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El viernes 2 de junio del 2006,
Chimo,
un antiguo colega y amigo consiguió que asistiese a una cena
organizada por las primeras promociones de los antiguos alumnos/as del
instituto de Ibi, en el que comencé a dar clases el año
en que murió Franco. El primer curso (1976-77), el instituto era una
filial del de
Concentaina, y estábamos en un local provisional, pero el curso
siguiente ya estábamos en nuestro centro, un flamante
edificio recién
construido.
Naturalmente no me acordaba de
nadie, o
mejor dicho, si me acordaba de muchas cosas: ambiente, cursos,
incluso alumnos/as, pero me era imposible relacionar aquellos
antiguos alumnos de 44, 45 años con mis alumnos de entonces.
Esto era una decepción para
muchos, aunque no tardaban en comprender que para nosotros, los
profesores/as, era más difícil la tarea que para
ellos/as.
¿Que era lo que recordaban de mi
paso por Ibi? ¿Y de las clases de ciencias? ¿Y de la
dinámica de aula?
Realmente se trataba de una
ocasión
única de entrar en contacto con información sobre las
repercusiones de la actividad de un profesor en sus alumnos/as
después de tanto tiempo. Información por otra parte
irrelevante fuera de la esfera puramente personal, pero con el
suficiente impacto afectivo como para motivarme a escribir este
pequeño apunte.
Pero volviendo al tema, ¿Qué
recordaban mis alumnos/as?
Me recordaban muchos porque iba en
moto al trabajo.
Efectivamente, yo ya no me
acordaba.
Conseguí el trabajo justo al curso siguiente de terminar la
“mili” y la carrera, ni siquiera tuve que pasar por la bolsa de
paro, ¡No existía!, comenzó a funcionar al año
siguiente.
Naturalmente no tenía vehículo
y vivía en Alicante. Tenía el carne de moto pero no el
de coche, y un buen amigo, Rafa, me dejo su Ducati 250 con la que
subía todas las mañanas a Ibi. Eso fue posible hasta
enero o febrero, en que a pesar de los periódicos con que me
forraba el cuerpo debajo de la cazadora para cortar el viento, el
frío me hizo desistir.
Cuando llegaba a Ibi, la primera
media
hora me la pasaba al lado de una estufa de butano que había en
la clase, así hasta que me recuperaba. Era clase de
matemáticas. Afortunadamente los chiquitos (ahora cuarentones)
estaban medio dormidos y no armaban follón.
Durante una temporada no me quedó
más remedio que conducir ilegalmente un 600, que también
me prestaron, hasta que me saqué el carne. Fue una época
complicada, porque el examen era el lunes y aunque el teórico
lo aprobé a la primera, el práctico (a pesar de ir y
venir de Ibi todos los días), tardé dos convocatorias
en aprobarlo, y como pedía permiso para examinarme, no podía
aparecer en coche por el instituto, y me tocaba aparcar en las
afueras.
Me
recordaban por un lagarto gigante
que llevé a clase.
Efectivamente, en
esa época tuve una temporada en casa un Lacerta hispanica,
es decir, un fardacho de
dimensiones
considerables. Lo atrapé en Sierra Espuña, lugar en que
estaba desarrollando una investigación sobre las ardillas con
la universidad de Alicante.
A clase intentaba
llevaba ejemplares de todas las clases de animales que
estudiábamos.
Me
recordaban por un perro enorme.
Efectivamente,
también llevé a clase a Ginger, por el mismo motivo
que al lagarto. Como era una hembra de Gran Danés de color
negro, no pasaba desapercibida. En aquellos tiempos no era una raza
corriente. Repasamos con ella las características de los
mamíferos. Quizás debí llevarla también a
alguna excursión.
Me
recordaban por las salidas que
hicimos al barranco de los molinos.
Si, efectivamente, recordaban
además que llevaba un martillo de
geólogo para enseñarles fósiles, y que les
explicaba los tipos de rocas, como estaban dispuestos los estratos...
