DISCURS PRONUNCIAT PEL SR. MANUEL ALVAR AMB MOTIU DE LA INVESTIDURA COM A DOCTOR HONORIS CAUSA PER LA UNIVERSITAT D'ALACANT
  
Excmo. Sr. Rector Magnífico,
Excmos. e Ilmos. Sres.,
Sras. y Sres.,

Responder a un acto de infinita generosidad es tarea difícilmente explicable. Estoy ante Vds. y no sé qué admirar más, su benevolencia o su error. Porque ¿cuáles son mis méritos para que Vds. me honren de este modo? ¿Y cuánta mi osadía para aceptar la distinción? En Vds. el haber querido encontrar en mí -pienso- una vocación de trabajo y una dedicación a la Universidad. Por mi parte -y acaso en ello coincida con Vds.- mi talante universitario. Nunca he sido otra cosa que profesor universitario, desde 1945 en que empecé mis tareas en Salamanca hasta hoy que me ampara una institución norteamericana cuando fui relevado de servir a la mía. Casi medio siglo de vocación a la enseñanza, pero entendiéndola como aprendí de mis maestros: no puede haber un profesor universitario que no cree ciencia. No voy a negar el mérito -y puede ser muy grande- del "repetidor"; más aún, lo creo imprescindible. Pero, en un determinado nivel, hay que incitar al trabajo personal, a hacer que nuestros saberes adelanten, pues los versos de Lope de Vega me sirven para la ocasión:

En la senda del vivir
no ir adelante es ir atrás,
y el que a arar empieza
no ha de volver la cabeza
sino arar y proseguir.

Pienso en las tareas científicas del catedrático universitario, que no terminan con la explicación, o mejor aún, para quien la labor docente no es sólo la exposición de unos temas, sino la enseñanza de una labor y el ejemplo de una conducta. A esto yo le llamaría investigación. Enseñar e iluminar conocimientos son las dos condiciones que debe tener el profesor universitario. ¡Ojalá vuestra benevolencia al juzgarme no me quiebre por la debilidad de mis fuerzas! Acepto el honor que me conferís, con él quisiera justificar este medio siglo de mi vida, pues en tanto lo estimo, y quisiera comprometerme para siempre con la Universidad de Alicante por una gratitud inacabable, por una filial devoción y por una fidelidad que durará tanto como mis días. Perdonad mi torpeza: imaginaos que quisiera acuñar una moneda nunca troquelada para ofrecérosla en estos momentos, pero sólo sé recurrir a una palabra desgastada, en la que quiero expresar mis más íntimos sentimientos: Gracias, muchas gracias.
 


 
 

DIE MUNDART VON ALACANT EN LA DIALECTOLOGÍA DE SU TIEMPO

Alicante tiene en la lengua de todos una literatura esplendorosa. No hubiera sido difícil hablar de ella. Pero en esta ocasión quiero recordar dos motivos: una parcela lingüística de la que alguna vez me he ocupado, pero que no ha sido mi trabajo habitual, y mi condición de dialectólogo. La ocasión ha venido a confluir precisamente en esta ciudad y en esta provincia. Me refiero a un estudio singularísimo que se publicó hace ochenta años en alemán y que constituye uno de los puntos de partida de nuestra dialectología, me refiero a Die Mundart von Alacant, de Pedro Barnils, al que voy a dedicar mi lección.

