TRIBUNA: FERNANDO GALVÁN
Por qué a los españoles se nos da mal el inglés
No son los genes. Nuestro
número limitado de sonidos vocálicos, el doblaje en cine
y televisión y la incorporación reciente a nuestra
enseñanza de la lengua de Shakespeare explican que andemos lejos
de nórdicos y portugueses
FERNANDO GALVÁN
19/07/2010
Como cada año, miles de españoles aprovechan el verano
para someterse a cursos intensivos y/o realizar estancias en el
extranjero con el objetivo de aprender inglés. Resulta
lógico: el inglés es hoy incuestionablemente la lengua de
comunicación internacional. Se supone que cualquier persona con
una cultura media la conoce, igual que conoce el correo
electrónico o Internet. Y es muy llamativo que el número
de hablantes de inglés como segunda lengua sea ya superior al de
los que la tienen como lengua materna. A mitad del siglo XX, el 9% de
los habitantes del planeta tenían como lengua materna el
inglés, un porcentaje que, según las estimaciones, se
reducirá al 5% en 2050. Sin embargo, mientras que hacia 1950
unos 250 millones de personas hablaban inglés como segunda
lengua, para el año 2050 esta cantidad se habrá
multiplicado por cinco, hasta alcanzar los 1.250 millones de personas;
un dato muy revelador de la evolución del inglés en todo
el mundo.
El inglés pierde peso en el mundo como primera lengua, pero crece y se consagra como segunda
En otros países, los niños y adolescentes enchufan la tele y escuchan en inglés sus programas favoritos
Que el inglés sea la lengua dominante en los territorios que
fueron parte de su poderoso imperio colonial no puede sorprendernos,
pues así ha ocurrido con otras lenguas en el pasado (el griego,
el latín o nuestra propia lengua española). Pero que,
además, se haya convertido en un idioma utilizado
comúnmente en ciertos países europeos, como los
nórdicos, en los que Reino Unido nunca ha ejercido ningún
poder político, resulta ya más sorprendente. Cada
día son más los centros de enseñanza superior,
dentro y fuera de Europa, que emplean el inglés, especialmente
para sus estudios de posgrado. Llama la atención que
prestigiosas universidades del ámbito germánico, o de
Europa oriental, hayan renunciado al alemán -lengua de la
ciencia y de la filosofía desde el siglo XIX- para plegarse a la
dominación del inglés, de modo que la docencia en muchos
de esos estudios se imparte en ese idioma.
En España está empezando a ocurrir lo mismo, al menos en
unas pocas universidades, pero la sensación generalizada que
tienen los españoles es de no estar a la altura de otros
europeos, universitarios o no, e incluso de ciertas élites
culturales latinoamericanas. ¿Por qué nos cuesta tanto
hablar inglés? ¿Es que hay entre los españoles
algún gen reacio a esa lengua? Naturalmente, la respuesta ha de
ser negativa. No hay nada orgánico, ni étnico, en el
hecho de que el porcentaje de españoles capaz de comunicarse
fluidamente en inglés sea muy inferior al de la población
nórdica, la germánica o incluso la de algunos
países eslavos. Los motivos son de tipo cultural, educativo y,
evidentemente, también lingüísticos.
Comencemos por estos últimos. El español, y nuestras
otras lenguas románicas (a las que habría que
añadir también el vasco), no pertenecen a la familia
lingüística del inglés, que es el grupo de lenguas
germánicas. Es obvio que resulta mucho más fácil
para un español aprender gallego, catalán, italiano o
francés que sueco, alemán, o inglés. La
gramática y, sobre todo, el vocabulario suelen ser muy parecidos
entre las lenguas de una misma familia.
Pero esta explicación nos vale solo en parte. ¿Por
qué nuestros vecinos portugueses hablan mejor inglés que
los españoles? Uno de los motivos es de índole
lingüística, y tiene que ver con los diferentes sistemas
vocálicos del castellano y del portugués, lo que explica
también que, tratándose de dos lenguas cercanas (y
mutuamente inteligibles en su expresión escrita), ofrezcan
tantas dificultades para su mutua comprensión oral, al menos
para los hispanohablantes.
