorín, hay
almendros bañados como estos por una luz tan viva». La misma
luz cruda que ilumina los cuadros de Sorolla o de Pinazo.
Yo tengo una
querencia especial por este campo levantino, que tiene una historia rica
y muy variados escenarios: Benidorm, entre Levante y Poniente, por donde
entra todo el sol del Mediterráneo y desde donde, en los días
tranquilos, si se tiene la imaginación despierta, se pueden avistar
los trirremes de Ulises; Guardamar, asentamiento de las colonias de mercaderes
fenicios; el Tosal de Manises, donde aún se siguen desenterrando
tesoros de las culturas ibéricas.
Precisamente
en Alicante, en la Facultad de Filología, un atrevido profesor,
Juan Luis Román del Cerro, está estudiando las inscripciones
de los plomos de la Serreta y sus analogías con un vascuence primigenio,
de lo que tal vez se puedan extraer un día consecuencias para la
historia de la España prerromana y ahondar en el parentesco que
ya algunos habían apuntado; así Darío de Areitio,
cuando escribió: «El escritor (José Martínez
Ruiz) dio vida al bello y armonioso seudónimo de Azorín,
recogido, quizá, en el ambiente alicantino, donde se encuentran
nombres de raigambres tan vascas como Maiola, Uxola, Esnarria, Altea, Aznar,
Gayanes, Lorcha, Ondara, Solaneta, Aspe y Casas de Azorín...»
Paisajes
de Alicante
Pero vamos a
orillar esta cuestión, escabrosa y difícil, para quedarnos
con las notas y los matices del paisaje. Porque hay, en verdad, muchos
paisajes en esta provincia de Alicante: la costa del norte, la Marina,
donde nació el Sigüenza de Miró: la industriosa Alcoy,
con la vecina Jijona turronera; los campos de majuelos del Collado de las
Salinas y el Pinós, lindantes con la vitivinícola Jumilla;
la Vega Baja, zona de huertas, con Oleza, la villa episcopal, asiento de
capellanes y devotos; la Costa Blanca, salinera y turista... y la capital,
Alicante, descubierta para las letras de Francia por Valèry Larbaud,
que paseó por aquí su lasitud de convaleciente...
Recorriendo
estos predios, pienso en las mentes lúcidas y abiertas al porvenir,
que han creado esta Universidad de líneas claras, en este paisaje
mironiano, de tan singular belleza: una Universidad avanzada, hermosa como
el futuro. Olivos y almendros subiendo por las laderas; arboledas recónditas
junto a los casales; el árbol de olor del paraíso; un ciprés
y la vida en el portal; piteras, girasoles, geranios cerrando la redondez
de la noria; escalones de viña; felpas de pinares; las frentes desnudas
de los montes, rojas y moradas, esculpidas en el cielo...
Aquí,
un profesor, que fue bilbaino, y Rector de la Universidad del País
Vasco en los años cruciales de la transición, Ramón
Martín Mateo, ha establecido su morada definitiva. Es director del
Departamento de Estudios Jurídicos del Estado y director del Instituto
del Agua y del Medio Ambiente y, desde siempre, catedrático de Derecho
Administrativo y administrativista (que eso es otra cosa) ilustre. Ha sido
también rector entre los años 1985 y 1993, los años
decisivos del diseño y consolidación de la Institución.
La Universidad
de Alicante, como también la de Bilbao, debe mucho de su actual
perfil, de su estructura definitiva, a sus ideas de arquitecto de
la cultura y la administración, de diseñador en permanente
tensión imaginativa por adecuar los medios a los fines. Hombre de
formación científica y de intuición poética,
Martín Mateo nos ha dejado en ésta su obra una lección
de idealismo y de rigor, al modo de aquellos pensadores alemanes del siglo
pasado que, desde Tübinga o desde Jena, sirviendo a la Universidad,
tuvieron el atrevimiento de soñar un futuro mejor para la humanidad
y pusieron las bases de lo que serían las ciencias del espíritu.
Tras su paso
por Bilbao, Ramón Martín Mateo recaló, buscando mejores
y más claros horizontes, en esta Alicante que progresa aceleradamente.
A este desarrollo no es ajena esta Universidad que constituyó, en
su momento, una fuerte apuesta de futuro, un experimento, una utopía
ilusionante, pero que ya ha dejado de serlo. Hoy se puede decir que a la
Universidad levítica de Orihuela, a la escolástica fundación
del obispo don Fernando de Loaces, perdida ya en la historia, ha sucedido
esta otra Universidad, con su biblioteca espléndida y vanguardista,
abierta las 24 horas del día, que pone su meta en el futuro tecnológico
de una España inserta plenamente en la Europa del siglo XXI.