Por 1913, la dialectología en España apenas si había apuntado. Teníamos estudios excepcionales sobre textos, como el de Menéndez Pidal acerca del Poema de Yuçúf; Erik Staaff había escrito una obra magistral sobre el dialecto leonés y poseíamos visiones de conjunto sobre algunas regiones muy bien caracterizadas, me refiero al trabajo de Umphrey sobre el antiguo aragonés. Sobre las hablas vivas teníamos una obra de inagotable valor, El dialecto leonés de Menéndez Pidal. Harían falta no pocos años para que los trabajos de campo superaran una situación pionera. En catalán había numerosísimos estudios de carácter muy heterogéneo a los que tendré que referirme cuando trate de encuadrar la obra de Barnils, realizada con originalidad dentro de nuestros estudios y con un rigor implacable. La bibliografía que aporta en su libro es impresionante: desde los trabajos clásicos de grandes maestros a tesis doctorales recientes, desde precisiones muy puntuables a visiones amplísimas de toda la Romania. Barnils en ese momento se nos muestra como un representante muy caracterizado de la mejor ciencia alemana de su tiempo. Despojar la nómina de autores que aduce a lo largo de su libro resulta abrumador: sin agotar la lista contaríamos con la inacabable teoría de Baist, Cornu, Von Ettmayer, Foerster, Gauchat, Gilliéron, Gróber, Guarnerio, Hanssen, Horning, Jaberg, Josselyn, Leite de Vasconcellos, Menéndez Pidal, P. Meyer, Meyer - Lübke, Morf, Mussafia, Niepage, Parodi, Roques, Rousselot, Sainéan, Saroffiandy, A. Thomas, Suchier, Schuchardt, Schultz - Gora, Zanner. No creo que nadie en ningún sitio estuviera más al día de lo que se producía en engadino o en rumano, en francés o en provenzal, en italiano o en andaluz. Hay algo que me parece fundamental: saber evita descubrir mediterráneos y Barnils cada paso que dio lo tenía muy bien asentado. De una parte por cuanto aprendió en Alemania, de otra, por lo que le enseñaron quienes en su tierra se habían ocupado de los problemas que le afectaban, digamos su muy querido Mosén Alcover, Fabra, Forteza, Fullana, Milá y Fontanals, Nebot. Aparte quedan Griera y Montolíu, pero esto tiene que ver con la trayectoria humana de Barnils y no se puede desprender de lo que nos muestran las enojosas listas de nombres que acabo de ordenar.

Porque la formación germánica de Barnils tiene una clara justificación: en 1908, la Diputación de Barcelona concedió unas becas a jóvenes filólogos que deberían completar su formación en Halle ander Sale (Alemania). Fueron seleccionados Barnils, Griera y Montolíu. Creo que, con cuantas restricciones podamos formular, el aprovechamiento fue singular: estudios sobre fonética y lexicografía, geografía lingüística y filosofía del lenguaje. Por vez primera en España se habló de atlas lingüísticos y se tradujo a Vossler. Cierto que para algún proyecto había en el dominio catalán antecedentes mejores de los que en un ahora tardío se allegaron, y que ni el Atlas de Cataluña superó al de Francia, ni el Tresor al Glossaire de Gauchat. Pero las simientes estaban prestas para su fructificación y hoy las vemos con una perspectiva que nos las hacen valorar de muy diverso modo, pues el Atlas de Griera vino a señalar un hito, acaso el último de la primera etapa de la geografía lingüística, pero eslabón evolucionado de la escuela de Gilliéron que nos permitiría seguir adelante en la senda del maestro suizo. Ahora vemos también el sentido que la presencia de Montolíu, o de Griera tiene en el Mundart von Alacant, como referencia amistosa una y otra vez aducida. Barrifis y Griera se enfrentaron en sus tesis doctorales a cuestiones que podrían emparentarse, pues si el primero estudió el valenciano de la provincia de Alicante, no se pudo zafar de los problemas de las fronteras y de las interferencias lingüísticas, mientras que el segundo se dedicaba plenamente al trazado de los límites del catalán y del aragonés. Ambas tesis tendrían muy diferente destino, pues la de Barnils mereció el comentario, bastante inocuo, de Pompeu Fabra y la de Griera sufrió un demoledor ataque de Menéndez Pidal. Una y otra tal vez merecieran mejores juicios, pero ahí quedaron como referencia para una futura dialectología peninsular. 

Lo que yo quisiera señalar ahora en el libro de Barnils es una serie de aportaciones objetivamente válidas. Sus descripciones fonéticas son precisas y no exentas de originalidad, porque en todo momento el dialectólogo catalán planteó los problemas sobre bases muy firmes y si Schädel pudo ser su guía en las descripciones actuales, Jespersen le dio el sustento más amplio que necesitaban sus conocimientos. Pero no olvidemos que los años en que Barnils trabaja estaban marcados por el positivismo metodológico que, entre nosotros, cuajaría en 1904 en el Manual de Gramática Histórica, de Menéndez Pidal, año en el que vio la luz una obra capital, las Untersuchungen zur katalanische Lautentwiclung, de Schädel. Quedaban lejos los Neukat. Studien, de Vogel y se anunciaban nuevos caminos para el estudio de la fonética. Me refiero a la aparición de la geografía lingüística. Resulta sorprendente que Barnils tuviera en cuenta los Mirages plionétiques de Jules Gilliéron y Mario Roques publicados en 1906. Pero añadamos que Bamils no se limitó a unos conocimientos librescos, por imprescindibles que fueran, sino que durante seis meses (1911-12), trabajó en París con el abate Rousselot y sus enseñanzas tuvieron inmediata aplicación tanto en las investigaciones personales como en la constitución de un laboratorio de fonética experimental. Tenemos asegurados unos principios eminentemente positivistas, pero imprescindibles para un trabajo riguroso; no se olvide que el propio Vossler exigía basar cualquier interpretación idealista sobre el sentido de unos datos allegados con toda precisión. 