Los diferentes sonidos vocálicos del portugués suponen
una barrera inicial para los hablantes de español, que armados
con nuestro sencillo sistema de cinco vocales, nos sorprendemos ante la
diversidad lusa. Por eso, la dificultad que experimentamos los
hispanohablantes cuando nos enfrentamos al aprendizaje del sistema de
12 vocales del inglés es superada con facilidad por los
portugueses. Si uno está acostumbrado a que en su lengua materna
una "a" no siempre suena igual, poco le costará adaptar el
oído (y la pronunciación) a un sistema que, aunque
distinto, se basa en la diferenciación no entre cinco sino entre
más del doble de vocales. En cambio, los españoles
luchamos denodadamente durante décadas por distinguir entre ship
y sheep, entre latter y letter, entre cut, cot y caught,
etcétera.
Otra explicación se halla en el entorno socio-cultural en el que
nos movemos, y sobre todo, en los medios audiovisuales que nos rodean.
Es un hecho demostrado que una lengua se aprende más
fácilmente si existe un entorno propicio en el que los sujetos
están "expuestos" a la lengua en una gama variada y
múltiple de circunstancias. No basta con las horas que
dediquemos a aprender el idioma en el aula. ¿Acaso los
estudiantes españoles no dedican, en las fases obligatorias de
la enseñanza, un elevado número de años, a
razón de un promedio de tres horas semanales, a estudiar
inglés? ¿Cómo es posible que, después de
tantas horas dedicadas al estudio, muchos de nuestros jóvenes
sean incapaces de entender y de comunicarse en este idioma en
situaciones de la vida cotidiana? Pues bien, el hecho importante es
que, salvo en casos excepcionales o muy restringidos, la mayoría
de nuestra población no está sometida al inglés
hablado en casi ninguna circunstancia. Cuando el estudiante sale del
aula, acaba su exposición oral al idioma. No lo escucha en la
radio, ni en la televisión, ni en el cine.
Y no es que la cultura audiovisual norteamericana no nos haya
"invadido" en medida similar a nuestro vecino Portugal o al resto del
continente europeo. Pero ocurre que en otros países no se doblan
las series de televisión norteamericanas y las películas
se exhiben en los cines en versión original con
subtítulos. En España, sin embargo, el franquismo impuso
el doblaje a todos los productos audiovisuales foráneos, lo que
facilitaba la censura y permitía la "hispanización" y
uniformidad lingüística de las voces y los acentos
extranjeros. Los estudiantes polacos o suecos, portugueses u
holandeses, están acostumbrados, desde su más temprana
edad, a la exposición oral al inglés. Acaban su jornada
escolar y, al conectar en casa sus televisores para ver sus dibujos
animados o sus series favoritas, buena parte de ese material les llega
en inglés. Así, casi sin darse cuenta, siguen aprendiendo
fuera del aula, y para ellos el inglés ya no es una asignatura
más del currículum, sino que forma parte de su entorno
vital extra-escolar. Para utilizar una terminología en boga,
podríamos decir que el inglés se convierte así en
materia "transversal", que se aprende mientras se está haciendo
otra cosa.
El entorno educativo es también esencial para el aprendizaje de
una lengua extranjera; y es cierto que el acceso de los
españoles al inglés data de menos de medio siglo, pues
hasta los años setenta del siglo XX su implantación en
nuestros centros escolares era muy reducida. No era tan fácil,
en los años sesenta, encontrar institutos de enseñanza
media donde se enseñara inglés. Si no teníamos
hasta hace poco suficientes profesores bien preparados para
enseñar esta lengua; si no empezábamos a enseñar
inglés a los niños hasta después de los 10
años, ¿cómo podemos esperar igualar el nivel de
competencia lingüística de otros países europeos?
Hoy, por fortuna, los programas de enseñanza bilingüe en
las escuelas de Infantil y Primaria, y su extensión a la
Enseñanza Secundaria, hacen concebir esperanzas de que dentro de
unos años la capacitación de nuestros adolescentes sea
bien distinta de la actual. Pero, al mismo tiempo, hay que mejorar
también los niveles de exposición social y cultural al
inglés en los medios de comunicación, y fomentar la
gradual internacionalización de nuestras universidades,
internacionalización que implica inexorablemente la mayor
presencia del inglés y, por ende, la mejora en nuestra capacidad
de entender y hacernos entender en este idioma.
Fernando Galván es catedrático de Filología Inglesa y rector de la Universidad de Alcalá.