| DISCURS PRONUNICAT PER L'EXCEL·LENTÍSSIM
ALONSO ZAMORA VICENTE, EN LA SEUA INVESTIDURA COM A DOCTOR HONORIS CAUSA
PER LA UNIVERSITAT D'ALACANT
Excelentísimo Sr. Rector Magnífico de la Universidad de Alicante. Autoridades, Rectores, amigos todos. Confieso que he atravesado
largos ratos de indecisión, sobre cómo saldría medianamente
airoso de este trance, el ritual discurso de investidura. En otras ocasiones,
la condición venerable de la Universidad que me recibía,
o el haber compartido tareas en ella, siquiera hubiera sido bajo el disfraz
de funcionario, me ayudaban a salir del apuro. Sí, me era mucho
más fácil, en Coimbra o en Salamanca, llegar a la Edad Media.
Una sombra de sueño de siglos ondulaba, fresca, sobre el auditorio,
ya ganada su complicidad. En otros lugares, yo podía recurrir como
tabla de salvación a la propia historia. La vieja Mesta con su nomenclatura,
aún viva en algunas esquinas de la nueva Salamanca, me auxilió
para redactar un par de páginas del discurso, repletas de verdad
intocable. ¡Aquellas callecitas del ensanche, con nombres guerreros
y sectarios, pero con un gran cartel debajo: “Cordel de merinas”! Para
mí tenía un despertar muy diferente del agonioso cotidiano
cuando, primavera adentro, el aire rebosaba repiqueteos de esquilas y ladridos
de mastines... Pero hoy estamos en una universidad muy joven, y me siento
a ratos ufano, incluso orgulloso, cobardemente orgulloso, de este momento.
Y el porqué es muy claro.
Además, no valían ya los supuestos previos. La comunidad parlante estaba inmersa por igual en el valenciano (el de Játiva, el de Valencia, el que transitaba para la vida administrativa, notarial, alcabalera, y demás calamidades que nos acosan), y el castellano de la escuela, lengua general, que, por lo menos, respetó las vocales del Levante, las que Valle llamaba “las crasas vocales del Padre Claret”. El servicio militar y la radio mandaban al olvido la lengua tradicional. He ido viendo cómo poco a poco se sabía algo más: Con los materiales recogidos para el Atlas de la Península Ibérica, nuestro llorado Sanchís Guarner publicó un sugestivo análisis. Y yo continué por otros caminos que la confusa y a veces descorazonadora circunstancia impuso (eso que no sabemos cómo llamar y que, hábito haragán, bautizamos como “la vida”). Pero me quedó siempre la espinita clavada, y no dorada, como quería Machado... He pasado fugazmente por ahí, para contemplar una realidad nueva, y comprobar que no hay ya batanes, ni telares, ni tertulias en la plaza, todo sustituido por la clamorosa televisión. Sí, en mi experiencia de dialectólogo, también tarea muerta, hay una frustración: estudiar el habla de una comarca de habla valenciana, de transición, que se me quedó a trasmano, como el recuerdo desvalido. Y esto acarrea la confesión de que hablé. Voces amigas (y otras no tan amigas) con frecuencia me han reprochado que no retoque mi Dialectología ni la reedite ampliándola. Y es verdad que así la concebí. Diré ahora, claro y alto, que no la tocaré nunca. El contenido de ese libro es testimonial. Desenvuelve un mapa de un pasado aún no lejano, pero pasado. Fue así. Seréis felices si vais encontrando relictos como los hechos que saco allí en primera línea de la comunicación. Lo demás ya ha perdido vigencia. En la escuela pidaliana, hemos hecho una dialectología, levantando toda una construcción riquísima, eso sí, y verdadera, con el rigor de una ciencia exacta, con criterios documentales y muy depurados. Era siempre un tropezar con la Historia, con las luchas, y sus herencias políticas, discutidas y fugaces. Mi libro nos dice tan sólo una verdad inesquivable: “esto fue así”. Y añado hoy, y descargo mi conciencia: “Y ya no es”. Quedan reliquias aquí y allá, entre las gentes de edad, pero la vida es otra. Ya antes de la Guerra Civil, podíamos apreciar anchas lagunas pero reconocíamos sus rasgos en la taberna del pueblo, en las faenas del campo, en los ritos de paso, al cantar, vagamente emocionados, las viejas canciones, tantas emparentadas con la música renacentista. Pero ya la radio comenzaba a seriar el habla, y la gente sustituyó Las tres morillas o Triste estaba el Rey David, por los anuncios y sus musiquillas enaltecedoras de portentos y comodidades. Incluso la exhibición de copias del Prado o el pequeño teatro de las Misiones pedagógicas hablaban la lengua de la Puerta del Sol, de los periódicos, del mitin político... En pueblos preciosos de la mitad norte, donde la gente nos ayudaba a instalar los cuadros en los soportales de la Plaza Mayor (¡hasta en el calabozo del Ayuntamiento!) las mujeres que traían sus colchas de colorines, testigos de viejos ajuares, canturreaban culpes y pasodobles toreros. No es