Este imprescindible positivismo se manifestó en el modo en que Barnils supo llevar a cabo su estudio y en los antecedentes que pudieron motivarlo. La Alemania de por 1908 vivía el fervor que procedía de los neo-gramáticos; la cuestión fundamental que se debatió era la de la existencia de los límites dialectales. Como presupuesto de la investigación consta en el arranque mismo del estudio: "Es handelte sich entweder darum, die kastilisch-valencianische Sprachgrenze so genau als móglich zu untersuchen", al tiempo que comprobaría la validez del estudio de J. Hadwiger sobre la frontera del valenciano. Lo que aquí resulta sorprendente es que no haya tenido en cuenta la tesis de Menéndez Pidal sobre las fronteras del valenciano, que impugnaban todas las anteriores, y que se habían publicado en las actas del primer congreso internacional de la lengua catalana, utilizadas en un texto bastante subjetivo de Aguiló. Fueron precisamente los estudios sobre fronteras lingüísticas los que pudieron inspirarle; no sin emoción aduzco la tesis doctoral de Fritz Krúger a la que expresamente aludió: las Sprachgeographische Untersuchungen in Languedoc und Roussillon, que habían de ser el punto de partida de una inmensa labor científica cristalizada en la que se llamó escuela de Hamburgo, a la que tanta gratitud deben las lenguas peninsulares. Para completar esta visión debo decir que no creo que le sirviera de sustento, aunque sí de referencia el libro de Salow, Sprachgeographische Untersuchungen über den östlichen Teil des kat.- languedokischen Grenzgebietes, que alguna vez utilizó. Estamos en unos motivos que evidentemente contaron en su quehacer de trazar la frontera de catalán y castellano en la región meridional de su dominio; no otra cosa a lo que fueron las tentativas de Griera cuando investigó la frontera septentrional. Que ambos amigos tuvieran ideas semejantes y las aplicaran a dos regiones diferentes de la misma lengua, no me parece que sea fruto del azar: formación común, idénticos maestros, amor por la propia lengua, todo colaboró a dos obras que si se realizaron de modo diferente no por ello dejaron de tener motivaciones idénticas. Y esto creo que nos lleva a otra cuestión de la que no podemos desentendernos y que sería fundamental a la hora de tomar decisiones.

Porque Barnils poseyó unos conocimientos teoricos que, nacidos del positivismo, lo superaban en muchos aspectos. Sabía de la psicología de Wundt a la que usó, y con ella habría que relacionar la naciente geografía lingüística.

