DISCURSO DE JOSÉ CARLOS ROVIRA
(Catedrático de la Universidad de Alicante y miembro del CEMAB)
Mario Benedetti y nosotros. Una mirada
desde España
Agradezco a la Universidad de la República
y a su Cátedra de Derechos Humanos la posibilidad de participar
en este homenaje a Mario Benedetti aquí en Montevideo, en
estos tiempos que suenan de nuevo a esperanza con los que Mario Benedetti
ha tenido tanto que ver.
No les voy a hablar de Mario Benedetti
desde una perspectiva uruguaya, parece evidente, sino de Benedetti desde
una perspectiva española y quisiera en ella trazar un itinerario
que para nosotros ha tenido mucho que ver con la Universidad a la que pertenezco,
con la Universidad de Alicante.
Creo que fue en 1990 la primera vez
que Mario vino a vernos. Se leía una Tesis de Licenciatura de Rafael
González sobre su obra. Benedetti bromeó en su intervención
final: había oído hablar al estudiante y a sesudos profesores
sobre sí mismo, y se sentía, para lo que utilizó una
broma de Chaplin, como Charlot cuando vio un concurso de charlots; se presentó
y por supuesto que ganó otro. El humor ha sido algo que preside
la vida y la actitud ante la misma, un humor repleto de complicidades serias,
de rigor ético y de escritura.
Pero antes de seguir hablando quisiera
dar lectura a una carta que le envía a Mario el actual Rector de
la Universidad de Alicante, el dr. Ignacio Jiménez Raneda, en la
que le dice:
Alicante, 30 de julio de 2005
A las autoridades de la Universidad
de la República
A Mario Benedetti
Querido Mario: me hubiera gustado
estar presente en este homenaje que te brinda la Cátedra de Derechos
Humanos de la Universidad de la República con motivo de la concesión
en España del Premio “Menéndez Pelayo” de este año.
Nos representa allí el profesor José Carlos Rovira que dará
cuenta segura del afecto que tenemos por tu persona y del gran aprecio
que mantenemos hacia tu obra.
El “Centro de Estudios Iberoamericanos”
que nuestra Universidad llama con tu nombre desde sus comienzos, sigue
desplegando una gran actividad de sensibilización americana y cuenta
con todo el apoyo de nuestra institución.
Sólo por tanto, brevemente,
quiero reiterarte que ésta sigue siendo tu casa, desde hace muchos
años y, de una forma más evidente, desde que obtuviste el
Doctorado Honoris Causa en 1997.
Esperamos tenerte pronto entre
nosotros y que la salud de tu esposa Luz mejore y lo permita. Con un gran
abrazo
Ignacio Jiménez Raneda
Rector
Sigue el Centro por tanto con sus
actividades y antes de continuar quisiera mostrarles lo que es el Centro
Mario Benedetti de la UA para lo que recurriré a su página
web (http://www.ua.es/webs/centrobenedetti/) . Fue creado en 1998 en circunstancias
difíciles, que omito contar sintetizando sólo que fue en
un momento en el que Mario Benedetti había tenido que dar la cara
en defensa de la Universidad ante una situación de ataque por parte
del poder político sin precedentes. Omito la historia concreta,
que sintetizo diciendo que Benedetti terminó aquellos días
ante más de mil personas en un acto que reparaba los intentos de
impedir, utilizando todo tipo de artimañas, que se celebrara el
que desde semanas antes se había programado. Son historias tristes
en cualquier caso que no tengo ganas de contar y sólo traigo para
ratificar el papel defensor que Benedetti tuvo entonces hacia la universidad
agredida.
Otra historia de 1999 que les reflejo
en la Web que van a ver es la de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes,
que creó la Universidad de Alicante en ese año. Fui su director
en cuanto Vicerrector de Nuevas Tecnologías de la UA durante un
período de sus comienzos y obtuve de Mario autorización para
la siguiente página:
(http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/mbenedetti/),
que fue la primera de un autor contemporáneo que se hizo.
