Alicante,18 de marzo de 2002

DISCURSO DE BIENVENIDA AL PROF. ALONSO ZAMORA VICENTE al claustro de doctores “honoris causa” de la Universidad de Alicante, por parte del rector de la UA, Salvador Ordóñez, en la ceremonia de investidura del 15 de marzo de 2002

Excmo Sr. D. Leopoldo Calvo Sotelo,
Excmo. Sr. Secretario de Estado de Cultura,
Excmo. Sr. Consejero de Cultura del Principado de Asturias,
Excmo. Sr. Director de la Real Academia Española,
Excmos y Magníficos Sres. Rectores Honorario de la Universidad de Alicante, Complutense, Santiago de Compostela, Coimbra, Extremadura y Antonio de Nebrija de Madrid,
Dignísimas autoridades,
Junta de Gobierno y Claustro de la Universidad de Alicante,
Miembros de la Comunidad Universitaria,
Señoras y señores.

El doctorado “honoris causa” constituye una de las ceremonias universitarias de mayor solemnidad. Tiene como finalidad conferir, con carácter honorífico, el más alto grado académico y distingue los méritos excepcionales en pro de la ciencia, de la cultura, del arte o del mejoramiento de otros aspectos de la sociedad. Su antecedente histórico está en los “doctoramientos de gracia” que se realizaban en la mitad del siglo XVIII; así, Teresa de Jesús fue honrada con el título de doctora por la Universidad de Salamanca a mediados del siglo XIX. El ceremonial, después de otorgarle el birrete que corona sus indiscutibles méritos, confiere al recipendiario la capacidad de ejercer el magisterio y de confirmar a los discípulos en el conocimiento. 

La Universidad de Alicante recibe hoy en su claustro de doctores “honoris causa” a un maestro. Como ha dicho en la “laudatio” el Prof. Rovira Soler, la condición de maestro se adquiere no sólo por la sabiduría sino, muy especialmente, por la capacidad de transmitirla.   Y sobre todo, por la atención que se presta a los discípulos en el encauzamiento de su actividad intelectual, dando ese mensaje oportuno en el momento preciso para que su ánimo no desfallezca. Esta sencillez sublime de la definición de “maestro” pone de manifiesto la admiración del discípulo hacia su obra, sus formas y su humanidad. Y constituye, sin duda, la causa de esa íntima, pero intensa,  satisfacción que alguna vez sentimos los profesores ante la visita de un alumno.

Recibimos a un maestro que ha cultivado el estudio de la lengua y la literatura. Que ha hecho de la dialectología su gran tema de investigación, siguiendo los pasos de Menéndez Pidal. La ha cultivado allí donde el devenir de la vida, el trabajo, los sueños, las frustraciones y el sentimiento le fueron llevando: Extremadura, Asturias, Buenos Aires... Y, como acicate, el amor a la lengua viva del pueblo y de la calle y a sus costumbres, a su forma de expresarse, a los sentimientos e historias que encierra su palabra. La palabra, que más que un vehículo de comunicación es la expresión de la idea y el concepto, es también sentimiento, raíz  y cultura viva.

D. Alonso es también un  testigo de aquella generación que llegó a la Universidad en la II República Española, como el mismo refiere “una Universidad excepcional, como nunca la hubo, fruto de la sostenida tarea de la Junta para Ampliación de Estudios”. Y luego dice textualmente: ”Cito esto porque he venido a ser el último representante vivo de su labor. Sobre todo en el Centro de Estudios Históricos. Allí estudié con Ramón Menéndez Pidal (1869 – 1968), Américo de Castro, Navarro Tomás...”. Los que sólo hemos podido vivir la experiencia de aquella universidad como la necesidad de añorar un paraíso de libertad desde la fría y angustiosa realidad humana en la que vivieron los pueblos de España durante los treinta años después de aquella tragedia que fue la última guerra civil, los que sólo hemos podido vivir la Junta de Ampliación de Estudios en nuestros sueños de una sociedad mejor tenemos el anhelo agridulce de aquel tiempo, y pensamos que algo de aquello tendremos que aplicar al preocupante hoy que nos ha tocado vivir. 

La Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas fue creada en Madrid el día 15 de enero de 1907, a las 11 de la mañana,  presidida por don Santiago Ramón y Cajal. De ella formaban parte Menéndez y Pelayo, Sorolla, Joaquín Costa, Gumersindo de Azcárate, Luis Simarro, Ignacio Bolívar, Ramón  Menéndez Pidal... Su secretario, el inolvidable José Castillejo y Duarte. Y la egregia inspiración de un gran hombre, un luchador por la libertad de cátedra y la renovación pedagógica, un maestro: D. Francisco Giner de los Ríos. Se ha definido la Junta de Ampliación de Estudios (JAE) como la mayor experiencia modernizadora de la ciencia española. Y como parte de la JAE el Centro de Estudios Históricos, dirigido por Menéndez Pidal, la sección de Arqueología de Gómez Moreno, la sección de Medieval de Sánchez Albornoz, la sección de Filología, la sección de Árabe, Arte... Un gran alicantino historiador del derecho y gran pedagogo, Rafael Altamira, creador del concepto de extensión universitaria y primer director general de Instrucción Pública, dirigió dentro del Centro de Estudios Históricos la “Sección de Metodología de la Historia”. 

Y como motor de toda la idea de la JAE, la Institución Libre de Enseñanza, con su proyecto de renovación educativo, la cristalización y concreción de la filosofía krausista de Sanz del Río y los métodos docentes de Pestalozzi y Fröbel. Una respuesta al grito de un pueblo atenazado por guerras civiles y por una burguesía ociosa y estéril, un pueblo mantenido interesadamente en la ignorancia. En este contexto la frase de Costa, base del credo regeneracionista, “pan y escuela”, puede servir para definir con precisión la situación histórica en la que nace la ILE.

Quizá debido al largo y tendencioso olvido de la historia hoy conviene recordar algunas de aquellas soluciones para resolver el angustioso problema educativo de la España actual. Si el fracaso escolar es el primer indicio de que fallan los valores de una sociedad, su renovación ha de ser el primer paso para acabar con ese fracaso. Los valores cívicos, la amistad, la tolerancia, la humildad, el respeto a las diferencias, la capacidad de sacrificio por los demás, el mérito del esfuerzo han de ser cultivados en una escuela que despierte el interés del estudiante sobre la realidad observable por medio del diálogo y la discusión. Una escuela donde la función del maestro sea despertar y mantener vivo el interés del alumno, excitando su pensamiento, sin libros de texto, sin “lecciones de memoria”, y sin prácticas docentes estériles que contribuyen a “petrificar el espíritu” del discente. 

El entusiasmo, el  interés del alumno presupone, como condición más básica, el entusiasmo e interés del profesor por presentar cada día una enseñanza de calidad. En los estudios sobre Platón de Lledó se puede leer: ”Sólo si un hombre ha sido educado con unos principios de solidaridad y sociabilidad puede luego acoplarse [a una sociedad] en la no haya otro bien superior que el equilibrio y la justicia de todos los ciudadanos”.

Hace unos días un buen amigo de esta universidad, Francisco Michavila, llamaba la atención en un artículo publicado en la Revista Complutense sobre el fracaso escolar en la universidad española. Lo atribuye a la inacción y tacañería histórica de los responsables de la política educativa. Los propios estudiantes, la parte más débil del eslabón, deberían asumir la pedagogía del esfuerzo, el aprecio al trabajo bien hecho y su responsabilidad social por los recursos que les destina la sociedad. Pero las universidades, asegura Michavila, deberían también poner su imaginación al servicio de la innovación docente, los nuevos métodos de enseñanza, el inmenso poder de disponer de la información a la vez que se la desea… La red y las nuevas tecnologías, junto con una renovación profunda de métodos y contenidos, de técnicas docentes y criterios de evaluación, con la creatividad como objetivo y la ilusión por la obra bien hecha como acicate... constituyen el desafío, y a él debemos de dedicar nuestros esfuerzos. 

En la autobiografía de D. Alonso hay un maravilloso recuerdo a aquel libro de lectura infantil, que yo lo sigo leyendo todavía, “Corazón” de Edmundo de Amicis. En este libro, aparte del protagonista, alumno de una escuela pública italiana, y del diario de actividades docentes, del que se han sacado varias series infantiles de televisión,  hay una figura que me enternece y emociona, la del maestro Perboni.  Aquellas frases del primer día de curso, reflejan mejor que ningunas lo que deben de ser la relaciones entre profesor y alumno: “... nuestra escuela constituirá una familia... y vosotros seréis mi consuelo y mi orgullo”. Como nuevo miembro del claustro de nuestra Universidad, querido D. Alonso, te pedimos tu experiencia y apoyo en esta noble tarea de formar profesores que alcancen la gloria de ser maestros, y en la de inculcar en nuestros estudiantes el generoso deseo de llegar a ser unos ciudadanos responsables y comprometidos con una sociedad más justa y más rica en valores éticos y culturales.

Muchas gracias.

 

 
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