Pero acaso esto merezca alguna consideración, pues no hemos de creer que Barnils, cuya base metodológica era positivista, se convirtiera en algún modo en seguidor del idealismo. A Vossler no lo cita nunca y es más de señalar porque su amigo Montolíu fue uno de los primeros idealistas españoles. El hecho mismo de que se aduzca el t. 1 de la Vdlkerpsycologie y no a Vossler me parece sintomático, pues el libro Sprache als Schöpfung und EntwickIung (Heidelberg, 1905) combate al psicologismo que, según él, la psicología poco tiene que ver con la lengua, por ser una disciplina empírica y descriptiva cuyo fin es estudiar el alma humana . Por otra parte, hay motivos que hacen pensar en la independencia de Barnils con respecto a Vossler, que fue un autor poco acepto por positivistas y geógrafo-lingüistas. A la vuelta de muchos años habría que pensar en nombres como Iorgu Iordan o Gerhard RohIfs y acaso pudiéramos entender por qué el dialecto de Alicante queda fuera del idealismo muniqués y se inclina hacia esas variantes de la creación personal que llevaron a la patología o a la terapéutica lingüísticas y a la etimología popular, tal y como Gilliéron descubrió en las manifestaciones de los hablantes. La doctrina de este maestro venía a romper con los anquilosados esquemas del positivismo para dar importancia capital a la valoración espiritual del hablante. De ahí los tratados que, en catarata, fue ilustrando el maestro de la dialectología francesa; de ahí aquella teoría de nombres egregios con que se enriqueció la romanística: Jud, Jaberg, Von Wartburg, Pop... Mosén Griera me contó lo que eran aquellas lecciones deslumbradoras y ascéticas. El maestro ponía sobre la mesa un mapa del atlas de Francia, para que los discípulos lo interpretaran, pero los discípulos no leían nada. Los más violentos improperios del docente acompañaban a la torpeza de los aprendices. Sin embargo, la enorme personalidad de aquel hombre los ganaba más que los hería, y todos se convertían en prosélitos de la nueva causa. La geografía lingüística era el revulsivo contra tanta repetición mecánica y la fonética dejaba de ser un simple problema articulatorio para convertirse en un mundo fascinante en el que el alma del hablante se iba reflejando y modelaba de modo sorprendente a las palabras o creaba una teoría de valores que servía para un infinito mundo de nuevas posibilidades, entre ellas, claro está, las etimológicas. Barnils usó del tratado de Gilliéron y Roques sobre los mirages fonéticos, pero no es esto sólo. En un momento, al hablar de migraciones y asimilaciones fonéticas intenta encontrar la causa de las motivaciones en los tipos geográficos de difusión léxica que se apoyan, precisamente, en las "erupciones fonéticas" y no en las olas expansivas (Expansionswandlungen) con que otros motivos se explican. Para mí resulta admirable pensar que la magistral conferencia de Karl Jaberg le sirviera para explicar unos problemas muy concretos de su tesis. Y mi pregunta nada tiene de retórica: ¿quién sabía en España de Jaberg si su Sprachgeogmphie no se tradujo hasta 1959?. Pero este admirable tratado no se aduce a humo de pajas: era el inicio de una vida fecunda que culminaría con el Sprach- und Sachatlas Italiens y Südschweiz, que empezó a ver la luz en 1928, y significó un paso adelante en el camino abierto por Cilliéron. En efecto, tras Jaberg, en aquel 1908 en que Barnils se inicia o en el 1911 en que se doctora, la sombra del atlas de Francia se cernía sobre el quehacer de sus discípulos, y el ALF es requerido para ilustrar caure (coquere), bau (bove), au (ovurn) y sus congéneres, la pérdida o conservación de -o final en los derivados de ferrum o taurum, la palatalización de ll en los derivados de tilia o las formas con n de los derivados de formica. No merece la pena seguir rastreando; el ALF, publicado tan poco antes, era un instrumento de trabajo en las manos de Barnils como acabaría siendo el modelo que imitaría Criera; de una u otra forma, la geografía lingüística había entrado en España y servía para suscitar otro de los grandes hallazgos de Gilliéron, el valor de la homonimia y sus repercusiones en la evolución fonética.