Tras este preámbulo que presenta
la relación que Mario Benedetti ha tenido y tiene con nuestra Universidad,
debo pasar ya al tema de mi conferencia que es sobre todo una visión
personal del significado de Benedetti entre nosotros, pero lo voy a hacer
como un conjunto de sensaciones personales, como una mirada personal, más
que como una objetivación que de momento considero imposible.
Antes narré el primer encuentro
con Benedetti en 1990. Hablaré de algunos posteriores que crearon
para mí significados personales muy importantes.
Reencuentro con el compromiso
Creo que fue en El Escorial, allá
por el 91 o 92, cuando oí a Mario Benedetti una conferencia que
se llamaba Rasgos y riesgos de la actual poesía latinoamericana.
Me planteé algo así como que Mario estaba adentrándose
en el terreno en que necesariamente iba a sufrir varias descalificaciones.
Advertiré que, junto a descalificaciones, Benedetti tiene grandes
aprecios, grandes calificaciones, no sólo de muchísimos lectores,
sino de figuras cualificadas entre las que destacaría al poeta y
académico Ángel González, a José Caballero
Bonald o a Luis García Montero, por citar sólo tres emblemas
de nuestra poesía.
Dejaba constancia el escritor en
aquel texto de su apuesta todavía por un poética del compromiso,
palabra denostada por la crítica y mucho más por una parte
de la crítica académica. Por un lado comentaba las seguridades
en las que parecía estar la poesía española, “muy
segura de sus rasgos distintivos, de sus fobias y afinidades electivas”,
mientras que la poesía en América Latina, nos decía,
“sigue incansablemente buscando su identidad” y esto hace que “se la identifique
como insegura u oscilante, pero también le otorga un dramatismo
y una tensión interna que constantemente la despabilan, no la dejan
anquilosarse en la monotemática o en el remanso del escepticismo”.
La constatación de que la
crítica europea “vive el horror a la mera palabra compromiso
y de poco a poco va contagiando esa repulsa a una parte de la crítica
periodística latinoamericana, que ha aprovechado la oleada postmodernista
para quedar bien con Dios y sin el diablo”, nos seguía diciendo,
para vincular a continuación a través de “una cierta complicidad”
al postmodernismo literario con el conservadurismo ideológico,
y continuaba un análisis que, con lucidez, afrontaba un estado
de la cuestión poética que conocíamos bien en España,
discurriendo por afirmaciones que hacían ver el panorama de atención
que los llamados poetas sociales mantenían hacia la otra poesía,
la de ensueños y quimeras, no sólo validada, sino escrita
también por éstos, que a pesar de que tuvieran también
entre sus temas el amor, o la religión, o las construcciones metafísicas,
eran sistemáticamente descalificados por su condición de
poetas comprometidos. El panorama era éste y supimos que Mario Benedetti
estaba entrando en una confrontación antigua, que los años
no habían recrudecido precisamente, pues esa parte de la crítica
académica, periodística y ensayística que denostaba
el compromiso había tomado el camino más cómodo del
ninguneo o el desprecio.
A Mario no se le perdonaba además
determinadas sinceridades vitales e ideológicas: su ataque
al capitalismo y la globalización, su defensa de la revolución
cubana, su atracción inamovible hacia todas las causas de los oprimidos,
etc. Habré asistido con él a más de diez ruedas de
prensa multitudinarias, y en todas ellas no faltaban los periodistas que,
sin preguntar sobre su poesía, sobre el libro que presentábamos
o sobre la actividad que hacíamos, no le preguntase por sus posiciones
sobre éste o aquel conflicto político, sobre tal o cual problema
en Cuba, sobre la guerra inmediata o declarada. Por supuesto que Benedetti
nunca ha escondido el bulto y, siempre que era necesario, ha sido activo
defensor de firmezas ideológicas en medio incluso de las derrotas,
en medio de las más inoportunas cuestiones que siempre han provocado
respuestas rotundas y firmes, políticamente incorrectas, dado el
clima de normalidad u uniformidad que los poderes siempre han querido situar
en los debates contemporáneos.
