| Jueves, 6 de julio de 2000 |
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- ¿Cuál era la función de Montiglio en el entorno de Allende?
- Pertenecía a la llamada Guardia de Amigos Personales (GAP), una escolta partidista de Allende. Llegó muy poco después que yo. Sólo llevaba un par de años trabajando cuando se produjo el golpe de Estado. Era un chico muy tranquilo, con bastantes estudios. Se hacía llamar Aníbal. Toda la gente del GAP se hacía llamar por otro nombre.
- ¿Todos fueron detenidos juntos?
- Sí. Cuando nos detuvieron pretendían pasar un tanque por encima de todos nosotros. Para eso nos pusieron con los pies sobre la vereda, y los cuerpos en la acera.
- ¿Cómo se salvaron?
- La gente que estaba enfrente, en el Ministerio de Obras Públicas, empezó a gritar. Entonces el tanque se paró y ordenaron desalojar el Ministerio. Llegaron unos autobuses grises y nos llevaron al regimiento Tacna. Allí nos obligaron a arrodillarnos y nos rodearon con ametralladoras. Nos iban a fusilar.
- ¿Qué evitó que lo hicieran?-
Los oficiales comenzaron a decir que no era conveniente hacerlo, calmaron al comandante. Nos colocaron en tres filas boca abajo, con las manos detrás de la nuca y los pies cruzados. Hubo simulacros de fusilamientos. El día 12 llegaron unos soldados con unos alambres galvanizados, pinzas y alicates, y empezaron a atarnos a todos de pies y manos. Nos dejaron atados y vinieron unos camiones. Me quedé solo en el suelo, viendo cómo subían a todos los demás. No recuerdo a Montiglio en particular, pero sé que estaba toda la gente que había sido detenida en La Moneda.
- ¿Cómo fue su encuentro con Allende antes de que él se suicidara?
- Cuando se fueron los agentes de la Guardia del palacio y cambiaron de bando, el presidente me llamó. Estaba en el salón Toesca, en una mesa grande, sentado sobre la mesa y con los pies colgando. Estaba solo. Me acerqué y me dijo que estaba liberado para retirarme junto con todos los funcionarios a mi cargo. Le contesté: «Yo voy a quedarme». Entonces me dijo: «Estaba seguro de que usted se iba a quedar, porque los viejos robles mueren de pie». No fue nada grandilocuente, sólo una cosa sentida.
- ¿Porqué decidió quedarse en La Moneda?
- Uno piensa en ese momento en muchas cosas. Que se ha estado cumpliendo una función, que hay una familia que ha creído en lo que uno decía... ¿Con qué cara me iba a presentar a todo el mundo si escapaba? Son decisiones sin vuelta, sin importar lo que vaya a suceder.
- ¿Cree usted que actualmente se prepara una amnistía en Chile?
- Chile es como un avestruz, tiene escondida la cabeza en la arena. Este país no se atreve a decir la verdad.
- ¿Siente que su país le ha traicionado?
- No, cómo me va a traicionar a mí... Yo creo que este país se ha traicionado a sí mismo. A mí nadie me ha hecho nada, yo me doy con un canto en los dientes por poder estar con vida, por mirarme tranquilo al espejo y ver a mis nietas que me quieren. Con eso me basta. La verdad es una. El tipo que mató, mató. Y el que torturó, torturó. Y no hay vuelta. No se va a cambiar, se va a terminar por olvidar. Va a pasar lo mismo que en España, donde les dieron un reconocimiento a los soldados de la República cuando ya no existían. Van a poner nombres a calles cuando la gente ya esté olvidada, muerta y acabada.
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