Por los pocos ejemplos que aduzco podemos entender bien cuán de acuerdo estaba Barnils con el nuevo método, la realidad multiforme tenía su expresión en los mapas de un atlas, trasunto fiel de lo que él recogía como cuerpo vivo de la lengua y lo que él hizo al exponer la evolución de aqua o los tratamientos dispares de bove no era otra cosa que descubrir los estratos que constituyen la geología del lenguaje de que habla Cilliéron. En 1913, los principios vivificadores del nuevo método estaban dentro de la tesis doctoral de aquel hombre que apenas si había rebasado los treinta años. Entre nosotros tardaría en fecundar otros estudios y fue Menéndez Pidal quien, antes que a la lengua, los aplicó al estudio de los romances: sus investigaciones sobre el Gerineldo y La boda estorbada fueron de una inusitada brillantez y trajo unos modos de trabajar que, desde Cilliéron, habían iluminado las investigaciones de alemanes y finlandeses; después vendría la genialidad de los Orígenes del español y los métodos geográficos se asentarían definitivamente entre nosotros. Tal vez en un principio hubo repulsa al uso del cuestionario, pero a él hubo que recurrir tanto al recoger textos poéticos como las hablas vivas, por más que se limitara y no poco el alcance de las investigaciones de Criera. Barnils había hecho una serie de llamadas de atención que afectaban a la fonética, a la distribución de formas, a la homonimia, a una nueva visión de la fonética... Todo en una tesis doctoral que se adelantó mucho a lo que aquí se hizo décadas después y quiero culpar del anquilosamiento de nuestros estudios dialectales al descuido en que tuvimos a la geografía lingüística. Si valiera la anécdota, diría simplemente que al iniciarse la década de los 50, abrí en la biblioteca del C.S.I.C., el tratado sobre la Abeille, que había permanecido intonso durante más de treinta años. Leyendo todo esto no podemos por menos que entender el carácter pionero que tuvo el libro de Barnils. Y, como en todos los trabajos pioneros, multitud de atisbos y de limitaciones. Pero hemos de aceptar las obras como son, o como fueron, y no como, desde nuestro hoy, quisiéramos que hubieran sido. En un estudio de la naturaleza del que hizo nuestro dialectólogo, faltan cosas que hoy consideramos elementales, como por ejemplo cualquier referencia de tipo sociológico, al nivel cultural de los hablantes, a su edad, al sexo, algo de lo que por estas calendas ha reclamado Francisco Gimeno y que debe hacerse, pero la obra de Barnils no sabemos cómo se llevó a cabo: si utilizó cuestionario, condición de los informantes, etc. Simplemente nos dijo que sus materiales se recogieron en un mes del año 1911, que se centró la investigación en la ciudad de Elche y que se investigaron otros 22 lugares. Es decir, trabajó rápida e intensamente, pero sus datos no permiten otra cosa que la visión sin fisuras de un dialecto, uniformidad que no parece cierta, pues basta con leer las variantes del latín aqua para que nos desaparezca la idea de la unidad monolítica del habla. Que no debemos exigir más de lo que se nos da es cierto, pero el propio Barnils tuvo conciencia de esta realidad cuando adujo la tesis doctoral de Gauchat, aunque no sé si la conoció directamente, y debiera haber recapacitado sobre ello al leer Die Sprachgeographie de Jaberg, donde tantas observaciones se hacen contra la pretendida unidad de las leyes fonéticas. Pero esto es algo continuamente sometido a tela de juicio. La realización inestable de lo que llamamos polimorfismo no impide la consideración acepta de lo que es un dialecto y en la lingüística actual las variantes del tipo que sean (polimorfismo, idiolecto, etc.) no niegan la posibilidad de considerar esa estructura estable que es el sistema regional. Barnils acaso se sintió amparado por algo que dejó escrito Gauchat cuando habló de los tres aspectos del habla y como el dialectólogo se ocupa de ese nivel medio, ni individual ni estético, que refleja la modalidad común del habla en la que un individuo representa a la colectividad.

Barnils no vio, o no pudo ver, las motivaciones del cambio lingüístico y su tesis se quedó en una lingüística descriptiva a la que aplicó los conocimientos que entonces eran los más actuales, pero no entró en explicar unas causas porque su propio tiempo no se lo permitió. Digamos que no es demérito suyo, sino un condicionamiento histórico: Gilliéron también se quedó en los umbrales del templo sin entrar en él, por más que llegara a la tierra prometida cuando estudió los derivados de secare y de serrare en Galorromania y fue necesario que su discípulo Karl Jaberg señalara lo que el AIS vino a significar con respecto a la meta alcanzada por el maestro: incorporación de la biología, de la sociología y de la etnografía a los estudios de geografía lingüística. Insisto, la tesis de Barnils pertenece a un determinado momento de la investigación y responde con toda gallardía a los postulados que se hubieran exigido no a un trabajo de principiante sino al de un investigador avezado.

Por otra parte, la inestabilidad de las regiones fronterizas es algo en lo que hoy no tenemos ninguna duda y que, en su tiempo, habían señalado Morel Fatio y Saroihandy, pero no tiene sentido el gesto agrio del dómine cuando tantas excelencias hay que aducir. Porque Barnils estaba en lo que se sabía cuando él estudió y hay una observación de dialectología castellana que es importante recoger aquí. En la p. 59 (§ 136) se dice: 

In den Kastilisch redenden Orten Elda, Monforte und Almoradi wir vor Konsonant und im Auslaut überhaup kein s vernommen. Sie erzeugen ein eigenartiges Geräusch, das dem von Schuchardt (Zs. V. S. 319) fürs Andalusische verzeichneten und mit h wiedergegebenen Laut sehr nahe steht. 

