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Algunos apuntes del cuaderno de bitácora



¿De que se acuerdan mis alumnos/as 29 años después?






Fernando Ballenilla




El viernes 2 de junio del 2006, Chimo, un antiguo colega y amigo consiguió que asistiese a una cena organizada por las primeras promociones de los antiguos alumnos/as del instituto de Ibi, en el que comencé a dar clases el año en que murió Franco. El primer curso (1976-77), el instituto era una filial del  de Concentaina, y estábamos en un local provisional, pero el curso siguiente ya estábamos en nuestro centro, un flamante edificio recién construido.

Naturalmente no me acordaba de nadie, o mejor dicho, si me acordaba de muchas cosas: ambiente, cursos, incluso alumnos/as, pero me era imposible relacionar aquellos antiguos alumnos de 44, 45 años con mis alumnos de entonces.

Esto era una decepción para muchos, aunque no tardaban en comprender que para nosotros, los profesores/as, era más difícil la tarea que para ellos/as.

¿Que era lo que recordaban de mi paso por Ibi? ¿Y de las clases de ciencias? ¿Y de la dinámica de aula?

Realmente se trataba de una ocasión única de entrar en contacto con información sobre las repercusiones de la actividad de un profesor en sus alumnos/as después de tanto tiempo. Información por otra parte irrelevante fuera de la esfera puramente personal, pero con el suficiente impacto afectivo como para motivarme a escribir este pequeño apunte.

Pero volviendo al tema, ¿Qué recordaban mis alumnos/as?


Me recordaban muchos porque iba en moto al trabajo.

Efectivamente, yo ya no me acordaba. Conseguí el trabajo justo al curso siguiente de terminar la “mili” y la carrera, ni siquiera tuve que pasar por la bolsa de paro, ¡No existía!, comenzó a funcionar al año siguiente.

Naturalmente no tenía vehículo y vivía en Alicante. Tenía el carne de moto pero no el de coche, y un buen amigo, Rafa, me dejo su Ducati 250 con la que subía todas las mañanas a Ibi. Eso fue posible hasta enero o febrero, en que a pesar de los periódicos con que me forraba el cuerpo debajo de la cazadora para cortar el viento, el frío me hizo desistir.

Cuando llegaba a Ibi, la primera media hora me la pasaba al lado de una estufa de butano que había en la clase, así hasta que me recuperaba. Era clase de matemáticas. Afortunadamente los chiquitos (ahora cuarentones) estaban medio dormidos y no armaban follón.

Durante una temporada no me quedó más remedio que conducir ilegalmente un 600, que también me prestaron, hasta que me saqué el carne. Fue una época complicada, porque el examen era el lunes y aunque el teórico lo aprobé a la primera, el práctico (a pesar de ir y venir de Ibi todos los días), tardé dos convocatorias en aprobarlo, y como pedía permiso para examinarme, no podía aparecer en coche por el instituto, y me tocaba aparcar en las afueras.


Me recordaban por un lagarto gigante que llevé a clase.

Efectivamente, en esa época tuve una temporada en casa un Lacerta hispanica, es decir, un fardacho de dimensiones considerables. Lo atrapé en Sierra Espuña, lugar en que estaba desarrollando una investigación sobre las ardillas con la universidad de Alicante.

A clase intentaba llevaba ejemplares de todas las clases de animales que estudiábamos.


Me recordaban por un perro enorme.

Efectivamente, también llevé a clase a Ginger, por el mismo motivo que al lagarto. Como era una hembra de Gran Danés de color negro, no pasaba desapercibida. En aquellos tiempos no era una raza corriente. Repasamos con ella las características de los mamíferos. Quizás debí llevarla también a alguna excursión.


Me recordaban por las salidas que hicimos al barranco de los molinos.

Si, efectivamente, recordaban además que llevaba un martillo de geólogo para enseñarles fósiles, y que les explicaba los tipos de rocas, como estaban dispuestos los estratos...

Se acordaban de que en una de las salidas nos acompañó mi mujer, y que iba con tacones, y las dificultades que ocasionó con ese calzado.


