Sobre la colmena
(Diario
EL PAÍS 15/11/1999)
Algunas veces me he preguntado si el sistema "exageradamente democrático" que inunda a la Universidad española podría ser superado por otro sistema alternativo, debate que algunos se empeñan en presentar como absolutamente prioritario en ámbitos más bien ajenos a la colmena, perdón, comunidad universitaria. Este no es otro que el de las abejas y su original sistema de organización. En realidad, hay que reconocer que, sobre la base de una monarquía absoluta, han evolucionado genéticamente hasta cotas de organización social impensables. Veamos: una reina de un tamaño y con una especialización de funciones que no deja opción a otras posibles alternativas en la cabeza de mando de la colmena; unos zánganos que sólo saben hacer aquello para lo que vocacionalmente están preparados y unas obreras que trabajan, trabajan y trabajan pero que, dadas las premisas anteriores, los sindicatos himenópteros, por mucho que reivindiquen, no pueden superar los límites preestablecidos genéticamente. El sistema así fijado es mucho más estable y eficaz –no nos atrevemos a decir justo- que el más saludable de los sistemas democráticos existente en nuestros días en el reino animal de este planeta. Desafortunadamente, nuestras comunidades universitarias no han llegado a tal extremo de sofisticación en su evolución genética. Eso sí, a lo mejor la bio-reingeniería puede abrir vías insospechadas en el debate sobre los órganos de gobierno y de los "imprescindibles" nuevos sistemas de organización, si se erige nueva y urgentemente como una "Cuestión de Estado". Vayamos a las abejas, objeto central de este breve artículo. Un colmenero se empeñó en mejorar la productividad de sus colmenas y lo primero que pensó, aunque parezca mentira, fue en cambiar su sistema de organización y muy especialmente la forma de designación de la Reina. Algunos malpensados sospechaban que esta decisión estaba tomada sobre las bases de una cierta animosidad dado que el colmenero no alcanzaba tanta organización ni productividad en su granja como la que las abejas albergaban en su modesta pero laboriosa colmena. Hubiera sido mucho más fácil incrementar los recursos, aunque fuera artificialmente, con una plantación de flores que le permitiera sacar el máximo rendimiento al sistema de organización vigente producto de una evolución de miles de años. Esos recursos hubieran sido quizás un eficaz incentivo para que las obreras redujeran costes de desplazamientos más largos, mejorar la base floral (no siempre en la cantidad y la calidad deseada) en un entorno - erial no competitivo respecto a otras tierras más aventajadas. El colmenero tuvo, además, la tentación de no analizar "inteligentemente" otras experiencias recogidas a lo largo y ancho de nuestro mundo apicultor desarrollado desde casi hace más de ochocientos años y que, ahora, ponen su énfasis de productividad en otras metas tales como Beekeeping in the Digital Age. Por si fuera poco pretendía con insuficientes colmenas y flores dar miel a más de 1.500.000 de personas que mal se repartían la insuficiente producción. Eso sin mencionar otras demandas, además de la rica miel, que hasta el momento eran más secundarias. ¡Si todavía hubiera puesto su empeño en una discreta operación para manipular genéticamente a los zánganos! No, no, la tomó con la Reina, que si el tamaño, que si las funciones, que porqué no hacer un consejo de hormigas, avispas y otros insectos que probaran la miel y condicionaran la calidad desde fuera… En el fondo se aspiraba, eso se supo después, a una Reina que fuera dócil, que se plegara a los deseos del colmenero. En fin, a la receta más fácil. La Reina daría nuevas instrucciones más precisas y determinantes a las obreras e incluso reconvertirían laboralmente a los zánganos que también trabajarían y fecundarían a las obreras, como en la mayoría de las sociedades, vamos. Pese a algunas protestas de la colmena –algunos picotazos- sorprendentemente ni zánganos, ni obreras con nuevas expectativas, reaccionaron al cambio que se veía en ciernes. La propia Reina, liberada de la tarea de procreación (quien sabe si se la impusieron en el pasado en alguna mesa paritaria), veía con complicidad una designación más fácil, menos comprometida de un trabajo diario de equilibrios y sutilezas entre las exigencias de sus bases y lo que el colmenero solía imponer en razón de sus notables atribuciones. El resultado no pudo ser más desastroso. Con las mismas flores, ni zánganos, ni obreras podían incrementar la productividad del sistema: no se produjo ni un solo gramo de miel más. Entre el tiempo que se tardó en asimilar el nuevo sistema y las tensiones de una Reina que no atendía suficientemente a las bases, el coste fue muy negativo y sobretodo una soberana pérdida de tiempo. Al final, ya tarde, el colmenero, que visitó y acabó ilustrándose en las montañas u otras granjas mucho más avanzadas, se dio cuenta que cuando las flores abundan en cantidad y calidad, lo mejor era no meterse en el sistema de organización. Era mucho más sabio dejarlo evolucionar poco a poco… El colmenero dejó de asesorase por algunos disidentes zánganos e incluso obreras que le daban multitud de razones "desde dentro", por no decir otros insectos tan atraídos por estar cerca de la rica miel pujaban por crear un Consejo en el que ellos también contaran… Andrés Pedreño Muñoz Universidad de Alicante
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