menester ser acreditado profeta para saber que, después de oír aquellas ligeras charlas sobre las Las Lanzas y las guerras de Flandes, o sobre la francesada y los cuadros de Goya, escondieran su habla en el rincón del sonrojo, al no saber repetir lo que acababan de oír. No digamos cuando el recolector de la música tradicional era un alemán rígido... Aún he conocido yo este tipo de contrastes cuando, no hace muchos años, un equipo del Departamento de Etnografía de la Universidad de Hamburgo recorría los pueblos españoles buscando ejemplares de la cerámica tradicional. Las mujeres, contentísimas, acudían con el cántaro arrinconado, quizá desbocado, al que ya veían transformado en el equivalente de plástico, y con algún dinerillo de propina. Supitaños, se desplomaban los palos del sombrajo: “No señora, de ninguna manera. Este cántaro no figura en nuestro catálogo, luego no sirve, no es lo que buscamos”. La lógica hermética se convertía en plaga autorizada por los dibujos de piezas representativas, llevados a cabo por Natalia Seseña. Han desaparecido ante mis ojos algunas zonas de riquísima y problemática variedad oral. Por ejemplo, lo acaecido en El Rebollar salmantino; tres, cuatro pueblos con rasgos muy antiguos, que planteaban en Madrid grandes discusiones: Decían les cases, les puertes. ¿Colonización asturiana? ¿Rasgos in situ de la evolución primitiva, o mozárabe? Pues todo se perdió de la noche a la mañana. La tierra pobretona encerraba un riquísimo venero de wolframio, que se internaba en Portugal. Rápidamente, cuestión de horas, los dos comités de la Guerra Mundial, los aliados por una parte, el Eje por la otra, acudieron dispuestos a cubrir de oro amonedado los díscolos bancales. El labriego amaneció en la fortuna. Los jóvenes emigraron a las capitales, a Lisboa, a Cataluña. Hoy vuelven hijos ya con los alifajes de la vejez o los nietos y biznietos que rehacen la casa familiar para residencia de vacaciones. Cuando aún intentaba yo ir tomando notas para ese aumento que se me reprocha no hacer, le escribí al párroco del lugar más grandecito. Me contestó con notorio mal humor: “Aquí hablamos como en Madrid, o mejor. Pero usted, ¿qué se ha creído?” Sin embargo, le di las gracias por su amabilidad. No me atreví a preguntarle si las lujosas arañas que habían comprado (sin tener luz todavía) las habían empleado. Cuando se recorrió esa tierra para hacer el ALPI, aún quedaban, muy vivas, las viejas consonantes sonoras medievales. Hoy quedan solamente en algunos casos o como vulgarismos que se van corrigiendo. Incluso en las montañas del corazón de Andalucía se encontraron las consonantes venerables. Vivían con normalidad en viejos pastores que no bajaban nunca a las ciudades, quizá solamente para el aislamiento militar, o al Hospital, por algún accidente. El novelista mallorquín Janer Manila llevó uno de esos pastores, sin trabajo por los cambios sociales, a Palma. Valía la pena oírle contar los variopintos percances que provocaron los tropezones del rescatado en su acomodación a la vida corriente, sobre todo los nacidos de no entender el derecho a la propiedad privada, monetaria o de cualquier tipo. En mi visita, todos andaban con un transistor en la mano, aprendiéndose un turbión de vulgaridades y el griterío de los anuncios. Si mis viejos espectadores de los cuadros del Prado se quedaban boquiabiertos, pensemos por un momento cuál sería la reacción ante el caudaloso llover venturas innúmeras del transistor: prodigios de cosméticos, de ropas de marca, muebles lujosísimos, cruceros al triángulo de las Bermudas... Un relicto lingüístico importantísimo desapareció. Y después de nuestra guerra, ha habido emigraciones interiores que han obligado a hablar de otra forma. Incluso como defensa rápida se cambió o se evitó hasta la entonación patrimonial, para disimular un origen, una posible revisión de un pasado próximo, con su acompañamiento de malquerencias, delaciones, un baño de espanto de temerosas venganzas... Más tarde, la técnica moderna, las comunicaciones fáciles, el intercambio generalizado, hicieron lo demás. No, no tocaré mi libro. En su base está el hecho, un tanto ingenuo, de pensar que, resonante aún el eco de las legiones romanas en retirada, allí aparecía el filologuillo madrileño, a ver qué habían dejado los fugitivos. Cuando he vuelto, otras invasiones y huidas habían dejado paso a una sociedad diferente a la que ya no podemos aplicar los supuestos heredados de la filología historicista o idealista. Hay que mirar, pues, mi Dialectología
como una excavación, en territorio fértil, para toparnos
con el hecho diferenciador (aparte de que hoy sabemos muchísimo
más de algunos extremos, sobre todo del español americano).