¡Qué palabra la
del compromiso por otra parte! Se adentra tanto en la memoria de toda una
época. Oí otra vez hablar al escritor de Convalecencia del
compromiso como diagnóstico de los años que vivimos.
Dije una vez, refiriéndome precisamente a este tema en él,
que “a una parte de nosotros la palabra compromiso nos sonará con
la antigüedad de nosotros mismos”. Culturalmente la palabra
efectivamente ha sufrido lesiones importantes producidas por la historia
contemporánea. Desde luego, académicamente hablando, ha decrecido
su uso hasta límites de que sólo los especialistas en taxonomías
recuerdan que hubo también en España durante el pasado siglo,
la centena del novecientos, hasta un grupo de poetas llamados “del
compromiso”. Fue durante una dictadura que vivió mi país
y que algunos han intentado que sea también políticamente
incorrecto recordar mucho. A los que hablan del compromiso todavía
se les llama a veces nostálgicos sin entender que las trampas de
la nostalgia no son las habituales de los que vivieron y sufrieron conscientemente
una situación.
Lo más importante de
Mario Benedetti en este tema es la afirmación de no neutralidad,
en un tiempo de pretendidas neutralidades culturales. Lo explicó
poéticamente en un texto que se llama “Soy un caso perdido”. Cuenta
Benedetti que un crítico sagaz ha descubierto la parcialidad del
autor y le exhorta “a que asuma la neutralidad/ como cualquier intelectual
que se respete”. El escritor afirma finalmente que no será neutral
aunque sus textos hablen “de mariposas y nubes/ y duendes y pescaditos”.
Pues bien, desde esa no neutralidad, creo que Mario Benedetti tiene un
conjunto de reflexiones poéticas, narrativas y ensayísticas
que dan cuenta del tiempo que vivimos y de lo que probablemente habría
que hacer en él o habría que haber hecho. No son textos políticos
en un sentido directo; son textos que se convierten en una invitación
moral a seguir pensando. Benedetti ha afirmado siempre la grandeza
de aquellos poetas del compromiso que abren su obra a la consustancial
complejidad del ser humano, creando un lenguaje propio en el que aparecen
núcleos del amor, del dolor, de las preocupaciones metafísicas
sobre el tiempo, sobre la vida y la muerte. Y detecta en este entorno en
los últimos años al crítico incriminador y delator
que parece estar señalando todos los días “a los poderes
fácticos y prácticos” al poeta comprometido, diciéndoles
a estos poderes más o menos: “pero señores ¿no os
habéis dado cuenta de que este individuo defiende, así sea
con metáforas, las revoluciones? ¿No habéis advertido
que en el fondo escarnece y estigmatiza vuestros canonizados patrimonios
y rentas?”
Este discurso quizá sea clave
de una escritura que, como señaló Mario Paoletti en su biografía,
es la de un aguafiestas. Alguien que ha querido evitar fiestas contemporáneas
en las que se celebraba y se entronizaba, por ejemplo el olvido. Entre
las actitudes principales, aparece una forma contemporánea todavía
de dar ánimos históricos a los contemporáneos repletos
de desilusión. Hay un texto que he recomendado varias veces y que
me parece imprescindible para los tiempos que corren: Los intelectuales
y la embriaguez del pesimismo. En él Benedetti detecta una devastadora
corriente de pesimismo, realiza un análisis de los que llama razón
mítica frente a razón crítica y apuesta por esta última,
tras recorrer la desacralización del intelectual y la civilización
artificio, y a partir de aquí lleva a cabo una sencilla propuesta,
constructiva de una esperanza: la palabra sigue teniendo sentido y, en
esa confianza, cabe un margen de reconstrucción e incluso de modesto
optimismo, del que nos dice que es “nada embriagador por cierto, pero al
menos no disociado de lo posible. Entre la tanatología y el eudemonismo,
entre el culto a los muertos y el de la felicidad (...) existe todavía
una calle del medio por la que puede transitar, con los pies en la tierra,
el hombre, ese hombre que (...)es, sobre todo, protagonista de la historia”.