Me recordaban porque les había aprobado las matemáticas.

Efectivamente, el primer año la situación era muy precaria, no solo estábamos en un local de forma provisional, sino que además, los padres se hacían cargo del sueldo de un compañero. A mi, por ejemplo, me tocaba dar clases de matemáticas de primero de BUP. Me centré sobre todo en combinatoria, probabilidad, estadística, trigonometría... es decir, en las partes de la asignatura que controlaba mejor. Y naturalmente no fui muy exigente con los chicos/as, no recuerdo, pero supongo que aprobaría a todos. Además, como he comentado antes, hasta enero o febrero en que deje de ir al trabajo en moto, tardaba media hora en reaccionar, de manera que durante una temporada las clases fueron relativamente cortas.


Me recordaban porque les hice elaborar un esquema de la historia de la tierra y de la evolución de la vida en un rollo de papel higiénico.

Efectivamente, se trataba de modelizar la historia de la tierra de forma que se diesen cuenta de lo dilatada que era y de la aceleración de acontecimientos que se daba en las últimas etapas. Hacer esto a escala requiere una longitud considerable, que solo la podía proporcionar el rollo de papel higiénico. No eran como los de ahora, los de antes eran marrones y se podía escribir sin problemas en una de las caras que era lisa.


Me recordaban por haber asistido a mi boda.

Efectivamente, me casé poco después de comenzar a trabajar, y dos alumnos se plantaron en mi boda. ¡Se habían bajado en autostop desde Ibi! ¡Con catorce años! ¡En 1976! Tengo sus fotos. No los reconocí.


Me recordaban por haber proporcionado una visión distinta a un alumno miope.

Esta anécdota es la que mejor refleja el ambiente de la época y conviene contarla tal cual se produjo.

El caso es que se me acerca un alumno  y me dice:


  • Alumno: Soy miope, tengo un montón de dioptrías, desde pequeño, miopía progresiva...

Efectivamente sus gafas, a pesar de ser de estas modernas, casi sin montura, se veía que eran de un grueso considerable.

  • Alumno: Todos los años iba al oculista... y todos los años salía con unas gafas nuevas..., más grandes, todos los años tu...

En este punto yo no sabía que pensar ¿Que tenía que ver yo con su miopía?

  • Alumno: Y yo me decía..., ¿Qué se le va a hacer...? ¡Me voy a quedar ciego sin remedio...! pero... ¿Qué se le va a hacer...?

No entendía nada, sobre todo por el sentimiento de culpa y resignación que manifestaba...

  • Alumno: Total, que termino el colegio (de curas) y paso al instituto, y aparece un profesor que dice:

    A ver (dando un pellizco a uno) ¿Esto es agradable o molesto?”

  • Alumno: Después le mete el dedo en el ojo a otro y vuelve a preguntar al afectado

    ¿Te has sentido a gusto, o molesto?

    ¿Y estas acciones que os han molestado son beneficiosas o perjudiciales para vosotros?”

  • Alumno: A continuación nos pregunta como nos sentimos cuando tenemos frío y nos abrigamos, o cuando tenemos hambre y comemos.

    ¿Comer y beber es beneficioso para el organismo?”

Aquí ya empecé a saber de que me estaba hablando mi alumno, seguramente habíamos trabajado antes la evolución, y cómo la selección natural había condicionado en los animales sensaciones placenteras o dolorosas en función de que los comportamientos favoreciesen o no la supervivencia.

¿Y el sexo, es molesto o placentero? ¿Sera beneficioso o perjudicial para el organismo?”

  • Alumno: Y aquí es cuando yo me quité un peso muy grande de encima, no me estaba quedando ciego por por masturbarme, como decían los curas. Por fin tenía un profesor con sentido común. Y eso en 1976, entonces... que no es ahora. Entonces había que tener un par de huevos para decir eso...


Efectivamente, muchos alumnos me recordaban también por haber tratado el tema de la sexualidad en clase, cosa muy rara en aquellos tiempos.

6-6-2006






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