Ayudará, durante mucho más tiempo aún (quizá
más del que pensamos) a valorar y enjuiciar relictos, usos semánticos
ajenos a la lengua general. Pero habrá que pensar en modificar las
causas de muchas fronteras. ¡Qué asombro al ver, en algunas
hablas, fronteras viejísimas, prerromanas, mientras que las medievales
han sido absorbidas...! Cuando fijé mi atención en el gallego,
la cenicienta (hasta hace poco) de las lenguas románicas, pude establecer
unos límites muy claros para algunos fenómenos, que fueron
aceptados por la filología universal. La geada famosa reproducía
muy bien la penetración del mundo celta, sí, pero su línea
era viva presencia de los límites de las demarcaciones romanas y
de las diócesis medievales, Astorga y Braganza. Hoy viven de espaldas
la una de la otra. Pero el límite antiguo sigue ahí, impasible.
Sin embargo, la más joven ciencia lingüística ve el
fenómeno nacido espontáneamente de la propia articulación.
Pero esa frontera, sigue, para mí, representado dos formas de vida
diferentes, encerradas en un terreno que hoy rebulle en manifestaciones
análogas: las casas circulares, la toponimia, los hábitos
y las costumbres folklóricas, y hasta los ritos de la vida. Cuántas
veces he revivido unas palabras del venerable Secretario de la Junta, el
Profesor Castillejo, jurista, ante la inutilidad de nuestros esfuerzos
para establecer los límites de Castilla y León, frontera
borrada por completo. El la había fijado por la forma de hacer las
sopas de ajo. Y llevaba razón. Lo que juzgábamos una burlona
salida, hoy puede apoyarse en otros datos más significativos: las
pastorales navideñas, por ejemplo. (Ahí está también
la fuente común del teatro de Lucas Fernández y de Gil Vicente,
que se iluminan esplendorosamente al perseguir la permanencia de temas,
actitudes, hábitos, etc..., y muy especialmente, las representaciones
populares aún vivas). Pero a mí, aquella frontera que yo
fijé en los años cuarenta, me sigue fascinando. ¿Por
qué ese cambio tan diferenciador, tan cercano a otros análogos
registrados con respeto y casi amor en otras regiones de la Romania, señala
una supervivencia de siglos, avatares muy enconados y contradictorios?