El párrafo bien merece explicación. Barnils, como los tratadistas alemanes, suele conceder poco respiro al lector: en el texto embute referencias bibliográficas y, si hace al caso, usa de abreviaturas que se dan por sobreentendidas. No es esta ocasion, pero sí en otras, y aún ahora Zs. V. significa un memorable tratado del gran Hugo Schuchardt: es el estudio titulado Die Cantes flamencos que, sobre los textos de Antonio Machado Álvarez, vino a llamar la atención de los científicos no sólo sobre un dialecto apenas considerado sino también sobre una literatura que habría de tener el más esplendoroso de los cultivos. No estamos sino en el planteamiento general de algo que había dicho con anterioridad (sb > p y la explicación aceptable de un estadio intermedio (sh). Unos años después redondeó su información cuando publicó sus notas sobre el habla de Almoradí y señala el paso de sb > f y la aparición de la s ante consonante sorda. La geografía debiera haberle hecho reconocer las cosas: no se puede hablar de "un castellà-andalús", por más que los rasgos que señala se puedan identificar en la monografía de Wulf; es lisa y llanamante, murciano, incluido el seseo. Pero poco a poco íbamos trazando nuestra dialectología y en 1929 ya no estábamos en los días en que Barnils preparó su tesis doctoral, pero estas adiciones carecen del brío juvenil y se nos muestran como unos flecos que han quedado colgando y a los que no se ha molestado en peinar. En 1929, se habían publicado trabajos de García Soriano en que estos problemas habían tenido consideración y, sobre todo, en el Vocabulario murciano de A. Sevilla en cuyo prólogo se explican estos tratamientos fonéticos. Nos quedamos con la noticia de 1913, bien enmarcada, aunque ahora sepamos que la interpretación no era la justa.

Barnils se asomó al enrevesado problema de las lenguas en contacto y de la naturaleza de las regiones fronterizas, pero sólo nos dejó alguna nota sin mayor trascendencia o le faltó el comparatismo con los dialectos leoneses o castellanos (yeísmo , rb > rv , KR-> gr. Acaso la nota más sobresaliente de esta oposición entre los dialectos de dos lenguas diferentes es la constancia que deja de la nasalización y cierre de la -o final en la terminación -ón, tal y como se da en los pueblos de habla castellana de Alicante. Testimonio de la finura de su oído y del cuidado que ponía en sus transcripciones. Pero, de cualquier modo, nos quedamos en unas observaciones que no formuló sistemáticamente, aunque nos valgan ahora como anticipo de lo que sabemos o como motivo de la penuria que los estudios dialectales padecían en la España de su tiempo.