Este texto es de 1986, cuando Mario acababa de regresar a Uruguay tras
la dictadura y han pasado diecinueve años desde entonces. Hacer
la afirmación del hombre como protagonista de la historia nos entreabre
un sentido difícil para lo que está cayendo en estos tiempos
en los que la llamada globalización explica cualquier fenómeno
en el planeta. Bien, no importa, como dice un fragmento de poema, “contra
el optimismo/ no hay vacunas”, pero maticemos de nuevo de que se trata
de un optimismo modesto, a la medida de los tiempos que corren, encarnado
quizá en la figura de esos peregrinos que transitan en “Zapping
de siglos” -un poema del 97 al que le tengo mucho cariño; fue su
discurso de investidura como Doctor Honoris Causa de la Universidad de
Alicante-por un mundo desolado en el que van cabiendo pocas imágenes
sociales positivas, al margen de las que van entablando los mismos peregrinos
en su difícil diálogo con la historia.
Reencuentro con la memoria
Otro de los itinerarios principales
de la obra benedettiana es el de la memoria. Hemos vivido –aquí
y en España- tiempos de invitación social al olvido y el
escritor ha planteado una fuerte resistencia a todos los olvidos. En 1995
apareció El olvido está lleno de memoria donde se explicitaba
desde el primer poema la voluntad de recuerdo:
cada vez que nos dan clases de amnesia
y nos conminan a borrar
la ebriedad del sufrimiento
me convenzo de que mi región
no es la farándula de otros...
Tiempos y distancias marcan ese libro
que deambula entre la memoria personal y la de la sociedad que ha vivido.
Si en la memoria personal, el amor por ejemplo, se convierte en un núcleo
de remembranza, en la memoria social va situando una figura contemporánea
como la de los “olvidadores” (que no es lo mismo que los “olvidadizos”),
pues éstos, los olvidadores, son agentes activos de “la falsa amnesia
de los despiadados”. Un núcleo social por tanto para afirmar categóricamente
el pasado como morada indestructible en metáfora que hace emerger
varias veces el verso que da título a la obra.
Pero este libro no es otra cosa que
la primera conclusión temática de una poética basada
en la memoria que recorre tiempos diversos, concentrados en poemas y extendidos
en relatos y novelas.
La posibilidad del ovido durante
el exilio tuvo una modificación absoluta en el “desexilio”,
el término que acuñó Benedetti en el regreso del 85.
Se hacía necesario en la nueva situación plantear la memoria
como núcleo estético personal y social. La afirmación
de la memoria se hace en una novela como La borra del café, donde
la experiencia se construye en el barrio infantil de Capurro y en una historia
entramada inicialmente a la de su familia, y, más concretamente,
en Andamios, donde la vida de un periodista desexiliado desde España
a Uruguay permite una reconstrucción de tipos humanos de la propia
sociedad (el confidente, el torturador, el militante que ha pasado la vida
en la cárcel, etc.), junto al entramado moral de una sociedad que,
a través también de la memoria, quiere pervivir y mantener
esperanzas.
Observo finalmente el avance de los
“recordadores”, que en uso de Benedetti serían los agentes activos
de la memoria, lo observo aquí y en España. No quiero intervenir
en la crónica política, pero afirmo que el triunfo del Frente
Amplio aquí está sirviendo para recuperar la memoria. También
en España vivimos ahora un proceso positivo de recuperación
de la memoria. La prensa hace suficientemente la crónica concreta
de ello para que yo tenga que recordárselo a ustedes.