¿Cómo es posible que aún hoy, con tantas y tantas
facilidades para la convivencia, un arroyuelo minúsculo, que se
salta sin alterar el paso, siga siendo la frontera secular en tierra de
Oscos, entre gallego y gallego-astur? ¡Cuánto sabemos, sí,
pero cuánto ignoramos! La dialectología hemos de hacerla
hoy compartiendo la búsqueda de trazos que conforman una manera
concreta de construirse la vida una colectividad: hay que ponerla al ladito
de los ritos de paso, de las fiestas, de las comidas tradicionales, de
la dulcería de las ocasiones dichosas, de la vida familiar, del
derecho particular si existe... La realidad etnográfica representa
mucho más que la diptongación, o el comportamiento de verbos
rebeldes. Necesitamos disponer de excelentes etnógrafos que se acerquen
a las comunidades españolas sin telarañas en la mirada, y
menos aún en la visión histórica. En los lugares donde
la trashumancia tiene aún realidad palpitante, aparecerán,
estoy seguro, muchas manifestaciones de “otro vivir” muy representativas,
y en todas habrá vestigios de lenguas que se cruzaban en la caminata
por vados y montañas. ¡Con qué severa convicción
dicen “yo soy pastor” gentes muy educadas, de formación incluso
universitaria, en lugares de la tierra segoviana! Lo afirman gentes que
saben muy bien que, pasados unos meses, bajarán al valle de Alcudia
a recoger sus ganados. Adelanto que la gran beneficiada con estos estudios
será nuestra gran literatura. Llevo muchos años acarreando
materiales para hacer ver la penetración de la lengua popular en
la vida y en los textos ilustres. Ya sé que no lo podré hacer,
que me faltará tiempo. Cuando alguien lo ha considerado, lo ha visto
desdeñable, inoperante. Es la lengua de la esquina, de la muchachilla
que canta por patios o corrales o mientras trabaja en la era o en la ribera
próxima, la lengua de los problemas discutidos en la taberna o bajo
la sombra amiga de la olma (tan lamentablemente definida en el Diccionario
académico, la olma)... ¿Por qué despreciamos tan empeñosamente
ese aspecto de nuestro gran teatro? Hoy, cuando ya veo que no podré
ni siquiera releer muchos textos, me complazco en citar y citar algunos
casos. No debo prolongar más este rato, mi primera lección
como doctor nuevo por Alicante. Citaré solamente uno. Santa Teresa,
en el Libro de su vida, quiere describir el éxtasis. Menudo empeño,
reducir a letras la expedición humana más prodigiosa, esa
escapada al reino de la luz, del milagro rotundo. La santa espera ya la
levitación. Nota que el alma empieza a desprenderse del suelo, a
perder la noción de los horizontes cercanos... “Ya, ya, -dice- empieza
[el alma] a perder el pelo malo”. No sé aún, me acobarda
la masa de letra impresa sobre teología mística para ver
cómo se defienden los eruditos ante esa expresión. Pienso
que, entonces, todo el mundo la entendía; quizá la admiración
de Fray Luis de León por el estilo de Santa Teresa tuvo en esas
palabras (y otras de parecida naturaleza) un firme apoyo. Pero volvamos
a la levitación: a veces, un ruido, una llamada inoportuna, nos
devuelven al cotidiano sufrir. Al ratito, insistimos. Hasta que el pelo
malo desaparece. Pues todavía hoy, en la lengua de los campesinos
del Amblés, perder el pelo malo alude a la pérdida del plumón
inútil de los pajarillos, y al estreno de sus primeros vuelos. Y
los vemos levantarse un palmo del suelo y querer marcharse, pero vuelven
a caer, y se levantan una vez y otra, tenaces, porfiados... Hasta que,
por fin, vuelan, gorjean, se disuelven en la inmensidad azul: el cielo
que el éxtasis concede a los elegidos. Creo que no se puede decir
con menos solemnidad ni mejor. Ya estarán por ahí la calandria
o el ruiseñor del romancero, la alondra mañanera que despierta
a Romeo y Julieta, la que en tantos y tantos viajes hemos oído y
no hemos conseguido nunca ver. Ejemplos de este tipo se podrían
multiplicar. Todos recordamos el mal humor que asalta a Don Quijote ante
el chaparrón de refranes de Sancho. Y, sin embargo, cuando ya no
caben trampa ni cartón y la muerte golpea con los nudillos en la
ventana, Don Quijote la recibe con un refrán: “En los nidos de antaño,
no hay pájaros hogaño”. ¿Medimos de verdad la pena
de innumerables fracasos, de una vida despilfarrada en ilusorios heroísmos,
agazapados súbitamente detrás de esa frasecilla? ¿Cómo
explicar que alguna de las más nobles páginas del Guzmán
de Alfarache no sean más que amplificaciones de una vulgar cancioncilla,
aún viva en la tradición popular? Don Gil de las calzas verdes,
¿a qué se reduciría si le privamos de esa permanente
aparición de la lengua coloquial? Peribáñez, ¿sería
el mismo si no cantásemos todos vamos a coger el trébole,
al oírlo en escena? Sí, toda gran obra clásica está
atravesada de supersticiones, refranes, canciones, adivinanzas, juegos...
¡Cuánto, cuánto nos queda aún por saber de nosotros
mismos...!
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Última actualització: 04-feb-2003 |