Bamils nos legó un magnífico estudio. Después del suyo se explicaría la diptongación del catalán o la forma de los neutros latinos, se ampliarían los saberes de la dialectología española o se atemperaría la facilona influencia árabe, se explicaría más claramente la reducción de los grupos de tres consonantes o se tendría una visión más amplia de la sonorización de las consonantes finales ante palabra empezada por vocal. No se trata de exhibir lo que entre todos hemos ido aprendiendo sino de encuadrar lo que se pudo hacer y lo que se hizo. Entonces vemos cómo Die Mundart von Alacant empieza entre nosotros una dialectología de campo que no tenía antecedentes y que situaba a Barnils en la mejor tradición de la romanística. Porque no basta con decir que fue punteando las peculiaridades del dialecto alicantino frente al catalán común, que es lo que Pompeu Fabra señaló, sino que lo caracterizó fonética y morfológicamente y con peculiaridades léxicas. En el primero de los testimonios se anota la distinción de a y e átonas y de o y u; diferenciación de b y v; oposición de z a la z del barcelonés y a las consonantes ensordecidas del apitxat; conservación de -r, pero pérdida de la -d-, etc. En cuanto a la morfología, los rasgos considerados son los plurales en -ens, el perfecto simple sintético (aní por vaig anar), las desinencias -e, -es, -en del imperfecto de subjuntivo (en vez de -i, -is, -in), etc. En léxico las observaciones se salpican sin demasiada coherencia y se recogieron, en cierto modo, en un breve vocabulario de Elche. Lo que Barnils ha hecho ha sido caracterizar a un dialecto y darle presencia diferenciada dentro de las hablas catalanas. El método que le ha permitido extraer estas conclusiones es el mejor que podía haberse empleado: encuesta directa con permanencia in situ y rigor en las transcripciones fonéticas, pero aquí entran en juego razonamientos que superan en mucho el mecanismo de las leyes fonéticas. Frente al método estático de los neogramáticos, la realidad se le muestra escurridiza y no se deja explicar por unos hechos ineluctables, pues el espíritu del hombre actúa fuera de esas tendencias que se cumplen, pero que dejan resquicios a la creación individual: "Der Lautwandel ergreift ja weder gleichzeiüg alle Wórter, noch wickelt er sich gleichzeiüg ab". Para ello echa mano de la geografía lingüística, que viene en su ayuda, y son palabras de Gilliéron las que le hacen comprender las dudas en las que se encuentra: "pour qui veut determiner une tradifion phonétique locale, la grande étendue de la série homophone n'est pas une guide certaine". Entonces se enfrenta con la inestabilidad de los tratamientos fonéticos que llevan al doble juego de la ruptura del sistema en sus puntos débiles y a la nivelación cuando la multiplicidad de realizaciones no permite la comprensión de las formas. Son los tratamientos que ha hecho dentro de la homonimia, como manifestación de la más pura doctrina guilléroniana. Entonces el individuo participa en su habla no como un robot que actúa desamoradamente, sino como una criatura apasionada; van surgiendo las evoluciones discrepantes de aqua, de coquere o de noven la historia del rosínyol desde el ya inexpresivo lusciniolum , tan apasionante como la historia del graal de Nicodemo, a la que ha llegado desde el ilicitano estill 'ramo de claveles'< stilu. Acaso en este caminar haya otra sombra que la de Gilliéron: pues si el gran dialectólogo enseñó a estudiar una lingüística autónoma, me contaba Criera que en Cauchat había aprendido el sentido estético de las palabras y a sentir la belleza de la obra de arte. ¿Diríamos el mismo camino para Barnils?.

Hace muy poco he dicho que Barnils "ha caracterizado a un dialecto y le ha dado presencia diferenciada dentro de las hablas catalanas". Estas conclusiones no son sino el anticipo de algo que fue su propio quehacer: en 1919 publicó su trabajo Dialectes catalans, cuya vigencia había de ser duradera. Antonio Badía escribiría al filo de 1950: IBamils] ensayó una clasificación y delimitación de nuestros dialectos, no siguiendo un criterio puramente lingüístico, sino cediendo también a unidades geográficas reconocidas. No obstante, por haber sido casi el único trabajo de conjunto durante muchos años, por recoger la bibliografía anterior, y por consignar características de cada dialecto, lo tendremos siempre en cuenta, incluso al adoptar otras fronteras". Así, pues, de la tesis doctoral del joven dialectólogo salió caracterizado un subdialecto valenciano de cierta personalidad, y con unos informes que hacían mucho más valiosa su contribución. Bastaría pensar que sólo cuatro puntos de Alicante se incluyeron en el Atlas lingüístic de Catalunya. Si los comparamos con los veintiuno que Barnils "habe ich persónlich besucht" la deducción que se obtiene es clara: Criera que tanto se preocupó por el trazado de las fronteras del catalán septentrional, tanto en su tesis como en el propio Atlas, descuidó inexplicablemente lo que, acaso, más necesitado estaba entonces de información: el trazado de la frontera meridional.

Las lecciones bien aprendidas lo llevaron a unos resultados que hoy nos sorprenden: había sabido cohonestar el rigor positivista con la capacidad del hombre para crear su instrumento de comunicación, denunciando las quiebras del fonetismo implacable y sintiendo latir a la criatura que yace bajo cualquier manifestación. El tratado sobre las hablas alicantinas tenía unos propósitos muy claros y no podemos decir que no se cumplieran, pero más allá, o más dentro, se anunciaba la posibilidad de rebasar el rigor de los esquematismos implacables. Lo malo es que esta obra, tan digna de nuestro interés, se vio truncada. El hombre que la hizo fue sacrificado a las tareas administrativas del Institut d'Estudis Catalans: se ha hablado de ilusión y de frustraciones. Lo cierto es que aquellos logros que hoy vemos como un clarinazo de esperanza se quedaron sin la madurez del fruto sazonado.
 

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Última actualització: 29-oct-1999 
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