Reencuentro con la ternura
La ternura es uno de lo itinerarios
posibles de su obra. No tengamos miedo a la palabra ternura cuando hablemos
de un escritor. ¿Cómo definiríamos una novela como
La tregua que Benedetti publicó en 1960? O, mejor ¿qué
puede hacer que una novela semejante siga estando vigente? Surgió
por otra parte en un decenio de experimentalismo una obra construida mediante
el recurso de diarios, los de Martín Santomé y su descubrimiento
tardío del amor en Laura Avellaneda, narrando una peripecia de
amor, de dolor en la pérdida física de ese amor, de ternura
en una serie de situaciones que provocaron inicialmente algún desenfoque
crítico. Recuerdo que fue Ángel Rama el primero que tipificó
la novela en los recursos de casi una novela rosa. Rama tuvo tiempo para
releerla después y arrepentirse modificando su primer enfoque. Creo
que La tregua sigue resolviendo en su sencilla estructura narrativa un
lenguaje propio que densificaba la lectura de una historia común,
de aniquilaciones cotidianas, de emociones cotidianas, como la capacidad
de construir una historia con la que un lector puede identificarse y de
entablar un diálogo con ese lector.
Un diálogo paralelo lo ha
planteado mediante la poesía en un lenguaje que ha obtenido una
respuesta continua de un público no habitual: señalo siempre
poemas como “Táctica y estrategia”, “No te salves”, “Chau número
tres”, “Los formales y el frío”, etc. que asumen el valor incuestionable
de la comunicación. Son además pasto de internautas enloquecidos
que crean sus páginas con estos poemas. Y son jóvenes además
que descubren un lenguaje posible de amor que tiene que ver con su mundo
de intenciones y atenciones. Me doy cuenta ahora mismo que comienza a ser
preocupante un poeta leído y seguido por los jóvenes...
El itinerario de la ternura nos permite
reconstruir una intensa línea que recorre novelas, relatos, hasta
uno que me gusta particularmente como “El invierno propio” que cierra Buzón
de tiempo, la obra publicada en 1999. Lo releía estos días.
Es muy sencillo, o muy difícil, situar a ese viejo profesor que
se llama Aníbal Esteban Couto el día que cumple ochenta años
con su familia alrededor, llena de hijos, hijas, nueras, yernos,
nietos, sobrinos...y luego, tras el final de la fiesta, tras la despedida
de todos, el whisky cotidiano y el reencuentro tranquilo con la biblioteca
de su casa que “es su verdadera autobiografía”. La peripecia de
la biblioteca trabajada como docente para preparar “clases, cursos, conferencias,
seminarios, ponencias” mientras “tomaba notas y confrontaba textos, citas,
bibliografías”. La evocación de que hubiera querido ser un
lector sin rumbo predeterminado, dispuesto a descubrir en el disfrute de
la lectura, y luego el recorrido por los libros esenciales que trazaron
su biografía, momentos esenciales de la misma como el amor con su
mujer fallecida que surgió, no a través del Neruda de los
20 poemas de amor y una canción desesperada, sino extrañamente
con un poema de César Vallejo como el “ Redoble fúnebre a
los escombros de Durango”. Un relato cotidiano que mantiene una peripecia
cultural que, me imagino, da cuenta de mucha gente. Tiene muchas historias
vividas detrás.
En este sentido, Mario Benedetti
ha creado las trazas y las trampas literarias suficientes para que un lector
común, sin complejos, pueda identificarse. Y por supuesto que como
lector común hablo también, sin complejos, de que los grandes
lectores pueden también identificarse.
Reencuentro con un lenguaje
Ha habido una tendencia en algunos
a menospreciar la aparente sencillez del lenguaje poético y literario
que Mario Benedetti ha ido creando, sin valorar que esta aparente sencillez
está dentro de un proyecto global de comunicación que tiene
que ver con la voluntad del escritor de “aludir al lector y no eludirlo”
que es una síntesis perfecta que el propio autor creó
como objetivo último de su escritura.
En ese sentido su escritura es sobreabundante.