Otro Rector
Magnífico, Andrés Pedreño, que ha sucedido a Martín
Mateo y ha recogido su legado, acaba de publicar un libro, Universidad:
utopías y realidades, tema de permanente actualidad desde
que Kant escribiera El conflicto de las Facultades, al paso
que muestra el verdadero perfil de esta Universidad. Se trata de «defender
los principios, por encima de cualquier planteamiento pragmático
o realista»; en plena identificación con su antecesor,
que había escrito: «Creo que no hay una universidad que merezca
este nombre si no centra sus principales acciones y preocupaciones en la
labor creativa del espíritu. Buenas son las tecnologías,
o los ordenadores, pero no son más que instrumentos, simples herramientas.
Lo que importa, y lo que nos importa a todos, es el espíritu, es
la cultura. El ánimo con que vivimos en la tierra. Y ésta
es la obra del poeta, insustituible por cualquier otro aspecto, científico
o profesional». Mensaje muy adecuado para una provincia que siempre
se definió como democrática y progresista, donde nacieron
los krausistas Eduardo Soler, Eleuterio Maisonnave, Rafael Altamira o Rodolfo
Llopis; donde enseñaron Hermenegildo Giner de los Ríos y
José Verdes Montenegro; donde escribieron Gabriel Miró, Miguel
Hernández y Juan Gil Albert.
Concepción
humanística
Toda la actividad
de Ramón Martín Mateo está impregnada de preocupación
social y política de primera fuerza; de preocupación humanística
ante todo. La materia que profesa en la Universidad le ha llevado a ocupar
cargos relevantes, relacionados con el Derecho Administrativo, las Ciencias
de la Administración y el Urbanismo, y a escribir muchos libros.
Uno de ellos se titula El horizonte de la descentralización.
Otro Liberalización de la economía. Más Estado,
menos Administración. Gran reto éste cara al futuro:
más diseño, más disciplina, más planificación
futurista, más imaginación; menos burocracia. Otra de sus
obras lleva este sugerente título: El hombre: una especie
en peligro.
Ahora acaba
de publicar Lecturas para el desayuno, un libro singular
entre los suyos, porque es un libro literario, si así puede decirse,
periodístico, de varia lección; formado por artículos
breves. comentarios y reflexiones al hilo de la actualidad. Es una recopilación
de trabajos aparecidos en su mayoría en el diario La Verdad,
en que, bajo apariencia ligera, “sin pretensiones apodícticas, instructivas
y mucho menos moralizadoras”, se abordan a veces temas de gran calado.
La anécdota de estos artículos es muy diversa: la situación
de lo que se viene llamando la tercera edad, la importancia del ocio en
la vida humana, el turismo, los problemas que genera la basura urbana,
la educación para la convivencia, la gastronomía, el arte:
Botero, Chillida... Todos los artículos están trufados de
experiencias de su vida docente, de sus viajes intercontinentales y de
recuerdos de “cuando vivía en Algorta”... Detrás de todos
ellos está la “categoría”: el humanismo, su concepción
humanísima de la vida y de la sociedad.
Cabe a Ramón
Martín Mateo el honor de haber sido uno de los primeros que en España
comprendió la importancia del medio ambiente. Hoy es nuestro primer
especialista en derecho medioambiental. También es consejero de
Estado, presidente de la International Association for Water Law, presidente
de la Asociación Española de Derecho Ambiental, director
del Instituto del Agua y de las Ciencias Ambientales, experto de las Naciones
Unidas para la Reforma de la Administración Regional, experto de
la CEE para el proyecto de Ordenación Ambiental, etc., etc... Pero
es, ante todo, un jovial y amable filósofo de la vida, un buscador
de fórmulas válidas para la convivencia y la cooperación,
un humanista integral como los del quattrocento, que aunaban soluciones
científicas con saberes poéticos. (¡Quién no
recuerda a aquellos notarii del pre-Renacimiento que, velando por
la seguridad del tráfico mercantil, y para evitar falsificaciones
documentales, rellenaban los espacios en blanco de las escrituras con sonetos
de su cosecha, que dieron origen a la mejor poesía de Italia: el
dolce
stil nuovo). Ellos entendieron que el Árbol de la Sabiduría
no es divisible en Ciencias y en Letras, como si fuera una
finca registrable; que abarca todo aquello por lo que el hombre, desde
la creación, se afana para arrancar el secreto de la felicidad,
para hacer más bella y segura, y más racional ante todo,
la vida.
Aspiro con
fuerza el viento salobre que recorre esta huerta de San Vicente. Con él
me llega una fuerte sensación de libertad... Ya decía Sebastià
Sánchez-Juan:
Llibertat, que em fás pensá en la
mare. En el mar, resurrecto perenne, de Valéry. En el
mar
de la sonrisa innumerable, como lo cantara Esquilo. Ese mar Mediterráneo
y pacífico que se divisa en la lejanía, reverberante y transparente
como una página de Gabriel Miró.
A tu salut,
Ramón, amic, i que els deus et donin ventura.
Gregorio San
Juan
Munpal Bilbao,
suplemento "Pérgola", pág. 13, Julio de 1998
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Última
actualización: Febrero-2001 |
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