Se acordaban de
que en una de las salidas nos acompañó mi mujer, y que
iba con tacones, y las dificultades que ocasionó con ese
calzado.
Me
recordaban porque les había
aprobado las matemáticas.
Efectivamente, el
primer año la situación era muy precaria, no solo
estábamos en un local de forma provisional, sino que además,
los padres se hacían cargo del sueldo de un compañero.
A mi, por ejemplo, me tocaba dar clases de matemáticas de
primero de BUP. Me centré sobre todo en combinatoria,
probabilidad, estadística, trigonometría... es decir,
en las partes de la asignatura que controlaba mejor. Y naturalmente
no fui muy exigente con los chicos/as, no recuerdo, pero supongo que
aprobaría a todos. Además, como he comentado antes,
hasta enero o febrero en que deje de ir al trabajo en moto, tardaba
media hora en reaccionar, de manera que durante una temporada las
clases fueron relativamente cortas.
Me
recordaban porque les hice
elaborar un esquema de la historia de la tierra y de la evolución
de la vida en un rollo de papel higiénico.
Efectivamente, se
trataba de modelizar la historia de la tierra de forma que se diesen
cuenta de lo dilatada que era y de la aceleración de
acontecimientos que se daba en las últimas etapas. Hacer esto
a escala requiere una longitud considerable, que solo la podía
proporcionar el rollo de papel higiénico. No eran como los de
ahora, los de antes eran marrones y se podía escribir sin
problemas en una de las caras que era lisa.
Me
recordaban por haber asistido a
mi boda.
Efectivamente, me
casé poco después de comenzar a trabajar, y dos alumnos
se plantaron en mi boda. ¡Se habían bajado en autostop
desde Ibi! ¡Con catorce años! ¡En 1976! Tengo sus
fotos. No los reconocí.
Me
recordaban por haber
proporcionado una visión distinta a un alumno miope.
Esta anécdota
es la que mejor refleja el ambiente de la época y conviene
contarla tal cual se produjo.
El caso es que se
me acerca un alumno y me dice:
Efectivamente sus
gafas, a pesar de ser de estas modernas, casi sin montura, se veía
que eran de un grueso considerable.
En este punto yo
no sabía que pensar ¿Que tenía que ver yo con su
miopía?
No entendía
nada, sobre todo por el sentimiento de culpa y resignación que
manifestaba...
-
Alumno: Total, que
termino el colegio (de curas) y paso al instituto, y aparece un
profesor que dice:
“A
ver (dando un
pellizco a uno) ¿Esto es agradable o molesto?”
-
Alumno: Después le mete el
dedo en
el ojo a otro y vuelve a preguntar al afectado
“¿Te
has sentido a
gusto, o molesto?
¿Y estas acciones que
os
han molestado son beneficiosas o perjudiciales para vosotros?”
-
Alumno: A continuación nos
pregunta
como nos sentimos cuando tenemos frío y nos abrigamos, o cuando tenemos
hambre y comemos.
“¿Comer
y beber es
beneficioso para el organismo?”
Aquí ya
empecé a saber de que me estaba hablando mi alumno,
seguramente habíamos trabajado antes la evolución, y
cómo la selección natural había condicionado en los
animales sensaciones placenteras o dolorosas en función de que
los comportamientos favoreciesen o no la supervivencia.
“¿Y el sexo, es molesto o
placentero? ¿Sera beneficioso o perjudicial para el organismo?”
-
Alumno: Y aquí es
cuando yo me quité un peso muy grande de encima, no me estaba quedando
ciego por por masturbarme, como decían los curas. Por fin tenía un
profesor
con sentido común. Y eso en 1976, entonces...
que no es ahora. Entonces había que tener un
par de huevos para decir eso...
Efectivamente,
muchos alumnos me recordaban también por haber tratado el tema
de la sexualidad en clase, cosa muy rara en
aquellos tiempos.
6-6-2006
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