A través de la poesía, novela, teatro y ensayo
este escritor ha escrito mucho y ha dicho mucho. Y sigue
haciéndolo. En los estantes de mi biblioteca creo que sólo
otro autor ocupa un espacio similar con su obra: Pablo Neruda, como ejemplo
de poeta desbordado y desbordante. En Benedetti, además la novela
y el ensayo transgreden casi todas las previsiones de escritura, con
casi un centenar de libros publicados que recorren con intensidad
un camino que comenzó en 1948 con Peripecia y novela y llega hasta
ahora mismo con Adioses y bienvenidas,obra que sigue abriendo novedades
y posibilidades a la escritura. Quiero decir que el primer itinerario,
el de sus cincuenta y siete años de escritor editado, sigue
deparando todas las sorpresas posibles. Dice una vez por ejemplo:
con la alborada
renacen los mejores
remordimientos,
que es algo que todos nos hemos dicho
en alguna alborada y que dice el Haiku 78 del Rincón de Haikus que
fue en 1999 un nuevo episodio métrico y rítmico que tuvo,
en la concentración de sílabas, poemas de amplitud explicativa
de sí mismo y de su obra:
si me enternezco
dejaré de ser justo
pero qué importa
como dice el Haiku 159.
Y he situado estos ejemplos para intentar
reflexionar sobre que el lenguaje, de aparente inmediatez, es un trabajo
continuo del escritor que ha ido modificando ritmos, léxico, sintaxis
en un juego permanente con la palabra. Luego volveré sobre ello,
pero a fin de cuentas de lo que se ha intentado incriminar a Benedetti
con este tema es de una vieja acusación que se concretó en
una época en la frase “escribir para el pueblo”, escritura insoportable
para los ojos de algunos exquisitos.
Reencuentro con Montevideo
He vuelto estos días, como
parece obvio, a Montevideo. Es el cuarto encuentro con una ciudad que aprendí
a amar antes de conocerla a través de Mario Benedetti. Fue hace
años a través del relato Geografías que da título
al libro homónimo.
La ciudad evocada en la lejanía
tiene en él un bello relato contemporáneo sobre otro tiempo
histórico cargado de dramatismo. Benedetti es un maestro en la percepción
poética del espacio urbano a través de la memoria precisa
del lugar:
Ah si pudiera elegir mi paisaje
elegiría, robaría
esta calle
esta calle recién atardecida
en la que encarnizadamente
revivo
y de la que sé con
estricta nostalgia
el número y el nombre
de sus sesenta árboles.
o del sentimiento de posesión
del espacio en el pasado:
Era tan diferente era verde
absolutamente verde y con
tranvías
y qué optimismo tener
la ventanilla
sentirse dueño de la
calle que baja
jugar con los números
de las puertas cerradas
y apostar consigo mismo en
términos severos.
La perspectiva vital ante la ciudad,
a pesar del tiempo, es el mecanismo de una memoria no desolada, donde convergen
siempre las ansias de recuperación del pasado, al que retornamos
como memoria personal y en el que confluimos a través de la experiencia
del ayer.
Geografías, el relato al que
se aludió antes, es un ejemplo de perspectiva de evocación
urbana desde la distancia, en el que se interioriza además esa percepción
como ciudad interior. Se trata, recuerdo, de un encuentro de dos exiliados
uruguayos en el París de los años setenta que, semanalmente,
quedan para jugar a las “geografías”. El juego consiste en preguntarse
minuciosamente por los espacios de la memoria de la ciudad obligatoriamente
distante:
Siempre que me saca alguna ventaja
se pone ensoberbecido y pedante, pero debo honestamente aclarar que hoy
me va ganando gracias a una pregunta muy rebuscada, casi fraudulenta, sobre
no sé qué detalle de la pata delantera del caballo en el
monumento al Gaucho, y a otra, no menos ponzoñosa, acerca de las
ventanas del Palacio Salvo, undécimo piso, que dan a la Plaza Independencia.
A mí eso me parece juego sucio, ya que, por mi parte, le hago preguntas
normales, verosímiles y sencillas, digamos qué café
está (o estaba) en la crucial esquina de Rivera y Comercio, o cuántas
puertas de entrada tiene (o tenía) la tribuna Colombes en el estadio
Centenario, o dónde está (o estaba) la parada final de la
línea del ómnibus 173.
Se trata, nos dice el protagonista
del relato, de “pavadas que uno inventa en el exilio para de algún
modo convencerse de que no se está quedando sin paisaje, sin gente,
sin cielo, sin país”. Inmediatamente el relato continúa con
un reencuentro en un cruce de semáforo con un antiguo amor de uno
de ellos, Delia, que acaba de salir de una cárcel de Uruguay, lo
que precipita el juego en ese sabor dramático que podemos tener
al regresar a una ciudad que hemos abandonado años antes. Delia
les ratifica que perderían los dos montevideanos el juego, porque
son muchas las cosas que se han destruido:
Ah, pero creo que ustedes no reconocerían
la ciudad. Ese juego de las geografías lo perderían los dos.
¿Por ejemplo? Dieciocho de Julio ya no tiene árboles ¿lo
sabían? Ah. De pronto advierto que los árboles de Dieciocho
eran importantes, casi decisivos para mí. Es a mí al que
han mutilado...
y sigue una larga evocación
por la papelería la Platense, ahora convertida en un Banco, el teatro
Artigas, que es un parking y otros lugares transformados hasta la sensación
de que “todos los paisajes cambiaron, en todas partes hay andamios, en
todas partes hay escombros”. El relato concluye además cuando los
dos personajes que antes se amaron saben que ya no podrán continuar
su relación, afirmando que nuestra geografía, nuestro cuerpo,
también nos dice, pasado el tiempo, eso mismo de andamios y derrumbes.
La ciudad evocada es intensamente
una relación dialéctica entre sus exteriores y nuestros interiores,
manifestando en el cuerpo urbano el paso inexorable del tiempo, y con él
se aúna el drama de una situación histórica (el exilio
por la dictadura) y personal (el sufrimiento por aquella situación).
En mis encuentros con esta ciudad
he fotografiado con persistencia la pata derecha del monumento al gaucho
o la ventana del piso undécimo del Palacio Salvo, espacios de intensidad
literaria y memorial.
El otro día, nada más
llegar, Mario puso en mis manos Adioses y bienvenidas, el último
libro que no conocía. Lo leí la primera noche de un tirón.
Es el Benedetti de siempre incrementando algunos matices desolados, intensamente
desolados. En mis recorridos por la ciudad no he podido evitar rememorar
el poema “Calles” que está allí, amenazante:
Después de los ochenta
y en franjas del crepúsculo
uno mira las calles
como si nos llevaran a la nada
los zaguanes bostezan
las ventanas entornan sus postigos
hay mendigos y guitarras que duermen
niños de ojos brillantes y
azorados
esquinas de silencio y padeceres
dos o tres prostitutas que subastan
sus muslos
y un algodón de nubes enganchadas
en el duro aguijón del rascacielos.
El ritmo y el lenguaje insiste en
la nada como destino de las calles, lo cual es una nueva y lógica
insistencia, aunque a mí me gusta más el tono de un poema
como “Metrópoli”, donde el escritor juega con contraseñas
de la ciudad, el Montevideo sobre el que dice que es su maravilla, una
ciudad que cambia en democracia, la gente se sonríe y hace gárgaras,
se saluda de vereda en vereda, y acude al estadio a tomar mate. Una metáfora
construida como tránsito de la vida pierde gravedad y trascendencia
cuando observamos que uno de los mayores deterioros de la vida es que la
gente que va al estadio sabe que
maracaná es reliquia del pasado
ya murieron obdulio y schiaffino
y los poquitos buenos que aparecen
se los llevan a roma o barcelona.
El recuento cotidiano más inmediato,
junto a las preguntas esenciales sobre la vida, la pobreza, las guerras
actuales, abren un campo trágico que Benedetti atenúa con
un humor que penetra y suaviza el espacio denso del pesimismo. He sonreído
todo el tiempo con el poema “Agenda”, una breve autobiografía literaria
y existencial en el que las libretas negras guardadas “en una linda caja
de madera” van devolviendo recuerdos e imágenes como memoria satisfecha
sin jactancia, memoria que estos días he recorrido como relato en
la voz de Mario y en la voz de su hermano Raúl, otro personaje imprescindible
del poema y de la vida, a propósito de las historias familiares
de aquel abuelo “astrónomo químico y enólogo”, “natural
de Foligno” “que solo iba al cine a ver a Pola Negri”. Y les aseguro que
cuando Benedetti y Raúl recorren estas historias conversacionalmente
es difícil retener la risa más espontánea.
Hay momentos trágicos, familiares,
recientes, que densifican desolaciones amplias sólo contenidas por
un dique de humor, como cuando anuncia que con 84 años se le ha
acabado la agenda y se despide aunque pide al lector que no se confíe,
que no se haga falsas ilusiones por esa despedida. Y sabemos que la agenda
contiene ya un libro de prosas breves que se va construyendo como inmediato.
A veces me han preguntado –y yo mismo,
me he preguntado- si Mario Benedetti no estaba escribiendo mucho y hasta
excesivamente, lo cual provocaría falta de contención y depuración.
En este libro reconoce el autor que sus versos surgen “por las dudas...como
si fueran válvulas de escape”. Sobre la pregunta siempre he respondido
y me he respondido que Benedetti hace bien escribiendo mucho, todo lo que
puede, disciplinada y diariamente...a fin de cuentas, su militancia principal,
con todas la que mantiene, es la de la escritura. Y en eso es incuestionable
que hay un derecho del escritor, un deber moral del escritor, que conduce
a que algunos críticos se sigan sobresaltando ante este
exceso de escritura que tiene como contrapartida exceso de lectores, lo
cual como ya dije antes es un riesgo para los que la estabilidad cultural
está en que la literatura no puede ser mayoritaria.
Celebramos hoy que estos mismos días,
el viernes pasado, en Santander, se le ha entregado a Mario que no pudo
ir a recibirlo el “Premio Menéndez Pelayo”. Como saben es un premio
muy importante, cuyo nombre viene de una universidad internacional y de
quien le da el nombre a la misma, un historiador literario español
que nutrió de volúmenes y lecturas nuestras bibliotecas desde
su escritura también desbordada y excesiva. Hace un siglo era la
figura más importante del mundo intelectual español y es
una figura gloriosa, a pesar de que fuera también el más
glorioso de los reaccionarios españoles.
Me divierte esta asociación
de Benedetti con el nombre del polígrafo santanderino. Y me
llena de satisfacción también porque es signo positivo de
los tiempos en mi país y de la dimensión de una escritura
contra la que no han podido ataques, intentos de ninguneo e insidias literarias
surgidas en algún laboratorio postmoderno.
Este premio, como lo fue también
en el 98 el Reina Sofía de poesía iberoamericana, es
creo, junto a reconocimiento, satisfacción agradecida de una deuda
que sin duda en España tenemos con Benedetti: nos restituyó
allí mismo, en nuestras tierras, una memoria y escritura americana
que están entre las más valerosas y valiosas desde los años
50 hasta ahora mismo. En todo este tiempo, desde la poesía, la novela,
el ensayo, el artículo periodístico, los recitales, los cursos,
Mario Benedetti ha sido y sigue siendo un americano activo e imprescindible
también de un cuarto de siglo español en el que para nosotros
al menos no ha faltado nunca a sus obligaciones, a las que lo convierten
en uno de los principales testigos de la historia de un tiempo que, al
iniciar siglo, acrecienta todas las incertidumbres y los pesimismos.
Frente a éstos, junto a Mario Benedetti, seguramente sólo
podremos salvarnos con compromiso, memoria, ternura, coherencia
y humor, que son los paradigmas principales de una obra que se ha
desplegado con fuerza por todos los caminos de la comunicación contemporánea.
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